El secreto. (María Manrique)

El pueblo estaba sumido en una intensa oscuridad. Sólo la débil luz de una farola en la plaza, justo delante de la puerta del Ayuntamiento, permitía ver algunos árboles, bancos y el pequeño balcón de la casa consistorial.

 El silencio era sepulcral, roto de vez en cuando por el ladrido de algún perro lejano. Los habitantes del lugar dormían tranquilos en la oscura y apacible noche. Sólo José estaba inquieto y desvelado. El rumor que aquella pasada tarde se había extendido por todo el pueblo, lo habían hecho retroceder veinticuatro años. Los acontecimientos de entonces, donde él había sido uno de los protagonistas principales, habían vuelto para martirizarlo de nuevo, para volver a vivir toda aquella desagradable historia que él había hecho todo lo posible por olvidar y que gracias a Lucía, su mujer, lo había conseguido.

 José mira cómo duerme Lucía ajena por completo a la angustia que él está pasando; quisiera despertarla, contarle cómo se siente, ella le ayudaría como hacía siempre, cómo lo hizo entonces y cómo lo había hecho a lo largo de tantos años de matrimonio. José veía a su mujer como su salvación, como su ángel de la guarda que en los momentos difíciles estaba ahí, escuchándolo, dándole ánimos y queriéndole. Él no podría vivir sin ella; la quería, la necesitaba, aunque no sabía si eso era verdaderamente amor; sólo que se encontraba muy a gusto con ella y que le había dado un hogar feliz, tranquilo y sin sobresaltos. Su carácter alegre, positivo y extrovertido, habían hecho el milagro de que él hubiese olvidado el problema que ahora, después de tanto tiempo, un simple rumor lo tuviera preocupado y desvelado.

Se levantó a beber agua. Al salir al pasillo y pasar por delante de la habitación de su hija, se paró ante la puerta entreabierta y oyó su respiración lenta y profunda; un gran sentimiento de amor le llenó los ojos de lágrimas. Se alegró de que Marta estuviera profundamente dormida, no deseaba por nada del mundo que lo viese en aquel estado y preguntara qué pasaba; no sabría que decirle. Bebió agua y se dirigió al salón. Separó las cortinas y miró la calle; la oscuridad era total aún, pero dentro de poco amanecería y quizá viera las cosas de otra manera. Con ese pensamiento volvió a la cama, pero su angustia no desaparecía. Despertó a Lucía y le contó lo que le pasaba.  Ella, ajena al rumor que lo tenía preocupado, lo regañó por no contárselo antes y lo primero que dijo fue que Marta tenía que saberlo todo y que se enfadaría con razón, por habérselo ocultado durante tantos años. José se tranquilizó un poco, por lo menos se quitaría un peso de encima; le preocupó la reacción que pudiera tener su hija, pero cuanto antes se lo contara mejor. Su hija lo perdonaría, estaba seguro.

 Lucía le había dicho en cuanto la niña tuvo edad para comprender,    que hablara con ella, al fin de cuentas, él no había tenido culpa de nada, al revés, fue el más perjudicado, pero José se resistió a hablar con su hija, quería retrasar el momento hasta que no tuviera más remedio y ese momento había llegado. No comprendía cómo Marta no se había enterado antes, viviendo en un pueblo pequeño, dónde las buenas y  malas noticias o sucesos se recuerdan continuamente, precisamente porque no suelen ocurrir y se pasan de una generación a otra cómo si acabaran de pasar.

Desayunaban los tres en la cocina. Lucia, como era habitual en ella, estaba tranquila, aunque sí algo preocupada por cómo se iba a desarrollar la conversación. José, evidentemente nervioso, hacía como que desayunaba, pero a su boca no llegaba ningún alimento; Marta notaba algo de tensión en el ambiente. Los desayunos solían ser amenos, se hablaba de lo que tenían que hacer durante el día, y se comentaba alguna noticia especial acontecida en el país, y que habían visto en televisión. Pero hoy no era igual, hoy su padre estaba muy callado, y su madre, tan parlanchina siempre y tan animosa, se esforzaba en aparentar que todo iba bien.

– “Bueno, ¿quién quiere decirme lo que pasa?”

 La pregunta les sorprendió, pero al mismo tiempo les liberó, sobre todo a él, que sabía que ese era el momento que estaba esperando para empezar a hablar. Miró a Lucia, ésta lo animó con un gesto cariñoso a que empezara. Marta los miró intrigada, y también animó a su padre

-Verás: – le dijo nervioso y retorciéndose las manos –  Marta le posó las suyas encima a modo de tranquilizarlo. Verás: ante todo quiero que me dejes hablar sin interrupciones, quiero decirte y contarte algo que ignoras, necesito hacerlo de un tirón, porque temo que si me haces alguna pregunta no pueda continuar, y quiero liberarme ya de ésta angustia que me oprimió el pecho hace muchos años, y que desde ayer me lo ha vuelto a oprimir. Tú eres parte importante de lo que te voy a decir, así que no me juzgues hasta que haya terminado, luego… luego estarás en tu derecho de decirme lo que quieras, yo lo comprenderé.

 

Hace veinticinco años conocí a una chica maravillosa, inteligente, bella, muy bella. Fue aquí en el pueblo, durante las fiestas; bailé con ella en el baile del casino, me gustó su forma de hablar, su simpatía, su cultura y me cautivó su belleza. Ella me dijo que estaría una temporada en el pueblo con unos familiares, que al final del verano regresaría a la universidad, donde estudiaba medicina. Me enamoré, me volví loco por ella, aunque sabía que se marcharía y que quizá no volvería a verla. Fueron dos meses intensos.  Salíamos con los amigos del pueblo, tú los conoces a todos. Íbamos a las fiestas de los pueblos de alrededor, de excursión, nos bañábamos en el río…eran otros tiempos, y ya sabes, nos divertíamos de una manera sana, no como ahora, que si no haces… ¿cómo se dice? ¡Botellón! Eso, botellón, parece que no puede haber diversión;  Así, poco a poco, nos íbamos conociendo y nos fuimos apartando del grupo.  Nos escapábamos solos y hablábamos de nuestros proyectos, de su carrera, de mi negocio que acababa de empezar y que parecía que iba bien, de literatura, de cine, de teatro…Así empezó nuestro amor, así empezó lo que parecía que era la felicidad más grande que un hombre puede desear, así empezó la angustia de saber que el verano se acababa y que ella se marcharía, así empezó la pasión y así pasó lo que tuvo que pasar.

Ella se fue un domingo, yo le acompañé a la ciudad y al aeropuerto; era un día nublado, o yo lo veía nublado; se iba el amor de mi vida, no sabíamos cuándo nos volveríamos a ver. En Navidad o Semana Santa…ya veríamos, nos llamaríamos…ya es la hora, estaban anunciando su vuelo. Adiós. Besos. Besos. Besos. Adiós. Adiós. Más besos. Llámame cuando llegues. Adiós. Te quiero. Y yo.

La vi alejarse entre los demás pasajeros. Ella miraba atrás, y me lanzaba besos con la mano, yo le respondía igualmente. No me marché del aeropuerto, hasta que su avión despegó y se perdió en las alturas.

Al principio las llamadas telefónicas eran diarias, luego se fueron distanciando. Yo la llamaba y no respondía; así pasaron meses en los que yo no vivía, no salía, sólo de casa al trabajo y del trabajo a casa. Decidí ir a verla, y así lo hice, pero no la encontré, ya no vivía allí. Su familia en el pueblo tampoco sabía nada, en la universidad no la conocían…estaba abrumado, desesperado, y entré en una depresión. La odié, la odié como nunca creí que se pudiera odiar. No la odiaba por su desaparición, la odiaba por las mentiras, por su falsedad… y eso entroncó mi vida y me sentí vacío.  Entonces, mi amiga Lucia vino a verme. Nos conocíamos de toda la vida, estudiamos en la escuela del pueblo, en el instituto, y en la misma universidad. Ella terminó farmacia y yo empresariales. Nos queríamos mucho. Me ayudó, me confesé con ella, lloré con ella, hablé, hablé y hablé. Ella con paciencia me escuchaba callada, y sólo hablaba cuándo yo le pedía consejo; sabía cómo decirme las cosas y poco a poco nos fuimos encariñando de una manera especial.

Mayo era la fecha que habíamos elegido para casarnos. Se lo pedí en enero, cinco meses después de la desaparición de Julia. La recordaba aún, pero  cómo algo que había pasado hacía mucho tiempo; a veces me venían ráfagas de alguna conversación, de algunas risas, pero no me dolía. No la odiaba. Sólo  mi mente la alojó en un rincón muy escondido y borroso.

 Lucía me había ayudado muchísimo. Hizo un trabajo maravilloso. Empecé a sentir por ella algo que sobrepasaba la amistad. Ella sabía que no era pasión, que no sentía lo mismo que sentí por Julia, lo hablamos mucho y decidimos arriesgarnos, pues estábamos bien juntos, nos entendíamos y éramos felices así.

Llegó mayo y con él el buen tiempo. Se acercaba el día de la boda, y andábamos atareados con los preparativos. Iba a ser una boda encilla; Sólo la familia más cercana y los amigos nuestros de toda la vida.

El día de la boda amaneció precioso y luminoso. A las doce del mediodía nos casamos en nuestra iglesia, en nuestro pueblo y acompañados por nuestras familias y amigos. Empezábamos a bajar las escalinatas de la iglesia, nuestros amigos nos jaleaban con vivas y nos “disparaban” arroz desde todos los ángulos. Y la vi. Allí, al pié de las escaleras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Me quedé sin habla, con náuseas, parado y mirándola sin creer lo que estaba viendo. Lucía me dijo que estaba pálido y en ese momento también la vio. Julia empezó a subir las escaleras, todos se separaron  haciendo  pasillo para que ella llegara arriba.

 Estaba demacrada, con grandes ojeras, sucia, despeinada…una sombra de la muchacha que yo conocí. Llevaba un bulto en los brazos que apretaba con fuerza contra su pecho. “Toma, es tu hija, yo no puedo tenerla.” Y sin decir ni una palabra más, bajó corriendo las escaleras, subió a un coche que la esperaba y se marchó. Una niña recién nacida empezó a llorar en mis brazos. Desde ese momento no quise separarme de ella.

Aquella niña, Marta, eres tú. Ahora  ya sabes lo que pasó. Y si hoy te digo todo esto, es porque tu verdadera madre llegará hoy al pueblo; eso por lo menos se rumoreaba ayer. Quiero que sepas que eres libre de hacer lo que quieras. De verla o no, eso sólo lo decides tú, y nosotros respetaremos tu decisión. No sé para qué viene ni con qué intenciones. Y no sé si en las mimas condiciones de la última vez. No sé si me perdonarás que no te lo contara antes. Eras mi niña y Lucía tu madre. Tuve miedo de que nos dejaras.

Marta se levantó y los miró a los dos. “Tú eres mi padre y tú mi madre,y no tengo nada más que decir, sólo una cosa: ya sabía la historia desde hace muchísimo tiempo; parece mentira que no conozcas a la gente en los pequeños pueblos. Os quiero, eso es lo que importa. Y ahora a movernos, no quiero llegar tarde a mi boda”

Marta y su marido bajaban las escalinatas de la iglesia; un poco apartado, un coche gris plateado aparcaba. Una mujer con gafas de sol miraba con la ventanilla bajada. Marta la miró y la mujer le sonrió. Los amigos la rodearon felicitándola. Cuándo volvió a mirar el coche había desaparecido.

 Cuando José y Lucía abrieron la puerta de su casa, encontraron un sobre en el suelo, una pequeña nota en su interior decía: “Sin darme apenas cuenta me metí en un mundo feo, del que es difícil salir. Te engañé. Jamás fui a la universidad. Mi estancia en el pueblo era una manera de alejarme de ese mundo. Pero recaí y me sumergí en lo más profundo del negro pozo. No estaba en condiciones de cuidar a nuestra hija. Hoy estoy completamente curada, trabajo y me va bien. Sólo he venido a verla vestida de novia. Espero que sea muy feliz. No molestaré más, gracias por haber cuidado de ella. Sois unos padres estupendos. Julia.” 

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10 respuestas a El secreto. (María Manrique)

  1. aprendiz dijo:

    Estupenda historia,toda una novela pequeña.Me encantó,gracias.

  2. Gracias, aprendiz. Un abrazo.

  3. Eva dijo:

    Me ha tenido intrigada…deseando saber qué había pasado. Cómo la vida misma!!!…

  4. Un bonito relato. Muy sencillo y real. Me ha gustado

  5. Santo Alcibiades dijo:

    Una historia extraña y atrapante. No me imaginé el final pero fue genial. Me ha gustado tu cuento. Te felicito.

  6. Vanesa Diego dijo:

    Buena descripción de la angustia del padre. Un saludo!!

  7. carlaluna91 dijo:

    Emocionante final. Enhorabuena, María.

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