Alas sangrantes. (María Galvalisi)

¿En qué momento del día fue? ¿Había sol o lo ocultaban las nubes? No, no. Era la luna, sí. Había caído la noche ¿Verdad? Las estrellas, el cielo negro, mis zapatos… Llevaba puestas esas pantuflas ¿Qué par exactamente? No lo puedo recordar, no logro concentrarme ¡Maldita mente! La sangre. Las huellas. ¡Sí! ¡Oh sí! Tenía los pies pesados y se arrastraban moribundos por el piso de roble lustrado. El rojo vivo de su carne ¡Pureza! ¡Libertad! Al fin recobran sentido mis días. ¡Soy libre! Kerouac, la noche, “En el camino”, aquella frase, sí esa, esa: “La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”. No tengo rumbo alguno pero sí sé a dónde voy. Hacia la vida ¡Eso es! Ahora lo comprendo ¡Sí! ¡Sí!

Francis sale del trabajo al caer la noche. Lunes, martes y jueves 19 30; miércoles, viernes y sábado, 20 30. Domingo: libre. Hoy es viernes, el día más atareado en su rutina. Llega a la oficina a eso de las 8 de la mañana y se sienta sobre el escritorio perfectamente ordenado. Al medio la computadora, a la derecha un teléfono negro comunicorriente, al igual que la camisa que lleva puesta. Nada del otro mundo, simplemente blanca y lisa, perfectamente planchada la noche anterior. Al lado del teléfono se encuentra un portalápices forrado en cuero (se lo regaló un amigo en su cumpleaños número 48, un año atrás exactamente). Del otro lado del ordenador se pueden observar dos fotografías: una en blanco y negro de una familia numerosa (dos adultos y ocho niños); la foto había sido tomada cuando él contaba con apenas 4 años de edad en unas vacaciones de verano. En el otro portarretratos se encuentra una mujer muy bella de ojos café que sonríe alegremente. Carga  en sus brazos a un niño regordete de cabello colorado y ojos verdes. Las pecas cubren todo su rostro, tiene un ojo un tanto desviado y la paleta derecha se inclina bruscamente hacia un costado deformándole la dentadura. Un niño gracioso, de eso no cabe duda. Verónica y Marlon, así son sus nombres. A él le gusta llamarla Peeky.

Son las 16.38 cuando suena el teléfono de la oficina de Francis y le interrumpe la hora en que toma el café hirviendo que le alcanza Marion –su secretaria- cada tarde. La recepcionista levanta el tubo y marca el interno 213 para comunicarle que tiene una llamada de su esposa.

– Marlon ha tropezado y se ha golpeado la cabeza con la punta de la mesa –dice Peeky –estamos aquí en el hospital. Los médicos le pondrán doce puntos. Se abrió un tajo desde la nariz hasta la oreja –el pequeño quedaría aún más feo de lo que es –ven rápido, por favor, estoy nerviosa.

– Tranquila cariño, voy para ahí –y cuelga el tubo bruscamente. Le tiemblan las manos y un escalofrío le recorre la médula espinal. Francis también se encuentra nervioso.

Ya tenía todo preparado. No soportaba a ese tipo. Me repugnaba todo de él. Odiaba su cabellera anaranjada. Era tan lacia que me perturbaba. Sus desagradables ojos verdes me causaban náuseas y lo mismo sucedía con su boca. Tenía los labios sumamente finos y la voz chillona. Se afeitaba todos los días. Siempre tan perfecto maldito Francis, cada vez más prolijo. Cada vez más patético. Cada vez más, más; idiota. Las nuevas prioridades en la vida de Francis: Peeky, Marlon y el dinero. Detesto recordarlo. Detesto que se me venga a la mente la época en que Francis y yo supimos ser buenos amigos. Todo fue culpa de esa arpía que se le lanzó encima aquella noche en el festival de cine. Éramos jóvenes, sí, sí, así fue. Diecinueve, casi veinte. Al año siguiente teníamos planeado asistir a la Escuela de Artes e íbamos a ir por el mundo. Rimbaud, Baudelaire, Cortázar, Fitzgerald, Kerouac, eran algunas de las cosas que leíamos. Grandes escritores a los cuales el maldito pelirrojo cambió por revistas comerciales con la llegada de Verónica a su vida. Ella lo transformó por completo. Tiró al basurero la tan preciada chaqueta de cuero, los jeans harapientos gastados por el paso de la vida y los discos de vinilo que en noches locas, con la luna de testigo, supieron lucirse en aquel tocadiscos de madera oscura que se encontraba sobre la mesa de mi habitación. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Marihuana, ácido y cerveza. Sexo, música y poesía. Ahora Francis bebía vino importado (una copa nada más) pues hacía bien al corazón. Todo producto de las manipulaciones de Peeky, claro. Pensé en hacer desaparecer a Francis de la Tierra, no podía existir alguien como él. Reposé el cuerpo en el sillón de terciopelo verde ya amoldado a mi estructura. Hacía once semanas que me encontraba encerrado en la sala de lectura y dormía muy poco, tres horas por la noche. Bebía café, dibujaba y leía. La barba estaba cada vez más tupida y ya comenzaba a picarme, pero me gustaba, me gustaba verme así. No tenía espejo. Aun así sabía bien que lucía de maravilla. Todos esos días habían sido necesarios para llegar a la coartada final. Sabía exactamente qué era lo que tenía que hacer para liberarme a mí mismo y ahora, también a Francis. Él no se daba cuenta, eso era lo que pasaba. Claro, ¿cómo pude no haberlo comprendido antes? “¡La hemos vuelto a hallar! ¿Qué?, la eternidad. Es la mar mezclada con el sol”. ¡Eso era! ¡Esa era la respuesta para todo! ¡Gracias querido Rimbaud!

Destrabé la puerta de la sala y fui directo a tomar una ducha. Todo tenía que ser perfecto. Debería parecerme a Francis por lo tanto me rasuré la barba. Mientras el jabón se deslizaba por mi cuerpo cerré los ojos e imaginé cómo sería todo. De qué forma llegaría, qué sería lo primero que haría, cómo me acercaría sin que me viesen. Era bastante complejo y nada podía salir mal. La soga, el cuchillo, los trapos, la Marcha turca ¡Mozart, Mozart, Wolfgang Amadeus maestro de todas las piezas, de la vida y del cosmos!; el labial, la chaqueta de cuero, los libros, la frase. No podía olvidar nada. Al salir del cuarto de baño seleccioné la ropa cuidadosamente. Iría vestido de negro y para atacar me quitaría el traje y lo haría desnudo. Quería sentirlo en la piel. Haría pedazos a Peeky ¡Sí! ¡Eso es lo que haría!

Francis entra a toda prisa al hospital y pregunta por la sala de pediatría. Una enfermera morena, de pelo corto y regordeta le indica el camino. Va cruzando los pasillos desesperado hasta chocarse con una pared. Da vuelta la cabeza y allí está Peeky con los ojos rojos. Ha estado llorando, se le nota en la cara. Francis la abraza con fuerza y le besa la frente intentando tranquilizarla. A lo lejos ven que se acerca un hombre de unos 56 años de edad -algo mayor que él- con una túnica blanca, una planilla, lentes transparentes y zapatos de goma. Es el doctor Raven, quien está a cargo de Marlon.

-Buenas tardes, soy Edgar Raven, el médico a cargo del chico –dijo el hombre mirando a Francis.

-Francis Loomis, un gusto.

-El niño está bien. Ya le cocimos los puntos, pero para mayor seguridad, es conveniente que duerma aquí esta noche. Mañana por la mañana será dado de alta.

-Muchas gracias doctor –respondieron Peeky y Francis.

El médico se despide con un saludo de manos y se aleja dejando sola a la pareja.

-Ves querida, todo ha salido bien. No hay de qué preocuparse.

-¡Me he llevado menudo susto! La herida no paraba de sangrarle y Marlon estaba inconsciente y no sabía qué hacer ¿Entiendes? ¡No respiraba Francis! ¡No respiraba! –dijo Peeky con la voz agitada.

– Lo sé cielo, lo sé. Ahora vete, toma un baño y regresa con algo de comer para los dos ¿Sí? Pasaremos la noche aquí y mañana a primera hora volveremos a casa –eran alrededor de las 19.13 horas. Francis estaba tranquilo.

– Está bien. Cualquier cosa que suceda llámame, por favor. ¡Adiós querido! –rozaron sus labios tímidamente y se marchó.

Verónica se sentía desconcertada. Presentía que algo malo pasaría y pensó en regresar al hospital para quedarse junto a su esposo. Pero se dijo que eran tonterías y nada malo ocurriría. El camino se le hizo muy largo. No tenía ánimo de prender la radio y decidió encender un cigarrillo para calmar sus nervios. Blasfemó al darse cuenta de que había olvidado el fuego en el lavabo del hospital y lo volvió a poner en la caja de metal junto al envoltorio. Todo había sido muy raro. La tarde había empezado mal y la noche estaba a punto de tornarse en una tragedia desgarradora. Mas que raro fue un día inesperado en la vida de los Loomis.

Ingresé por la ventana del patio trasero. Me sorprendí al ver que no había nadie, pero sabía que en cualquier momento regresarían. Debía prepararme rápido. Saqué todos los utensilios de la bolsa y los ubiqué en sus respectivos lugares. Me amarré la soga al cuello, el cuchillo lo guardé en el bolsillo derecho (lo sacaría con la misma mano que atacaría), el trapo para cubrirles la boca en el bolsillo izquierdo, la sonata en el tocadiscos, los libros, la campera y el labial sobre una silla perfectamente ordenados. Estaba pensando dónde colocar la frase cuando sentí un ruido proveniente de la puerta principal e inmediatamente supe que eran ellos. Pude oír un solo par de zapatos y no había dudas, eran de mujer. Se escuchaba claramente el “clac, clac, clac” de los tacones. Nada podía haber salido mejor. La víctima había llegado a casa sola y no había rastros del mocoso de Marlon. En una hora llegaría Francis y tenía que sorprenderlo. ¡Al fin seríamos libres!

Los pasos de Peeky se aproximaron al dormitorio. Vi la sombra de su silueta por la pared del pasillo y supuse que fue al baño. Tardó un par de minutos. Cuando quise ver estaba dentro del dormitorio completamente desnuda. Salí de un salto por detrás de la puerta y la tomé fuertemente del cuello. Ella gritó pero nadie pudo escucharla. Agarré el trapo bañado de excremento humano y lo até alrededor de su boca para evitar cualquier tipo de sonido que pudiera alertar a los vecinos. Iba a oler la mierda tan de cerca que le causaría náuseas. Las mismas náuseas que ella y Francis y luego Marlon me habían hecho sentir durante los últimos veintinueve años ¡Malditos hijos de puta! Intentaba zafarse pero no había forma de lograrlo. Mis manos estaban a punto de estrangularla, debía esperar, la necesitaba consciente todavía. Empujé su cuerpo contra una silla y le sujeté los brazos por detrás del respaldo para que no pudiera moverse. Asimismo hice con sus largas y esbeltas piernas, pálidas por el frío del invierno. Dando pasos extremadamente lentos me fui alejando hacia el tocadiscos sin quitarle la vista de encima. Tenía fuego en los ojos. Estaba eufórico. Era tanta la alegría que sentía que me recordaba a un niño abriendo el regalo de sus sueños a primera hora en la mañana de Navidad.

Comenzó a sonar el tercer movimiento Alla turca de la sonata para piano N.° 11. Cada diez segundos que pasaban acercaba una pisada. Fueron doce. Tardé exactamente dos minutos en encontrarme frente a su mirada aterrada. Tenía los ojos saltones y las lágrimas continuaban mojándole el rostro, definitivamente el miedo se había apoderado de ella. La satisfacción corría por mi cuerpo. A medida que la música transcurría me ponía cada vez más frenético. Cogí el cuchillo del mango y comencé a apuñalarla como un demente. Lanzó un alarido y pude ver como la sangre salía a borbotones de su pecho y le empapaba los perfectos muslos, dejando un charco rojo y espeso sobre el piso de la habitación. Al cabo de veinte minutos su corazón había dejado de latir. Desaté la soga de sus manos y pies cargándola cuidadosamente hacia la cama. La senté de piernas cruzadas en forma india, le coloqué la chaqueta de cuero que algún día había sido de su esposo, abrí las palmas de sus manos y puse el libro sobre ellas. El mismo libro del que el Sr.Loomis se deshizo aquella tarde. “Humano, demasiado humano”, se leía en la tapa. Tomé el labial y en su rostro plasmé las palabras: “Eres libre, al fin”. La frase que había traído garabateada en un papel amarillento de época la pegué sobre su pecho. Francis no percibiría de golpe las puñaladas que fueron gracia de su liberación. ¡Qué considerado fui! ¡Siempre pensando en lo mejor para él! Soy el mejor amigo que alguien puede tener ¿Verdad?

Recogí todas mis pertenencias y caminé hacia la puerta del dormitorio. Volteé la cabeza para echarle un último vistazo a lo que había sido nuestra pesadilla durante todo este tiempo, e inmediatamente, sentí que una parte de mi vida se desvanecía con la escena. No existían palabras para expresar lo que estaba por venir. Había llegado la hora de abrir paso a un nuevo mundo, ese que Francis olvidó aquel otoño veintinueve años atrás. Todo volvería a ser como antes, estaba completamente seguro. Bajé las escaleras y salí por la puerta principal. Caminé despacio unas diez cuadras y frené en un lúgubre bar que se encontraba a mitad de camino a casa.

– Billy querido, estoy de un humor magnífico como podrás ver. Ordenaré tres cosas ¡Sí! ¡Lo que acabas de oír! ¡Tres! –Siempre pedía una –Patatas fritas con tocino, una jarra de cerveza y la hamburguesa de la casa. ¡Te agradecería tanto! Serías tan amable de traérmelo ¿Verdad que sí?

Frunció el bigote, removió unas lagañas de la parte inferior de sus ojos, se subió la bragueta limpiándose disimuladamente las manos en los pantalones color caqui y acomodó su camisa. Luego rió como loco y se marchó a la cocina. ¡Cada día más robusto el tierno Billy! ¡Cuánto lo quería! Bill Dreadlock Owen, el gordo más bizarro en la ciudad. Charlamos durante media hora sin parar; fútbol, chicas, el clima, la soledad, su esposa y los niños. Mencioné algo de que hoy era el día más feliz de mi vida y con una gran sonrisa en el rostro me despedí, desapareciendo en la noche para siempre.

Conoce más de la autora en http://laspuertasentremaria.blogspot.com
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