El árbol. (Santo Alcibíades)

Hacía tres días que nevaba en la región de Trento, al norte de Italia y la pequeña localidad de Pergine Valsigana tenía ya cuarenta centímetros de nieve. Al oeste la ruta que discurre de norte a sur  estaba cortada y al oeste y norte los bosques de pinos y cedros estaban tapizados por un inmenso manto blanco. En las afueras de la villa la casa de los Tracanna, ubicada al pie de la colina, se veía en plena actividad ese domingo y las volutas de humo que salían de las dos chimeneas se confundían con la niebla grisacea y opaca que envolvía la región. En la amplia cocina Francesca se encargaba del tuco de albóndigas mientras su hija Claretta hacía los blinis para los canelones cuyo relleno estaba hecho desde la noche anterior. Totino, regordete y rosado a sus siete años, miraba caer la nieve con la nariz aplastada contra el vidrio de la ventana.

-¿Viene tu padre? ¿que te dijo?

-No se, no me habló de eso, pero igual la ruta está cortada. El que debe estar al llegar es Giorgio, salió de Trento temprano, seguramente viene por la ruta de la montaña.

-Que peligro con esos chicos -dijo Francesca- pero el Gordo no se iba a perder los canelones… vive para comer tu tío.

-Sí… ja já, pero también viene para ver a la abuela, la pobre lo espera desde del domingo pasado. Mamá…

-¿Que hija?

-La abuela… no debería ir al árbol hoy, está bajo cero afuera…

-No debería -contestó Francesca con un suspiro- pero es veintiuno de noviembre, sabes que irá de cualquier manera.

Se oyó el zumbido del motor del FIAT bajando velozmente por la colina.

-Ahí llega Giorgio, ve a recibirlo y que entren rápido los chicos, que  no se queden jugando en la nieve porque nos van a hacer un barrial..

Luego que los recién llegados entraron y se sacaron los abrigos la cocina se convirtió en un bullicio de chicos que corrían, gritaban, se quejaban y reían. Marcella, la esposa de Giorgio los amenazaba con un dedo enérgico mientras ponía el gran mantel blanco con encajes, el gordo picaba jamón y salame y sorbía despaciosa y gustosamente la Grappa que le había servido Francesca.

Aferrada a la baranda de la escalera bajó la abuela, encorvada y con el cabello gris aplastado contra el cráneo.

-Saluden a la abuela chicos -gritó Marcella.

La abuela, luego de los saludos, se dirigió hacia la puerta, seria y silenciosa. Salió en medio del vendabal que nieve que arreciaba en ese momento y hacía remolinos bajo el alero saliente de la casa. Todos quedaron en silencio, sabían que era inútil decirle nada.

Una vez afuera se sacó trabajosamente sus pantuflas de lana y comenzó a caminar entre la nieve con sus delgadas y frágiles piernas desnudas que se hundían casi hasta las rodillas.

-¿Puedes ver como nieva Giorgino? comenzó a murmurar con voz apagada – ¿tienes recuerdos? ¿recuerdas ese día hace sesenta años? Nevaba igual que hoy, los partisanos te sacaron descalzo de la casa y yo veía desde la ventana que tenías mucho frío… cuando salí corriendo con tus botas en la mano ellos se rieron, me gritaron que no te hacían falta en el lugar adonde ibas….

La abuela llegó al primer árbol que estaba un tanto separado de los demás y del que, a poca altura, salía una rama transversal. Tocó el árbol y se persignó.

-Hola Giorgino, hace mucho frío hoy. Vinieron Giorgio, Marcella y tus nietos, comeremos canelones. Estamos todos bien, Claretta está de novia con un muchacho del pueblo, el nieto del farmacéutico Sabattini ¿lo recuerdas? lo conociste de muchacho, antes que se vaya a estudiar…

La abuela le hablaba quedamente al árbol con sus piernas sumergidas en la nieve barrosa.

-… como siempre te digo Giorgino… ¿me oyes? después te colgaron de esa rama… yo te bajé solita… en esa época todos teníamos mucha fuerza ¿recuerdas? Cavé la fosa y te enterré, este árbol es tu cruz y es tu tumba desde aquel veintiuno de noviembre en que te arrancaron de mis brazos. Tu sabes ¿lo sabes? que yo te sigo extrañando igual que siempre y vivo con mis recuerdos de esos años felices bailando en mi cabeza. Tal vez pronto deba reunirme contigo y espero que me entierren aquí, a tu lado. Pero quien sabe, la Municipalidad te quiere trasladar al cementerio…

ä abuela siguió murmurando un rato y después se volvió, silenciosa y mojada hacia su casa.

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14 respuestas a El árbol. (Santo Alcibíades)

  1. Eva dijo:

    ¡Caray! Todavía me rebota y emociona la imagen de la mujer llevando al marido sus botas para preservarle del frío. Es curioso como nos agarramos a detalles cotidianos en medio de la desesperación, subterfugios de la mente para aislarnos del horror; y, por el contrario, la escena de la familia que aún siendo tan entrañable y querida no puede con el pasado que se hace presente, cada día, venciendo,lo cotidiano. Caballero intrépido, me has conmovido. Me ha conmovido ese dolor y ese amor tan grande. Bella y trágica historia. Mil gracias por compartirlo….Ah, y celebro mucho vuestro poder descriptivo, documentación -en este caso el tuyo- yo, me siento incapaz. Me ha encantado.

  2. Ángela dijo:

    Te falta alguna coma y algún acento, pero aparte de eso (minucias) la historia me ha conmovido mucho. Felicidades, me gustan mucho tus historias.

  3. manoli dijo:

    Realmente escribes historias maravillosas. Coincido. Qué tristeza y qué ternura a la vez. Enhorabuena por tu gran sensibilidad.

  4. manoli dijo:

    Sí que hay minucias en puntuaciones, pero lo que yo corregiría es la “b” de vendaval.

  5. Eses finales tan irrevocables…dejan un poso de tristeza, de soledad. Narras los sufrimientos unidos a lo cotidiano. Me ha gustado 🙂

  6. Mar dijo:

    Enternecedor. Afloran las lágrimas al leer tu bello relato. ¡ENHORABUENA!

  7. Joan Manuel García Paz dijo:

    Excelente Santo,la acción de la abuela se “roba” el relato,le otorga el plus de belleza,ternura y dolor que lo hace calar hondo.Muy bien.Felicitaciones y saludos cordiales.

  8. aprendiz de poeta dijo:

    Muy bueno,excelente diría yo,me ha encantado Santo Alcibiades.Suerte.

  9. carlaluna91 dijo:

    Bello relato, que sería perfecto con más cuidado en las tildes y en las puntuaciones.

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