La lingerie. (Eva Olave)

Semana de trabajo extraña, perfectos días de Sol que engañan al frío. Cansada de estar trabajando en casa, pegada al caballete, me dispuse a dar un paseo.

Una vuelta sin rumbo por el barrio de toda la vida, desconocido en mi desinterés actual y tan frecuentemente transitado en mi niñez. Poca variedad, ausencia de pequeños comercios singulares, apenas existen carnicerías, fruterías, droguerías… Las grandes superficies y la crisis, después, arrasaron con el pequeño comerciante, aquel que conocía nuestros nombres, sabía de nuestras alegrías y tristezas y a final de mes nos fiaba en las compras con un “no se preocupe, ya lo pagará el próximo día”, mientras con su más grande humanidad restaba importancia a nuestras explicaciones.

Ausencia de encuentros fortuitos, de rostros recurrentes convertidos en entrañables a base de coincidir en la compra diaria como ocurría hace años. Los “buenos días”, “los holas”, “los cómo están”, enmudecen en nuestra garganta y se agolpan en nuestro recuerdo; con un poco de suerte un tímido ¡cuánto tiempo!, se articula en nuestro cerebro, tomando voz, mientras esperamos ser reconocidos, añorando el pasado cercano que nos hacía próximos a la otra persona.

Sigo caminando. Me sorprende una fachada llamativa, el rosa intenso de sus paredes me avanza la feminidad de su genero, alzo la vista y su rotulo en neón, inútil en la claridad del día, me confirma: “La lingerie”. Me dirijo al único escaparate: ropa interior femenina, delicada y sugerente vuela sujeta a hilos invisibles y rasos. No hay rastro de cotidianeidad en las prendas, ni de practicidad; sus colores y formas, unidas en conjuntos, nos llevan a la belleza, la alegría de la atracción y la promesa de la seducción.

Entro, un local pequeño aparece ante mis ojos. Paredes en papel tela listado, bandas rosas y verdes alternan los paramentos; no hay fotos de modelos, nada que nos avance las excelencias de las exquisitas prendas, no hay motivo para la comparación ni para el sueño. Un gran espejo cubre una de las paredes, su marco rococó en pan de oro nos habla de pretensiones, de demodé y de épocas mejores para el juego de la seducción, cuando la inmediatez era enemiga del deseo. Estanterías a doble cara con multitud de estantes, conteniendo fantasías masculinas y esperanzas femeninas de aceptación.

 

La veo, su tranquilidad no oculta su desagrado: no soy la clienta que desea. Sus altos tacones elevan su mirada, pero no me ve; se encuentra de espaldas a mí, al escaparate. Circundo la tienda y la observo, viste un traje chaqueta imposible, el cuello asimétrico y el jaspeado brillante de su tejido denotan una mala factura: un querer y no poder. Su pelo -por los hombros- de color cobrizo, coordina con su cara enmascarada en mil colores, desde los parpados hasta su boca. La bisutería excesiva adorna sus manos. Es vulgar.

Mi vista se pierde por la tienda, mientras mi voluntad decide que volveré. Volveré a comprar, y no lo haré vestida con vaqueros, playeras y anorak. Volveré con un traje chaqueta de impecable corte y buen género, con mi pelo liberado de gomas y un elegante maquillaje. Entonces, mis manos, con una perfecta manicura y una sola joya, no temblarán al escoger prendas, y ella se acercará a mí, solicita, atenta a mis gustos, con mil recomendaciones, abriendo cajas, descubriendo tesoros…y sonriendo. Me despido con un “buenos días y gracias”, que no obtiene respuesta.

En el exterior, al cerrar la puerta, observo a una mujer pegada al escaparate, su mirada trasciende la ropa, va más allá: al interior. Me pongo a su lado, sigo su mirada con la mía y vuelvo a verla, a ella, en el interior, de espaldas al escaparate, con su cabello cobrizo, digna en su quietud. La mujer del exterior, al sentirme próxima, habla: su voz está llena de odio. Su tono es áspero y me comenta cosas que no debería oír, que no son de mi incumbencia, pero no puedo irme. Los maliciosos recuerdos de esa mujer me abren los ojos, mi conciencia se altera con el pasado revelado. No hay generosidad en las palabras, no hay posibilidad de cambio, el presente se enquista. La mujer escupe calamidades presentes y futuras por un pasado que no importaba a nadie y trascendió a todos. Los hechos ocurrieron en los tiempos de mi infancia, cuando la gente se conocía y saludaba por la calle, cuando unos sabían de otros.

Me marcho, ya sé suficiente; no me despido, al igual que la dueña de la tienda no se despidió de mí -entiendo que no lo hiciera- no la está permitido despedirse, está condenada al ayer perpetuo, como Sísifo unido a su roca: sin fin.

Una vez en casa, me dispongo a pintar y no me concentro, los colores se mezclan, rojo, azul, amarillo…una amalgama de grises envuelve el lienzo. Comparo mi paleta con la vida, nuestra vida son distintos momentos, colores; algunos luminosos y otros oscuros, todos con un significado y una singularidad; conmovedores y enriquecedores en su independencia, sólo al mezclarlos nos asfixian y paralizan, convirtiendo todo en gris.

Más sobre la autora en http://www.eltarotdeevaolave.net/
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4 respuestas a La lingerie. (Eva Olave)

  1. Mayte Sánchez Sempere dijo:

    Me gusta mucho como cuentas… pero me quedo con la curiosidad morbosa de saber 🙂
    Enhorabuena y suerte

  2. Eva Olave dijo:

    Gracias, Mayte por tu comentario. Idee 1.000 historias…pero pense que cuando las vivencias se convierten en juicios tan inflexibles, mejor no saber. De todas formas a que a ti tambien se te ocurre q la dueña de la tienda desempeño otro oficio mucho mas antiguo años atras y protagonizo alguna historia a 3. Pero, lo mejor es q incluyas tu propia historia. Escribo desde la tablet, no puedo acentuar. Gracias por leerme y tu tiempo.

  3. El arranque de tu relato me ha hecho sonreír, porque precisamente recordaba yo la cercanía que había en las tiendas hace años: la frutería, la verdulería, la droguería… De todo aquello ya no queda nada. Ya ves, un sentimiento que -al parecer- compartimos. Gracias por tu relato, Eva, y mucha suerte!!

  4. Santo Alcibiades dijo:

    Esta historia un tanto hermética tiene una calidad única e indiscutible: el exquisito lenguaje conque está escrita. Me encantó

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