El cepo filoso. (Horacio de Zuasnabar)

El juez Carlos Del Masso, de la ciudad de Catamarca , un hombre de bien, ocultó la historia del muerto Juan Ascará esperando ver qué hacer con ella. Pero la muerte lo sorprendió también a él, en su bufete, y sus documentos y anotaciones se desperdigaron entre muchos curiosos, comenzando por mí, quien haré pública la historia del invento de Ascará, aclarando que lo haré porque a mí me ocupa el mismo interés que al extinto Del Masso, con la particularidad de que en sentidos opuestos. Yo sí quiero saber qué ocurre cuando pasa a ser del dominio público la invención de un nuevo instrumento de tortura, con el que –a diferencia de todos los conocidos hasta cuando se lea esto– el condenado es quien elige el momento de su muerte, es quien se mata a sí mismo, es su propio torturador y verdugo.

Este es un instrumento sádico como ninguno hasta ahora. Y yo me pregunto si las gentes, los gobiernos, conocieran este instrumento, lo construirían y usarían. ¿Algún estado aplicaría la pena de muerte oficialmente con el cepo filoso? Me horrorizan todas las posibilidades de la publicación de esta declaración pero mi alma de escritor me impulsa y me fuerza a dar a conocer cómo es el cepo filoso, para quien no lo haya imaginado ya con sólo escuchar cómo lo he denominado.

Pero sigamos, desde el comienzo, desde que el puestero Juan Ascará se enemistara de su vecino, otro chacarero, de nombre Alberto Vives, siendo todavía niños. Sus allegados y demás vecinos opinaban que se habían distanciado por cuestión de liderazgos en la escuela rural, a la que ambos concurrían casi cuando se les daba la gana. Los fines de semana y feriados coincidían con toda la gente de la zona en el club del pueblo, donde sus odios se exaltaban con palabras y gestos amenazadores, ya de mal agüero.

Así, con esas rabias, crecieron sin mirarse ni hablarse, ofuscándose ambos si se cruzaban cerca, ni qué decir, si sus pies tropezaban.

Pasaron los años y para desgracia de Vives los dos siguieron siendo vecinos. Y con poca diferencia de tiempo, que sonó a competición, ambos contrajeron formales nupcias con dos mujeres de dos pueblos vecinos. Esas mujeres eran las que, desde el comienzo de la relación con los campesinos, a solas o en público escuchaban los insultos y amenazas que por lo alto o por lo bajo pronunciaba cada uno del otro. Pero cada una era muy distinta de la otra.

Gloria Pezutto de Vives, hija de El Tano, era más bien fea pero también realmente atractiva y algo provocadora –por su confianza– entre los lugareños. Entonces ya se pueden imaginar lo celoso que era Vives, quien ostentosamente declamaba que sería hombre muerto el que se le acercara a Gloria, su mujer. El pobre suspicaz a cada rato tenía que poner en vereda a su mujer, no tanto a los hombres, o nunca, aunque él mirara a todos con desconfianza, desafiante.

Anabel Gigena de Ascará, criolla, era bastante bonita pero, como buena criolla, parca, de pocas palabras, casi huraña. Por esto es que Ascará sacaba a relucir su peor machismo avergonzándola en público, alegando su falta de trato y en consecuencia su seguridad de que Anabel le fue, le era y le sería siempre fiel. Pues, nada de eso.

A diario, Anabel iba en bicicleta hasta el pueblo, que quedaba en dirección opuesta a la del vecino odiado por Ascará. Su marido se quedaba tranquilo sabiendo que su mujer no pasaría cerca de la casa de su enemigo Vives. Sin embargo, cronometradamente Vives salía con anterioridad a Anabel en dirección también contraria a la casa de su odiado vecino. O sea, Ascará veía que Vives salía antes y con dirección opuesta, seguramente –pensaba Ascará–rumbo a casa de su hermana. Y luego despedía a Anabel con rumbo contrario, hacia el pueblo donde estaría con otras señoras.

Todo iba aparentemente bien si no fuera porque Vives abría un alambrado preparado para ser estirado o apartado y a campo traviesa alcanzaba, dando un rodeo, a Anabel, a una legua aún del pueblo. Allí se escondían entre los árboles y se hacían, veloz pero vehementemente, el amor. Luego ambos partían con rumbos contrarios: Anabel proseguía su camino al pueblo y Vives rumbeaba a una cantina campestre donde se bebía dos ginebras al hilo y volvía a su casa para contarle mentiras a Gloria, quien con su enorme ego casi no le prestaba atención. Paradójicamente, Gloria le hablaba de las insinuaciones que imaginariamente había recibido. En estos casos Vives se transformaba artificialmente en un energúmeno engrandecido por sus fechorías sexuales con la mujer de Ascará y las dos ginebras. Sin embargo, todo asunto tiene su desenlace, y éste no es una excepción.

Como Dios mandó, un día Ascará se percató de los encuentros de su mujer y su peor enemigo, hasta los pudo ver juntos en el bosquecito. Un calor enorme lo invadió y, silenciosamente, se fue del lugar, eso sí, jurando que la venganza no tendría nunca comparación con ninguna de las vulgares venganzas que pululaban en los juzgados.

Pese a su odio, Ascará disimuló en los días siguientes, comportándose como siempre pero permaneciendo en el galpón muchas más horas que de costumbre, alegando que estaba construyendo una nueva herramienta agrícola. Entonces, Anabel y Vives, aprovecharon todo el tiempo que pudieron, para seguir revolcándose en la hierba a pleno sol.

Un buen día, o malo, según se mire, sabiendo que en los pueblos cercanos no encontraría lo que buscaba, Ascará marchó a la ciudad de su zona. Su propósito era tan fuerte que el sólo imaginarlo le despreocupaba de la visión de su mujer encontrándose –día libre–con su amante con plena libertad, con él ausente de lugares y tiempos. El despechado preguntó por casas de repuestos usados y nuevos. Mala cosa, había una sola.

Caminó con ansiosa rapidez hasta la dirección indicada. Encontró una vieja puerta rodeada de electrodomésticos usados y también partes sueltas de ellos. Todo semigrasiento. Entró y esperó su turno; iban rápido. Nerviosamente sacó el papel con las medidas de los diámetros necesarios. Lo llamaron:

– ¿Treinta y seis?

– Yo, buenas tardes…

– Muy buenas. ¿Qué es lo que está buscando?

– Mire… tienen que tener el diámetro suficiente para que se puedan mover pero no salirse… ¡Pero qué digo! Disculpe, iré al grano. Necesito ruedas de metal con estos diámetros internos, de adentro, uno por cada medida, aproximadamente…

– Sí, entiendo lo que me pide: ruedas de coches de bebé o equivalentes… No las tengo completas… Pero mire usted, justamente el año pasado nos entraron de una guardería cochecitos de bebé y también de muñecas que tenemos en el galpón porque nadie los quiere.

– A menos que sean de regalo…

– Exacto, pero yo espero…lo que pasa es que son de hierro y están muy oxidadas. Y ya no tienen gomas las ruedas ¡No le puedo ofrecer a usted esas ruedas! ¿Por qué no se llega hasta la ciudad de…?

– Perdón, seguramente no me servirán pero no quiero irme sin comprobarlo. ¿Puedo verlas?

– ¡Cómo no! ¡Encantado! Pero yo ya le dije con lo que se encontrará.

Ascará se serenó un poco y se dijo, mientras entraba al galpón:

– En una de esas a la primera las tengo…

Y así fue. Encontró magulladas y oxidadas ruedas con los diámetros que figuraban en el papel: los de los cuellos de su mujer, el de su ahora ya archiodiado vecino Vives, y los de su esposa Gloria y sus dos niños, Andrés de cuatro y Gabriel de dos años. Volvió satisfecho y escondiendo su compra porque no la podría explicar (no podría, menos aún, decir para qué fines eran).

En su galpón, Ascará se dedicó a la fabricación del instrumento con el que eliminaría a una familia entera más su propia mujer.

Quitó los rayos de las ruedas y todo lo que le sobraba a cada una como para que quedasen sólo círculos de una chapa de hierro con un agujero central, cuyos márgenes eran afilables.

Con esmero, por su resentimiento, Ascará afiló todos los círculos interiores tal como si fueran navajas de afeitar. Cuidó el detalle de que los círculos internos afilados fueran amplios, bien holgados respecto a los cuellos que los iban a utilizar, no tanto como para que pudieran pasar la cabeza pero no mucho menos. Sus reos deberían tener cierta libertad de movimiento de sus cuellos y cabezas, sin ser todavía heridos por el collar de hierro filoso.

Con su sierra para metales, Ascará cortó las ruedas por el medio, logrando semicírculos afilados, pero abiertos: mientras nadie los cierre y trabe alrededor de otro u otra desgraciado que puede reaccionar de cualquier manera: desde quedarse quieto todo el tiempo posible para alargar su vida hasta gritar como un marrano, moviéndose para todos lados, refregando la carótida contra el borde afilado y muriendo entre convulsiones, cada vez más espaciadas, en un tiempo que se acaba a borbotones de sangre.

Por otra parte, Ascará seleccionó, de la madera almacenada en el galpón, la mejor viga para fabricar un típico cepo gauchesco, un madero con los agujeros necesarios para las manos y la cabeza del torturado, dividido longitudinalmente en dos, con la posibilidad de dejar fijamente juntas ambas partes, ya con el reo encepado. A este cepo de Ascará, con simples tornillos se le podía intercambiar las ruedas de diferente diámetro (según el de turno). Las ruedas de bordes de hierro filoso se encajaban en los agujeros del cepo gaucho de madera convirtiéndolo en un cepo filoso, donde cada infeliz elegiría cuándo matarse o se desesperaría y gritaría y se movería degollándose con bastante rapidez y, agonizando, a veces, por largo tiempo, con los ojos desorbitados. Más o menos esto era lo que esperaba Ascará mientras realizaba su plan.

Al apresamiento de las víctimas Ascará lo consumó en una sola mañana. En una zona rural todos conocen de todos ciertas obligaciones, rituales, costumbres en general. A Gloria, Andrés y Gabriel, la mujer y los hijos de Vives, los dominó a punta de revólver, que apoyó en la sien de la madre, camino a la guardería. Y los encerró en el acoplado techado para el ganado que guardaba en el galpón. Allí ya se encontraba, toda golpeada, Anabel, su mujer, amante del nunca tan odiado. Por el momento Anabel ni le insinuó a Gloria su relación con el marido. Hasta que Ascará, también a punta de revólver, introdujo a Vives en el acoplado por donde se podía ver, a través de sus tablones de madera, el exterior, mejor dicho, el interior de todo el galpón. Por esas rendijas los encerrados podían ver a Ascará terminando el cepo e imaginarse su propósito. El despechado pensaba y hablaba a los gritos las mismas horribles posibilidades que imaginaban los cautivos, a excepción del menor, que lloraba incansablemente sin entender mucho su futuro. Comenzaron a los gritos que sabían nadie podía escuchar, por la lejanía entre uno y otro puesto. Continuaron con insultos que el vengativo Ascará contestaba enseñándoles de cerca los semicírculos afilados y riendo como un enloquecido. Vives, aún sin buscar explicaciones de Anabel, quien ahora yacía con los ojos extraviados y la boca abierta, increpó por el encierro duramente a Ascará, insistiendo en que no tenía derecho ni razón para semejante secuestro. Ascará le contestaba con risotadas, hasta que Vives se calló al escuchar a su amante:

– Lo sabe todo– le dijo Anabel a Vives, quien se quedó mudo, mientras las dos mujeres, que se escuchaban, de inmediato se agarraban de los pelos en una lucha sin sentido.

– ¡Quietas!, ¡silencio!–vociferó Ascará apuntándolos con el revólver a través de las rendijas del acoplado. Todos se callaron y los cubrió una ola de terror.

Ya era mediodía y para esa hora Ascará tenía previsto acabar todo. Pero por esas excepcionales casualidades (causalidades) que no parecen creíbles, el juez Del Masso, acompañado por su secretario, que oficiaba también de chofer, había decidido visitar a los dos vecinos ese mismo día con la intención de reconciliarlos. Ya en el pueblo se percibía un nivel de agresividad entre los dos puesteros que presagiaba una desgracia a corto plazo.

Justo cuando Ascará estaba por mostrarle a sus apresados cómo funcionaba el cepo filoso con un cordero se escuchó el rugir de un auto. Todos escucharon una bocina y a continuación se oyó desde la casa, casi a gritos: – ¡Buenas tardes! ¿Señor Ascará, está por aquí? –. Al principio Ascará se quedó quieto entre el barullo que hacían todos los otros tratando de atraer la atención de los recién llegados, quienes al escucharlos se dirigieron hacia el galpón. Luego de estar un minuto paralizado, Ascará, se desesperó sin saber qué hacer. Agarró su revólver y revisó el cargador lleno de balas sin usar. Apuntó a los del acoplado:

–Quédense quietos –les susurró–Voy a ver cómo arreglo a quien haya llegado. ¡Ustedes no deben morir a balazos sino en el cepo filoso! ¿Quién mierda habrá venido?

Se estaba haciendo esta pregunta camino al portón de entrada al galpón cuando el juez Del Masso y su ayudante entraban por él. Entonces, cuando Ascará vio a los dos oficiales de justicia, en especial a Del Masso, la desesperación se le hizo exasperación descontrolada y disparó con muy mala puntería al juez y a Cardozo –así se llamaba el ayudante–quien con destreza desenvainó una pistola y le dio dos tiros a Ascará, en el pecho, y éste cayó definitivamente muerto.

Del Masso, al escuchar de los implicados lo sucedido se interesó más que nada en el novedoso instrumento de tormento y muerte autoprovocados. Como un rayo le pasó la idea de darlo a conocer y ver qué pasaba. Pero de inmediato se recompuso y tomó la firme decisión de que nadie más que los presentes conociera sobre la invención del cepo filoso. Antes de cerrar el galpón le dijo a Cardozo que lo preservara sin curiosos: “Lugar sujeto al secreto del sumario”. Colgó un cartel en el portón y lo cerró con cadenas y candado. Afuera, Del Masso logró un pacto de silencio con todos los presentes, incluidos los niños, cuya responsabilidad recayó naturalmente en Gloria, la madre. En los días siguientes se ocupó él mismo, siempre con la colaboración de Cardozo, de hacer desaparecer toda prueba o indicio de cómo era el monstruoso invento.

Por supuesto que Del Masso pensó que alguien, algún día, explicaría cómo era el cepo filoso, término que, en primer lugar, Del Masso les pidió que desterraran de sus cabezas. Pero se equivocó. El terror los amilanó para siempre y efectivamente se prohibieron mencionar el nombre de “eso”.

Gloria se separó de Vives y vivió en el pueblo de al lado hasta que murió, junto con los niños, en la fatídica ‘curva del ferrocarril’, mal señalizada, donde los arrolló un tren sin vagones. Y el otro testigo, Vives, intentó una convivencia con Anabel, que al poco tiempo se les hizo insoportable por las culpas que acarreaban. Se peleaban de continuo hasta que en un mal día, ambos borrachos, discutieron a las trompadas mutuas y Vives puso fin tomando su escopeta de dos caños, y volándole la cabeza a Anabel. Luego, se puso los caños en la boca y apretó el segundo gatillo, el del otro caño del arma.

Como buen ayudante, el oficial de justicia, Cardozo guardó con celo en su fuero íntimo la existencia del invento. Murió a los tres años por muerte súbita debida al stress acumulado por éste y otros casos.

Bueno, ya he presentado la síntesis de lo que Del Masso explicó, casi en clave, dentro del sumario secreto que escribió, y ofrezco hasta bosquejos que conservo del cepo filoso. Ahora, entre otros documentos, doy a conocer este en el pueblo y en los grandes medios de comunicación de las ciudades para ver qué pasa. Me juego por que nadie, entre tantos instrumentos sádicos que ya existen, se interesará por éste, y el cepo filoso sólo habrá sido un mal recuerdo, un cuento malo.

Más obras del autor en http://www.zuasnabar.com.ar/
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5 respuestas a El cepo filoso. (Horacio de Zuasnabar)

  1. manolivf dijo:

    Es un buen cuento, Horacio. Desde luego yo me he entretenido mucho leyéndolo, tiene tela la historia del “cepo filoso”…

  2. manoli dijo:

    Escalofríos, es lo que consigues provocar con la descripción del arma mortífera. Buen cuento, una tragedia de las de pueblo, de venganzas y rencores y suicidas. Muy bueno.

  3. ¡Jesús, aquí no queda ni el apuntador! Bien narrada la premeditación del protagonista, trazando su plan vengativo

  4. Eva dijo:

    Sigo con los ojos desorbitados…¡Impresionante! Excelente narración, me ha gustado mucho cómo la forma de decir del narrador te transporta a una época, unas costumbres, está genial pintado. Mientras leía, podía ver claramente a los personajes, se respira la atmósfera.
    ¡Enhorabuena, Horacio!

  5. carlaluna91 dijo:

    Extraordinario, Horacio. Muy entretenido y muy bien relatado.

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