Historia de un colchón. (David Otero Arias)

Nací en tierras de Aragón en una gran fábrica. Soy el fruto de un noventa y cinco por ciento de mecanización y un cinco por ciento de la mano del hombre. Dieron en llamarme “Flax, ¡ todo confort!”, y soy uno de los miles de modelos iguales fabricados en aquella década de los noventa.

Una vez hecho fui embutido en un gran plástico transparente y apilado en posición vertical junto a cientos de mis congéneres.

Un día un par de hombres nos fueron colocando horizontalmente sobre un gran palé de madera, yo tuve la suerte de ser el último, con lo que al estar en la parte más alta de la partida gozaba de la mejor vista y de la máxima información.

Llegó una máquina muy ruidosa que, metiendo unos enormes brazos de hierro debajo del palé, nos levantó a todos como si fuésemos ligeras plumas. Fuimos introducidos en la caja de un enorme camión que recorrió cientos de kilómetros vaciándola poco a poco en cada parada que hacía. Yo como fui de los primeros en entrar, salí con la última remesa.

Nos descargaron en un gran almacén donde, además de nosotros, había todo lo necesario para amueblar una casa completa, camas, mesas, sillas, sofás, mesillas de noche, armarios, librerías…

Allí permanecí una larga temporada, tiempo que aproveché para conocer a muchas piezas de las que tenía más cerca, me hice muy amigo de un cabecero de hierro forjado que venía de Valencia, una mesa camilla de Segovia, dos sofás de cuero fabricados en Barcelona. Nos pasábamos el día charlando, bueno, yo más bien escuchando, pues a diferencia de muchos de mis amigos, mi experiencia era bastante limitada, sin embargo el cabecero de hierro forjado era un cajón de sorpresas, además de tener mucha gracia, sabía más que todos nosotros de la vida. El ya había sido vendido una vez, el problema fue que el piso piloto de la urbanización donde lo colocaron se vendió y el comprador para ahorrarse un dinerillo devolvió todos los muebles, entre ellos a mi amigo; pero los dos años que estuvo primorosamente colocado en la habitación principal vivió aventuras que a mi, ignorante de todo, me hacían poner colorado, aunque debo confesar que me encantaban.

Un buen día dos operarios vinieron a buscar a mi amigo y a un somier de 1,90, mis medidas, creí que les había perdido para siempre cuando, para mi sorpresa, los mismos operarios vinieron a buscarme a mí, me despojaron del plástico protector que me cubría desde mi nacimiento, y me subieron en un gran montacargas hasta un lugar donde mi buen amigo el cabecero de hierro forjado estaba colocado en una falsa pared con el somier delante, me situaron encima de éste y allí nos dejaron con dos mesillas de noche de cristal y hierro y una preciosa cómoda de madera imitando a una pieza antigua. Sobre mi colocaron una  almohada de suaves plumas y sobre ambas una delicada colcha blanca con bordados de pájaros y flores de distintos colores. El efecto, por lo que nos dijo la cómoda, que era la que tenía una visión más amplia del conjunto, había quedado precioso, y nos vaticinó una pronta venta.

Así fue, no llevábamos ni un mes expuestos cuando una pareja, un tanto dispar en lo relativo a la edad, pues él doblaba con creces la de ella,  se sentó varias veces sobre mi animados por las constantes alabanzas de la vendedora, alabanzas que yo consideré excesivas, pero ¿quién era yo para saber de técnicas de venta?.

El caso es que al día siguiente los mismos operarios que nos habían montado en la exposición vinieron muy temprano a desmontarnos, de nuevo volvimos al enorme montacargas y de allí, transportados por un carro de madera y ruedas de goma, fuimos colocados en la caja de una pequeña furgoneta. Bien cubiertos por unas sucias pero protectoras mantas grises emprendimos una marcha llena de constantes frenazos, paradas y vueltas a circular, era como estar dentro de una batidora, ahora entendíamos la protección de tanta manta, que habíamos considerado exagerada.

Por fin la furgoneta se paró definitivamente y la puerta corrediza lateral se deslizó hasta quedar totalmente al descubierto toda la carga, es decir, nosotros.

Uno a uno nos fueron sacando del furgón e introduciendo en un pequeño montacargas en el que apenas cabía yo con un operario.

El piso estaba en una sexta planta de un edificio nuevo a estrenar, la habitación de matrimonio era amplia y tenía un gran ventanal que permitía que yo, desde mi posición en horizontal, viese un gran trozo de cielo, un cielo por el que constantemente pasaban hermosas gaviotas blancas, grises, con pintas, volando acrobáticamente a veces, majestuosamente las más.

Me alegré enormemente, iba a estar la mar de distraído, mi destino no era mirar un techo siempre igual, como le ocurría a la mayor parte de mis congéneres, yo al menos vería, aunque no la tendría, la libertad, la más hermosa de las libertades, la del vuelo y el libre albedrío.

En la habitación había, además de mis compañeros de exposición, un gran armario empotrado bastante pagado de si mismo y que apenas nos dirigía la palabra, se consideraba una pieza superior a nosotros porque a él le habían hecho a medida y era único y exclusivo, decía el muy pedante.

A las pocas horas de estar allí instalados llegó la joven que nos había comprado acompañada de varias amigas.

A todas les encantaba como había quedado la habitación, el cabecero y la cómoda fueron los que más elogios recibieron, del armario apenas si hicieron un ligero comentario alabando su gran tamaño; de uno de sus laterales lleno de cajones, sacaron unas sábanas de satén color granate, primero comprobaron que yo estaba convenientemente colocado del lado de verano, pues era la estación en la que estábamos, efectivamente lo estaba, me cubrieron con aquellas delicadas sábanas y sobre estas pusieron una colcha de doble satén en color blanco y cuajada de flores donde predominaba el color granate. El resultado final, según Marisa, que así se llamaba la joven dueña de la casa, y sus amigas era “una monada, y tan sexi”…

Cuando nos volvimos a quedar solos, la cómoda ratificó, aunque con menos énfasis que las mujeres, la armonía y belleza del conjunto.

Al día siguiente dos señoritas modistas, por lo que luego pude ver, vinieron a montar unas enormes cortinas blancas que iban de pared a pared, delante de estas un capialzado con el mismo dibujo de la colcha y a los lados y recogidas con un cordón terminado en borlas de color dorado, la misma tela  blanca llena de flores haciendo distintos pliegues que le daban un aire sumamente elegante.

Por la tarde un electricista trajo y conectó una lámpara de lágrimas de cristal de Svarosky así como dos lámparas iguales pero más pequeñas, una para cada mesilla de noche.

La habitación era una caja de bombones, solamente le faltaba el lazo, a mi me encantaba, al armario le parecía una cursilería y mis compañeros tenían distintas opiniones, demasiado empalagosa para unos y extraordinariamente bella para otros.

Habían pasado un par de días cuando a eso de las cuatro de la tarde, Marisa, acompañada por un joven al que ninguno habíamos visto hasta ese momento, entraron abrazados, besándose y riendo se dejaron caer sobre mi, ni siquiera retiraron la colcha, se desnudaron el uno al otro con la urgencia de quien va a perder el tren, y se pasaron toda la tarde haciéndose el amor desenfrenadamente.

La misma escena se repitió con una frecuencia de cuatro a cinco veces por semana.

Una mañana, llevábamos allí tres meses, Marisa entró acompañada del hombre con el que fue a vernos a la exposición de la tienda, con el que se sentó en varias ocasiones sobre mí y decidieron entre arrumacos que el conjunto les gustaba y que lo compraban.

Mis compañeros y yo quedamos bastante perplejos, ya casi nos habíamos olvidado del caballero que la trataba con el cariño y un respeto antítesis de los modales del joven al que con tanta frecuencia habíamos visto por allí.

Por lo que nos fuimos enterando se habían casado y ese día volvían de la luna de miel. Él, Jorge, era la primera vez que veía el tálamo nupcial, ella no se lo había querido enseñar antes para darle la sorpresa de verlo todo perfectamente montado. Jorge estaba encantado, quiso hacerle el amor a su mujer en ese mismo momento pero esta se excusó posponiéndolo para la noche, las maletas esperaban en la entrada y había que abrirlas y colocar ropa y objetos que habían comprado a capricho de ella durante el largo viaje de bodas.

Jorge resignado fue a buscar las maletas, a vaciarlas y colocar las prendas que iba sacando en los lugares que Marisa le indicaba sentada en la cama fumando y bebiendo un refresco.

No les volvimos a ver hasta esa noche. Jorge la esperaba en la cama con un pijama ligero de color azul cielo, ella desde el baño le pedía que tuviese paciencia, se estaba poniendo guapa para él.

Cuando al fin la puerta del baño se abrió y Marisa se dejó ver, esta no traía sobre si ni una prenda de ropa. Jorge, medio adormilado, la observaba con esa cara que solo saben poner las personas ciegamente enamoradas.

Hicieron, bueno, hizo Jorge el amor a Marisa y a los cinco minutos un suave ronquido nos hizo saber a todos que el hombre se había quedado profundamente dormido.

Marisa, ligeramente frustrada se levantó de la cama fue al baño tomó un par de somníferos y se puso el camisón, volvió a la cama y al poco dormía también profundamente.

Todo esto yo más que verlo lo oía y casi lo sentía, estaban encima de mi parte de verano y solo nos separaba una ligera sábana de seda. Los detalles me los contaba mi amigo el cabecero que tenía una posición privilegiada para poder observarlo todo.

Así fueron pasando los días, el guión era prácticamente el mismo. Llegaban a la cama a eso de las once y media doce, Jorge era el primero en acostarse siempre, luego Marisa, Jorge se ponía encima de ella, la poseía y a los pocos minutos dormía como un bebé. Marisa leía un rato, tomaba un somnífero o a  veces se levantaba y se iba al salón a ver televisión.

Más o menos al cuarto mes de casados, Marisa, comenzó a poner excusas a Jorge a la hora de irse a la cama, así es que éste se acostaba y esperaba a que su esposa hiciese lo propio, al rato y viendo que se demoraba, se quedaba dormido; otras veces eran las frecuentes jaquecas de Marisa las que impedían que Jorge se cobrase el débito conyugal ( esto me lo contó mi amigo el cabecero que se lo oyó a un cura muy putero que yació delante de él con una de las vendedoras del piso piloto, me lo tuvo que explicar con mucho detalle, pues yo no conseguía captar el concepto).

Fuese por una razón o por otra, lo cierto es que cada vez hacían menos el amor y las pequeñas desavenencias comenzaron a surgir entre la pareja.

Jorge comenzó entonces una etapa de frenético trabajo, pertenecía a un estudio de ingeniería, que le obligaba a viajar con cierta frecuencia un par o tres de días por semana. Solía marchar el martes por la mañana y regresar el jueves por la noche, en alguna ocasión lo hacía el viernes por la tarde, dependía de factores que al no controlar directamente hacían que fuese un poco imprevisible en cuanto al regreso, aunque eso si, nunca más tarde del viernes, el fin de semana era sagrado para él, por nada del mundo querría pasarlo lejos de su amada Marisa.

En cuanto comenzó la época de viajes de Jorge, Marisa mejoró notablemente de humor.

Los martes por la tarde, después de una llamada de teléfono de Marisa, la puerta de la casa se abría sobre las cuatro, cuatro y media.

Marisa con la habitación en penumbra, desnuda, cubierta apenas por la sábana hacía como que dormía.

La puerta de la habitación se habría suavemente y el joven que todos conocíamos, entraba sigilosamente despojándose de su ropa que iba dejando tirada por el suelo sin ningún orden; una vez desnudo levantaba muy lentamente la sábana que cubría a Marisa y comenzaba a besarla suavemente por la espalda recorriendo toda su anatomía hasta los pies. Marisa, sin abrir los ojos, se volvía boca arriba perezosamente para que el joven continuase explorando su voluptuoso cuerpo.

Cuando toda la geografía de la mujer había sido recorrida por los labios y la lengua del muchacho, ésta abría los ojos fingiendo gran sorpresa, le abrazaba y comenzaba a besarle, con sus manos recorría el fibroso cuerpo, mientras la boca se le llenaba con el erguido miembro al que dedicaba las más cálidas y encendidas caricias de su incansable lengua. Terminaban uno sobre otro, sudando y jadeando como posesos. Después de una ducha repetían sus juegos en el cuarto de baño, en el salón o en cualquier otra estancia de la casa, no tenían un lugar preferido, todos les venían bien a su pasión.

Jorge llegaba los jueves por la noche cansado y ligeramente desaliñado, cenaban y él se acostaba dejándola a ella viendo alguna película en tv o leyendo a su lado en la cama.

El viernes, ya descansado le hacía el amor de aquella forma tan peculiar y tan suya, él estaba empeñado en tener cuanto antes un hijo, no le importaba que fuese niño o niña, gemelos o mellizos, quería ser padre y quería serlo ya. Marisa no tenía tanta prisa, entre arrumacos y poniendo cara de abnegada esposa le decía que sí, que no se preocupase, que se quedaría embarazada cuando menos se lo esperasen, en realidad se quedaría embarazada cuando ella dejase de tomar la píldora que tomaba para todo lo contrario, pero eso Jorge ni lo sospechaba.

Hacía ya diez meses que estaban casados, la primavera comenzaba a permitir al día más horas de sol y el cielo tanto tiempo cubierto de grises volvía a aparecer azul intenso con pinceladas, a veces, de blanco algodón, las gaviotas volvían a planear majestuosas sin la premura de los días de viento y lluvia, todo transmitía luz y vida.

Marisa también, estaba pletórica y cada vez más hermosa.

Jorge continuaba con sus viajes de entre semana y con su empeño personal en tener un hijo, es decir, seguía con su monotonía tan aburrida como previsible, o al menos eso era lo que aparentaba.

Mayo había llegado abriendo cálices de flores y poniendo en el aire un aroma de nuevas energías, nuevas esperanzas de felicidad. Marisa así lo percibía en cada poro de su joven piel, se sentía dichosa y segura. Tenía un buen marido que la colmaba de todos los bienes materiales que se le antojasen y que la adoraba, tenía un amante joven y guapo que llenaba esa otra parte de su vida sin la que no sabría vivir, era el complemento perfecto para una existencia pletórica y feliz.

Fue un viernes por la tarde, Jorge, como tantas otras semanas, no había podido volver el jueves, así se lo hizo saber a Marisa con la que habló por teléfono a última hora, el trabajo se había retrasado por una avería importante en una de las máquinas y no había podido avisarla antes, no llegaría hasta el día siguiente a eso de las seis siete de la tarde.

Aquella tarde de jueves Marisa no había recibido la visita de su joven amante pendiente del regreso de su esposo. Le estuvo llamando por teléfono pero no fue hasta última hora que él le devolvió la llamada para comunicarle lo de la avería y que su vuelta sería al día siguiente.

En cuanto colgó el auricular del teléfono fijo por el que había hablado con Jorge, cogió su móvil y escribió “pescadero”, era como había bautizado a su amante en su libreta de direcciones, si a Jorge se le ocurría revisar sus llamadas, nunca lo había hecho, no le sorprendería el encontrarse con el teléfono de uno de los proveedores de su mujer.

A la media hora el sonido del llavín en la puerta hizo a Marisa salir corriendo desde la cocina hacia la entrada, el delantal con pollitos amarillos era la única prenda que llevaba encima. Se abrazaron y atrapándole la cintura con sus piernas él la llevó sin dejar de besarla hasta la cocina, estaba preparando la cena para los dos.

Pasaron la noche entera juntos haciendo el amor hasta quedar extenuados, al amanecer por fin se quedaron dormidos uno en brazos del otro. A eso de la una el muchacho se dio una larga ducha, se vistió y después de un prolongado beso en el hall se despidieron.

A eso de las seis de la tarde entraba Jorge cansado y con cara de pocos amigos. Marisa le recordó que tenían una cena ineludible esa noche con unos amigos que habían venido de fuera para estar con ellos.

Resignado, Jorge se sirvió un Stolisnaya con mucho hielo, llenó la bañera con agua casi hirviendo y un gel relajante y por mucho que le insistió no logró que Marisa se bañase con él, tenía que salir a hacer una compra ineludible, se habían quedado sin güisqui, y sin ginebra,  si decidían venir a casa después de la cena no tendrían que ofrecer a sus amigos.

Se metió dentro de la humeante espuma y se estiró cuan largo era, la cabeza apoyada en un pequeño cojín, un cigarrillo en la mano izquierda y el vaso de vodka en la derecha. Poco a poco el efecto del agua caliente, el gel relajante y el vodka hicieron que mejorase de humor y se sintiese mejor.

Apagó el cigarrillo y dejó la copa en el suelo, se tapó la nariz con el índice y el pulgar de su mano derecha y se sumergió un buen rato integra mente. Sacó la cabeza a la superficie cuando ya no pudo aguantar más la respiración, se frotó los ojos para librarlos de parte de la espuma que se había quedado pegada y los abrió mirando al techo.

Fue entonces cuando algo allí le llamó la atención, parecía desde allí abajo como una fisura de unos veinte centímetros, y un poco más allá casi  encima de la alcachofa de la ducha otra un poco más corta.

Se puso de pie y extendió el brazo hasta tocar con la yema de los dedos el techo, no era una grieta, era un cabello negro, avanzó hasta la ducha, otro cabello negro un poco más corto.

Marisa era rubia, rubia natural, él, además de tener poco pelo, el que le quedaba era gris y corto.

Una punzada en el estómago le hizo doblarse ligeramente, miró con detenimiento las paredes y la mampara de la zona de la ducha, efectivamente había más cabellos negros de distintos tamaños.

Retiró el tapón de la bañera y se quitó la espuma con el chorro de la ducha. Se secó y se puso el albornoz, una descabellada idea se le estaba pasando por la cabeza, una idea que no nacía de la racionalidad que aplicaba a todas sus acciones, era una idea que le nacía de la boca del estómago, una sensación desagradable y nueva para él.

Fue al dormitorio y retiró la colcha de la cama, las sábanas estaban recién puestas. Volvió a poner la colcha y se dirigió a la cocina, en el cuarto de lavar comprobó que la lavadora estaba cargada, la abrió y sacó las sábanas que aun no se habían lavado, encontró algún cabello rubio y alguno de los negros, pero encontró más cosas, sobre el verde musgo de las sábanas de seda, unas manchas blanquecinas aparecían esparcidas aquí y allá. Jorge tuvo que reprimir una arcada, sudaba copiosamente por la frente y el dolor de estómago se hacía insoportable.

Volvió a meter la ropa en la lavadora y cerró la puerta de ojo de buey.

Cogió la botella de vodka del mueble del salón y volvió al cuarto de baño, llenó la copa hasta arriba y se la bebió de un trago. Marisa aun no había regresado, así es que encendió un cigarrillo y se enjabonó la cara para afeitarse.

A pesar del alcohol lo hizo con mano firme, se afeitó, se cepilló los dientes e hizo gárgaras un buen rato con el colutorio, a pesar de que el vodka es la bebida que menos olor produce en el aliento del que lo bebe, no quería que ella notase lo más mínimo.

Devolvió la botella a su sitio y lavó el vaso en el fregadero, lo secó y lo guardó.

Volvió a su habitación y se vistió con ropa informal, un pantalón beige, unos zapatos de ante marrón, una camisa azul oscura y un jersey azul cobalto.

Marisa entraba en el momento en el que él terminaba de vestirse.

La pidió que se arreglase mientras él iba hasta el despacho a dejar unos documentos urgentes que la secretaria tenía que escanear y enviar a varios destinatarios el sábado por la mañana, luego pasaría a recogerla en el coche para ir a encontrarse con sus amigos.

A ella le pareció perfecto, se daría una ducha rápida y se vestiría en un santiamén, le pidió que no tardase y se fue al baño.

Jorge bajó al garaje, cogió el coche y salió sin saber muy bien a donde dirigirse, le dolía la cabeza y no podía dejar de pensar en lo que acababa de descubrir, su mujer, su Marisa le engañaba con alguien, estaba absolutamente seguro, ¿desde cuando lo hacía, con quién, por qué?

Una y otra vez esas tres preguntas le golpeaban sin piedad en las sienes. Dejó el coche en un parking del centro y buscó una farmacia, compró paracetamol de 1 g., entró en la primera cafetería que encontró, pidió una tónica y se tomó dos pastillas de un golpe, pagó y salió a pasear sin rumbo fijo. El medicamento y la brisa del atardecer fueron poco a poco aliviando la presión de sus sienes y la rigidez de su cuello.

Un poco más repuesto, retiró el coche y fue a recoger a Marisa, una perdida a su móvil era la señal. No tardó en bajar. Estaba espectacular, como siempre, aquel vestido rojo ciñendo sus formas rotundas de mujer sensualmente hermosa, las interminables columnas de alabastro que eran sus piernas sobre aquellos tacones de aguja, la melena rubia ligeramente ondulada cayendo sobre sus hombros, la cara apenas maquillada, un ligero toque de rouge en los labios, y aquel perfume tan suyo, suave pero persistente, ¿Cómo no iba a ser deseada por los hombres?, la punzada en el estómago volvió a hacer que se doblase en el asiento del coche, miró hacia su derecha para que ella no notase en su cara el rictus de dolor. Se subió y le besó en la mejilla, él arrancó el coche y se perdieron entre el tráfico intenso de una tarde noche de viernes en una gran ciudad.

Aquel fin de semana Marisa notó a Jorge un poco más ausente de lo habitual, no le prestó mayor atención, él era así, retraído, muy suyo, ella solamente pensaba en el martes por la tarde y en su encuentro con la persona que la hacía sentir viva, plena, mujer. El lunes iría a la peluquería y se haría la cera, a él le encantaba que estuviese totalmente depilada, a ella que lo estuviese él.

El martes por la mañana, como tantos otros en esos meses, Marisa le preparó la pequeña maleta con unas camisas, sus correspondientes corbatas, varias mudas, el neceser y el despertador de piel abatible con una foto suya de medio cuerpo sonriendo con ojos de gata en celo, Jorge siempre la llevaba en sus viajes, incluso antes de ser marido y mujer.

Un beso en la puerta del ascensor y la recomendación de siempre,- “Conduce con cuidado, te quiero”,- “Descuida así lo haré, yo también te quiero”.

Después de arreglarse, Marisa salió a hacer la compra de la semana, encargaba todo lo que iba a necesitar y hacía que se lo llevasen a casa. Serían las diez y media cuando salía por el portal saludando sonriente al conserje del edificio que se la comía con los ojos, ella se daba perfecta cuenta pero hacía como que no se enteraba, en el fondo la encantaba provocar esa reacción en los hombres, se diría que incluso la excitaba.

A las once el coche de Jorge entraba de nuevo en el garaje de casa y aparcaba en su plaza privada. Del maletero cogió una funda marrón oscura de un metro veinte de alto por veinticinco de ancho. Se dirigió al ascensor de servicio y marcó el 6, desembarcó en una pequeña terraza en la que el conserje recogía diariamente el cubo de la basura para bajarla al contenedor de la calle. Con su llavín abrió la puerta que daba al cuarto de lavado y plancha, volvió a cerrar con llave y se dirigió a su habitación. La cama ya estaba hecha y las cortinas permanecían corridas y la ventana abierta, la mañana era cálida y apenas soplaba una mínima brisa que hacía ondular las cortinas blancas ligeramente. Corrió la puerta de su zona  del gran armario empotrado, descorrió la cremallera de la funda marrón oscura y extrajo una Beretta semiautomática del calibre 12, comprobó que tenía insertados tres proyectiles, guardó la funda en uno de los cajones de su ropa interior y apoyó la escopeta en el fondo del armario, entró y se colocó detrás de las prendas largas, abrigos, gabardinas, buscó acomodo y se sentó en interior encogiendo las piernas que rodeó con sus brazos apoyando el mentón en las rodillas. Eran las once y media de la mañana de un martes de finales de Mayo.

A eso de las doce y media oyó como la puerta de la casa se abría y el inconfundible taconeo de Marisa sonó hasta detenerse delante del armario de la habitación, se despojó del vestido camisero de rayas que colgó en una percha y volvió a correr la puerta del armario dejándolo cerrado de nuevo, en el baño se puso su bata rosa de andar por casa y unas ligeras chanclas de piel del mismo color.

Jorge oyó más tarde el timbre de la puerta y la conversación del empleado del supermercado que traía la compra que Marisa había hecho.

Después consiguió ponerse de pie dentro del armario sin hacer ruido para estirar un poco los músculos, tanto rato en aquella incómoda postura le había producido calambres en los gemelos. A eso de las 13h30´ el sonido del teléfono fijo le confirmó que su secretaria estaba cumpliendo las órdenes que le había transmitido. Debía de llamar a la una y media del medio día a su casa y decirle a su esposa que una inesperada reunión le tendría ocupado toda la mañana y parte de la tarde por lo que hasta no concluirla no podría llamarla como solía hacer siempre a medio día. Marisa dio las gracias y se despreocupó por completo del tema, continuó en la cocina preparando una lubina de ración al horno, que acompañaba de una ensalada de lechuga y tomate, mientras, en la televisión daban uno de esos programas de cotilleo a los que no prestaba mucha atención pero que le hacían compañía mientras cocinaba.

A eso de las 14h30´ Marisa fregaba los cuatro cacharros que había utilizado para comer y dejaba, de nuevo, todo perfectamente recogido, era una maniática del orden.

Se tumbó en el sofá del salón esperando las noticias de las 15h., mientras dio un par de cabezadas, siempre le sentaban de maravilla, eran veinte, treinta minutos en  los que desconectaba del mundo.

A las 15h30´ mandó un mensaje desde su móvil, “ Te estoy esperando en la cama y desnuda ¿ no querrás que empiece sin ti? Te quiero “

Jorge oyó abrirse la puerta de la habitación y la del baño privado, luego el ruido del agua le hizo saber que Marisa se estaba dando una ducha.

Cuando salió del baño, el aroma inconfundible a Chanel nº 5 le llegó nítidamente a Jorge, oyó cerrar la ventana y correr las cortinas, dedujo que ella se estaba metiendo en la cama, así era.

No habían pasado más de diez minutos cuando el sonido de  un portazo le puso inmediatamente en estado de alerta, alguien se acercaba a la habitación silbando y lanzando zapatos y ropa en el trayecto que había desde la entrada.

La puerta se abrió, unos ligeros pasos y silencio. La tensión y las pulsaciones del corazón de Jorge hacían que las sienes le latiesen como el parche de un tambor, a tientas buscó con la mano derecha la Beretta, la cogió y la levantó muy despacio.

Las risas y los gemidos de placer comenzaron a oírse cada vez con más intensidad.

Jorge, con la boca abierta trataba de aspirar todo el aire que parecía quedarse a medio camino entre su traquea y los pulmones, sudaba copiosamente y las manos le temblaban ligeramente, con el cañón de la escopeta comenzó a correr la puerta de su zona de armario, muy despacio. El sonido de los gemidos llenaba toda la habitación.

Jorge ya podía ver entre la ranura abierta en la puerta y las prendas que tenía delante, la espalda de Marisa moviéndose cadenciosamente sobre el cuerpo del joven.

Con el pié empujó violentamente la puerta hacia la izquierda y salió del armario con el cañón de la semiautomática apuntando a la espalda de su esposa que al oír el ruido se estaba volviendo en ese momento, el disparo le destrozó la cara, el grito del muchacho quedó ahogado por la siguiente descarga, le abrió un agujero en el pecho del tamaño de dos grandes puños, el tercer disparo llenó la habitación de restos de masa encefálica ,hueso, carne, sangre, luego el silencio, un silencio atronador, antinatural.

Por mi estructura agujereada se deslizaba sin cesar un río rojo de sangre que empapaba mi superficie y mi interior, debajo de mi un charco oscuro comenzaba a formarse cada vez más y más extenso.

Ninguno de nosotros nos atrevimos a hablar, todos habíamos visto y oído, todos estábamos bajo los efectos de un shock traumático que nos marcaría para el resto de nuestras existencias.

Los primeros en llegar fueron el conserje y la policía a la que un vecino alertado por el sonido de los disparos llamó inmediatamente.

Así pudimos enterarnos en los días que nos tuvieron allí, de cómo habían ocurrido todas las secuencias que obviamente nosotros desde nuestra inamovible posición no podíamos  haber visto.

A mi me cortaron partes importantes de la superficie superior e incluso del relleno y algún muelle, eran piezas para el laboratorio donde se analizarían el a d n de los implicados en aquella atrocidad.

Lo que quedó de mi está en un viejo almacén de reciclaje, el único testigo de aquella tragedia que me acompaña es el somier, que, como yo, está dando las últimas. A mi cada día se me salen más muelles y mi estructura interna va perdiendo consistencia, supongo que no tardaré en deshacerme por completo, antes de que eso ocurra, aquí dejo constancia de mi vida, una vida corta pero de una intensidad de cientos de años, intensidad no buscada ni deseada, intensidad encontrada muy a mi pesar.

 

Doa/ Sada invierno 2011

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31 respuestas a Historia de un colchón. (David Otero Arias)

  1. Marijose martin gilarranz dijo:

    He leìdo el relato de David Otero con el título de la historia de un colchon y me ha parecido GENIAL, ¡ENHORABUENA DAVID SIGUE ESCRIBIENDO POR FAVOR!, me gustó la historia y la forma de relatarla, eres bueno DAVID. una admiradora.

  2. David dijo:

    Muy muy entretenida!!!!! Recomendada! Leerla por favor no todo van a ser leyes y noticias económicas hay que alimentar el alma.

  3. Julia Pomposo barcena dijo:

    Enorme ,enorme David..enamorada me he quedado del colchón….!!estupendo relató,tan tangible..que el olor a sangre,venganza y amor..continúan mi pituitaria!! Gracias de corazón…estamos faltos de realidad.

  4. Alicia Bermejo dijo:

    Esta bien escrito, pero a mi parecer es demasiado largo para un desenlace tan previsible, a pesar de haber introducido el colchón como narrador. Un saludo

  5. lily dijo:

    Buen relato, trasparente y para echar un ratillo agradable, como dice Otro comentarista, hacen falta otros temas para desprenderse del mal fario que nos lanzan todos los dias!! Gracias!

  6. MayteSanSem dijo:

    Estoy de acuerdo con Alicia, a pesar de ser correcto llega un momento en que resulta demasiado largo, no fluye lo suficiente. Además, ojo con las concordancias de género, hay por lo menos dos que no están bien. Y, aunque quizá sea cuestión de gusto personal, creo que hay alguna coma que estaría mejor como punto y coma.

    Un saludo y suerte.

    • MayteSanSem dijo:

      Por cierto, olvidé añadir a la lista de “peros” la puerta que se “habría”… estos correctores automáticos, qué traidores que son 🙂

      • Maytesansem, gracias, gracias por iluminarme con una crítica tan bien construida, por hacerme saber cuales son tus gustos personales respecto de las puntuaciones y decirte que es un honor para mi que gente con tanta sabiduría se moleste en descender a leer algo tan previsible, tan largo,tan poco fluido y lleno de concordancias de género, gracias.
        Solo una puntualización sapientísima Maytesansem, este relato, junto con varios más, lo leyó Carmen Balcells, no se si te suena de algo, provablemente no, pero puedes buscarlo en la web, seguro que encuentras algo respecto de esta señora. Pues bien justamente este relato le pareció, utilizo sus palabras literales, magistral por la forma en que está relatado, añadiendo la dificultad que entraña el utilizar objetos inanimados como hilo conductor de la historia, su veredicto final fue de brillante.
        En todo caso y como te decía en el encabezamiento, gracias, se nota que tienes un criterio muy pulido. Saludos cordiales Maytesansem

  7. pizpireta dijo:

    no es por nada pero cantidad de veces se ABRE LA PUERTA correctamente “sin chirriar”, por una vez que se HABRA MAL, tampoco es para tanto, hay puertas y puertas…. pizpireta.

  8. David otero arias dijo:

    Gracias pizpireta, abriremos las puertas en el futuro con más cuidado

  9. MayteSanSem dijo:

    Habré pues de descubrirme ante tanto talento…
    Lo siento pero discrepo de Carmen Balcells, a mi no me parece magistral, y no es cuestión de sabiduría. Si a ella no le molestan las discordancias de género, a mi, como lectora, sí. Lamento que te ofendan las críticas y que te creas tan importante, así no vas a aprender nunca, aunque probablemente (con b) creas no necesitarlo.
    En este sitio, en el que hay escritores muy superiores a ti, nadie se ofende por las críticas; no se trata de ataques personales sino de la voluntad de todos por mejorar y ayudar a los demás a ver esos defectillos que los palmeros incondicionales de los blogs no se atreven o no son capaces de ver. Nadie presume de sapiencia, al contrario. Date una vuelta por los demás relatos y lo verás.
    Me molesta, y tengo que decirlo públicamente, no ya tu tono que pretende ser ofensivo, sino tu rabieta de patio de colegio, tus ataques injustificados a los relatos de otros y la defensa absurda de tus incondicionales. Si tienes tantos “fans” y eres tan bueno ¿para qué publicas en un sitio en que se hacen críticas?
    Cada uno se retrata por su forma de reaccionar y tú te has retratado de cuerpo entero.

    Salud y aire fresco.

  10. pizpireta dijo:

    Para MaiteSamsem, ufff, lo he puesto con i (latina) no con y, a lo “peor” me la cargo por ello pero no lo voy a corregir. Respecto a la fijación que tienes contra las faltas de ortografía, te diré que hay un dicho :TODOS LOS SABIOS SON DESPISTADOS, ó … ¿PUEDE QUE DISTRAÍDOS?, dicho esto a las personas que les encanta escribir, y a este SEÑOR, se nota que sí, y cuando se escribe a velocidad acorde con lo que CREAS (por si acaso te especifico, del verbo CREAR, no del CREER, para éste solamente hace falta tener fé),contrariamente, para el primero, hace falta tener una mente IMAGINATIVA, PRIVILEGIADA, ORIGINAL y este SEÑOR parece que reúne éstas y muchas más condiciones, ya me gustaría tener su cerebro para saber hacer lo propio), con la velocidad con la que supongo que piensa y escribe es muy, muy fácil colocar el dedo en la tecla de al lado de donde quieres pulsar y la b y la v están tan juntitas…¡Qué puñeteras!, , sobre todo cuando se escribe con todos los dedos, si es con uno sólo es muy probable que no cometas tantos fallos, unque también es cierto que yo, como todo ser humano me equivoco y a veces pongo eso de disculpa , las que no somos muy listas a veces se nos ocurren estas cosas para “quedar bien” , sólo añadir que la he leído una vez y otra más y el colchón me parece el mejor, démosle pues, su merecido protagonismo y saquémonos nosotros del medio, ¿te parece?
    Un saludo, léela otra vez a ver si te gusta más, ya verás como sí, pruébajo.(si se ha colado alguna falta porfi no me la hagas repetir cien veces….

    • MayteSanSem dijo:

      Pizpireta, no tengo una fijación, en absoluto. El idioma es la herramienta que utilizamos al escribir, tiene unas normas y merece que se le trate bien. Me gustan los textos bien redactados y sin faltas, más que los que tienen faltas. Pero comprendo perfectamente que muchas veces se nos escapan a todos por escribir deprisa o por confiar en el corrector de word. Cuando en este blog le indico a algún autor una falta de ortografía en su relato no es para calificarle de ignorante sino porque supongo que no se ha dado cuenta. A mi me molestaría enormemente haber publicado algo con un error y que nadie me avisase. Es como que nadie te avise de que te has manchado la punta de la nariz y te pases todo el día tiznada… ¿no te daría rabia que nadie te lo hubiera avisado?
      Cuando publicamos un relato se supone que lo hemos leído varias veces, que lo hemos corregido… y aún así, se nos escapan. ¿Cuál es el problema en que te lo indiquen? Nadie es perfecto y cuando hay una falta creo que es mejor saberlo y corregirlo.
      Al relato le di todo el protagonismo en el primer comentario, en el que únicamente daba mi opinión. Jamás criticaré ni elogiaré a nadie en el terreno personal, sólo comento los relatos, la obra que han publicado, esa es para mi la protagonista.
      Lo siento, pero no voy a volver a leerlo, no me ha enganchado lo suficiente la primera vez y no me parece tan bueno como para repetir. Sé que no compartimos esta opinión, pero para gustos se hicieron los colores.
      Un saludo.

  11. Maytesansen, con esto doy por finalizada esta ridícula polémica.
    Que difieras en gustos con Carmen Balcells que solo representa a Premios Nóbel de la talla de Garcia Márquez, no me sorprende en absoluto, evidentemente tu tienes mucho más criterio al respecto, a que dudarlo…
    Tus consejos de la señorita Pepis te los guardas para tus amiguitos, esto, que yo sepa, no es un taller literario ni nada parecido. Yo no escribo aquí para enseñar a nadie ni pretendo que nadie aprenda de mi, simplemente muestro lo que escribo, algo que gustará a unos más a otros menos y a algunos nada en absoluto. Hace muchos años que dejé de tener rabietas, lo que si tengo es la libertad de decir lo que me viene en gana en cada momento, por lo tanto lo del aire fresco supongo que te vendrá muy bien a ti para bajarte los calores o bien de puber o de climaterio, no se en cual de los dos estados situarte pero seguro que en uno de los dos estás.
    Ya sabes, ni te molestes en tratar de buscar disensiones conmigo, mis contrincantes dialécticos los elijo yo, y tu Maytesansen no estás entre ellos. Saludos cordiales

    • Mayte Sánchez Sempere dijo:

      ¡Ay, Dios mio, no sé si llorar por tus durísimas palabras o reírme a carcajadas!
      Opto por lo segundo, es mucho más saludable. Revisa este blog, por favor, revisa lo que hacemos todos aquí, los relatos y los comentarios. Aquí todos decimos lo que pensamos con total libertad. Tú tienes esa libertad, sí, pero no pretendas coartar la de los demás. Si no me gusta tu relato, o me gusta pero le veo algún defecto, lo voy a decir, como hago con los de todos los demás.
      Mi criterio es de lectora y como tal tengo total libertad para que me guste el Ulises de Joyce o que no me guste. No pretenderás que me comporte contigo de otra manera… Y si piensas que por atacar en el terreno personal (encima con un estilo machista de lo más rancio) voy a callarme, lo llevas claro, majete. Me reitero en lo que te he dicho de las rabietas, estás demostrando tener muy poca cintura para las críticas y se ve que te afecta. Allá tú, pero que sepas que no voy a dejar de comentar, ni tus escritos ni los de nadie. Si no te gusta, no lo leas.

      Pido perdón desde aquí al resto de contribuyentes y lectores de este blog. Como sabéis, suelo comentar de la misma manera a todos, pero parece que no todos tienen capacidad para entender que aún no somos perfectos. Disculpad el jaleo. Por mi parte, esto queda aquí, con todos los puntos sobre todas las íes y cada uno retratado con su propias palabras.

  12. Candy dijo:

    Brillante relato, felicidades al autor

  13. pulgosillo dijo:

    ¡Perfecto relato, con la originalidad de un extraño narrador y un perfecto desenlace!

  14. manoli dijo:

    También pienso que es un poquito largo.´ A mí me sobra concretamente que lo cuente un colchón, porque no lo veo la historia de un colchón, sino de una infidelidad matrimonial. Y tiene algún laísmo. Entiendo que malo no es el relato, pero magistral… Es mi humilde opinión.
    Ligeramente decepcionada de Balcells, excelente agente y editora por otra parte

  15. manoli dijo:

    Y como norma, también he de decir que un buen editor, un buen profesor, cuando encuentra una falta de ortografía en un libro no sigue leyendo. Lo siento Pizpireta , pero discrepo. No se puede tolerar un libro con un par de faltas de ortografía. Es la primera regla.
    Me sobran estas peleas, francamente.

  16. Es curioso la cantidad de “correctores” que tiene esta página de relatos. Manoli simpática lectora, para sobrarte las “peleas” se te nota muy poco esa tendencia. Veo por otra parte que no has entendido absolutamente nada de lo que es mi relato, es natural en personas que acostumbran a mirarse más su ombligo que lo que tienen delante. Las faltas de ortografía son corregibles e indudablemente no son deseables en ningún tipo de escrito, ahora bien, darle la relevancia que tanto tu como Maytesansen le dais me parece bastante pueril, en todo caso procuraré corregir esas faltas para que puedas seguir leyendo, pero lee, no dejes de hacerlo, te vendrá muy bien para darte una visión del mundo más abierta, más amplia que la estrechez y falta de imaginación con la que veo ves las cosas. Lo importante de un relato, estimada Manoli, es el que y como cuenta una historia, en este caso un ser inanimado al que hay que aportarle nuestra propia imaginación para entenderlo, claro que para ello hay que tener eso, imaginación, inteligencia y costumbre de leer, incluso con laismos fíjate que cosas ¿ no es curioso?.
    Muchas gracias por haberte molestado en poner tus dos notas tan rancias y anacrónicas, lo dicho Manoli, a leer, sin prejuicios y sin apriorismos, te vendrá de maravilla, pruébalo.

    • manoli dijo:

      Te invito a que leas y pongas verde y a bajar de un burro por mi poca imaginación y estrechez de miras mi “Vida de lápiz” que escribí hace dos años y presentaré en Junio a tema libre. Lápiz, ese ser inanimado al que le aporté mi propia imaginación e inteligencia, poca, eso sí. Cuando quieras nos hacemos una lista de libros leídos y líneas escritas entre tu vida y mis casi 57 años, Te apuesto un “cafelito”.

  17. manoli dijo:

    Qué soberbia, Stradivarius, no he visto cosa igual. Rancia, anacrónica, ¡Uy, gracias!.

  18. Ángela dijo:

    Me ha gustado mucho este relato, tal vez es un poco largo comparado con los demás, pero como no hay límite de extensión establecido y se me ha hecho muy ameno, pues no le doy importancia. Que un colchón sea el narrador me parece cojonudo, me divierte incluso, pero aunque el narrador hubiese sido la lámpara del techo no me hubiese importado. Al final es una historia de desamor y tal vez de conveniencias, de hastío y de infidelidad, con un desenlace algo típico, pero si un platillo volante hubiese aterrizado en la terraza abduciendo a la prota y al amante en plena faena amatoria, me hubiese resultado menos creíble jaja, en fin que cada cual resuelve sus relatos como entiende mejor. Lo mio no son los comentarios, en fin, que me ha gustado.

  19. pizpireta dijo:

    …¡POR FIN!, Angela, cuánto me alegra tu comentario, ayer tenía la duda si esto era un corcurso en el que se premiaba a la persona que encontrase más faltas de ortografía, no sé como mínimo sería un viaje a Cancún, a una playa paradisíaca, en el que sentarse en una hamaca y tener un libro en las manos no te dieses ni cuenta si faltaba o no una h, y que encima es “insonora” . Me gusta contestar a personas como tú, “terrestres” y con la intención de leer un libro para entretenerse, para escapar por unos minutos, aunque sean más largos de la cuenta, que como bien dices no tiene límite de extensión, estoy de acuerdo contigo en que el narrador es cojonudo, y a él me referia en darle el protagonismo no al relato en sí que también lo tiene, sin duda alguna.
    También, veo que es el más leído, prueba de ello los votos que ha obtenido y pienso que…
    por algo será!… y los comentarios que ha subcitado le han dado doble importancia, lo cual me satisface por Stradivarius, creo que se lo merece y con creces, asique mi más sincera ¡ENHORABUENA” al escritor y le animo a que nos siga deleitando con sus relatos, que a buen seguro tendrá el mismo, ó tal vez más éxito que éste, que ya sería decir…hoy lo he vuelto a leer
    y sigo pensando que es MUY BUENO.
    Gracias por hacernos pasar un rato que como bien dicen nos distrae, o al menos eso se pretende de las malas y asquerosas noticias que circulan por este pais.

  20. pizpireta dijo:

    Perdon, perdon, perdon!, he cometido una falta de ortografía, y no ha sido a propósito, ha sido por BURRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA, no volverá a ocurrir, ¡que no me dejen sin el viaje a CANCÚN!, y que no se me critiquen mucho, TENED PIEDAD DE MI!…
    (por si alguien no se ha percatado, le sobra la “b” a suscitado).

  21. Gracias sinceras a todos los que habeis leido este relato, Angela, veo que has entendido perfectamente el sentido del mismo y me alegra que lo expreses. A Pizpireta mi eterna gratitud por su defensa del relato y del relator, no tengo el gusto de conocerte pero eres un encanto y una mujer muy vital por lo que puedo deducir. A los que lo habeis criticado acidamente gracias también, sería muy pretencioso por mi parte el pretender gustar a todo el mundo, es evidente que hay lectores que están en las antípodas de mis gustos, eso es bueno. Como decía El Guerra refiriéndose a Jacinto Benavente ” Diga uste que si, hay gente pa to ” pues eso, que eso es lo grandioso de la vida, lo que la hace tan maravillosa y divertida.
    Repito de nuevo, gracias a todos, saludos cordiales

    • MayteSanSem dijo:

      De nada.
      Yo creo que la crítica no ha sido ácida, de hecho a mi, personalmente, el relato no me ha disgustado; únicamente apunté un par de cositas que, en mi opinión, podrían mejorarlo. Y por cierto, cometí un error, me refería a concordancias de número, no de género. No quería volver a “la pelea” pero tenía que corregirme 🙂
      Un saludo y suerte.

  22. manoli dijo:

    Pues de nada, haya paz. Decirte también, para hacer justicia, aunque no está en este blog, que tu novelita “La pulsera encantada” me está gustando mucho más y está mejor escrita también. Gracias

  23. Ángela dijo:

    Mi maleta aún está en el suelo, casi no he soltado las llaves y no conozco a nadie por aquí. Tan solo a Antonio Tocornal, de hecho he llegado siguiendo el rastro de sus letras (magníficas por cierto). He leído este relato y me ha gustado, ya lo he dicho. No hace mucho tiempo que escribo, tal vez unos dos o tres años, aún estoy en pañales en esto de la escritura, tal vez por eso no me considero aún demasiado ducha en el tema de corregir a los demás. No me importan las críticas siempre que se hagan con respeto, coherencia, y sabiduría. Pero hay algo que tengo sumamente claro desde que escribo: que no puedo gustar a todo el mundo. Creo que esto lo deberíamos tener claro todos.

  24. manoli dijo:

    Y me olvidaba, dos cositas. No soy simpática , sí lectora.
    Agradecería mucho la retirada de la expresión de que no entiendo nada, lógico de las personas que solo saben mirarse al ombligo.
    Que yo haya notado, leo y comento todo lo que puedo, a pesar de la falta de tiempo y difíciles momentos que atravieso, mientras que el autor de este relato solo se ha hecho comentarios a sí mismo. ¿Mirarse el ombligo? Ummm.

  25. Elena dijo:

    El relato me parece muy largo y bastante artificial. La idea es buena, pero no me cuadra cómo se expresa el colchón al describir sus vivencias. Lo siento, pero no está redondo a mi entender. Creo que un buen corrector literario podría darte ése toque que a ti te falta. Pero claro, éso si quieres mejorar, no si lo que quieres es regalarte los oidos constantemente y aferrarte a tu Olimpo particular. No había visto tanta soberbia desde hacia mucho tiempo…

    Resumiendo, te sobra la mitad de lo escrito, te falta pulirlo y, por supuesto, corregir esas faltas de ortografía con las que eres tan tolerante. Si eres novato, no está mal para empezar, pero si llevas ya tiempo en esto, te toca bajar un poco los humos y tomar nota de los defectos.

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