Fatalidad significó muerte. (Eva Olave)

No serán juzgados, nadie les llamará asesinos, y, sin embargo, todos han sido autores de mi muerte. (Cita celebre donde las haya)

¡Cómo se me ocurrió ir a esa reunión de antiguos compañeros a mis 50 años!, los últimos 32 sin saber nada de nadie…a excepción de Mercedes, claro está, que para eso fuimos novios desde los 14 hasta los 21. Mercedes. Podía haberse quedado en recuerdo entrañable del primer beso, del primer baile, del primer bofetón y del primer polvo, pero…no, esa endiablada mujer persiguió mi sombra todos los días de mi vida hasta que consiguió matarme, pero no lo hizo sola.

En esa fatídica reunión, propuesta, a través del face,  por el más capullo de la clase: El Ignacio, caímos una gran mayoría.

En la cenita coincidimos unos 24 que no está nada mal teniendo en cuenta que, en aquel entonces, la clase la formábamos unos 35 alumnos, de los cuales asistían regularmente unos 15. ¡Vamos!, que si sabíamos unos de otros, era por el barrio;  y si nos tratábamos era por conseguir hierba y compartir litronas , unidos por nuestros malos vicios –que eran muchos- más que por amistad.

La cena se dio en el restaurante “Los Almendros”, un antro del barrio de nuestra procedencia, donde todos los platos llevaban “ensalsados” picadito de almendras (imperceptible) haciendo honor a su nombre. Esto no tendría importancia si un servidor no fuera alérgico a los frutos secos, así que el primer responsable de mi malestar y tremendo fin fue el picaflor del Ignacio.

¡Qué feos encontré a todos! ¡Hasta a los pimpollos de entonces! La mayoría estábamos calvos, gordos y pobres; todos éramos supervivientes anclados a una miseria.  Había alguno que se conservaba delgado, pero se veía bien a las claras que no era gracias a su esfuerzo o metabolismo, sino a la ingesta de alcohol o drogas. ¡Que careto la de los delgados!, tan desagradable como la tripa cervecera de los gordos. Las mujeres, mal que peor que nosotros, más feas no podían estar, se las veía que habían perdido el tiempo. La mayoría, casadas, asustaban al miedo; hasta la Mercedes -que era un horror- pero claro, a fuerza de verla casi a diario -me seguía persiguiendo, ¡qué tía más pesada! – como que me había acostumbrado y ya no la veía fea…en realidad, es que ni la veía.

Al rublos, que le llamábamos así por su pelo rubio y por sus inicios en el mundo comercial trapicheando como camello, no se le ocurrió más que añadir no se qué a un ponche que tomamos todos en plan aperitivo  y que subía a la cabeza como el rayo, haciendo perder la sensatez al más lúcido, y como todos los que estábamos allí si éramos algo era primitivos, brutos, pues eso…que a partir del dichoso ponche, la noche se disparó.

Los sucesos fueron más o menos así:

Antes de sentarnos en la mesa, nos atiborramos de ponche y embutidos, algún imbécil llamó aquello entrantes fríos, y sí, fríos sí estaban: ¡congelados!,  pero si no hubiera sido por el ponche no habría habido forma de tragárselos ¡vamos que entrar, no entraban fácilmente!

La Rosa -que siempre ha sido una desatada- gracias al ponche, se desnudó en medio del comedor, como era un reservado y estábamos flipando por la bebida, pues como que no lo vimos mal, y, a partir de ahí, todos nos excitamos, aunque la Rosa era de un feo de aburrir y debía pesar unos 100 Kg, pero la mayoría de nosotros teníamos mujeres feas y nos arreglábamos con ellas, así que no nos costó adaptarnos a semejante visión y nos pusimos burros en el segundo uno. La Mercedes, la muy guarra, casada y con tres hijos, se había pasado todos estos años pretendiéndome sin resultado, y en esa cena consiguió lo que perseguía: A mí. Aunque ahora puedo ser cualquier cosa  – desde mi apariencia etérea, ectoplásmica –  en vida era más bien lo que se llama un asco,  pero la Mercedes era así, de un nostálgico persistente, y no veía más allá de sus recuerdos y de sus gafas de mil dioptrías. Podría decir que allá ella, pero el que se fue: fui yo.

Pues eso, que antes de sentarnos a la mesa, la mayoría nos habíamos calzado unos a otros. Aquello fue un cambalache, un lío de muy señor mío, porque la bacanal se produjo a oscuras, debido a que al Candelo, que es muy maricón, se le ocurrió apagar la luz para poder meter mano a todo “quisqui” sin ser liado a hostias.

No me acuerdo exactamente lo que hice o no, lo único que sé es que entró el camarero con los primeros platos, encendió la luz y yo me encontraba tumbado en la mesa, con la Mercedes entre mis bajos, mi mano derecha sujetando un vaso de ponche, y la izquierda en la entrepierna desnuda del Candelo; ahí empecé a encontrarme mal, me dio un vuelco el corazón, literalmente, al ver el entresijo enmarañado del moño de la Mercedes y sentir como sus lorzas inmovilizaban mi cuerpo; y mi mano, muerta, impulsada por la mano del Candelo mientras me hacía menear aquello indescriptible que tenía entre sus piernas. Tenía que haber vomitado, pero la verdad – ¿para qué engañarme?- y además ahora no puedo, mi nuevo estado me obliga a ser sincero hasta conmigo mismo y es un fastidio; pues eso, que desde mi nuevo estado debo reconocer que, a pesar del asco, estaba más empalmado que un mástil y me iba la escena. A la entrada del camarero todos nos incorporamos y, más desnudos que vestidos, nos sentamos en la mesa. No nos echaron…¡Total, ya habíamos pagado todo con la reserva y nos les pedimos que recogieran las vomitonas! Yo no vomité y ese fue parte de mi mal. Entre el ponche explosivo y las descargas prostáticas… ¡Qué mal me sentía!

Estaba claro que ese día tenía que ser el de mi muerte porque al sentarme en la silla, rota por el berenjenal que habíamos protagonizado, me caí dándome una leche tremenda: mi cabeza se golpeó contra el suelo y dicen que perdí la consciencia durante unos segundos, yo no me acuerdo de ná. Me sentaron en otra silla, y empezamos a cenar. Con cada bocado me iba sintiendo peor, pero como estaba borracho, como que no le di importancia.

Al Naranjito, que de promesa de fútbol se quedó en carnicero, no se le ocurrió más que proponer el juego del “cochinillo nipón” que es una sandez y una porquería, pero no nos importó. El juego consiste en poner a un tío/a desnudo en el centro de la mesa, boca abajo, de rodillas, y empezar a cebarle hasta que empiece a pedorrear o ponerse rojo. A pesar de que la Rosa se ofreció como cerdo, no nos convenció porque la mesa no tenía suficiente ancho, así que se hizo un concurso a base de cantos y gritos.  Todos cantaban y gritaban a la vez; a mí no me apetecía, no quería que me metieran nada por ningún lado y menos seguir comiendo, me encontraba realmente mal. Para animarme, cogí la botella  de vino tinto y bebí a morro… Eché un trago enorme…¡qué me abrasó la garganta!, empecé a gritar como un poseso y gané el concurso. Resulta que la botella había sido rellenada por el Marcelo, que siempre ha sido un retrasado, sustituyendo el vino peleón por vinagre. Cuando se dieron cuenta del porqué de mis gritos, me inundaron de agua que me hicieron tragar con la sopera del ponche.  Cuando pude calmarme, se les ocurrió que no había nada mejor para aprovechar ese aliño que comer… y terminé haciendo de cerdo. Me inflaron de comida hasta decir basta. Afortunadamente, pude pedorrear al vigésimo cuarto bocado y se terminó el juego. Me vestí y volví a  mi silla, estaba muy mareado, tenía la tripa hinchada y me faltaban los pantalones.

Empecé a sentir picores y a ponerme rojo. La Sole, que trabaja limpiando una residencia de ancianos, se alzó como erudita de remedios para todo y dictaminó que lo que me pasaba era que hacía mucho tiempo que no “mojaba” y que antes me había excedido, que estaba harta de verlo en los ancianos, y que lo mejor para remitir los granos y el picor era ponerme bocabajo, -haciendo el pino-, así la sangre volvía a la cabeza de donde nunca tenía que haber bajado con tanta fuerza. Antes de que pudiera huir, desatendiendo mis quejas, me pusieron contra la pared y alzaron mis piernas, me sujetaron entre 4 y así permanecí hasta que vieron  que cada vez tenía más granos y no paraba de moverme por los picores. El JuanCar, que es fontanero, pensó que lo que tenía era un atasco por  todo lo que había tragado haciendo de cochinillo nipón, y que debía cagar con la mayor urgencia. Para facilitar la evacuación, todos, con su mejor fe, decidieron que nada mejor que el aceite, obligándome a beber el contenido de la aceitera para las ensaladas.

A los pocos segundos me entró tal apretón que me olvide de los granos y los picores, corrí al baño: sin pantalones, con la camisa del revés y medio desabrochada; recorrí por lo menos tres comedores repletos de gente antes de llegar al baño. No fui consciente que tras de mí corrían dos camareros que me alcanzaron antes de llegar al water, inflándome a empujones y leches hasta que cagué suelto y maloliente, consiguiendo que me soltaran, dejándome tirado en el suelo. Supongo que fueron los que llamaron a la policía y al Samur, pero está claro que no era mí día y poco tiempo estuve solo entre mis deshechos. Apareció la Mercedes junto al Perico y el Anastasio, estos dos no aguantaron el olor y se fueron por donde habían venido, pero la Mercedes, que está loca y es una enferma, se quedó a mi lado entre la mierda y no tardó dos segundos en cerrarme la boca con su fétida lengua. Fue la gota que colmó el vaso, para entonces ya me encontraba hinchado como un globo y caliente como una brasa; al no poder respirar por la boca, por el beso de esa petarda, me vino el ataque anafiláxico – que ya estaba tardando –  y empecé a agitarme como una culebra, pero la boba de la Mercedes pensó que estaba burro y no soltaba mi lengua. El ataque duro ná. Del ataque al infarto, y a continuación mi muerte. Así morí: entre mierda y con la Mercedes mordiendo mi boca.

Recuerdo que me elevé a la altura del techo y desde las alturas pude ver las nalgas de la Mercedes mientras se inclinaba sobre mi cuerpo, sin creer que había muerto. Antes de que gritara aparecieron los policías y los de la ambulancia. Vieron mi aspecto medio desnudo y lleno de ronchas. La explicación que recibieron de mis compañeros fue que me había dado un fuerte picor y me había desnudado desesperado por rascarme; lo de la comida y lo que había ingerido era lo normal en este tipo de celebraciones y no  dieron mayor importancia. Los del restaurante también callaron lo de la bacanal que habían consentido…y mi muerte se selló con  un ataque de alergia y una fatídica suerte.

Más sobre la autora en http://www.eltarotdeevaolave.net/ 
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8 respuestas a Fatalidad significó muerte. (Eva Olave)

  1. manoli dijo:

    ¡Hala! Ja ja ja… me acabas de recordar una reunión que tuve con ¡20 compañeras! que no nos veíamos ´desde hacía 40 años. Claro, que terminó mucho mejor. Entre otras cosas, porque todas éramos chicas. Ya sabes, en tiempos de FF no había colegios mixtos. Que era una indecencia.
    Muy entretenido, esa especie de orgía escatológica con dramático final. Lo que más me gusta, el lenguaje coloquial, en este caso bien utilizado.

    • Eva dijo:

      ¡¡Manoli, has llegado al final!!!….Gracias, gracias. A mí, me pasó lo mismo, la última reunión la tuve hace 4 años, pero muy civilizada: Todo mujeres, eso sí, nos pusimos al día y había pasado de todo. Gracias por tu comentario, me asustaba el utilizar palabras -ya sabes- feas, pero es lo que hay, ¿no?.

  2. Santo Alcibiades dijo:

    Realmente haces un juego demencial y de jolgorio con el lenguaje. Extraño relato para leer dos veces y disfrutarlo mas en la segunda. Felicitaciones.

    • Eva dijo:

      ¡Otro valiente! Me inclino ante tu pasión por la lectura, porque lo vuestro debe ser pasión para llegar hasta el final de ciertos relatos (oseáse: éste)…¡Y dos veces! Santo, eres mi heroe. ¿Sabes? También me asustaba el hacer un relato tan extenso -estoy llena de miedos- quizá por eso escribo ( cómo Dios me da a entender, claro) , para exorcizar todos mis diablillos internos.
      Muchas gracias, campeón, es un placer leer vuestros comentarios y saber que estáis ahí, guiando.

  3. aprendiz de poeta dijo:

    Interesante,muy entretenido.Creo que en su dureza encuentra amenidad.Me ha gustado Eva. Suerte y saludos.

  4. carlaluna91 dijo:

    Sencillamente impresionante. Relato redondo y lleno de humor.

  5. MayteSanSem dijo:

    Me ha parecido un relato de lo más entretenido; el lenguaje es el que tiene que ser, acorde con los personajes… eso sí, al protagonista se le perdonan los coloquialismos y las burradas, pero al escritor se le exigen las tildes, que si no hay que leer algunas frases dos veces para saber si “esta” o “está”. Pero bien, ¿eh? y con eso sería mejor…
    Lo único que me ha resultado raro ha sido el shock anafiláctico (al bruto del protagonista le perdono la x). No sé demasiado del tema, pienso en voz alta, pero me parece que los problemas respiratorios se presentan al principio, aunque sea de forma leve y me da la impresión de que pegarse una carrera con la bajada de tensión que debería tener por la reacción alérgica es un poquito complicado… como ves, yo sigo con mis manías de mirar con lupa lo que me choca, precisamente porque el relato en general me ha gustado. ¿Hay algún médico en la sala? Necesito que me resuelvan las dudas, mi ignorancia es enorme 🙂

  6. Ángela dijo:

    Desagradable, horrible, escatológico, grotesco relato: me ha encantado. Lo he leído de un tirón con una sonrisa y el estómago revuelto jeje

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