La enfermedad del amor. (Mayka Ponce)

Aunque siempre lo niego, desde mi primera relación con dieciséis años he sido una mujer muy celosa y posesiva y por eso Antonio, el amor de mi vida, acabó dejándome. Cuando mi ex llegaba por la noche a casa, después de trabajar o jugar al pádel, y se metía en la ducha, yo aprovechaba esos minutos a solas con su móvil para hacer un chequeo rápido de sus mensajes de texto, de voz, sus emails, calendario y agenda. Por supuesto, siempre que encontraba en alguna de estas carpetas un nombre nuevo de mujer que no tenía fichado, esperaba en el salón a que Antonio saliera del baño, roja de celos, el bigote sudado y los puños apretados y pegados a lo largo de mi cuerpo. Intentaba controlar mi rabia y lo hacía bastante bien al principio, teniendo en cuenta que lo que me apetecía era cruzarle la cara con la mano abierta, pero en cuanto se ponía a intentar tranquilizarme con esa vocecilla de inocente, empezaba a llamarle cabrón, gilipollas, adultero y tiraba al suelo cosas que me iba encontrando; Eso sí, cosillas sin valor: un vaso, un plato, una vela perfumada, el mechero, una foto nuestra… Cuando me calmaba, a menudo casi una hora después de insultos y trozos voladores de cerámica y cristal, dejaba paso a una explicación que me hacía quedar como una tonta. “Peluchito, Francisca es Paqui, mi cuñada. Leo no es de Leonor, es de Leopoldo, mi jefe y Montse es mi prima de Vitoria, la veterinaria, ¿te acuerdas?” Y así me iba rebatiendo todos los pocos argumentos con los que yo siempre iniciaba nuestras trifulcas.

Hasta la semana pasada, he estado visitando la consulta de una psicóloga. Antonio, después de dejarme tras una pelea en la que llegamos casi hasta las manos, me dijo que si quería que volviéramos a estar juntos tenía que solucionar mis celos compulsivos con un especialista. Recuerdo que ese día el pulso se me aceleró hasta tal punto que creí que me iba a dar un infarto y sentía un pellizco en la garganta que apenas permitía que pasara la saliva. Mientras lloraba, quería decirle que le quería, que era el amor de mi vida y que lo sentía, pero lo único que hice fue echarlo de mi casa a empujones y gritarle por el hueco de la escalera que solo quería dejarme para irse con otra.

María, mi ex terapeuta, me decía que mis celos eran patológicos y que si no los trataba a tiempo y a conciencia, como cualquier otra dolencia, se volverían una enfermedad autodestructiva para mí y mis parejas. Tenía razón. Mis doce relaciones han sido un fracaso, una detrás de otra. Doce “exes” que con el de María suman trece, el número de la mala suerte.

Durante tres meses, dos veces a la semana, estuvimos trabajando a base de ejercicios de motivación y autoestima sobre mi estado emotivo ansioso, como ella lo definía. Después de unas cuantas horas recostada en el cheslón de su consulta y de otras tantas sesiones de hipnosis, María averiguó que todas las obsesiones y dudas, miedos y sospechas que sentía hacia mis parejas, la mayoría de las veces infundadas, se debían, en mayor parte, a la peor época de mi vida: la adolescencia. No me llevaba mal con mis compañeros, simplemente actuaban conmigo como si no existiera y siempre fue considerada el patito feo de mi clase. Era más baja que la mayoría y tenía el pelo rizado como un estropajo de acero de cocina que hacía juego con mi aparato y la montura de mis gafas con cristales de culo de vaso. Las demás chicas recibían felicitaciones por sus cumpleaños y notitas de amor y rosas rojas por San Valentín, mientras yo permanecía en un segundo plano, totalmente ajena a la atención de los chicos que me gustaban. Esos años los viví como si estuviéramos en un escenario de teatro, todos mis compañeros parecían interpretar un papel importante en la función, mientras que yo era más bien parte del decorado: una nube, un helecho o una mierda de perro. Es cierto que una vez que cambié las gafas por lentillas, desapareció mi horrible aparato para mostrar por fin unos dientes alineados y me arreglé el pelo para que siempre luciera liso dejé de ser un monstruito, aunque seguía siendo de la media tirando para abajo. María me hizo comprender que todos mis celos provenían del miedo a ser reemplazada por otra persona, a dejar de ser querida. Mi lacra era la inseguridad en mi misma. Aprendí a hacer ejercicios de relajación inhalando en un segundo y exhalando en tres. Las respiraciones me ayudarían a controlar la tensión y la agresividad. En otras ocasiones, María se colocaba detrás de mí y yo tenía que dejarme caer de espaldas para que, ella, antes de que tocara suelo, me sujetara por las axilas. Intentaba estimular mi confianza, hacerme ver que mi pareja estaría ahí, junto a mí, y no me abandonaría. Gracias a la psicóloga, mejoré mi comunicación, fortalecí mi autoestima y la seguridad en mí misma.

El viernes pasado acabé la última sesión con María. Cuando salí de su consulta, me sentía una persona nueva. Seguía siendo igual de baja, miope y pelirroja, pero me había aceptado tal y como era y eso me gustaba. Me fui directa a casa de Antonio, dispuesta a reconquistarlo. A pesar de que seguíamos hablando por teléfono casi a diario, él prefirió que no nos volviéramos a ver hasta que terminara con la psicóloga. Imaginaba que querría verme una vez estuviera del todo recuperada. Lo echaba muchísimo de menos. Añoraba sus besos y el olor de su pelo recién engominado.  

 

Nada más abrir la puerta me lancé a sus brazos y le besuqueé toda la cara y el cuello. Se deshizo de mi abrazo de forma sutil y con una sonrisa que me pareció forzada me preguntó qué hacía allí a esas horas. Me invité a pasar y me fui a la cocina. “Son las siete de la tarde”, le dije sin comprender muy bien por qué no se alegraba de verme después de tres meses separados. Sus cejas arqueadas revelaban sorpresa y por cómo las comisuras de sus labios apuntaban hacia el suelo, entendí que algo no marchaba bien. Entonces, del baño surgió una melena castaña.

–Em… Magda, ella es Ana. Mi novia. Llevamos saliendo un mes. Lo siento. No quería que te enteraras así –me dijo Antonio rascándose nervioso los pelillos de la nuca–. Imaginé que me llamarías antes para quedar. Pensaba contártelo en persona. No quería hacerlo por teléfono.

Todo había acabado. Lo había perdido para siempre. Vi a la puta esa mirándome con una sonrisa triste, ¿acaso le daba lástima? Inhalé en un segundo y exhalé en tres hasta en cuatro ocasiones, como me enseñó María, pero la vena que atravesaba mi frente y se perdía en el nacimiento del pelo cada vez palpitaba con más fuerza y estaba segura que si me dejaba caer de espaldas, mi mierda de ex pareja no correría a cogerme y acabaría abriéndome la cabeza contra el suelo entarimado. El odio me recorría por las venas igual que lava incandescente, abrasando cualquier atisbo de raciocinio a su paso. Siempre había escuchado que cuando tienes una experiencia traumática, de mucha tensión, tu adrenalina se dispara, el tiempo se ralentiza a tu alrededor y la visión se acorta, como si solo pudieras ver a través de un tubo. Pensé que iba a desmayarme, pero, por suerte, no fue así.

Cinco minutos después, los cuerpos de ambos yacían inertes en el suelo de la cocina. Mis manos, manchadas de sangre tibia, aún sostenían el cuchillo con el que los había apuñalado. La policía me interrogó durante horas, pero no recuerdo qué ni cómo sucedió. El fiscal ha pedido prisión sin fianza por homicidio en primer grado y veinte años de cárcel, aunque mi abogado cree que si me porto bien y alegamos enajenación mental podré salir en menos de ocho. Al final, todo el dinero gastado en los tres meses de sesiones y ejercicios no curaron mis celos patológicos. Pero, al menos, me dieron la seguridad y la confianza en mí misma para cortar el problema de raíz. 

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11 respuestas a La enfermedad del amor. (Mayka Ponce)

  1. Joan Manuel García Paz dijo:

    Ufff, duro,quizá cruel,pero espectacularmente narrado.Me atrapaste.Muy buen trabajo,según mi punto de vista.Suerte.Un abrazo.

  2. Patricio Nuñez Fernandez dijo:

    Muy bueno. Lo definiste estupendamente.
    Un saludo.

  3. Estupendo el relato. Suerte.

  4. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    Muy bien contado, me gusta. Lo que no me ha gustado nada ha sido “el cheslón”. Ya sé que en muchos catálogos de muebles aparece así escrito y también la recogen algunos diccionarios, pero soy partidaria de, o bien utilizar las palabras que ya tenemos, en este caso, diván, o si optamos por la palabra francesa, escribirla en francés, es decir, “la chaise longue”, que además es femenina. Como ves, una cuestión de gustos o manías… 🙂

    Un saludo.

  5. manolivf dijo:

    Está muy bien narrado. como recoges los pensamientos de la protagonista, en mi opinión se podría admitir “el cheslón” como lenguaje coloquial o familiar (ya que cuenta lo que siente de forma espontánea) aunque a mí tampoco me gusta la expresión (opino como Mayte en utilizar la palabra española o bien la francesa tal como es). Por lo que respecta al relato en sí, abreviaría algunos párrafos. Saludos.

  6. Mar dijo:

    Me ha gustado.

  7. Eva Olave dijo:

    Brillante. Muy buen relato, agil narraccion; vamos, que me ha encantado!.

  8. manoli dijo:

    Cruel pero contado con cierta ironía y sentido del humor, por lo que se hace muy entretenido y muy bien narrado. Una peguilla: O “el odio corría por mis venas”, o “el odio me recorría las venas” . Nada más. Muy buena la frase final.

  9. aprendiz de poeta dijo:

    Excelente relato.Suerte.

  10. Mayka Ponce dijo:

    Gracias a todos por vuestros comentarios 🙂

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