Los gatos negros parecen azules bajo la luz de la luna. (Ángela Eastwood)

¿Se han encontrado alguna vez a veinte centímetros del cañón de una pistola? Todo se torna difuso alrededor del punto de mira, y, mientras esperas escuchar el ruido del arma amartillándose, toda la vida pasa en un suspiro.

Soy un hombre extremadamente tímido e  introvertido, la verdad es que no sé de qué manera me he metido en este lio. Juzguen ustedes.

Era una noche bellísima de verano y me apetecía caminar. Charlie Parker actuaba junto al trompetista  Dizzy Gillespie en un tugurio de la calle 52. Eran legendarias sus constantes disputas y mítica su feroz competencia sobre el escenario, pero juntos conseguían enloquecer al público, que los escuchaba embelesados. Dentro, el humo nocivo de los cigarrillos se mezclaba con la dulce fragancia de  Chanel  de las damas, y en el escenario volutas de humo azuladas se enroscaban como culebras alrededor de las luces. Entre las serpientes de humo la trompeta de Dizzy se erigía enardecida, arañándonos el corazón con su lamento infrahumano; el local estaba muy lleno y cuando por fin logré tomar asiento el bueno de Charlie ya doblaba la cintura hacia delante para acompañar el estertor doliente de su saxo moribundo. Sonreí, recordando la letra de una antigua canción: “¿Qué quieres de mí, mamita, no ves que me pones los pelos de gallina cuando te acercas?” “Deme fuego, papi”, respondía ella, ofreciendo los carnosos labios rojos y papi, dando lumbre a esa potranca de azúcar, sentía el borboteo de las lágrimas encharcando su viejo corazón abandonado. Sí, hacía mucho calor esa noche y en los callejones oscuros la palidez helada de la luna volvía a los gatos azules.

Gracias a los titulares del día siguiente, todo el mundo supo que, mientras “Bird” y “Dizz” median sus fuerzas en el escenario, en el callejón de atrás,  Sugar, la chica del jefe, arqueaba de puro placer su columna de pantera ante las febriles embestidas de Monty “el potro”, la mano derecha del amo, encaramada al deslumbrante Cadillac Town Sedan verde ciprés. El pobre Monty no escuchó los pasos silenciosos ni  el chasquido del arma amartillándose, tampoco la sirena lejana de la poli, porque las uñas de la pantera hacían surcos en su espalda erizada. Y mientras él daba gracias a Dios por su buena suerte, las piernas de chocolate se enredaban más y más alrededor de la cintura del hombre, atrayéndolo, devorándolo. Nunca escuchó el silbido de la bala que le reventó la cabeza. Cuando la niña Sugar alcanzó el climax  y soltó su presa, ésta resbaló pesadamente sobre el asfalto. Tras ese disparo llovieron muchos más. Estallaron los cristales del Cadillac y la niña Sugar también recibió su ración de plomo.

Alertado por el ruido de los disparos, salí del local empujado por la turba exaltada. Fuera, unos policías interrogaban a la chica del capo, que yacía en el suelo, malherida. Cuando preguntaron a la niña Sugar si había reconocido al criminal ella sólo alcanzó a susurrar que bastante tuvo ella con no morir reventada por dentro, que la verga del potro era mucha verga.

Como soy un hombre tranquilo ajusté mi sombrero, encendí un pitillo y me dispuse a buscar un taxi para escapar del bullicio, acatando uno de los dos consejos más importantes que me diera mi viejo: huir de los conflictos y de los callejones oscuros y apartados. Allí es donde los asesinos esconden su basura, hijo. Siempre he huido de los problemas, nada me gusta más que mi trabajo suavizando las expresiones de los finados, esparciendo el color de la tierra sobre esas pobres mejillas azuladas.

Me disponía a subir al taxi cuando unos ojos negros se cruzaron con los míos, pero fue la sangre que resbalaba por sus muslos dorados la que me impulsó a detener mis pasos, no la insolencia de su mirada. Sospechando la gravedad del asunto rogué al taxista que nos llevase al hospital más cercano, pero el muy cobarde huyó raudo. Susurrando palabras de consuelo, la tomé en mis brazos y con ese peso liviano me adentré en la oscuridad. Con suma delicadeza deposité el cuerpo de la niña Sugar en el suelo y rasgando su vestido inspeccioné la herida, que era mucho más grave de lo que intuí en un principio. Sonriéndole, tierno, la acomodé para morir; le arreglé el cabello y acaricié su rostro juvenil para evitar posibles rictus indeseables. Cuando sus ojos se clavaron en mí y sus dedos se relajaron, la cubrí con mi chaqueta y me marché, dejándola sola y rota. Recordé las palabras de mi viejo, pero la niña Sugar no era mi basura, sino la de otro.

El caso es que esa noche no pude sacarme de la cabeza su cuerpo joven y el olor africano de sus cabellos ensortijados. La fiebre de esos ojos me perseguía, y, como un artista privado de su obra más valiosa, al amanecer, antes de que los gatos azulados se sacudiesen el polvo de la luna, volví al callejón.

Por fin su cuerpo yace sobre mi cama, con sus sedosas mejillas de tierra. Los periódicos juran que es la novia de un capo y un taxista declaró haber visto a un  tipo alto con cara de enterrador acompañando a  la chica, que caminaba cubierta de sangre. Así que ahora me dispongo a esperar el sonido del timbre de mi puerta.

Hacía demasiado calor y salí a fumar al porche, entonces oí el ronroneo de un auto acercándose en la oscuridad cerrada de la noche; el hombre de las cicatrices bajó del auto y tras él bajaron los demás, elegantes y sombríos. El hombre de las cicatrices preguntó por Sugar y le dejé pasar dentro de la casa. Se quitó el sombrero y se acercó a la dama muerta; la besó en la frente helada y la contempló después de una manera ciertamente extraña. No has borrado la expresión de gozo de su rostro, me dijo.

—No pude—le dije. Y es cierto.

Y es por eso que me encuentro ahora a veinte centímetros del cañón de su pistola.

Más obras de la autora en http://siguiendolospasosdebarro.blogspot.com.es/
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26 respuestas a Los gatos negros parecen azules bajo la luz de la luna. (Ángela Eastwood)

  1. Mar dijo:

    Estupendo relato.

  2. manoli dijo:

    A mí me has recordado mucho a Raymond Chandler. Muy buena.

  3. Eva Olave dijo:

    Una maravilla, buenisimo!!!!!…Escribo desde la tablet, sin posibilidad de acentos y con dificultad.

  4. Preciosa joyita negra como la niña Sugar

  5. ana amigo dijo:

    Parece sacado de una película de gánsters, está muy bien.

  6. MayteSanSem dijo:

    Magnífico, me ha gustado mucho. No le falta ni le sobra nada, lo encuentro redondo y brillante. Como dice Antonio, una joya.
    Sólo una pega, que puede que sea manía, no sé… eso de los “pelos de gallina” se dice mucho, es cierto, pero a mi me chirría. Prefiero mil veces la “carne de gallina”, aunque en este caso puede “perdonarse” por lo estupendamente contado que está el relato.
    Mucha suerte y gracias por compartir.

    • Ángela dijo:

      Anda, pues “carne de gallina” me parece estupendo, pero ahora no puedo cambiarlo ¿no? No sé cómo no lo pensé…, ¡que fallo!

      • MayteSanSem dijo:

        Yo no sé si es un “fallo”… la gente suele decirlo, así que depende un poco del personaje. También se dice “Los pelos como arpías” en lugar de “como escarpias”, o “se puso hecho un obelisco”, ja ja ja.

  7. Ángela dijo:

    Nunca había escuchado “los pelos como arpías” jaja yo suelo decir que se me ponen los pelos como lanzas de combate :). Muchas gracias, me alegro de que os guste el relato. Si encontráis más fallos no dudéis en hacérmelo notar, que es la única manera de aprender.

  8. Muy bueno. Eso de “los pelos de gallina” también a mí me ha llamado la atención, pero es un estupendo relato y muy bien escrito. Me ha gstado mucho. Mucha suerte!

    • Ángela dijo:

      Intentaré resolverlo, en realidad no sé que pudo ocurrir, suelo utilizar la expresión “piel de gallina”…, a veces de tanto revisar un texto hay cosas que ya ni las vemos. Gracias.

  9. Ángela dijo:

    Si notáis alguna incongruencia, errores, fallo en la historia, qué sé yo…, decidlo, que lo que quiero es aprender.

  10. pizpireta dijo:

    Angela, mi enhorabuena!, me parece un relato GENIAL!, para mí está fabulosamente escrito, me ha gustado muchísimo, tan “detallado” que se vé como en una película con “Oscar”, mis felicitaciones, para ser como dices, principiante, eres muy brillante. Gracias por transmitir tanto…
    Un abrazo y seguiré “leyéndote” amiga.

  11. Alfonso dijo:

    Mucho vértigo y toda la profundidad del jazz drena hasta el desenlace. Muy bueno.

  12. Santo Alcibiades dijo:

    Muy bueno, me gustó mucho

  13. Isaac dijo:

    Tímidos e introvertidos, tranquilos, parados aspirantes a empleos dispares… empiezas a preocuparme. Vi tu blog y me gusta tu habilidad adaptando títulos para atraer lectores. Interesante. Extraordinario relato el tuyo, estoy con los que dijeron que recuerda mucho la novela negra, la de verdad. Enhorabuena Ängela, saludos.

  14. Ángela dijo:

    Creo que un buen título es como una puerta de colores sugerentes:todo el mundo querrá entrar para ver que hay dentro. Es un cebo, una zanahoria, el envoltorio de un caramelo. Gracias por visitar mi blog, Isaac, saludos también para ti.

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