Viaje a las profundidades. (Jaume Ventura)

Abro la puerta aún con cierto sentimiento de indecisión. Plenamente consciente de lo que este acto significa, aún aparece un último destello de esperanza cuando la duda intenta un último ataque desesperado. Es en ese instante cuando la furia envía a mi mente aquellas imágenes que explotan en mi mente como fogonazos. Y ya ha ganado la batalla, ella es la que gira el pomo de esa puerta y la que tira de él.

Ante mí se abre la negrura, el abismo desciende tentador, ofreciéndome unas viejas escaleras de madera podrida por la humedad, escalones carcomidos, cubiertos de una tenue capa de hongos y musgo, resbaladizos y viscosos. ¡Baja! Susurra una melodiosa voz envolvente, casi femenina, una Medusa serpenteante, una sirena posada en las rocas puntiagudas. Dessssciende, déjate balancear por el suave encanto de lo prohibido, siente en tu paladar el acre sabor que sube desde tus entrañas. Te gusta, no te resistas, porque no quieres hacerlo, en realidad lo deseas, lo estabas esperando. Permite que la oscuridad te envuelva con su manto de satén acariciador, no hay nada más placentero que esto, pese a lo que digan ahí arriba, un mundo de placeres inconmensurables espera después de estas escaleras.

Mi cuerpo se arquea voluptuoso a medida que desciendo, el tacto frío y repulsivo de la vegetación de los escalones me embriaga, efluvios narcóticos emanan de las paredes chorreantes, dirigiéndose hacia mis fosas nasales, donde encuentran el lugar perfecto para adentrarse en lo más profundo de mi ser. Las voces susurrantes van aumentando su tono, casi puedo intuir su forma entre la oscuridad, delante de mis ojos alucinados van tomando una forma gaseosa, son como tules livianos mecidos por la brisa, siento como si me hallara en medio de un ancestral pantano donde la muerte ha tenido siglos y siglos de adecuada soledad para poder crear a toda su caterva de criaturas. El agua está contaminada, la vegetación es una enciclopedia botánica de plantas venenosas, los seres que habitan allí sólo se alimentan de carne aún viva. Y sin embargo todo es bellamente atrayente, de un equilibrio perfecto, el mal en estado puro se ofrece ante mí con una belleza embriagadora.

En cuanto mi pie desnudo se posa en el suelo tras el último escalón, la neblina se retrae delante de mí, como las cortinas de un telón que se abren, dispuestas a permitir contemplar el escenario de la obra que se va a representar. Mis acompañantes etéreas se retiran complacidas, con mirada aún obscena, ávidas de poseerme desaparecen de forma sinuosa, tal y como se me habían presentado.

Dirijo la mirada hacia lo que tengo frente a mí. El pantano cenagoso ha desaparecido. Me encuentro ahora en un ancho pasillo cuyo duro suelo está cubierto por una gruesa alfombra de un rojo incandescente. Muros construidos con enormes bloques de piedra desnuda me transportan a un viejo castillo de altos techos abovedados. Hace frío, un frío glacial y la única iluminación la producen asfixiantes estacas que queman alquitrán, clavadas en esas paredes. El pasillo se abre hasta el infinito, no soy capaz de ver hacia donde conduce. A cada lado se yerguen mayestáticos un ejército de seres amenazantes, armados hasta los dientes con arcaicos aparatos de tortura, con sus vestimentas metálicas y mirada vacía que sin embargo me conmina, me obliga a avanzar entre ellos. Empiezo a caminar sintiendo sólo frío, un frío que va más allá de la mera temperatura del ambiente, un frío que me traspasa como cuchillas y convierte mis huesos en cristales quebradizos. Estoy convencido de que si doy un traspiés y caigo, todo mi cuerpo estallará en mil pedazos como un espejo al chocar contra el suelo.

Camino y sigo avanzando a través de ese corredor sin fin ante los ojos sin vida de esos centinelas que parecen ir reproduciéndose a medida que mis pies se mueven…hasta que de repente, sin haberlo atisbado, se abre frente a mí una inmensa galería excavada en la roca. El suelo sigue recto hasta el centro, sin embargo esa espeluznante cueva está rodeada de un agua negra y burbujeante cuyo contenido escondido no inspira nada bueno. La especie de pasarela se estrecha a medida que voy dejando atrás el pasillo y a su ejército impertérrito. Un paso en falso y caeré en esas aguas para desaparecer sin remedio.

Sigo caminando con la vista al frente, aquella cueva parece alejarse a medida que me adentro en ella y continúo ignorando cuándo llegará su final. Temo que en cualquier momento, esa fina pasarela sobre la que apenas hay espacio para posar mis pies, no pueda soportar el peso de mi cuerpo y se resquebraje. Pero sigo adelante, hasta que finalmente se ilumina ante mis ojos un espacio circular en el que por fin mis pies se posan seguros. Se trata de un círculo de piedra en cuyo centro descansa una enorme roca desnuda Cuando mis ojos se acostumbran a la nueva luz centelleante de unas pocas de esas mismas antorchas que iluminaban el pasillo dejado atrás, lo que veo me certifica que por fin he llegado a mi destino.

Encadenado a la roca por gruesas cadenas y argollas, se desespera un ser monstruoso en un vano intento por zafarse de su cautiverio. Es una criatura gigantesca, de piel oscura y serosa, con una gran cabeza redonda de ojos negros e insondables. Sus gritos retruenan entre los muros de la cueva como si ellos también intentaran en vano escapar de allí. Los movimientos de la bestia ponen al límite la resistencia de esas cadenas que de tan viejas y oxidadas parece que no puedan resistir las embestidas brutales a las que son sometidas.

Una y otra vez el monstruo tira con una fuerza descomunal de sus ataduras, sólo para acabar gritando de dolor cuando aquellos herrumbrosos hierros se clavan en su macilenta piel y hacen brotar de sus carne un líquido verdoso cuyo nauseabundo olor impregna toda la estancia. Hilillos de ese viscoso fluido van resbalando de muñecas y tobillos en carne viva, llegan al suelo y se deslizan con una parsimonia infinita y constante hasta los extremos del suelo. Aquel líquido que rodea la cueva es la propia sangre del monstruo, ácida y corrosiva.

Miro a la criatura, la contemplo desde cierta distancia. No temo, sé que no puede escapar, sé que sólo hay una manera de que se libere de su prisión, lo sé porque la conozco. Y en ese momento aparece en mi mano una pesada espada, fabricada con un material especial que sólo se encuentra en las profundidades más profundas. Ese material se llama Rencor. Y sé que el filo de esa espada está afilado por un viejo mago de grandes poderes que se llama Sufrimiento. Y sé que aquel mango con el que la sostengo, tachonado de piedras preciosas de vivos colores lo ha moldeado la sutil Venganza. Sé que aquel monstruo que pretendo librar se llama Odio.

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Una respuesta a Viaje a las profundidades. (Jaume Ventura)

  1. Vanesa Diego dijo:

    Muy bien relatado y sorprendente final. Enhorabuena!!

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