Quiero ser él. (Leticia de Juan Palomino)

En la época del colegio, todos querían ser como Pedrito, el hijo del alcalde, excepto él, que ambicionaba acercarse a Dios y tocar el cielo. El padre Gumersindo lo repetía reiteradas veces: “Tú debes aspirar al máximo. Nada hay más grande que el poder divino. Tómame a mí como modelo”. Y eso hacía. Se cortó el pelo a cepillo, cambió su atuendo juvenil por pantalones y camisas negras y leía la biblia sin descanso. Llegó a parecerse tanto al clérigo, que en la parroquia se rumoreaba que podían ser padre e hijo.

Una mañana de junio, al observar su semblante en un espejo, descubrió con estupor que no quería ser como el Padre Gumersindo. Él quería ser el Padre Gumersindo. Deseaba ese porte sereno, infundir respeto por donde sus pies pisaban y ascender en la carrera eclesiástica de golpe. El día que leyó aquella carta en la que enviaban al cura a la Santa Sede, urdió un plan para deshacerse del religioso y ocupar su lugar. Había olvidado que la piedad es una de las misivas del catolicismo y, convencido de que Dios le respaldaba, acabó con la vida del sacerdote de un golpe seco con el cáliz de misa. Después lo envolvió en su propia casulla y lo enterró detrás de la iglesia. Decidió no confesar nunca aquel hecho. Un mal inevitable no podía ser pecado. Se marchó sin avisar a persona alguna, aunque sabía que nadie lo echaría de menos. “Las mejores personas viven en soledad”, se decía a sí mismo.

El Vaticano era el lugar más impresionante que había visto jamás. A pesar de no haber estado allí antes, sentía que aquel era su hogar. Pronto se hizo un hueco entre los eclesiásticos, aunque aquello tampoco terminaba de llenarle. La admiración que sentía por el Papa al principio, se transformó en rencor según transcurrían los meses. Todos querían ser como el Papa. Él quería ser el Papa. Se tiñó el cabello de color cano, dejó de tomar el sol con el fin de hacer palidecer su rostro al máximo y se puso lentillas de color azul.  Cada mañana despertaba tratando de encontrar la manera de ocupar el puesto más alto del catolicismo y cada noche se flagelaba con una correa, en un intento desesperado por alejar aquellos pensamientos. Sin embargo, la idea de ser el más adecuado para desempeñar las funciones de San Pedro no le permitía descansar.

Cuando la ciudad dormía, él inspeccionaba los rincones de la basílica. Subía la escalinata y se detenía en cada puerta de metal cerrada, preguntándose qué esconderían. Hizo diversas indagaciones para descubrir quién guardaba las llaves, pero nadie parecía saberlo. Era como si aquellas estancias estuvieran selladas por la eternidad. Una noche, decidió forzar una puerta. Según consiguió hacerla ceder, un hedor insoportable salió del agujero y le hizo tambalearse. Esperó unos minutos a que el espacio se ventilara un poco y pasó al interior. Era una especie de zulo pequeño y la capa de polvo tendría cuatro o cinco centímetros de espesor. Tras los instantes que sus ojos necesitaron para acostumbrase a la oscuridad, examinó aquel habitáculo. Tan sólo había una mesilla y una alfombra enrollada. La mesilla estaba vacía y cojeaba de una pata. Se dirigió hacia la alfombra, la desenrolló y halló en su interior un cuchillo. En ese momento sintió que el poder divino le otorgaba una misión y aquello constituía una señal inequívoca. Ese debía ser el arma que acabara con la vida del Papa y lo encumbrara a él a aquella posición. 

Trasladó una colchoneta ligera, unas mantas y un orinal a la estancia y desde aquel día se instaló allí, esperando la oportunidad de hundir el filo del puñal en el corazón de Su Santidad. Sólo salía para conseguir alimentos, darse un baño una vez a la semana y recopilar detalles que le permitieran urdir su plan. Dios le quería en aquel lugar y él no iba a moverse de allí hasta conseguir su objetivo. Sin embargo, según pasaban las semanas, este propósito se fue difuminando y otro deseo empezó a rondarle la cabeza. Comenzó a dejarse una barba espesa y a vestir con túnica y sandalias. Más tarde, consiguió unos clavos y los guardó en la mesilla. Ya sólo le faltaban unos buenos maderos. Cuando terminara de construir la cruz, no necesitaría predicar la palabra de Jesucristo. Él podría ser Jesucristo.

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13 respuestas a Quiero ser él. (Leticia de Juan Palomino)

  1. unalicia dijo:

    ¡Qué bueno!
    Saludos

  2. carlaluna91 dijo:

    Perfecto. Lo he leído un par de veces a ver si te sacaba algo pero no he encontrado nada. Me ha encantado.

    • leticiajp dijo:

      Llevamos un par de días que comentamos una justo detrás de la otra y además yo coincidía en varias de tus opiniones, así que esperaba que llegara mi turno :). Muchas gracias por tu comentario y estoy muy contenta de que te haya encantado.

  3. Un relato muy bueno, Leticia. Tanto el tema como la forma de narrarlo. Te felicito.

  4. Patricio Nuñez Fernandez. dijo:

    un relato enorme. Gracias por hacerme disfrutar así.
    Saludos

  5. Mar dijo:

    Muy bueno, Leticia.

  6. leticiajp dijo:

    ¡Muchas gracias tanto a Patricio como a Mar por leer y comentar! Y me alegra mucho que hayáis disfrutado leyendo mi relato :).

  7. Manoli dijo:

    Es buenísimo, Leticia. Historia inteligente y maravillosamente escrita. Felicidades

  8. manolivf dijo:

    Enhorabuena, Leticia, por ese primer puesto, tu relato se lo merece, me gustó mucho. Un abrazo. 😉

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