Diez minutos para el café. (Denise Comaposada)

En la linea de metro que me lleva al trabajo los trenes son antiguos y los asientos van en bloques de cuatro a cada lado. Cada mañana, cuando entro en el vagón busco un lugar recogido junto a la ventanilla esperando sentirme invisible y comer mi desayuno un poco relajado. Últimamente el jefe se ha puesto pesado “sólo diez minutos para un café que no están las cosas para perder el tiempo”. De lo que realmente habla es de no perder su “silla”, todo se resume en eso. Está todo el día acojonado porque ahora le va muy bien, yo trabajo por los dos y él cobra el doble, así son las cosas.

Después de sentarme meto las manos en la bolsa y cambio el emboltorio del sandwich, cortado en diagonal en dos mitades, del papel de aluminio al de la servilleta blanca. Ya no me hago bocatas porque me pringo más, pero eso sí, el jamón es sagrado, cortado a trocitos porque si me llevo toda la tira de un mordisco la he de estirar con los dedos y eso, en el metro, queda un poco guarro.

Saco la primera mitad, me llega el olor fuerte del jamón, levanto el pecho, la cabeza y por si acaso, con una expresión de esas de “¿pasa algo?”, hago un repaso rápido a mi alrededor para ver si alguien me mira. Todos están con sus cosas. Delante mío hay dos chicas que leen, la que está junto a la ventanilla tiene pose de monja: espalda muy recta, las piernas juntas y las pantorrillas un poco ladeadas, sostiene el libro con las yemas de los dedos de la mano derecha y los de la izquierda reposan sobre la parte inferior de las hojas, como si leyese un salmo. A la otra, medio dormida, le resbala de vez en cuando el libro y le cae sobre los tejanos.

Primer trozo acabado. Saco el segundo, me cago en el jefe, en su silla, me hago la promesa diaria de acostarme más temprano e intento concentrarme en el sandwich. Mira que está bueno, me repito como si fuera un mantra hasta que un fuerte olor a crema Nivea se me mete en la nariz. Giro la cabeza a mi izquierda y una chica con el pelo a lo Morticia Adams se unta un pegote blanco en las manos, luego saca del bolso (increible pero es pequeño): colorete , brocha, rimel, pintalabios fucsia y espejito. Miro como mueve las manos pero tiene la cabeza inclinada y su melena parece una cortina opaca. Acaba y lo guarda todo. Yo me quedo con las ganas de verle la cara. Ni siquiera me he dado cuenta de que las de los libros han cambiado por otras dos mujeres, sin libros pero con móviles.

Me acabo el último trozo de pan lo más rápido que puedo porque sigo sintiéndone incómodo. Otra vez un olor, ahora de perfume pesado. La de la Nivea se ha perfumado, me pregunto a donde irá tan puesta a primera hora de la mañana. Vuelve a sacar cosas del bolso: un potecito de acetona, algodón y pintauñas fucsia. Entre la nivea, el perfume, la acetona y el jamón se me remueve el estómago. Me vuelvo a cagar en mi jefe y de paso en la puta crisis que tiene la culpa de que no coja el coche.

Intento distraerme convenciéndome de las promesas: esta noche ceno y a la cama, a la mierda con la tele. Lo dejaré todo preparado: cafetera, comida del perro en el bol, la ropa colgada en la percha del baño y despertador a las siete. A la segunda repetición de la alarma me levanto, me ducho, desayuno y bajo al perro. A las ocho y media en la calle.

Ya hemos llegado a la estación de Paseo de Gracia, dos más y me bajo. Si en lugar de esperar la segunda repetición, sigo con mis cavilaciones, me levanto a la primera podría tomar el café tranquilo y leer los titulares de la prensa por Internet. Tanto tufo me está mareando. Antes de que se cierren las puertas cojo la bolsa y me levanto rápido para salir a que me dé el aire pero justo estoy llegando cuando se me echa encima un Pancer disfrazado de color chicle que me devuelve al interior. ¡Dios! Me digo al fijarme en el culo de enormes dimensiones embutido en unos leguins. A su lado la copia de la novia de Popeye, delgada y altísima. Deben de ir juntas porque esta va con unas medias gruesas del mismo color chicle que la gorda; falda y camiseta blancas, caladitas y una flor grande y roja en la cola a lo Faraona.

Empiezo a preguntarme si me he equivocado de hora, de linea o si seguiré en la cama con alguna de mis pesadillas. Al final consigo salir a empujones y decido ir andando. Hago una bola con las servilletas y el papel de aluminio y lo tiro todo a una papelera. Vuelvo a cagarme en mi jefe, añado a mi mala suerte y me juro que el próximo sandwich me lo tomaré tranquilo, como el tío que ayer estaba en medio del vagón con un taper grande comiendo macarrones. ¿Por qué no? Al final de todo se aprende, dicen…

Más obras de la autora en  http://palabras-y-flores.blogspot.com
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3 respuestas a Diez minutos para el café. (Denise Comaposada)

  1. Joan Manuel García Paz dijo:

    Muy buen relato.Suerte Denise.

  2. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    Está muy bien retratado lo que pasa por las mañanas en un vagón de metro.
    Eso sí, lleva cuidado con la ortografía. El “emboltorio” del sandwich me saca del relato. Y ya sé que todo el mundo dice “Delante mío” pero según lo he leído he vuelto a salir del relato diciendo mentalmente “Delante de mí, delante de mí, delante de mí”. Los “leguins” son otro problema. En español se diría sin la n, pero queda horrible (a mi gusto). Mejor ponerlo en inglés. Y por último, el “Pancer”, si te refieres al tanque, debería ser con z.
    Lo sé, soy muy pesada y puntillosa, pero es que me da mucha rabia que un relato que me parece bueno se estropee por detalles como estos. No sé a otros lectores pero a mí me sacan de la lectura, me distraen y la historia deja de fluir.
    Un saludo.

  3. Me uno a Mayté en el asunto de la ortografía, cuida los detalles, púlelos porque en esas minucias está la diferencia entre un buen relato y un excelente cuento. Las armas de nosotros los escritores son las palabras por lo que debemos esmerarnos en tenerlas lo más pulidas y firmes, yo te recomiendo mucho pasar de usar extranjerismos y encontrar formas adecuadas en el español, sobretodo para textos como este, que se sitúan tan fuertemente en la propia España, así cierras mejor la atmosfera. Un saludo

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