El costo del odio. (Arturo Daussà Lapuerta)

   Aquel sábado la ciudad se despertaba perezosamente, los camareros del Glacial preparaban las mesas de la terraza; en una de ellas dos amigos hablaban mientras tomaban sus cervezas, eran dos hombres que habían pasado el medio siglo y por su aspecto y modales se adivinaba que eran personas de nivel, se les veía muy contentos.

    —¡Menuda sorpresa! Gracias a que me localizaste por mi blog pudiste llamarme y nos podemos ver después de… no sé algo así… ¿cómo treinta años?, estoy contento —Sergio decía esto con un gesto de alegría, levantando su jarra de cerveza y dirigiendo su mirada directamente a los ojos de su amigo.

   Martín alargó su brazo y con la mano alzó la jarra,  correspondiendo al saludo de su amigo. Observaba con detenimiento que los años le habían marcado con un cincel muchos caminos de arrugas que escondían multitud de experiencias. No sólo se dio cuenta de eso sino que cuando alzó el brazo con la jarra, no pudo disimular un rictus de dolor, no fue un gesto de dolor agudo sino de resignación a una cosa irreparable.

   —Sergio ¿Qué te pasa en el brazo? —Le preguntó Martín con sorpresa al tiempo que sacaba un cigarrillo de la cajetilla, y se disponía a encenderlo.

   —No nada, este dichoso hombro que cada vez que hay cambio de tiempo me duele, es cómo si tuviera metido dentro un meteorólogo —dijo esto con un tono cómo dándole poca importancia al hecho, y fuera una cosa natural.

   Martín sacudió la cabeza esbozando una sonrisa enigmática, se detuvo, le miró con semblante serio y pensativo como si tuviera que tomar aliento antes de hablar:

   —Y ¿desde cuándo te duele? —preguntó, más que nada para mostrar interés, sabiendo que la pregunta era más retórica que otra cosa, había notado en el gesto que aquello era un dolor sordo y resignado.

   Sergio no contestó de inmediato, hacía esa pausa intencionadamente para cerciorarse de que Martín le iba a escuchar con atención.

   —Bueno… pues desde aquel día este hombro no ha dejado de darme la murga cada vez que cambia el tiempo.

   Martín no acababa de adivinar a qué se refería con ese –desde aquel día- arrugó su frente, dobló los labios y arqueó las cejas. Sergio al ver la expresión de duda le preguntó:

   —Pero hombre, ¿no te acuerdas del verano que me rompí el hombro?

   Martín enseguida adivinó.

   —Sí hombre claro que me acuerdo, pero de eso hace mil años… aquel pueblo de mala muerte y el maldito profesor de matemáticas… ¡menudo veranito!  

   Sergio juntó el índice y el pulgar de ambas manos y los sitúo delante de sus ojos a modo de gafas, mientras imitaba la voz rota y ronca del profesor diciendo:

   —¡Pórtense bien! Si no mañana los mandaré en el autobús a Puigcerda.

   La imitación del gesto y  la voz hicieron reír a los dos. Martín ya calmado dijo:

   —Menudo tío y menuda manía le teníamos, pero bien pensado ahora con los años, vaya inconsciencia con lo que hicimos ese día.

   —Claro, pero es que en realidad lo odiábamos con todas nuestras fuerzas.

   —Hombre sí, —replicó Martín— pero no dejábamos de ser unos críos. Aunque aquello fue fuerte lo reconozco.

      —Mira eres el de siempre no has cambiado. Te he de decir que desde ese día yo no he deseado mal para nadie nunca más, aunque en realidad no sé si aquello que sentíamos de críos se le puede llamar odio. Pero te diré una cosa, lo que me pasó fue una suerte, una especie de señal que me  recuerda  que la venganza es un mal negocio, a ti no sé, pero aquel día no sólo me rompí el hombro sino el alma.

   Se hizo un silencio cómplice, permanecían callados en una larga pausa, ambos recordaban el episodio de ese verano. El sol empezaba a calentar.

 ***

 Es asombrosa la cantidad de sucesos que caben en una sola frase, dicha de manera simple, cómo de pasada —Aquel día— pero no tiene nada de simple.

    Aquel verano Sergio y Martín suspendieron tres asignaturas, una de ellas las matemáticas. Sus padres como castigo y con una severidad extrema los enviaron a pasar el estío en la masía de unos conocidos en el minúsculo pueblo de Meranges.

   En aquellos años el pueblo estaba comunicado por una estrecha carretera  de tierra con  Puigcerdá, por la que llegaba un destartalado autobús una vez al día, los martes llevaba el correo y los domingos el párroco.

  Tres días a la semana subía con un viejo dos caballos, un profesor a dar clase a los dos díscolos discípulos, la verdad es que les hacía la vida tan imposible que lo llegaron a odiar con todas sus fuerzas, que no por ser fuerzas infantiles dejaban de tener un fuerte poder. Tal es el caso que decidieron vengarse de este hombre y entre los dos urdieron un plan.

  El lunes cuando llegara el susodicho profesor, Sergio se encargaría de entretenerlo en el granero, mientras Martín manipulaba el motor del viejo dos caballos, con eso conseguían que el profesor, que odiaba el pueblo y no sabía ni cómo abrir el capó del coche, no tuviera más remedio que fastidiarse quedándose a pasar la noche esperando que con el autobús llegara el mecánico al día siguiente.

   La cuestión es que Martín sin tener ni idea de mecánica, sólo se le ocurrió desconectar el tubo de la gasolina del carburador, dejando una pista clara de la fechoría, y no sólo eso sino que con las prisas asustó a unas vacas que saliendo en estampida tropezaron con el rudimentario cable de la línea telefónica, dejando al pueblo sin comunicación.

   El caso que nada sucedió según lo previsto; un hecho inesperado dio al traste con todo.

   Sergio normalmente bajaba la escalera del granero de una forma peculiar, se dejaba resbalar deslizándose por la misma con los pies a ahorcajadas a modo de freno, estaba cansado de hacerlo y nunca le supuso ningún problema.

   Aquel lunes estaba nervioso, Martín le había puesto al corriente de la consecución exitosa de su misión sobre el dos caballos del odiado profesor y de la mala suerte de la estampida de las vacas, eso le inquietaba la conciencia.

   Sea una cosa u otra, el caso es que ese día al deslizarse por la escalera su mano tropezó con algo y se soltó. La caída fue espectacular y los gritos de dolor los oyeron hasta Pernambuco.

   Acomodaron a Sergio en el asiento posterior del viejo dos caballos, el profesor se disponía a llevarlo a urgencias del hospital de Puigcerdá, pero el coche se negaba a arrancar, cómo si estuviera muerto. Allí nadie sabía resolver y estando sin teléfono, esperar al autobús del día siguiente podía ser dramático a juzgar por los espasmos de dolor del joven Sergio. Se organizó un grupo de cuatro ciclistas que partieron de inmediato para avisar del drama y pedir su rescate, pero claro eso tardaría horas.

   Para Sergio el drama era doble, porque aparte del dolor físico su alma se debatía en confesar la venganza consumada, delatando a su amigo y así acortar su dolor, en esa duda pasaron más de dos horas. Ya no podía más y al mínimo movimiento por milimétrico que fuera, veía no sólo las estrellas sino el firmamento entero.

   Por su parte Martín no sabía que hacer, delatarse el mismo suponía un castigo impensable de sus padres, si lo habían desterrado en ese sitio olvidado, ¿qué podrían hacer después conocer la fechoría? Pero claro ver sufrir a su amigo no era precisamente la mejor de las situaciones.

   Finalmente sin saber de qué manera, encontró una situación de compromiso. Se inventó el cuento de que un amigo de la familia tenía un coche de igual marca y modelo, y sabía alguna cosa sobre ese vehículo.

   El resto fue simple, le dejaron hurgar en el motor y pronto se solucionó el rescate, circunstancia que no sólo le salvó del descubrimiento del boicot, sino que en cierto modo lo convirtió en el héroe salvador.

    Ya en el hospital las palabras del doctor fueron tajantes, a modo de riña:

   —Si esta rotura se hubiera tratado enseguida no pasaba nada, pero ahora ya veremos si todo queda soldado a la perfección.

   A Sergio esas palabras quedaron cinceladas en algún lugar del cerebro.

 ***

    Sergio se cambió de silla, el sol tocaba su cogote con fuerza, alzó su mano señalando al camarero que trajera otras cervezas. La terraza estaba más concurrida y se había apoderado un olor a calamares fritos. Le costaba creer que Martín hubiera olvidado aquel episodio, es más que ni tan siquiera le sirvió para aprender algo.

   Efectivamente para Martín aquellos recuerdos solamente eran vivencias que se habían llevado el viento de la vida, ese que cada día nos empuja para levantarnos y vivir un día más.

   —Bueno —dijo Martín— en definitiva ya ves todo lo de aquel día, no sirvió para nada ni tan siquiera para vengarnos del odiado profesor.

   —Te voy a decir una cosa —contestó Sergio mirándolo con cierto desdén— yo sí que aprendí algo.

   Martín se quedó descolocado con esa afirmación, quedaba un poco en inferioridad de condiciones desde un punto de vista intelectual, así que preguntó:

   —Vaya y ¿se puede saber que aprendiste? —Hacía la pregunta más pensando en un argumento para responder que en la pregunta en sí, lo que no podía imaginar era la contundencia de la repuesta, imposible de rebatir.

   —Pues mira lo que te voy a decir no lo tomes como una moraleja, pero cada vez que me duele el hombro recuerdo que eso es el costo del odio.

   La plaza se empezaba a llenar de gente, aumentaba el murmullo cómo si la vida renaciera en la ciudad.

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3 respuestas a El costo del odio. (Arturo Daussà Lapuerta)

  1. Joan Manuel García Paz dijo:

    Buen aprendizaje en este relato magníficamente ambientado.Me ha gustado mucho,la forma y el fondo.Saludos y suerte Arturo.

  2. Me ha gustado mucho por la agilidad en los diálogos y el fondo del asunto. Muy bien desarrollada la acción. Enhorabuena

  3. Eva Olave dijo:

    Muy bien hilado. Los dialogos se articulan de forma amena, describiendo perfectamente el sentimiento de los protagonistas. Gracias por compartirlo.

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