La mirada de ella. (Denise Comaposada)

Se acabaron los espejos.

Tajante, como era ella, mi madre. Con el punto final bien marcado. Mi padre evitó mirarla y asintió con la cabeza.

No esperó a que él marchara para tirarlos (en esos momentos prefería nuestra presencia). Empezó por el redondo del baño por el que aún resbalaba alguna gota del vaho; luego fue el del recibidor que dejó una marca limpia con un perfecto rectángulo sobre el papel de lilas de la pared. El último fue el de mi armario que más tarde sustituyó por una placa de madera beige con aguas oscuras. Yo tampoco la miré. A mis ocho años lo hice más por no verle los ojos que por despecho.

Salí al rellano de la escalera, el lugar donde ella a veces se refugiaba de mí, porque, se quejaba, me ponía muy pesada, porque sus nervios ya no aguantaban, porque acabaría haciendo alguna desgracia y chillaba mientras decía todo eso y se ahogaba, temblaba, hasta que huía a ese espacio de nadie para alejarse de todos los males. Regresaba con la mirada más turbia y menos encendida, con el gris del ojo derecho, heredado de su madre, entelado y el marrón del izquierdo, heredado de su padre, opaco.

Salí al rellano con el uniforme de las Esclavas Inmaculadas mal colocado. Me sacudí los pliegues de la falda y llamé el ascensor. De puntillas para poderme ver bien la cara me peiné frente al espejo, picado de viejo, con tantas motas que simulaban galaxias en los extremos. De un tirón su mano me sacó hacia fuera y me llevó escaleras abajo para dejarme frente a la puerta de la escuela, con el peine aún en mi mano.

No lo pude contar a nadie. A mí edad me faltaban la razón y las palabras. También me sobraba la vergüenza. Cuando dejó de acompañarme por las mañanas me acostumbré a mirar mi reflejo en los escaparates, a ponerme brillo en los labios con la cara pegada a los retrovisores, a verme por partes. No se lo podía contar a nadie porque no sabía explicarlo. Arrebatos, porque sí, de repente, el punto final marcado. Arrebatos y el rellano.

A los espejos siguió la decisión de no dejar entrar en casa ningún objeto que pudiese reflejar más allá de una imagen casi oculta. Por supuesto, las fotografías no se salvaron. Cuando me di cuenta sólo pude recuperar un pequeño marco de plata que escondí durante casi diez años, donde estaban las tres hermanas juntas. Mis tías sonreían, ella estaba con su expresión forzada.  Las tres  en un degradado de grises, ladeadas, en parte solapadas, antiguas, con medias melenas oscuras marcadas con ondas que, por unos segundos, se dirigen hacia el mismo horizonte.

A pesar de ser la mediana, ella, la morruda, la malcarada, como la llamaba a veces su madre, está la primera; la siguen mis tías, la pequeña, la independiente, la mujer del médico, que tiene su mano como caída sobre su brazo; la última, la mayor, que coge a la tía por el hombro y se le marcan los nudillos, la que murió joven y eternizó su dulzura en el recuerdo de todos. La más guapa, la más buena, repetía la abuela entre cuentas de cadenetas, con el gris de los ojos ahogado hasta que sorbía la pena y retomaba los puntos de la colcha de ganchillo, también eterna.

Al final, nadie se salvó de la destrucción. Ni ella misma. Mi padre simplemente desapareció, en silencio, sin mirarla a ella, sin hablarme a mí. Yo tuve que esperar más tiempo.  Cuando me largué sólo me llevé la fotografía porque era el único lugar donde su mirada parece tranquila y no se distinguen ni el gris ni el marrón, los colores heredados de los abuelos y a los que ella añadió el resentimiento y la rabia. Las únicas que no la han abandonado nunca.

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8 respuestas a La mirada de ella. (Denise Comaposada)

  1. Benjamín Román dijo:

    Me deja el deseo de saber por qué tanta amargura de la protagonista.Asimismo, de haber leído una introducción y desenlace, pero carente de nudo.

  2. Mar dijo:

    Sencillamente, BRILLANTE. ENHORABUENA.

  3. Es un relato muy duro, se refleja mucha tensión y amargura, pero no veo relación con el tema de la envidia, no se entienden los arrebatos porque tampoco se explica de dónde surge la rabia. Las emociones están bien reflejadas pero en mi opinión queda sin aclarar.

  4. Eva dijo:

    Denise, me ha gustado. Me ha sobrecogido, quizá porque también he sido protagonista involuntaria de silencios castradores, que envenenaban la convivencia; dejando suspensos en el aire mil interrogantes. Elegante narración. Gracias

  5. Leticia dijo:

    Estoy de acuerdo en general en lo que se dice. Creo que es un texto que expresa muchas emociones y muy bien y con una buena idea central, pero da la sensación de que falta algo de historia. Yo intento relacionarlo con el tema, como si hubiera una envidia de la madre hacia la hija, pero igual estoy completamente equivocada, aunque como también se habla en algún momento sobre el padre, no sé si tiene algo que ver. Lo que más me gusta es la intensidad del texto. Podías darnos alguna pista más sobre lo que le pasa a esa madre, que nos tienes en ascuas ;).

  6. carlaluna91 dijo:

    Me ha gustado el estilo de tu relato. Como peros le pondría que me falta un por qué a la historia y hay alguna frase que, aunque me encanta como suena aislada, no me queda claro por qué aparece ahí, como es el caso de “Arrebatos, porque sí, de repente, el punto final marcado. Arrebatos y el rellano.”

  7. Arantxa dijo:

    Coincido con los compañeros en que no queda claro el por qué de tanto resentimiento y tanta amargura, aunque me gusta mucho la forma en que está escrito. Da al texto mucha profundidad, y me encanta la forma en que describes la foto antigua

  8. Denise dijo:

    Gracias por los comentarios. A veces al escribir tenemos una idea y pensamos q ya se va a entender. Mi idea era representar una mujer amargada desde joven, una mujer que ha crecido envidiando a sus hermanas, a todo lo que le rodea, llena de complejos y de rabia hacia todos. Una rabia que le aumenta con los años hasta que no se soporta ni a ella misma y por eso quita los espejos.
    Esa era la idea principal, intento explicarlo con la foto pero veo que no ha quedado muy claro

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