La jefa. (Nelaache)

Las ocho de la mañana del lunes en la oficina, como siempre. Detesto la musiquita del ordenador cuando arranca el sistema operativo. En este momento, sólo puedo pensar en el carro de horas que me espera todavía hasta el viernes. ¡Y en esta oficina, que hace un frío helado de los demonios!

Este invierno pega fuerte. Hasta algunos copos de nieve se desprendieron el otro día de las alturas sobre esta ciudad en la que una nevada es un acontecimiento insólito.

Carmen, nuestra jefa, se empeñó en privarnos de la puerta que da al pasillo y por la que se accede a la estancia que constituye el departamento de las seis chicas que trabajamos aquí de auxiliares, una categoría menor para todas unas licenciadas universitarias. Lo típico de las empresas en este país. Quieren gente cualificada pero conformada con puestos de trabajo menores y peor retribuidos. Y como una tiene que trabajar, pues a morderse la lengua se ha dicho y a comerse el orgullo con patatas.

¡Y encima nos quieren contentas! Carmen, sobre todo, está convencida de que estamos agradecidísimas por estar aquí y muchas veces la he oído decir que nuestro trabajo es muy bonito y apasionante. Sí, claro, para ella lo será.

Aunque pensándolo bien, ¿tan maravilloso es el suyo? Yo más bien creo que trata de autoconvencerse de que la tarea que desempeña ella es fantástica, pero en el fondo, a lo único que le tiene auténtica devoción es al sueldazo que deben pagarle como jefa de departamento.

Las demás no comulgamos con sus creencias. De hecho, estamos que trinamos. Y además, resulta insoportable cuando quiere marcar límites y dejar bien sentado quién manda aquí.

El detalle de la puerta, es sólo un ejemplo de su indecoroso comportamiento con el personal. Hay muchos más. Por ejemplo, que siendo las ocho la hora de entrada, ella no aparezca hasta una hora más tarde. Como diciendo: “yo hago lo que me da la real gana que para eso soy la jefa”. Aunque…, ejem…, tiene gente por encima de su cabeza. Subjefa, diría yo, más bien…

Y ahí la tienes -a las nueve-, una hora más tarde que las demás, entrando a saltitos por el pasillo, quitándose los auriculares de las orejas y lanzando un “buenos días” que nunca obtiene respuesta de nadie.

Al principio, sí. Todas contestábamos al unísono. Pero a medida que el descontento popular ha ido in crescendo, el ambiente se ha enfriado estrepitosamente. Y el cenit del enfado llegó cuando tuvo la brillante idea de quitar la puerta para tenernos más controladas. Y hace oídos sordos a nuestras peticiones de que la puerta sea repuesta a su lugar. Y ahí tienes el hueco por el que el frío invernal se cuela todas las mañanas.

Se cree la dueña del mundo, la más perfecta, la más maravillosa y la más imprescindible de la empresa. Estoy convencida de que considera que sin su trabajo la compañía no vendería una rosquilleta. Deseo que llegue el día en que pueda largarme y decirle que todos en el mundo somos prescindibles y que ella, con su alto coeficiente de inteligencia, no es una excepción.

Nos tiene prohibido hablar, y nada más llegar ha hecho lo de siempre. Se sienta a la mesa de su despacho (un cubículo nada envidiable, por cierto), descuelga el auricular y se pone charra que te charra todo el día sin ningún tipo de pudor. ¿Cómo se puede exigir a los demás absoluto silencio, una vida casi de clausura, y no predicar con el ejemplo?

Estoy convencida de que, pese a saber de nuestro descontento por la falta de motivaciones profesionales y salariales en la empresa, no mueve un dedo por cambiar este estado de cosas.

Mis compañeras y yo lo comentamos con frecuencia. Todas las promesas que nos haya podido hacer en un momento de debilidad, se quedan en el baúl de los recuerdos. A ella, que es una egoísta, no le preocupa su personal lo más mínimo.

Seguro que nació en baja cuna, y estos ascensos profesionales que la han encumbrado como chica lista y válida, se le han subido a la cabeza. No hay más que mirar la altanería y la soberbia que tiene.

¿Y venir toda pintarrajeada a la oficina para luego pasarse el día encerrada en su pecera? Casi pondría la mano en el fuego, y no me quemaría, apostando a que se levanta a las seis de la mañana para pasarse meticulosamente el eye liner por el reborde de las pestañas del párpado superior. Luego rizándolas hasta obtener el efecto deseado. Un efecto “pestañas postizas” orlando unos ojos verdes grandes pero saltones, como de rana. Me pregunto de qué le servirá el mágico efecto si no ve a nadie en todo el día. Con las únicas personas con las que habla es con sus superiores de Barcelona y a través de la línea telefónica.

Carol dice que es resultona. Yo le contesto que bueno, que puede, pero según gustos. Es demasiado lechosa y se tiñe el pelo exageradamente rubio. Cuando le crece no puede disimular las raíces oscuras que se asoman delatando su verdadero color.

Antes estaba gordita y trataba de quitarse esos kilitos de más a base de horas de gimnasio al que acudía al salir de la oficina (generalmente, también antes de la hora). Pero, de súbito, apareció después de un verano flaca como una araña. Me pregunté entonces que cómo se había podido quedar así de pasada justo en una época en la que todo el mundo vuelve más llenito. ¡Qué ganas de privarse de los placeres estivales! Bueno, la verdad es que me dio un poco de rabia, pues yo he ganado algo de peso detrás de este puñetero trabajo. Pero la culpa es de ella, que no nos deja levantarnos más que para ir al water.

Y ahora seguro que se cree que está estupenda, aunque para mi gusto la encuentro envejecida y bastante desmejorada. Hay ciertas edades (ella es una recién estrenada cuarentona) en la que la delgadez, sobre todo si es extrema, no resulta nada favorecedora.

Así que, eso de que es resultona, yo lo aceptaría con reservas. Estoy convencida de que a los tíos les plantas delante a una mujer pasada como el espinazo de un pescado, y ya puede ponerse mil modelitos, que pasan de largo. Y si encima va de lista por la vida, peor me lo pones. ¡Menudos son ellos para que vaya una marisabionda a lucirse! Así está ella de soltera y sola en la vida, aunque alardee de que su estado civil obedece a su propia decisión.

En alguna que otra confidencia que nos ha hecho, asegura que el amor y ella están reñidos. Prefiere relaciones esporádicas que no la encadenen a compromisos que obstaculicen su gran carrera profesional. Sí, sí… dime de qué presumes y te diré de qué careces… tururú, tururú…

Tiene otro fallo garrafal. Y es el tratar a la gente en función de su sentido del humor. No es una persona estable. Cuando está de malas suele pagar su mal genio con sus empleadas que tenemos que estar soportando por varios días sus impertinencias hasta que las aguas vuelven a su cauce. Y cuando trata de hacerse la simpática, resulta patética. En cualquier caso, cuando esto último sucede, cruzamos los dedos en espera de que su auténtica personalidad vuelva a mostrarse en todo su esplendor.

Lo peor son sus crisis de mal humor. Entonces me resulta insoportable especialmente. Sobre todo si después de haberla pagado con alguna de nosotras, la oyes charlar animadamente por teléfono con sus jefazos catalanes quienes, como no la ven ni la padecen en su salsa, estoy convencida de que la creen estupenda. ¿Les habrá transmitido de verdad, alguna vez, el mal caldo que se cuece por aquí?

Pensándolo bien, el cargo de jefa le queda grande. Será muy inteligente, muy trabajadora y muy válida, pero no tiene ni pajolera idea de cómo llevar a un equipo de gente. Al interpretar su papel de jefa suprema, marcando distancias y dejando bien sentado quién manda aquí, lo hace con tal falta de tacto que lo único que obtiene es la reacción desfavorable de todo su equipo. A veces la oyes soltar sus topicazos de cursillo. Pero, ¿cómo se pueden organizar cursillos de formación para aprender a ser jefe y a tratar a los trabajadores? El que se apunta a eso, desde luego, me resulta tonto del capirote.

Y estoy segura de que Carmen se apuntó a uno en cuanto le dijeron en Barcelona que la iban a ascender. La jefatura es un puesto que, desde mi sencilla y humilde opinión, le queda demasiado grande.

Para ser jefe, no creo que baste con ser trabajador y competente, también el cargo debe llevar su dosis de bondad, modestia y sencillez, cualidades de las que ella carece.  

La verdad es que, después de esta exposición, debo decir que no la envidio para nada. Si me dieran su puesto con la alta remuneración que deben pagarle, no lo querría ni regalado. En cuanto encuentre algo mejor, desde luego, pienso largarme de aquí volando. No me lo pensaré dos veces. No quisiera morirme de un ataque de apoplejía sentada en esta silla frente a esta mesa de madera falsa y frente a este puñetero ordenador que todos los lunes me saluda con su odiosa y burlona musiquilla.

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8 respuestas a La jefa. (Nelaache)

  1. aprendiz de poeta dijo:

    Una jefa muy insolente y egoísta.Buen retrato del tema del mes.Suele pasar más de lo que se quisiera.Suerte y saludos.

    • Arantxa dijo:

      Bueno, también hay que analizar la personalidad del que está contando la historia. Algo de envidia hay también. Gracias y saludos

  2. Ángela dijo:

    uhmmmm, mucha envidia veo yo por aquí…, bueno, en todo caso ahora habría que escuchar la versión de la rubia resultona, me refiero a la jefa arrancapuertas. Entretenido, sin duda. Muy bien.

    • Arantxa dijo:

      ¡¡ Muy bueno el mote que le has puesto a la oponente de la envidiosa narradora!!! ¡¡Igual lo cojo como idea para otro relato!!Me alegro de que te hayas divertido. Gracias, Ángela

  3. carlaluna91 dijo:

    Relato correcto y muy adecuado al tema del mes. Me faltaría un poco más, alguna cosa que lo hiciera especial, porque así podría ser cualquier conversación de oficina.

    • Arantxa dijo:

      La verdad es que pretendía hacerlo como muy realista y cotidiano, pero bienvenidas sean también las críticas. Muchas gracias

  4. leticiajp dijo:

    Yo también lo encuentro acorde con el tema y bastante realista. A los jefes se les suele sacar todo tipo de defectos, yo creo que va con el cargo. En unos casos son verdad, en otros no, pero es habitual que pensemos que nosotros haríamos las cosas de otro modo y mejor :). El relato es claro, entretenido y fresco, aunque quizás lo acortaría un pelín para que quedara más directo, porque hay ideas que se repiten y creo que no es necesario.

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