El valor de los pueblos. (Cleopatra Smith)

    Me desperté en la oscuridad de aquella habitación, el corazón latiendo con fuerza, la respiración agitada. Una lágrima seca seguía pegada a mi mejilla, pareciese como si se negara a abandonarme, como una única compañía que se había quedado abrazada a mi piel… Hice un esfuerzo por contenerme y no acabar de nuevo llorando, pero una mueca que pretendía ser una sonrisa afloró a mis labios, imponiéndose a ese deseo amargo en un impulso que junto con la sonrisa surgió de la nada y triunfó sobre él.

    Mis pies tocaron el frío suelo y un escalofrío recorrió mi espalda, pero no me importó, ni significó nada. Decidida me dirigí a esa ventana por la cual por una rendija se colaba un halo de claridad, intentando enseñarme el camino que debía seguir. Yo la miré sin mirarla… “Luz”, —dije en un susurro de voz apenas imperceptible para mí misma y que más que salir, se cayó de mis labios. Con manos temblorosas pero decididas, descorrí las parcas cortinas, abrí las ventanas de madera que aislaban las primeras, las de cristal, para seguidamente abrir éstas de par en par dando paso a esa luz, la cual astuta se acomodó rápida en la estancia y desterró de ella a la temida oscuridad.

    Una brisa fresca me recibió para darme los buenos días, una sutil caricia me calentó primero las mejillas, entrando resuelta por los poros hasta llegar a mi alma. Una grata sensación de bienestar me alentó y me calmó de mis nostalgias. “¡Sol!”, —clamé en un grito mudo de sorpresa y regocijo por lo que acababa de sentir, y cerrando los ojos me dejé llenar por esa sensación que entraba en mí con gran dulzura y ansia, como un milagroso elixir que llenaba de esperanza a un afligido corazón, porque siempre hay un pasado, un sufrir y añoranza.

    De pronto a mis oídos llegaron risas, voces cantarinas, y eso me hacía desear mirar hacia esa ventana, más  que a lo que arrastraban mis espaldas. Abrí los ojos y busqué el motivo de aquella alegría, niños que a tan temprana hora jugaban y cuales ecos resonaban en el empedrado de la calle. Personas que más que caminar, bailaban al compás de sus andares. Me fijé en las fachadas de las casas, tan blancas, que reflejaban tanta luz, tanta pureza. Flores, muchas flores en los balcones dotando de ese color y esos aromas que embriagan, y llenando todo de ese encanto que tan sólo ellas tienen y en sus hojas guardan. Advertí mucha paz, una gran tranquilidad, aire fresco y puro, silencio lejano, susurros cercanos…

    Sonreí cuando percibí el olor del pan recién hecho y el de la leña que los horneó, que se entrelazaban con los del café tostado y con el de las ricas tortas de anís, y su dulzor. Me vino el aroma del jabón de pueblo que salía de las ropas tendidas, que con los del campo, las hierbas y las frutas surgían; arropados todos por ese hermoso cielo, haciéndose notar expresamente hoy, por y para mí…

    Miré a lo lejos, al fondo la sierra, era extraño, pues se veía tan lejana y a la vez tan aquí… Estaba segura de que si extendía la mano podría tocar la nieve con ella, y sentir en su frialdad la desidia, esa que yo había dejado lejos, muy lejos, mucho más allá, y al fin. Advertí la grandeza de aquellos paisajes, de su gran belleza, de sus muchas hazañas; y entendí por qué los poetas las describían en sus versos, y los pintores las pintaban  adorándolas como musas, pues no había por el mundo semejanza en colores y grandeza, como los de todas esas montañas.

    Mis sentidos ya estaban alerta y empezaron a escuchar sonidos que nunca creí que existieran. Los cantos de aquellos pajarillos que me miraban con sorpresa sabiéndome extraña en aquella ventana, que con dulzura me enmarcaba, haciéndome a su vez paisana. El cantar de un gallo que le daba la bienvenida al nuevo día me arrancó una carcajada, el dulce ronroneo de un gato en la puerta de enfrente me hizo sentir deseos de caricias, de un regazo, de un presente. Creí reconocer el rebuzno de un asno, los cascos de un ágil caballo calle abajo, los reclamos de un corderito que buscaba con ahínco los calostros que calmarían su llanto. Y entonces lo advertí, muy al fondo, agudicé el oído para enriquecerme con aquel lejano murmullo… — ¿Que qué era? ¡Agua! seguramente clara, pura, que bajaría por la acequia presumiendo de su sutileza, para perderse por los llanos y calmar la sed de todos aquéllos que en su recorrido se encontrara y entendieran de su frescura, también de su importancia, y grandeza.

    Y en ese preciso instante fui consciente del hecho, del porqué, de la razón y el motivo de mi decisión de dejarlo todo para hoy y ahora, admirar la vida desde el marco de esta ventana.  Estaba rodeada de todo lo que necesitaba, cosas simples pero las más valiosas para mí, pues el valor de lo sencillo, de lo natural es lo más hermoso, lo más preciado para el alma y lo que en estos momentos más anhelaban yo, y mi sentir.

    Por ello sonreí al nuevo día, al sol, a la esperanza, y desde ésta ya mi ventana, le di las gracias a éste desde hoy mi pueblo, en el que echaría las raíces necesarias, porque nunca es tarde para volver a empezar y forjar ese futuro que aflora, aunque sólo haya un mañana, porque ya no estoy sola, me siento arropada ya que les tengo a ellos, en este cálido entorno, en ésta ya mi nueva morada.

    Volví a aspirar ese aire llenando mis pulmones, y sintiendo como todo ese mar de sensaciones entraba y sosegaba todos mis zozobrados rincones.

Me sonreí, y sé que mi mirada brillaba al fin feliz, hoy y aquí.

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20 respuestas a El valor de los pueblos. (Cleopatra Smith)

  1. aprendiz de poeta dijo:

    Lindo.Mucha suerte.
    Saludos.

  2. Patricio Nuñez Fernandez dijo:

    Un relato precioso. Te felicito.
    Saludos

  3. Mar dijo:

    Me encanta como describes la belleza natural de ese pueblo. Esa ventana no tiene precio y la apreciación de lo valores que importan, tampoco. ENHORABUENA.

  4. Susana Martín dijo:

    Me ha gustado mucho. Es un relato que me llega por como está escrito y por lo que cuenta. Un saludo

  5. Bonito relato. Yo creo que cualquier día, en un paisaje con colores, sonidos, luz y murmullos de agua en la lejanía, como éste que con tanto acierto relatas, nos pasa desapercibido por la costumbre de verlo a diario y no nos damos cuenta de lo que tenemos delante de nuestras narices, hasta que un día por casualidad, algo te llama la atención y descubres lo maravilloso que hay a tu alrededor, y es entonces cuando se empieza a ver las cosas que te has perdido. Me encanta tu relato. Mucha suerte!

  6. Ángela dijo:

    Siempre he dicho y defiendo que lo mejor que tiene el tema de escribir es que inmortalizamos con nuestras palabras un paisaje, un momento, la luz del sol, lo que sentimos en ese instante al mirar otros ojos ¡qué sé yo! Bonito relato. Gracias por compartir con nosotros esas imágenes.

  7. Joan Manuel García Paz dijo:

    Una ventana al nuevo día, a la esperanza y a la belleza de la vida, el marco que te hace escribir lindo.Saludos y suerte.

  8. Eva dijo:

    ¡Precioso! ¡Y qué sana envidia he sentido! ¡Con lo que me cuesta describir paisajes y lo importante qué es! Me has transportado, he podido sentir, oler, oír…¡Pero qué bien lo has hecho!
    Este finde me has regalado Naturaleza, belleza, sin salir de la urbe.Todo un regalo, mil gracias.

  9. Alfonso dijo:

    Un persistente ascenso por las faldas del amanecer que deslumbra con un bien estructurada historia que ilustra las esperanzas de un nuevo punto de partida. Gracias por compartir.

  10. Santo Alcibiades dijo:

    Muy buen relato. Descriptivo y esperanzador. Te felicito

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