Libro A. Capítulo 4

Llega el turno de conocer el capítulo 4, el último de los que ya han sido elegidos. En este caso también fue escrito por Regly Pérez, la autora del capítulo 2.

Aquí podéis volver a leer el Capítulo 3

Capítulo 4

“¿Qué hay de los peces…?”  Esa pregunta retumbó en su cabeza una y otra vez hasta que al fin llegó a su casa. Paró el coche en la entrada. Decidió esperar unos segundos hasta que su respiración así como el estado de ansiedad en el que había entrado, llegaran a ser imperceptibles; al menos para su mujer.

Sabía bien que ella podría ser capaz  de leerle la mente nada más entrar por las puertas. Siempre lo hacía. Le conocía bien. Tenía que evitar por todos los medios que se pudiera percatar de la desesperación que se estaba alojando tanto en su mente tan cuadriculada como en su alma.

Pudo observar como a su llegada ella se asomó por una de las ventanas que daba a la entrada de la casa. No pudo evitar así que su corazón diera un pálpito. ¿Cómo podría dar explicación a lo que estaba ocurriendo? Es que ni él podía darse respuesta a sí mismo.

Bajó del coche, intentó hacer tiempo para calmarse, pero sabía bien que no sería fácil. La saludó como siempre, pero ese siempre no era el de cada día… Imaginó durante el pequeño recorrido que lo llevaba hasta la puerta de su casa, como abordar el tema. Cómo dar respuesta a su mujer. Definitivamente, lo mejor era ser sincero con ella. En ese momento necesitaba más que nunca su apoyo. Pero es que nunca antes se había encontrado en una tesitura como esta. Sencillamente eso era lo mejor… Ir con la verdad por delante. De todas formas de una manera u otra Anna acabaría sacándole la verdad.

 –Hola cielo, ¿cómo estás? –le preguntó nada más cruzar el umbral de la puerta. “Absurda pregunta” –pensó. ¿Cómo iba a estar?

–¿Qué pregunta es esa…? ¿Cómo demonios quieres que esté? Connor. Dime la verdad… ¿Qué diablos está pasando? Estoy muy asustada. De veras, muy asustada.

Connor miró en dirección a las escaleras, en dirección a la parte superior de la casa. Esperaba que sus hijos estuvieran dormidos. Anna se percató de ello y le confirmó su deseo.

–Tranquilo, por fin han logrado dormirse. Les ha costado, pero ya duermen. Vamos a la cocina hablaremos mientras te preparo algo de cenar. Además quiero que veas algo.

Anna tomó a su marido de la mano, con lo cual él se pudo percatar del estado de nerviosismo en el que se encontraba su mujer.

–¿Qué es lo que me quieres enseñar? –cuando su mujer le mostró la caja en la que se encontraba aquel pájaro Connor no pudo evitar soltarse de su mano y girarse, intentó ocultar la gran incertidumbre que poco a poco se estaba alojando en su alma.

–Mira dentro. Es uno de esos pájaros. Emily lo rescató de entre los cuerpos de todos aquellos… de todos los que estaban muertos, –suspiró. –Sigue vivo y no sé el porqué de ello…  Siento tener que repetirme, pero es que estoy realmente muy asustada, de veras cariño –le confirmó depositando su temblorosa mano derecha sobre su hombro.

Connor posó su mano izquierda en la mano de su mujer. Fue entonces; con ese simple gesto, cuando Anna comprendió la envergadura de todo. Conocía perfectamente a su marido.

–¿De veras los niños están dormidos? –le dijo mientras volvió a girarse en dirección a su mujer y la tomó de ambas manos.

–Sí –le respondió. Los ojos de Anna se llenaros de lágrimas. –Dime… ¿qué sucede? Hay algo más… ¿verdad?

Connor no pudo evitar la expresión de angustia que se alojó en su rostro.

–No sé por dónde empezar, de veras… Nunca me imaginé algo como esto. –Soltó las manos de su esposa y se apostó frente aquella caja donde el ave intentaba una y otra vez escapar. –Necesito que mantengas la calma. ¿Puedo confiar en eso?

Anna tapó con sus manos su boca y asintió con un leve movimiento de su cabeza. Las lágrimas corrían por su rostro.

–He examinado algunas aves… Y no he encontrado ningún resto de veneno. Ni de bacterias ni de virus. Nada de nada… ¿Sabes lo que supone eso…? –Connor suspiró profundamente.

Su mujer volvió a responderle con un pequeño gesto. Tomó una de las sillas y se sentó frente a él. Las manos le temblaban.

–Puedo llegar a entender tu incertidumbre… Pero, ¿hay algo más? Dime la verdad… Connor.

–Sí. Hace unos minutos me he encontrado con Foster. Al parecer los peces en el lago de Union se están muriendo. No nos ha llegado nada de esta información al hospital, ni siquiera los medios se han hecho eco de ello. Es el mismo Foster el que me ha puesto sobre aviso. Voy a tener que desplacerme hasta el lago para tomar muestras. Pero sinceramente, no sé a que atenerme…

–¡Dios mío Connor! ¿Qué está pasando?

–No lo sé. Anna… No lo sé. De verdad.

Los aullidos y ladridos de los perros fueron en aumento. Eran casi convulsivos. Incendiarios, pues se iban contagiando los unos a los otros.

Anna se levantó de su asiento y se asomo por la ventana de la cocina mientras se quejaba duramente de tales aullidos.

–Los perros están desquiciados… Son casi lamentos esos gruñidos que lanzan. Me están poniendo de los nervios, al igual que ese color tan azul del cielo. No es normal…

–¿El qué? –le preguntó su marido. Estaba completamente ensimismado observando el pájaro que estaba encerrado en aquella caja.

– El cielo. Tiene un color raro. No es normal. Connor… Ese color no es normal ¿Sé que sucede algo?

–He… Lo siento cariño. Pero es que no logro entender como esta ave ha podido llegar hasta aquí. Su lugar de hábitat está a cientos de kilómetros… Pero lo increíble es que está perfectamente. No puedo dar explicación a esto. Pero es que no puedo dar una explicación a nada de lo que está sucediendo en este día… Pero ¿cómo puede ser esto? ¿Por qué continua con vida y sin ningún síntoma?

Anna se acercó y cerró la caja.

–Lo sé. Sammy nos lo dijo. Ya sabes cómo es. Pero… Sé que hay algo más qué no quieres contarme  –lo miró duramente a los ojos. Con esa firmeza que tanto la caracterizaba. De la que él se enamoró.

–No de veras que no… Pero es que no sé… –Connor recostó sus brazos sobre la mesa apoyando en ellos su cabeza.

Su mujer llegó a percatarse del estado en el que se encontraba su esposo. Sin dudarlo, se colocó tras él. Tras besarlo, lo abrazó con fuerza. Eso es lo que realmente necesitaban ambos.

–Tranquilo cariño, no pasa nada. Pero estoy muy asustada. Primero fue esa inesperada tormenta para después dar paso a la caída de los pájaros. No solo eso, sino que ahora también los peces están muriendo sin razón o motivo alguno… Y ese cielo tan horriblemente azul. Tan hermoso pero tan siniestro. Sin poder olvidar a esos malditos perros que no para de ladrar, de llorar, de… No sé… Es como si nos avisaran… Como si supieran algo. Es como si  olieran que algo malo se acerca… Tengo miedo Connor.

–Lo sé… Yo también. Pero resulta curioso eso que dices.

–¿El qué? –le preguntó Anne mientras se sentaba en su regazo.

–Foster también ha mencionado lo mismo… Lo de los perros.

–¿Lo mismo…?

–A lo que acabas de decir de los perros: parece que huelen algo…

–Pero es que es verdad… Siempre he pensado que ellos, al igual que los gatos pueden presentir o predecir la muerte… La huelen.

–¡Qué cosas dices mujer!

–No te rías… Es cierto. Mi abuela Julie decía que su gata le anunciaba la muerte de sus seres queridos. Es más, el día de su muerte, su gata no se despegó de su lado. Mi abuela nos  aseguró que su hora había llegado. Y así fue, murió esa misma noche. Connor…

–Dime cielo…

–¿Qué será lo próximo?¿Qué toca ahora…?

Connor miró a esos inmensos ojos color miel, se vio reflejado en ellos…

–No lo sé cariño… No lo sé.

–Deberías de saberlo papi –la voz de Emily resonó a las puertas de la cocina, helando la sangre de sus padres. –Ya está pasando…

–¡Emily cariño! ¿Por qué no estás en la cama? – le  preguntó su madre.

–Ya está pasando no lo oís…

–¿El qué cielo? –le preguntó su padre mientras se agachaba frente a la niña y la tomaba por los hombros.

–El silencio… No lo sentís, no lo percibís… Está pasando.

–Cariño, no está pasando nada. Venga, te llevo a la cama.

–Connor, es verdad. Los perros se han callado…

Connor tomó a su hija en brazos, pero antes de subirla nuevamente a su habitación miró completamente asolado a su mujer…

–Sí papi, está pasando otra vez… Y no será la última…

–¡Ha…! ¡Mami, mami…! ¡Ha…!

De repente se oyó un grito desgarrador. Procedía de la habitación de Sammy.

–¡Sammy cielo! ¡Ya voy! ¡Mamá ya va! –le  gritó su madre mientras subía los escalones de dos en dos. Connor la seguía mientras apretaba el pequeño cuerpo de su hija contra el suyo. Nuevamente un frío escalofrío recorrió toda su espalda.

 

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