Del odio y de lo odioso. (Nelaache)

Dicen que el odio es antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea y que odioso es algo o alguien digno o merecedor de ese encono.

Lo que yo no sabría especificar es si aquella mujer que irrumpió de golpe y porrazo en la vida de mi padre y en la mía era digna de tal merecimiento, o más bien era yo el odioso.

Mi padre era viudo. Yo tenía cuatro años cuando murió mi madre fulminada por un cáncer de páncreas que le permitió tan sólo la prórroga de dos duros años de lucha. Una batalla que al final no pudo ganar.

Desde su fallecimiento, mi padre se había volcado en mí convirtiéndome en el centro de su vida. Creó un mundo envuelto en una burbuja en el que sólo cabíamos él y yo. Los demás, y especialmente las mujeres, eran pájaros que revoloteaban a nuestro alrededor, sirviendo a nuestros intereses y mimándonos como si trataran de compensar con un cariño, que al fin y al cabo nadie les pedía, el desastre que se había cernido sobre nosotros. A mí, apenas me afectó, pues como ya digo, sólo tenía cuatro años cuando ella murió.

Habían pasado cinco años de la muerte de mi madre cuando apareció la otra. Su imagen surgió de la nada en un abrir y cerrar de ojos y mi padre se fijó en ella. Las casualidades y coincidencias hicieron el resto.

Como los dos trabajaban en lo mismo, y ella andaba buscando una mejora en su vida profesional por aquel entonces, se abrió una puerta que posteriormente intenté cerrar a toda costa. Debo reconocer que al principio no fui consciente de esa intromisión, cuando papá comenzó a meterla en nuestra burbuja particular.

Se programaron una serie de actividades al aire libre, fines de semana que comenzaron a compartirse. Hasta entonces, esos momentos deliciosos los había vivido con mi padre, solos los dos, sin intrusos por medio. Pero, poco a poco, empecé a percatarme de que papá quedaba con ella con una asiduidad sospechosa.

Al principio, no me sentí amenazado. Al fin y al cabo, ella estaba pendiente de mí. Durante nuestras excursiones al monte o en ruta ciclista, reconozco que me divertía. Me gustaba probar su vehículo de dos ruedas que me prestaba gustosa. La verdad es que nunca puso un mal gesto cuando, torpemente, daba yo con mis dientes en tierra y le retorcía el manillar o el pedal. Si yo me cansaba, se bajaba de su bici y caminaba junto a mí preguntándome cosas y hablando conmigo. Incluso echamos alguna que otra carrera o algún pulso que ella fingía siempre perder.

Poco a poco, su presencia se me hizo más molesta. Su constante aparición, empezó a irritarme como un virus que se extiende. ¿Por qué de repente aquella extraña era omnipresente? Hasta mi padre llegó a imponérmela como refuerzo en mis clases de inglés. Y ella se tomó su papel tan en serio, como si sobrellevara una responsabilidad apabullante. Incluso se disgustaba cuando yo no sacaba adelante la asignatura.

Yo odiaba el inglés, y el interés que ella se tomaba en que lo aprobara me sacaba de quicio. Puede que no fuera consciente en ese momento, pero juraría que fue a partir de entonces cuando me propuse hacerle la vida imposible, aunque primero tendría que asegurarme de que mis sospechas acerca del interés que mi progenitor había depositado en aquella intrusa, no estaban hiladas a base de puntazos y conjeturas mías.

No tardé en confirmar mis temores. Un domingo papá quedó con ella a comer. Decidió que iríamos los tres a degustar un menú cerca de casa y pasaríamos el día juntos. Protesté y pataleé. Me puse de morros ante él y di patadas a las paredes, echándome cuerpo a tierra después. Le dije que no quería ir a comer a ninguna parte, que quería quedarme en casa. Pero me obligó a salir con los dos. Y así, como si de una pequeña y aunada familia se tratara, no tuve más remedio que compartir aquella odiosa velada.

La observé detenidamente, odiando cada trazo de su rostro, sus modales pausados de señorita bien. Aborrecí que no se irritara cuando yo contestaba desairadamente a cualquier pregunta que me hiciera, odiaba su paciencia conmigo. Fue entonces cuando me di cuenta de que la detestaba profundamente. No quería que estuviera allí con nosotros. Quería estar con mi padre y no estaba dispuesto a compartirlo con ella.

Cuando volvimos a casa y se cerraron en una habitación dejándome a mí jugar a mis anchas en el comedor, supe que tenía que hacer algo para expulsar a aquella zorra de la que papá parecía haberse prendado.

Mi resolución fue tajante: No quería a aquella mujer en el mundo que mi padre había construido solamente para él y para mí. Las mujeres tenían que ser lo que habían sido siempre en nuestra existencia: seres pululando a nuestro alrededor que se limitaban a servirnos, pero sin cabida en nuestro universo único. Decididamente, las cosas tenían que quedarse como habían estado hasta entonces. Ella tenía que desaparecer.

La expulsión del paraíso se produjo definitivamente cuando una tarde mi padre le propuso, después de la jornada de trabajo que ambos compartían, que se quedara a presenciar el partido de fútbol de la selección invitándola a una cerveza. Estallé como una fiera ante aquella amenaza:

– ¡Si ella se queda yo me tendré que ir! ¡No quiero que ella se quede, papá! ¡Si se queda me tendré que ir!

Sentí la mirada sorprendida y confusa de sus ojos avellana clavados en mí con asombro. Parecía que no supiera cómo reaccionar ante el bombazo de mi crisis. El impacto de mi odio dio de lleno en su autoestima; una vez más, y sin salirse de sus casillas (algo que detestaba de ella, especialmente) se limitó a recoger sus cosas ante la indecisión de mi padre al que yo tenía dominado.

– No te preocupes –dijo sin exaltarse y sin levantar la voz-. No tendrás que irte a ninguna parte. Además, yo no lo permitiría.

Respiré aliviado y una sonrisa victoriosa se posó en mis labios. Se levantó y comenzó a caminar hacia la salida, seguida de papá que no pronunció palabra ni hizo amago alguno por imponer su voluntad. Ni siquiera me reprendió mi conducta después.

Ha pasado el tiempo. No sé qué fue de ella. Lo cierto es que a partir de entonces nunca volvimos a compartir más tiempo libre ni más proyectos. Conseguí desterrarla de nuestras vidas y zanjar con ello el odio que proyectaba sobre esa intrusa que osó posar un pie en nuestra fortaleza.

A partir de entonces, y aunque tuve que resignarme a soportar su presencia durante las horas de trabajo que los dos compartían, me contenté con expresarle mi aborrecimiento con respuestas evasivas a sus entremetimientos. Un día le disparé con toda la claridad del mundo:

– Me caes mal.

Mi sinceridad pareció herirla de verdad, cosa que me complació gratamente. Supongo que, a veces, soy un poco cabrón. Pero no es algo que me preocupe mucho, la verdad. Uno es como es y como lo han criado.

Al cabo de los años, hago mi vida como quiero. Salgo y entro con quien me da la real gana. Mi progenitor me ha reprochado muchas veces que no comparta con él mucho tiempo y el otro día, el muy plasta, desaprobó una de mis salidas echándome en cara el recuerdo de aquella odiosa mujer.

– Por ti renuncié al cariño que ella me tenía – dijo.

– No me jorobes –le contesté molesto por su amonestación-. Yo no tengo la culpa de que tú hayas renunciado a las oportunidades que la vida te ha dado. Haber pasado de mí.

Una lluvia de reproches brotó de su boca: me recordó todo lo que él me había dado, cómo se había desvivido por mi bienestar y porque no me faltara de nada, a cuántas cosas había tenido que renunciar por mi causa. La verdad es que empezó a aburrirme con tanto sermón:

– ¡Venga ya! –dije hastiado-. ¡No me fastidies, colega!

Me di la vuelta y cerré de un portazo dejándole solo y con la palabra en la boca. Al fin y al cabo, él se ha buscado su propia ruina, ¿no es cierto?

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema del mes y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

10 respuestas a Del odio y de lo odioso. (Nelaache)

  1. Santo Alcibiades dijo:

    Me gustó este cuentito, bien escrito y tema interesante, felicitaciones

  2. aprendiz de poeta dijo:

    Muy cruel y duro.Creo que el odio aquí si tuvo cabida.Bien narrado.saludos.

  3. manoli dijo:

    Está muy bien expresado cómo al principio relatas con indiferencia, ligera aprobación, cada periodo de tiempo va en aumento el odio, según se va reafirmando ella en la pareja. Buen relato. Yo modificaría cuidadosamente hacia la mitad, en dos o tres párrafos repites demasiadas veces odio, odiaba , odiando, odiosa….Busca algunos sinónimos que los hay, y muchos, para que te quede “redondo”
    Enhorabuena.

  4. Alicia Bermejo dijo:

    Esta muy bien, me ha gustado, pero mas que odio, yo lo interpreto como la actitud pasota de un adolescente consentido y “malcriado”. Un saludo.

  5. Eva dijo:

    Cuánto tiene de realidad…tristemente….realidad que va en aumento en nuestros días. Me ha gustado por la naracción, como va reflejando la percepción e interpretación del protagonista ante los hechos…su egoismo evolutivo ¿involutivo? Francamente, creo, que está genialmente reflejado, te emociona y llegas a sentir rechazo ante semejante criaturita…pobre padre!!!…Se hace muy ameno. Gracias Arantxa por compartirlo.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s