El solitario. (Arturo Daussà Lapuerta)

   Había una vez un hombre solitario. Vivía no lejos de una aldea en una choza construida por el mismo en un rellano del bosque.

   Nadie sabía de él más que algunos datos y no muy seguros. No tenía amigos. Era huraño. Nadie conocía su voz. Nadie había penetrado en su choza a pesar de que esta no tenía puerta. En cambio todos hablaban de él.

   —Claro, es así porque vive solitario…

   Otros lo manifestaban de diferente forma:

   —Cómo queréis que sea feliz sin vivir en el pueblo…

   Los más dedicaban comentarios de comprensión:

   —Quizás es mudo y le da pena…

   Pero a estos los más radicales, sin disimular su odio contestaban:

   —No, en el fondo eso es orgullo, no quiere reconocer que es inferior a nosotros.

  Y así quien  más quien menos le tenía una mezcla de compasión, desprecio y odio.

 

   Llegó un día un forastero al pueblo, pidió albergue, pero allí no habían posadas y además… las casas estaban muy llenas… había poco espacio. En fin no lo halló.

   Cuando marchaba del pueblo vio una choza sin puerta y decidió albergarse allí. La sorpresa fue al verla habitada, también el solitario se extrañó de ver que alguien entraba en su choza, se miraron un momento y el solitario le hizo un sitio junto a él. No sabía por qué, pero le pareció que aquel forastero no le era extraño, que ya lo conocía.

   Al día siguiente la extrañeza la tuvo el pueblo al ver al solitario en compañía del forastero. Y el asombro creció cuando se dieron cuenta de que pasaban los días y el forastero no se iba.

   La gente empezó a sentir curiosidad por saber de las intimidades de aquellos dos hombres.

   Algunos llegaron  a acercarse a la choza sigilosamente. Cuantas veces lo hicieron encontraron al forastero tocando un extraño instrumento y el solitario escuchando embelesado. El solitario había cambiado, sonreía y saludaba cordialmente a cuantos encontraba.

   Él y su amigo pasaban horas y horas paseando y conversando animadamente. Se sentía feliz. Y la gente del pueblo lo veía feliz.

   Precisamente por eso también sintieron odio por el amigo; había demostrado que el solitario podía ser feliz sin los del pueblo y eso no se lo perdonaban.

   Aprovecharon un día que el amigo se ausentó, para entablar conversación con el solitario:

   —¡Hola!, no sabes cuánto se te quiere en el pueblo, todo el mundo habla de ti, lástima que desde hace un tiempo hayas perdido tu personalidad. Antes eras libre, ahora dependes de otro.

   —¡Falso! —contestó airado el solitario— mi amigo es muy bueno, nunca me encontré tan alegre cómo ahora.

   —¿Cómo no va a hacerse el bueno, si con eso ha logrado pasar de mendigo a señor tuyo?. Y lo que tú llamas alegría es engaño; pierdes la responsabilidad sobre ti mismo. No… no es alegría lo que sientes, es que te agarras a la vida fácil. —esto lo dijo el más viejo del lugar, haciéndose sitio en el centro del corro de personas. Habló pausadamente y remarcando las  frases para revestirlas de gran solemnidad.

   Aquellas palabras quedaron clavadas dentro del solitario… aunque en principio las rechazó, con el tiempo fueron obsesionándole.

 

   Un día salió antes que el amigo se levantase, quería sentirse sólo, dueño de sí mismo. No estaría muy lejos cuando la extraña música tocada por el amigo llegó a sus oídos.

   No pudo resistir y fue a su encuentro. Sentía vergüenza de lo hecho y se excusó diciendo que había pasado una mala noche y había salido a tomar el fresco; sin darse cuenta se había alejado. El amigo le miró con ojos tristes.

   Pero volvieron las obsesionantes palabras; veía además aquella extraña mirada del amigo. No vivía ya tan feliz.

   Un día construyó una puerta para su choza diciendo que no le parecía bien ser distinto de los demás.

   A los pocos días volvió a salir de madrugada, cuando el amigo aún dormía. Pero esta vez pudo encerrarle cerrando la puerta.

   De nuevo la irresistible música sonó cerca y una fuerza misteriosa le llevó al lado de su amigo.

   —Pensaba volver enseguida y me he entretenido más de la cuenta. Me alegro que hayas podido abrir… ¿cómo la has hecho? —dijo el solitario algo avergonzado.

   —No he abierto, he salido por la ventana.

 

   Un día que el amigo se ausentó, el solitario estuvo muy atareado. Por la noche a la vuelta del amigo todo parecía normal, sin embargo el alma del solitario estaba en tempestad.

   A la mañana siguiente cuando el amigo despertó se encontró la puerta cerrada, las ventanas con barrotes de hierro y su extraño laúd desaparecido.

   El solitario corría, corría huyendo de nuevo a su soledad.

   De pronto la melodía sonó a sus oídos. Cayó extenuado.

   El amigo iba arrancando notas de los barrotes de la ventana y esperaba la vuelta del solitario.

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5 respuestas a El solitario. (Arturo Daussà Lapuerta)

  1. Joan Manuel García Paz dijo:

    hermoso, muy hermoso y estupendamente narrado.felicitación y saludo.

  2. aprendiz de poeta dijo:

    Interesante de principio a fin,me gustó mucho tu solitario.Gracias y saludos.

  3. Es un relato precioso, lleno de enseñanzas…Enhorabuena. 🙂

  4. Eva Olave dijo:

    Chapeau! Me ha encantado su originalidad, bello y ameno. Muchas gracias

  5. manoli dijo:

    Impresionante historia, a modo de fábula. Perfectamente podría haber encajado también en el tema de Junio. Cómo la envidia va sembrando la duda primero, para destrozar la paz del solitario.
    Muy bonita.

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