Veneno en las entrañas. (Antonio Tejedor García)

-¡Fuego!

¡Pam! ¡Pam!

El instinto cerró los ojos de Justino. Obedecieron con lentitud, como si esperaran a ver el fogonazo que la mente se resistía a creer. Pasaron del rostro casi imberbe que le apuntaba al cañón del Astra 400, a la mínima llamarada del disparo, al frío de la muerte. Cayó al suelo. Buscó el dolor de la herida. No sentía nada. Inmóvil sobre la tierra helada del amanecer revivió el instante supremo, el grito del jefe falangista, el relámpago de fuego de la pistola. Ningún dolor. ¿Así es la muerte?

-Estos cobardes de rojos se mueren solos, no hacen falta balas.

Detrás de las palabras, la carcajada del jefe. Y el eco del escuadrón de fusileros. Aunque reían sin ganas, frustrados, un jarro de agua helada a su ardor patriótico. Los habían llevado a ejecutar prisioneros, a matar por España, a demostrar que a pesar de su juventud tenían lo que han de tener los hombres para mirar de frente a la muerte. A la muerte de otros. Los condenados por anudarse una corbata roja o no ir a misa. O no mostrar demasiado entusiasmo con el triunfo del glorioso alzamiento.

El disparo sonó durante años en la pesadilla de cada noche. Justino despertaba envuelto en sudor y frío, los ojos abiertos al pánico en medio de la oscuridad. Cuando salía a la calle, la figura del adolescente imberbe era ahora el nuevo jefe local de falange. Paso altivo, alarde arbitrario, saludo marcial. Cualquier esquina valía para tropezarse con el jefe. Vigilancia obsesiva sobre los vencidos. Evidencia diaria de quién era el vencedor. Justino, como otros, huyó del pueblo, incapaz de soportar la presión.

En la ciudad, los malos sueños se fueron alejando poco a poco. Siempre se mantuvo, sin embargo un leve resplandor al fondo. Trabajó en la construcción, en un taller de maquinaria, de camarero. Al jubilarse el dueño le ofreció el traspaso del bar. Un barrio obrero, camaradería con la clientela, sueldo aceptable. Vida tranquila.

Hasta que apareció de nuevo el joven imberbe, después jefe local y ahora simplemente Arturo, Arturo Tomé. La democracia le había dejado sin representación.

-Ponme un vino.

A Justino, que limpiaba unos vasos de espaldas a la barra, la voz lo dejó de piedra. Tardó unos segundos en darse la vuelta, como si se negara a reconocer la realidad. Allí estaba Arturo, con su sonrisa de conejo, su bigote fino, los aires de provocación de siempre.

-Hay muchos bares en la ciudad. Aquí no eres bienvenido.

Lo miró de arriba abajo.

-Ponme un vino –dijo más alto, que lo oyera la clientela.

A Justino le temblaban las piernas mientras revivía la escena: el gorro con el bordón cayendo sobre la frente, la camisa color crudo, sin hombreras, el correaje cruzado y el emblema del yugo y las flechas en el bolsillo izquierdo, bordado por su madre. La cartuchera, que colgaba baja sobre el flanco derecho. Y una cara de niño iluminada por los primeros rayos del amanecer. Después, la pistola que explotaba en una carcajada de fuego.

Justino apoyó las manos en el mostrador. Cuarenta años de lucha por olvidar aquella madrugada son demasiados para tirarlos por la borda al primer embate. Respiró hondo.

-Esa puerta por donde has entrado también es de salida –le indicó con un gesto de cabeza.

-¡Vaya, qué valiente! ¿Ya no te lo haces en los pantalones?

Lo dijo entre risotadas, buscando la complicidad de la media docena de clientes acodados en la barra.

-Se jiñó de arriba abajo –continuó. Retorcía el cuerpo y gesticulaba como si estuviera ante la escena más divertida.

Ninguno de los clientes rió la gracia. Y eso aplana, desmorona a cualquiera. Nada te hace sentir tan ridículo como la risa repudiada. Además, hace crecer el aplomo del contrario.

-Aquí todos conocen la historia, no te molestes.

Arturo salió del bar con un gesto hosco en la cara y un farfullar inaudible en la boca. Dejó tras de sí el rastro palmario de su vuelta.

Volvió, claro. A la misma hora, la misma risa, el mismo bigote. Pidió otro vino. Justino no se movió.

-Puedo pagarte –dijo elevando la voz- ¡Toma!

El sonido metálico de las balas, dos, atrajo la atención de los clientes. Las miradas recorrieron todos los ojos. Se extendió un silencio que dolía.

-Hace 40 años ganaste tu guerra, Arturo. Déjanos vivir en paz.

-Nunca nos habéis perdonado la victoria, rojos de mierda. Por eso nos odiáis. Pero esto no acaba aquí.

Mordía las palabras y las escupía sílaba a sílaba entre la saliva que escapaba a chorros, los ojos muy grandes, el rostro acalambrado en una mueca grotesca.

-¡A todos! –gritó fuera de sí- Os teníamos que haber matado a todos.

Justino, impávido, hizo un gesto con la cabeza para mostrarle la puerta.

Una semana más tarde el nombre de Arturo Tomé apareció en la página de esquelas del periódico.

 

                           Rogad a Dios en caridad por el alma…

 

Justino se acercó al velatorio. La muerte es siempre un suceso inesperado, pero la de Arturo llegaba envuelta en el misterio. Abrió los oídos para escuchar todos los  corros. Suicidio, dijeron. Al modo de las olas que se estrellan contra el acantilado para morir de un solo golpe. Un disparo en la sien con bala de plomo. Las loas al patriota, al servidor leal pugnaban por tapar el eco del tabú, la palabra suicidio. Más allá, en un rincón, las cámaras fotográficas de un grupo de periodistas descansaban en el suelo. Justino disimuló con una demanda de fuego para el cigarro.

-Le costaba aceptar la nueva situación –oyó.

-Nadie le tenía miedo ya.

-Y además, el odio. A los vivos, a los muertos, a los de izquierdas, a los de derechas… Al final reventó.

Más relatos del autor en: www.lagartosquebrada.blogspot.com
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5 respuestas a Veneno en las entrañas. (Antonio Tejedor García)

  1. Me ha gustado.Es una historia que llega, aunque yo le hubiese quitado los diálogos del final, sin nombrar de forma explícita los motivos…(se deducen de la propia historia) Un saludo.

  2. Mar dijo:

    Tema duro, como lo fue nuestra guerra civil. Nunca hay que perder la memoria, porque por desgracia, sigue habiendo “Arturos”.
    ENHORABUENA Antonio.

  3. manoli dijo:

    Nunca se acaban las historias sobre la trágica guerra civil.
    Relato redondo, a mi parecer.Enhorabuena

  4. Vanesa Diego dijo:

    Muy buenas descripciones y buen relato en general. Enhorabuena!

  5. antegar51a dijo:

    He estado fuera y no he podido contestaros y agradeceros vuestros comentarios. Un saludo a todos

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