Mitades. (Patricio Núñez Fernández)

Estaba harto de silbar el mismo tango. Recorría las mismas calles y doblaba por las mismas esquinas. Estaba atascado en una ciudad que sólo me ofrecía recuerdos que se volvían dolorosos. Todo era ella. Cuando recibí la llamada de Fausto con la propuesta no dudé un segundo. Resolví los asuntos primordiales, como dejar a mi primo Luis en mi casa, renunciar a mi trabajo, vender algunos objetos para pagar el pasaje y tener para los primeros días. Florencia era el lugar indicado para olvidarme de todo.

El avión aterrizó en Milán, de ahí me traslade en tren hasta mi destino. En el andén esperaba Fausto. Nos fundimos en un abrazo fraterno y me llevó al departamento que alquilaba. Esa sería mi residencia. Debo admitir que noté un atisbo de tristeza en su saludo. Nos apeamos, estaba a pocas cuadras de la estación. Deslumbrado caminaba por las calles atiborradas de turistas, mientras Fausto me servía de guía de la ciudad. Cada edificio era majestuoso, pequeñas callecitas se abrían para el deleite. Los adoquines que pisaba me trasportaban a fabulosas épocas que había estudiado e imitado. Me olvide de mencionar que soy dibujante. El proyecto por el que fui a Florencia tenía que ver con eso, exponer una serie de dibujos acerca de los puentes que atraviesan el Arno. Buscaban la óptica de un joven extranjero para delinearlos y exponerlos en la galería donde Fausto colgaba sus fotografías y exhibía sus cortometrajes. La paga era buena, además podíamos dividir los costos del departamentito.

Los primeros días recorrí los museos, las iglesias y las galerías. Estaba extasiado, sentía como hombres podían crear más que cualquier Dios. El Renacimiento fue glorioso, pero no quiero excederme en escribir loas hacía esta ciudad. Quiero ir de lleno al meollo de lo que intento contar.

La galería se llamaba “El taller de Ghirlandaio”, estaba dentro del ghetto judío. Gozaba de buena fama en los jóvenes de clase alta que compraban la mayoría de lo que ahí se exponía. Por su talento, Fausto ya ocupaba un lugar de privilegio y podía recomendar a otros artistas. Confiaba demasiado en mí, incluso más que yo mismo. Cuando se enteró lo de Belén no dudo un segundo en ofrecerme este trabajo. Fausto gozaba de una activa vida social y sus conquistas amorosas eran celebradísimas. Él aquí era feliz, buscaba convidarme un poco de esa dicha que tenía.

La plaza Miguel Ángel fue su primera recomendación para observar los puentes. Ese mirador era un lugar estratégico para dibujar el Puente Viejo y el de la Santísima Trinidad. La jornada era cálida. Llevé un termo con café con leche y unas galletas. Me dispuse a dibujar toda la mañana. De vez en cuando algún turista se acercaba para ver lo que hacía, pero nadie me importunaba. Salvo cuando afloraba el recuerdo de Belén.

Al caer la tarde regrese cargado de hojas y una mezcla de euforia por los trabajos realizados y tristeza de saber que no podía olvidarme de ella.

Fausto proyectaba un corto/documental acerca de las bicicletas en Ferrara. La galería se disponía como una pequeña sala de cine. Me senté junto al director que bebía compulsivamente coca cola. A su lado estaba un señor que vestía con una gran elegancia, tanto que desentonaba del ambiente. El hombre tenía la mirada perdida. Parecía que observaba algo ajeno a quienes poblamos la tierra. De tanto en tanto cerraba los ojos y respiraba profundamente. Con la finalización del corto y el cese del posterior aplauso, Fausto me presentó al hombre. Su nombre era Cósimo, al parecer me había visto dibujando en la plaza mientras subía a su negocio de antigüedades en el  cementerio de Puerta Santa. Me dijo que ahí se encontraba el mejor mirador de la ciudad, Fausto asintió y fue a responder el llamado de unos espectadores de su filmación.

-Usted debe visitarme así puedo mostrarle los mejores lugares para que pueda dibujar sus puentes.-

-¿Cuándo puedo ir?- pregunté casi sin interés.

-Mañana mismo si desea. Lo que le pido es que sea un momento antes de que caiga la noche. Es cuando cierran la iglesia y los guardias turísticos se retiran, lo mismo que el público.

-En este momento le aviso a Fausto para que juntos- Cósimo me interrumpió, dijo

-Mejor será que vaya sólo. No queremos molestar a nadie con más presencias. Además él conoce bien Puerta Santa. Ahora debo retirarme, le deseo buenas noches y espero verlo mañana al anochecer.

-Yo también. Que descanse.

Asintió. Seguí sus movimientos. Su mirada continuaba pérdida hasta que encontró la de Fausto, quien lo saludó y él asintió nuevamente y se retiró.

 Volvimos caminando silenciosamente. Tomamos un camino más largo que el habitual. Los dos queríamos ver el Arno de noche. Recién debajo de la galería Uffizi comenzamos a hablar.

-Por lo visto te invitaron a Puerta Santa.

-Sí, un tipo bastante interesante este Cósimo, ¿no?

-Es un estudioso, un hombre que dedico su existencia al saber. En el momento en que te vio me preguntó por vos. Seguramente algo le llamo la atención de los dibujos que hacías en la plaza.

-¿Qué tal es el lugar?- pregunté- me dijo que lo conocías bien.

-Es muy especial. Creo que es uno de los motivos por los que vivo en este sitio. No te lo mencione antes porque era Cósimo el hombre con el que debías ir.

-Mientras dibujaba me acorde de Belén.

-Es lógico, no te preocupes. Si hay una cosa que aprendí en Florencia es que todos siempre podemos encontrar una escapatoria, hasta de nosotros mismos.

Las palabras de Fausto fueron un bálsamo. En el resto del camino retornó el silencio. Cuando llegamos me abrazó y besó la frente. Lo sentí como si estuviera a cientos de kilómetros de distancia.

 Esa noche soñé que estaba en el barrio de mi infancia andando en bicicleta. Paseaba plácidamente mientras los perros me perseguían. Sin que pueda notarlo Belén estaba en el caño de la bici, no quería girar para que pueda verle el rostro.

Desperté tardísimo. Una nota ocupaba el centro de la mesa, estaba escrita por Fausto y decía que no iba a volver en todo el día y que Cósimo había llamado pidiendo que llevara mis trabajos para que pueda verlos.

Espere recostado hasta momentos antes de las seis de la tarde, tomé mi cartapacio lo rellene con dibujos que había realizado en Florencia que se sumaron a varias que traía conmigo. Mientras caminaba a Puerta Santa trataba de encontrar significado al sueño. Desde que había llegado a Florencia Belén siempre ocupo un lugar primordial en mis pensamientos. En realidad no comprendía porque me había dejado. Pareciera que la determinación de hacerlo no era propia, era producto de algo que la alejaba de mí. Todo se inició en un momento muy activo de mi carrera, pero nunca había dejado de ocuparme de ella. Es más, fue modelo mía. Siempre estaba con una sonrisa oculta esperando aflorar. Sus ojos dejaron de tener esa luz. Fue apagándose hasta irse sin dar a conocer sus motivos a nadie.

En los escalones del cementerio los turistas descendían mientras yo ascendía. Un guardia me indicó donde estaba el negocio de antigüedades y suvenires. Me atendieron dos señoritas idénticas que no dejaban de reírse leyendo revistas. Pregunté por Cósimo. Las dos me respondieron señalando la puerta de entrada por la que estaba ingresando. Tenía nuevamente la mirada pérdida. Llevaba consigo un manojo de llaves. Me saludó y les dijo que podían retirarse. Sin detener sus carcajadas se pusieron los abrigos y besaron en la mejilla a Cósimo.

-Mis hijas. Disculpe lo maleducadas que son. Las tuve en mi vejez. Fui laxo con ellas y las consentí en todo momento.

-No se aflija. Es común en los jóvenes- lo consolé.

-Usted y Fausto son jóvenes. Ambos tienen un rictus de seriedad evidente, pero eso no importa ahora.- posó sus ojos en la carpeta con los trabajos y preguntó – ¿Intuyo que tiene ahí sus obras?

-Sí, aquí tiene. Espero poder dibujar algo hoy. La iglesia es formidable, así como las escalinatas. Además tenía razón en cuanto a la panorámica, es fantástica.

-Debemos esperar un poco más para poder recorrer las instalaciones. Todavía quedan guardias. Algunos son de mi confianza y me permiten recorrer a cualquier hora.- en voz baja agrego –piense que hace demasiados años que trabajo aquí.

 Cósimo comenzó a ver mis dibujos. Por primera vez su mirada se concentraba en algo. Pasaba cada hoja con delicadeza respirando profundamente. Debo reconocer que me sentía intrigado por su opinión, aunque preguntar era algo que no tenía el valor de hacer. Su atención se posaba sobretodo en los retratos y desnudos. Extrañamente el único que tenía a Belén como modelo lo observó unos segundos, miró por encima de mi cabeza y lo paso con una gran premura. Siempre había pensado que ese era uno de mis mejores trabajos. Cuando finalizó, me preguntó:

-¿Usted está familiarizado con el Talmud?- al notar mi expresión de desconcierto, continuó- ¿leyó alguna vez el Talmud o, por lo menos, sabe qué es?

-Es un libro de la tradición judía- respondí asombrado.

-Es una respuesta ligera, pero tomémosla como correcta.-

-¿Por qué pregunta esto?

-Simplemente porque usted y su obra me recuerdan a un fragmento de esa recopilación- con solemnidad avanzó- Si el ojo humano pudiera ver a los demonios que pueblan el universo, la existencia sería imposible.- respiro profundo mientras su mirada volvía a perderse – Usted se dedica a un asunto despreciable: multiplica la vida. Su acción no es diferente a la de los espejos y la cópula.

-Disculpe. No pretendo molestarlo, soy solo un dibujante.- le dije caminando hacia la puerta completamente atemorizado.

-Cuando ayer lo percibí en la plaza, usted estaba con uno de estos retratos a su alrededor. Según lo que me comentó Fausto es igual a la de carne y hueso.- esas palabras me paralizaron.- Si quiere puedo remediar el asunto que lo tiene apesadumbrado.

-Realmente no comprendo lo que sucede. Primero me invita a su lugar de trabajo a dibujar, luego crítica mi oficio y ahora pretende ayudarme. Le pido amablemente que me explique lo que sucede o que me deje retirarme.

Mis palabras estaban embargadas de una confusión que no me permitía movilizarme. Además pensar que me podía ayudar con Belén me generaba más intriga.

Con tono paternal, Cósimo, comenzó a hablar,

-Si usted quiere retirarse, dejé me amenazar y hágalo. Si tiene la intención de escucharme, tranquilícese.- Asentí-  Usted tiene una distintiva habilidad: puede extirparle el espíritu a quien desee, o en su caso, involuntariamente, a quien ama. Este complejo proceso lo realiza dibujando sentidamente a este ser. En los trabajos que me presentó usted buscaba el mérito estético. Se concentraba en la calidad de su obra, no en la belleza del alma. Cuando retrató a esa señorita lo hizo guiado por el amor que le tenía, y le tiene. Lo que usted dibujó vive acompañándolo. La otra parte, la terrenal, vive sin sentir absolutamente nada, ni amor, ni dolor tampoco placer o felicidad. Se marchitara de a poco y sus partículas alimentaran a otras.

-¿Qué pasará con la otra parte, con el alma?- pregunte casi desencajado.

-Por lo que parece,- Cósimo sonrió por primera vez,- estará acompañándolo hasta que usted perezca. Luego errará por parajes moribundos intentando vanamente desaparecer.-  cerró la frase abandonando su sonrisa.

-¿Cómo es que puede ayudarme?

Se levantó, tomó el manojo de llaves y me indicó que lo siga. Caminé detrás de él unos minutos hasta llegar a una de las puertas laterales del cementerio. Con una de las llaves abrió la reja. Luego me condujo hasta un pequeño cuarto. Cuando llegamos Cósimo dijo en tono lacónico,

–  Algo aquí sucede que siento en mi cuerpo un deseo de regresar a quien fui.

Mientras le quitaba el velo a un pequeño cuadro, le pregunté,

-¿Quién fue usted?

-Alguien que creyó que la felicidad se encontraba de este lado.

El cuadro que sostenía era un antiquísimo espejo de plata. El resto no voy a poder relatarlo. Desde ahora seré un hombre demediado. Espero que una de mis partes se reencuentre con Belén.

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2 respuestas a Mitades. (Patricio Núñez Fernández)

  1. El final es un poco brusco y enigmático, pero en general está muy bien, me gusta el ambiente bohemio que retratas y la figura del dibujante nostálgico, pero ten cuidado con los tiempos verbales:”no quería girar para que pueda verle…” que confunden un poco. Saludos.

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