Rojo atardecer. (Manuela Vicente Fernández)

Imaginad una casa junto a un lago.  Con un pequeño bosque detrás. Un sendero de árboles, lo suficientemente distanciados entre sí como para dejar pasar la luz a raudales, conduce hasta ella. Unas magníficas vistas, silencio, soledad. Todo lo que necesitaba para recuperarme de un año estresante. La vi por internet y me decidí. El anuncio decía que la casa se alquilaba solo en temporada de verano, pero yo la quería ya, ahora.

Conduje más de 500 kilómetros hasta llegar al lugar. Aparqué el coche y recorrí el pequeño bosque con una extraña sensación de plenitud y de familiaridad. El sitio era perfecto. El aire más puro que nunca. Los sonidos llegaban hasta mí con una claridad que me hacía sentir partícipe de ese momento: el trinar de los pájaros y el canto de los grillos, todo sonaba con una armonía acorde con lo que yo deseaba escuchar.

Distinguí la casa a lo lejos y me pareció aún más perfecta. Era “mi casa”. Llamé a la puerta convencida. Esperé y cómo no obtuve respuesta accioné el picaporte, que cedió bajo mi mano. Una vez dentro no podía creer lo que mis ojos me mostraban. Si yo misma hubiese tenido la oportunidad de decorarla la hubiese dejado tal y como la veía ahora. Sentí que la magia existía y me pellizqué para comprobar que estaba bien despierta y que lo que estaba viendo era real.

Me senté en el sofá de la sala sin poder resistir la tentación. Era un sofá cubierto por una rústica manta de colores y poblado de números cojines, con grandes ventanales a mi espalda, cerré los ojos por un momento y entonces le oí:

– ¡Vaya! Espero que se sienta cómoda.

Giré mi cabeza hacia la derecha y me encontré con sus ojos. Azules, de un azul cielo intenso. De ese clase de ojos que parecen desnudarte con la mirada. Me puse en pie de un salto.

-Yo, esto, espero… Intenté hablar, completamente pillada.

– Tal vez será mejor que se presente, vamos, si no le importa.

-Disculpe. Soy Sandra Ramos, estoy aquí porque he visto su casa por internet y me enamoré de ella.

– Si la ha visto en la red habrá comprobado que no se alquila por estas fechas.

– Sí, lo he visto.

– Y aun así ha venido…

– No pude evitarlo.

-¿?

Su gesto de perplejidad hizo que me viese obligada a proseguir.

– Verá, estoy en un momento de mi vida en que necesito desconectar…ahora. Esta casa es perfecta, por favor intentemos negociarlo.

– Si es tan urgente…

– En efecto.

– Bien, vayamos con calma pues, déjeme que la invite a un café.

 

Así es como entró en mi vida o –mejor dicho- como entré yo en la vida de Eric “El Rojo” como comúnmente le llamaban en el pueblo. Eric me permitió “quedarme” en la casa con una condición: que él también se quedase.

-No suelo estar mucho en ella por el día- Me dijo-  me dedico a pescar porque estamos en plena temporada y a partir de esta fecha (estábamos en primavera) paso también gran parte del tiempo al aire libre, pintando. Soy pintor, no la molestaré demasiado.

-A mí me gusta escribir –repuse- y la casa y el lugar me parecen perfectos.

 

A Eric le llamaban El Rojo por su padre, como pude averiguar en el pueblo cercano.

– Es un buen chico, aunque algo taciturno, a su padre le fusilaron en la guerra por ser del otro bando. Su madre murió hace ya algunos años. Vivían en la ciudad y la casa estaba algo descuidada, apenas venían, pero tras la muerte de su madre Eric la reformó totalmente y se trasladó aquí. Ahora la alquila en verano y él se va, por ahí, nadie sabe adónde, supongo que de vacaciones, no es alguien que hable de su vida.- Me dijo la chica de la tienda de comestibles.

 

A medida que pasaban los días me descubrí pendiente del regreso de Eric. No escribía. Las palabras no fluían. ¡Qué extraño! Había venido aquí, precisamente aquí, porque creía que era el lugar perfecto para escribir y nada. Escrutaba el horizonte con ansiedad, sabía que Eric pintaba hasta el atardecer. De aquellos días guardo en mi mente el mismo cuadro: le veo venir, lleno de bártulos y lienzos por la orilla del lago.

Un atardecer yo estaba en el porche de la casa y Eric me saludó con la mano desde lejos. Entonces, al aproximarse al lago dejó sus cosas en el suelo y llamándome con un gesto comenzó a desnudarse. Yo me quedé inmóvil, atónita, sin poder dejar de mirarle, su cuerpo atlético me provocó oleadas de un deseo que nunca había sentido. Le vi entrar al agua riéndose, llamándome a gritos:

-¡Vamos Sandra!, el agua está muy buena.

Me quité la falda de camino al agua, la blusa, la ropa interior… y me zambullí en los brazos de Eric a punto de ahogarme de ansiedad por él, por su cuerpo, por su boca, por su risa, su casa, su lago, su vida.

Conoce más de la autora en: lascosasqueescribo.wordpress.com
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10 respuestas a Rojo atardecer. (Manuela Vicente Fernández)

  1. santo alcibíades dijo:

    Muy bueno, un relato de gran calidad. Felicitaciones

  2. manolivf dijo:

    Gracias Santo, me alegra que te guste. Un saludo.

  3. leticiajp dijo:

    El relato es ágil, las descripciones muy buenas, se lee con facilidad y me gusta la atmósfera que se crea, pero siento que me falta como un “por qué”. Quiero decir, la protagonista sabe con exactitud donde está la casa y recorre 500km sin intentar siquiera llamar primero. Llega allí y se queda a vivir con un desconocido, con el que acaba al final (esos párrafos me gustan mucho), pero no sabemos cómo llega a ese punto, quiénes son ellos y qué ha pasado entre ellos. Creo que son personajes que pueden dar mucho juego y sería interesante desarrollarlos más. Un pintor y una escritora, deben de poder hacer maravillas ;).

  4. manolivf dijo:

    Esto es lo malo en mi caso de escribir relatos, nunca antes de entrar a este blog lo había hecho, siempre me enfrascaba en historias o novelas largas (que casi nunca concluía) por eso a veces estos relatos son como un pedazo de historia. No trato de dar explicaciones, aquí se trataba de seguir un impulso (sin medir las consecuencias) , la protagonista busca un giro de varios grados (o kilómetros) en su vida, se va porque quiere sin dar explicaciones, pura ficción, desde luego. Gracias por tu comentario Leticia. 😉

  5. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato aunque hay algo que no me gusta:”números cojines”, supongo que solo ha sido un gazapo. Me has hecho pasar un buen rato leyéndote. Un saludo. Amaya

  6. Ángela dijo:

    El relato me gusta, pero para ser sincera (y tú querrás que lo sea) me parece un borrador, una idea esbozada, donde no has desarrollado del todo a los personajes y no cierras preguntas, por eso queda como inconcluso y por eso bajo mi parecer no es redondo. Por ejemplo: mencionas que Erik se va a un lugar cuando alquila la casa y lo envuelves de misterio y no vuelves a tocar el tema. Para el lector parece algo importante que se desvelará al final del relato y no vuelves a mencionarlo. Luego ella parece interesada por él, pero él parece invisible hasta que la llama a su lado mientras se desnuda, y entonces a mi me falta algo que enlace eso. Creo que el relato merece que le des otra vuelta y ajustes todas esas preguntas que quedan en el aire. El ambiente me ha encantado porque tengo un nosequé con las casas misteriosas y las descripciones también están estupendas, así que ¡venga! Un saludo.

    • manolivf dijo:

      En cierto modo he querido al escribir esta historia dejarla abierta, a veces me pasa que una historia tiene demasiados “parajes” para ser explorados a fondo, entonces escribo un trocito de esa historia, que, como la vida misma, deja preguntas que no siempre se pueden responder. Gracias por tu comentario, Angela, puede que sea un vicio que tengo, este de no cerrar los relatos. 😉

  7. Tritio dijo:

    Pues a mí personalmente me gusta la ambigüedad, que el lector tenga que imaginar mucho. Se sabe que es un tipo misterioso, que se va a no sé dónde, eso dice que es un ermitaño, igual no importa a dónde se va. El tema de la relación entre los dos, al ser un relato cortito se hace muy apresurada y parece que todo sucede en dos o tres días, aunque pueden ser meses en los que Eric ve el deseo en la mirada de la protagonista cada vez que vuelve, yo qué sé, pero me gusta así. Y ese final… me encanta. Además es que termina donde muchos otros relatos comenzarían, no es el punto habitual de un final, pero le has dado un maravilloso toque para convertirlo en eso, ¡bravo por ti!

    Como aspecto técnico te recomiendo mirar sobre cómo se escribe toda la simbología de los diálogos. Es un mundo y muy complicado, algo que yo mismo he descubierto hace cuatro días, pero que te aconsejo para mejorar más la escritura, échale un vistazo: http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/tecni/guiones_de_dialogos.htm

    • manolivf dijo:

      Muchas gracias Tritio, es una inyección de ánimo tu comentario, pero es que además lo que dices sobre la ambiguedad es justo lo que pienso. Me gusta más sugerir que explicar porque no hay nada absoluto y es cuestión de perspectivas.Tal como dices, en un relato corto he tenido que acelerar la historia, que se va fraguando día a día. Quería un relato justo así,una historia no convencional con personajes que tampoco lo fuesen. Tu comentario resume lo que pretendía con exactitud.
      Gracias, Tritio y tomaré buena nota del enlace que me recomiendas. 😉

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