Una comunión. (Salvador Cortés Cortés)

“Estoy al veinte por ciento, o quizá a menos, no creo que pueda hacerlo”; “Vamos, escribe, sé que puedes hacerlo…, oí en un programa de la televisión a un… psicólogo creo que era, sí, Rafael Santandreu, que decía que un escritor que se preciara debía escribir siempre que se lo propusiese, aunque esté al veinte por ciento como tú, puesto que ese veinte por ciento del que hablas se suma a otro veinte y a otro treinta y a otro cincuenta y…”; “Vale, vale, lo haré, ¿cuál es el tema sobre el que debo escribir?”; “Pues el tema es el del mes, Amor”; “Odio tener que escribir sobre Amor, lo odio…, bueno, en realidad odio tener que escribir sobre cualquier tema concreto, mi manera de escribir no admite corsés impuestos por nada ni por nadie”; “Mira, en primer lugar, Amor no es algo concreto, más bien es abstracto…”; “Tú sabes a lo que me refiero, sí, el concepto es abstracto pero el tema es concreto, no me quieras liar…”; “Sí, es cierto, en fin, continúo, en segundo lugar te engañé respecto al tema…, no es Amor, es Odio”; “¿Odio?”; “Sí”; “Odio a mi subconsciente”; “¡No seas pelmazo, y escribe!”; “¿Un relato breve?, ¿un relato cuyo tema sea Odio?, bien, puedo hacer que el lector odie el relato que yo escriba, aunque ni siquiera trate sobre Odio“; “Sí, es una extravagante opción, pero mejor, ¿por qué no te limitas a narrarnos algún episodio en el que el odio está presente?”; “Preferiría que el lector odiase este relato, la verdad”; “Pues, creo que lo estás consiguiendo”…

Antonio estaba viendo en el televisor ese programa magacín que tanto le gustaba cuando sonó el timbre de la puerta de su casa. “¿Quién será?”, pensó. No acostumbraba a tener visitas, excepto la de su compañera en días señalados, así que se extrañó de que alguien tocara su timbre, y menos a esa hora de la mañana. Soltó la taza de café que se estaba bebiendo en la mesita de centro, se levantó, perezoso, y se acercó a la puerta. Una vez frente a ésta, vociferó: “¿Quién es?” Una voz le respondió desde el otro lado: “¡Soy la limpiadora!” Abrió, o entreabrió, mejor dicho, o escrito. “Hola, buenos días”, saludó la otra. La observó con detenimiento antes de responder al saludo; la había visto en algunas ocasiones anteriores; era una mujer delgada; vestía un chándal negro ajustado a sus piernas; por encima llevaba puesta una camiseta de manga corta de color verde fosforescente; su pelo era rubio y lacio, sus ojos grises; tenía el rostro lleno de manchitas rojas, como hilillos finos; por último observó que calzaba unas buenas zapatillas deportivas, de esas con las que se podía batir cualquier récord atlético. ”Buenos días”, dijo Antonio; “Perdone que le moleste, le quería hacer una pregunta, ¿ha llamado usted a mi empresa quejándose de que no fregaba bien su descansillo?”, preguntó ella como conteniendo sus fuerzas, o lo que fuese que le indignaba; “No, yo no he sido”, respondió él, indolente, y continuó, “yo vivo aquí de alquiler y…”; “Pues por lo visto alguien ha llamado a mi empresa quejándose”, le interrumpió ella; “Pues, de verdad, yo seguro que no he sido”; “Bueno, perdone por haberle molestado”; “Nada, no tiene importancia, mujer”; “Hasta luego”; “Hasta luego”. Nuestro protagonista cerró la puerta algo desconcertado por lo ocurrido, y retornó a su posición en el sofá. En ese momento, el debate del magacín versaba sobre la Guerra Fría; uno de los participantes calificaba la situación actual de las dos coreas como un residuo de aquella época en la que el bloque comunista y el bloque capitalista medían sus fuerzas, examinaban su potencial armamentístico… Un vestigio nada tranquilizador pero que estaba bastante controlado.

“El móvil”, Antonio no se había acordado de encenderlo, así que, literalmente, corrió hacia su habitación a buscarlo; estaba en la mesita de noche, y así, apagado, parecía totalmente inofensivo. Lo empuñó y volvió al sofá, no sin antes pulsar la tecla para encenderlo. Se sentó, o más bien se retrepó, se puso cómodo vamos, y pulsó el icono que permitía ver las aplicaciones. Por supuesto, sabía qué aplicación abriría desde el momento en que abandonó el saloncito para ir a su dormitorio: Apalabrados, de la que era fan incondicional. Abrió la aplicación, y se encontró algunas partidas comenzadas en las que era su turno de poner palabra, otras en las que el turno correspondía a su oponente y otras ya terminadas. Puso su dedo índice de la mano derecha sobre una de las terminadas, una que había jugado con una antigua conocida de internet y a la que había ganado de una manera algo sangrante, puesto que la partida se había desarrollado con ventaja para ella durante todo el tiempo en que duraron las fichas y, al final, él había conseguido colocar una palabra de siete letras que le proporcionó la victoria; al volver a abrirse la partida concluida, vio la copa que lo felicitaba como campeón, y volvió a poner el dedo sobre la pantalla, pues quería volver a desafiar a aquella aguerrida oponente, pero… ¿cuál no fue su sorpresa al comprobar que no podía invitarla a jugar de nuevo?; el mensaje era claro: “No se pudo conectar con el servidor…” Nuestro protagonista empezó a pensar cosas extrañas: “¿Y si ella, resentida porque le he ganado tantas partidas, y para colmo la última de esa forma tan cruel, me ha bloqueado?” Puede ser, Antonio, puede ser…

“Pero… pero esto que estás escribiendo, este relato, ¡es el de tu propia vida!”; “No”; “¿Cómo que no?”; “Como que no…, esto no me ha pasado a mí nada más…, seguro que a mucho de mis queridos lectores les suena estas anécdotas de algo, ¿no es cierto lector?, quiero decir, que sin duda se trata de una comunión“; ¿Una… una comunión?, estás perdiendo la cabeza”; “Claro, muchas personas estamos vinculadas a estas historias, que son como un lazo que nos une…,ver un programa magacín matinal, jugar a Apalabrados…, todas estas actividades se convierten en comuniones en cuanto las hacemos, digamos, en grupo”; “Desvarías…”; “Además, ¿quién te ha dicho a ti que a mí me gustan los magacines matinales, ni jugar a Apalabrados?, a mí me gusta ver vídeos musicales, sin parar, uno detrás de otro, y…”; “Corta el rollo, a mí no me puedes engañar”…

Antonio miró el viejo reloj de pared que estaba sobre la consola; “La una de la tarde”. Había quedado con Nicolás para tomar unas tapas y charlar en el antiguo restaurante El Reflejo, junto al paseo marítimo. Se vistió, salió a la calle y esperó al autobús, que llegó puntual. El trayecto se le hizo muy ameno, observando a un muchacho joven que, con los auriculares puestos, ensayaba pasos de baile sin importarle el improvisado y cambiante público. Cuando llegó a El Reflejo se sorprendió del cambio que había experimentado el local a manos de sus nuevos dueños: la música de ambiente sonaba fuerte, las mesas y sillas eran nuevas, la fachada estaba decorada con una artístico graffiti que reproducía exactamente, como si se tratase de un espejo, el paisaje que había enfrente, esto es, la playa, la orilla del mar, las palmeras… “¡Hola, Antonio!”, oyó. Se giró sobre sus talones y vio a Nicolás. “¡Hola!”, respondió al saludo. Ambos amigos se sentaron en la terraza y pidieron sus consumiciones a la atractiva camarera que se les había acercado. “¡Vaya vaya!, ¡cómo ha cambiado esto!”, observó Antonio; “¿Has visto?”, concedió Nicolás; “Por cierto, ¿qué música tienen puesta?”; “Creo que es una emisora de radio, M80″; “Pues ya podrían poner otra cosa, las canciones son muy antiguas…, las he oído millares de veces”; “A los jóvenes le gusta oír música antigua, ya sabes, a ti cuando eras joven te gustaba oír a los grupos y cantantes de los años 60…, es el revival“; “¡Bah!, prefiero oír alguna radio fórmula de actualidad antes que esto, me harta…” Después de repasar algunos acontecimientos personales, decidieron ir al interior de El Reflejo para pagar lo consumido sin molestar a la guapa camarera, así que entraron. No había nadie.”¡Oiga!”, avisó Antonio. Nada, nadie. Entonces vieron una puerta entreabierta a la derecha de la barra y se acercaron. Se podía vislumbrar que la habitación que había tras la puerta se correspondía a la de un vestuario, quizá el vestuario donde se cambiaba de ropa el personal. “Nicolás, ¿te imaginas que abrimos la puerta y nos damos de bruces con la camarera desnuda?; “Antonio, y ¿te imaginas que nos dice que pasemos sin hacer ruido?”; “Y, Nicolás, ¿te imaginas que quiere hacer el amor con los dos?”; “Antonio, ¡este el argumento de una peli porno!”… “¿Desean algo, caballeros?”, la pregunta sonó justo detrás de ellos, así que se volvieron súbitamente y vieron a la camarera con los brazos en jarras, sus manos posadas sobre su cintura morena… “Si supiera que es lo que deseamos”, pensaron los dos al unísono, aunque eso de pensar al unísono se me antoja difícil. “¡Oh, no, nada, solo queremos pagar!”, dijo uno; “¡Sí, solo eso, pagar!”, dijo el otro.

Antonio y Nicolás se despidieron el uno del otro, y quedaron para verse en otra ocasión. “Ya te enviaré un WhatsApp”, anunció uno; “Vale”, aceptó el otro. Antonio no tomó el autobús para volver a su casa; decidió regresar caminando; “Es solo un kilómetro”, se animó. Así que comenzó a caminar: empezó por abandonar el paseo marítimo, después torció a la izquierda y avanzó por la gran avenida flanqueada por ficus gigantescos… En menos de un cuarto de hora, ya se encontraba entre los callejones de su barrio. Entonces, cuando se disponía a cruzar por el paso de cebra señalizado por un semáforo, oyó el sonido de una notificación en su móvil; lo sacó del bolsillo de su pantalón y encendió la pantalla; miró el semáforo, comprobó que estaba en verde para él y cruzó mientras abría la aplicación… El golpe no le dolió, su cerebro ni siquiera lo anotó, sus sentidos se anestesiaron en cuanto el automóvil lo atropelló. Así que…

“¿Has matado a Antonio, tu personaje?”; “Sí, ¿qué pasa?, tampoco daba más de sí…, he hecho como en las telenovelas…, eliminarlo de un plumazo, bueno, de un teclazo“; “Eres… eres malvado”; “¡Y qué pensabas, que iba a eternizar esto!…, todo tiene su fin, como decía aquella vieja canción…”; “No me vengas con lo de las viejas canciones…, lo has matado porque se te acabaron las ideas…”; “¿Que se me acabaron las ideas?, ¡qué equivocado estás!”

El conductor, ataviado con un mono azul, se apeó de su vehículo con prisas por atender a su víctima. “¡Hable, hable!… ¿se encuentra bien?”, preguntó precipitadamente; “Qué… ¿qué ha pasado?”, balbuceó Antonio; “Ha sufrido usted un accidente…, cruzó con el semáforo en rojo…”, explicó el otro; “¡Un momento…, yo crucé con el semáforo en verde para los peatones!”, protestó nuestro protagonista; “No no, oiga, cruzó con el semáforo en rojo para los peatones…” Al poco se acercó una anciana que arrastraba un carrito de la compra, se inclinó y cogió el móvil de Antonio, que tras el atropello se había quedado tirado en la acera. “¡Eh, oiga, señora, deje usted el móvil donde estaba!”, vociferó un policía local que había parado su moto a pocos metros de donde había tenido lugar el suceso; “¿Y si no quiero?, ¡el móvil es mío, yo me lo he encontrado!”; “¡Deje el móvil o la denuncio por sustracción de pruebas, señora!, ¿qué se ha creído usted?, ¡maldita crisis!”; “¡Sí, maldita crisis!, ¡la pensión no me llega ni para comer…!”

“La crisis, la crisis…, encontraste un nuevo filón”; “Ya ves, y si quiero puedo encontrar otro más, es fácil…”; “Ya veo”; “Pero eso…, eso es harina de otro costal.

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5 respuestas a Una comunión. (Salvador Cortés Cortés)

  1. Mar dijo:

    Un relato muy entretenido. Esa “comunión” entre personajes parlantes me gusta mucho.

  2. manoli dijo:

    Muy original, aunque el final me ha resultado un poco flojo. Me esperaba alguna cosa sorprendente, Algún mensaje contundente y clave para la historia.

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