Libro A. Capítulo 3

Hoy os publico el Capítulo 3 del Libro A, que fue escrito por Carol Munt, que también fue la autora del capítulo inicial elegido para empezar la historia.

Aquí podéis volver a leer el Capítulo 2

Capítulo 3

Connor Stewart se jactaba de ser una persona racional y poco dada a las elucubraciones que no tuvieran una explicación lógica o base científica probatoria. Sus más de veinte años de experiencia como médico e investigador en el departamento de epidemiología del Hospital Central de Seattle habían acabado con todo atisbo de creencia en teorías cimentadas sobre ideas inverosímiles, peligrosamente cercanas a la pseudociencia, y que él refutaba a menudo de manera vehemente. Sin embargo, la reciente conversación con Anne y la cantidad de noticias que emitían continuamente por la radio y la televisión habían hecho aflorar su lado menos deductivo. «¿Qué demonios está pasando?», se preguntó mientras trataba de esquivar sin éxito la ingente cantidad de pájaros muertos esparcidos por la carretera. La gran mayoría presentaban un aspecto repugnante al haber sido aplastados y desmembrados por las ruedas de los vehículos. Era un espectáculo dantesco el que se extendía a su alrededor. La tormenta había cesado y un gran claro se abría en el cielo dejando al descubierto un azul extremadamente intenso. «Precioso y extraño», pensó Connor. Ese azul que se extendía poco a poco sobre su cabeza contrastaba con el rojo oscuro de las manchas de sangre que cubrían el asfalto. «Si esto no es causado por un virus o una bacteria —se dijo—, y tampoco hay rastros de veneno en las aves, entonces, ¿por qué han muerto?». Antes de salir en dirección a su casa él había constatado dicho hecho examinando algunos de los pájaros que habían caído sobre el alfeizar de una de las ventanas de su laboratorio. «Llego en un hora», le había dicho a su mujer, pero el deseo de saber ya se había instalado en su cabeza. Necesitaba conocer la magnitud de lo sucedido, obtener algunas respuestas, al menos aunque únicamente fuera para tranquilizar a su familia, y, ¿por qué no?, a su imaginario subconsciente.

            Circulando ya próximo a su barrio descubrió a uno de sus vecinos, Edward Foster, observando con preocupación algunos de los pájaros que yacían sobre el jardín delantero de su casa. El Sr. Foster era un reputado militar ya jubilado que tenía en su haber más de una decena de condecoraciones, la mayoría por su servicio en la guerra de Vietnam. A Connor no le extrañó encontrarse con él aún cuando las Fuerzas de Seguridad hubieran aconsejado a la población permanecer en el interior de sus casas hasta nuevo aviso.

—Buenos días  —dijo Connor tras parar el coche y bajar la ventanilla.

El Sr. Foster tardó unos segundos en salir de su honda meditación, y cuando lo hizo, sólo un leve gesto de saludo con la cabeza le sirvió como respuesta.

—Parece una imagen apocalíptica —prosiguió Connor echando un vistazo a su alrededor—. Nunca pensé que Seattle tuviera tal cantidad de pájaros.

—No son solo los pájaros —dijo el Sr. Foster dirigiendo una mirada incisiva a Connor—. Los peces también están muriendo.

—¿Qué? ¿Los peces? No he oído nada de eso en las noticias…

—Aún no. Supongo que no quieren que cunda el pánico. Pero yo lo he visto. Esta mañana temprano fui a dar un paseo hasta el lago Union. Suelo sentarme en una zona aislada, cerca de la orilla; cuando llegué vi decenas de peces flotando, muertos. Al principio no le di importancia; no es la primera vez que las malditas fábricas vierten allí sus aguas contaminadas. Pero después de lo sucedido un par de horas después con los pájaros… Creo que nos están envenenando, a todos.

—No es veneno —respondió Connor con cierta reticencia a desvelar sus descubrimientos.

El Sr. Foster ensombreció aún más el rostro y con evidente curiosidad inclinó su cuerpo hasta posicionar sus ojos casi a la altura de su interlocutor. Luego preguntó:

—¿Qué quieres decir?

Connor exhaló un suspiro inaudible. Quizá estuviera cometiendo un grave error al revelar de forma precipitada el resultado de sus análisis, pero no podía dejar que aquel hombre cayera en conjeturas equivocadas provocando así la difusión de una teoría no contrastada.

—No hay veneno —confesó al fin—. He examinado algunos pájaros y no hay rastro de tóxicos. Tampoco de bacterias o virus. Esos pájaros han muerto aparentemente por causas naturales.

Al término de estas palabras un aullido surgió de entre las casas cercanas.

—Es el perro de los Hollister —dijo Edward Foster girando la cabeza hacia el foco del sonido—. Lleva aullando desde hace un buen rato. Mi perro también está inquieto. Huelen algo…

Connor sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. Entonces pensó en Anna y en sus hijos. Estarían asustados tratando de entender, como él, qué es lo que estaba sucediendo, y también preocupados por su tardanza.

—Tengo que irme —manifestó al tiempo que volvía a arrancar el coche—. Seguramente todo esto no sea nada. Algo habrá asustado a los pájaros y habrán chocado entre ellos.

Con esta afirmación Connor subió la ventanilla y retomó la marcha, no sin antes escuchar la última cuestión que el Sr. Foster formuló al aire como si la respuesta estuviera escrita en algún lugar del firmamento: «¿Y qué hay de los peces Sr. Stewart?, ¿qué hay de los peces?».

Continúa en el Capítulo 4
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Una respuesta a Libro A. Capítulo 3

  1. Me deja intrigada. ¿Qué pasó con los pájaros? ¿Y ahora también los peces? :S

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