Aceites de albaricoque. (Ángela Eastwood)

Cuando un rumor circula de boca en boca el último parroquiano en extenderlo añade siempre algún detalle de más; algunas veces el anexo es una falacia del tamaño de una pierna de elefante; otras es un inofensivo adorno romántico que hace suspirar al oyente,  pero dentro de ese rumor siempre anida un destello de verdad. Por eso, cuando a  oídos de Bartolomé llegó  la noticia de que su oronda hija, huyendo de la vergüenza de una boda fallida se había subido a la copa de un árbol platanero y allí lloraba desconsoladamente a causa del abandono de Juan, el novio desertor, el padre no tuvo más remedio que afilar el cuchillo rebanador de pescuezos hostiles, engrasar el trabuco espantador de osos  y, con el petate hecho, colarse en el primer barco con rumbo al sur, en una tarde donde el rojo crepuscular se derramaba ya sobre la pura nieve de Alaska.

Pero, como la naturaleza es caprichosa y el mundo no deja de ser una naranja dividida en gajos, en el momento en que Bartolomé desembarcó, en la mitad inferior del planeta el calor era húmedo y sofocante.  Hacía tanto calor que de los cristales resbalaban lánguidos los cuerpos de grandes insectos moribundos que, enloquecidos y asfixiados, perdían el rumbo establecido y las ganas de vivir. Hacía tanto calor que los árboles de plátanos, exhaustos,  dejaban caer sus frutos maduros al suelo y éstos, perfumados de vejez,  mezclábanse con los cocos y la flor de los almendro.

Mientras, en un patio cualquiera, bajo un claro de luna y rodeada de lagartos adormilados,  la sinuosa Magdalena canturreaba canciones algodoneras, mientras se balanceaba cadenciosamente en la hamaca y, de tanto en tanto, se lamía los finos dedos de uñas gatunas para extraer el azúcar del borde de su vaso de ron. Luego, con la punta rosada de su lengua, retiraba los restos de azúcar olvidados en el quicio de la boca y lamía  despacio esos labios capaces de parar el tráfico.

Apoyado en un árbol de zapote, Juan la miraba extasiado; sin duda era una pantera hermosa, una hembra volcánica, caprichosa e infiel, un tornado de terciopelo negro que hacía bailar las patas de su cama y afiebraba los números de su cuenta corriente. Sí, le debía su vida a esa negra colosal.

La noche antes de su boda Juan ensilló el caballo y escapó de aquel pueblo blanco y añil. Cruzó bosques y montañas, vadeó lagos y cruzó ríos indómitos, peleó con osos malhumorados y esquivó las dentelladas obstinadas de cocodrilos golosos. Huyendo de ese inminente casorio Juan espoleó tanto a su caballo que éste, enfadado y rencoroso, lo lanzó contra un árbol de castañas ausentes, festoneado el tronco de calafates espinosos y perfumados. Magdalena descubrió su cuerpo sangrante cuando recogía frutos de zapote; desclavó las espinas y lavó su cuerpo con aceite de albaricoque, acacias y miel y lo alimentó con caldo de gallinas viejas, que, aunque son desechadas del gallinero por su escaso entusiasmo en las tareas del sexo, son las que proporcionan al caldo las sustancias más sabrosas, que de todos es sabido que en la vieja Roma los gladiadores no comían otra cosa antes de una lucha cuerpo a cuerpo.

Enamorado, Juan se acercó a ella para colocar una flor de albaricoque en su pelo alborotado; ella sonrió con los ojos cerrados mostrando los colmillos lobunos y abrió un poco las piernas; Juan acarició la parte interior de los muslos y cuando llegó al lugar caliente y dulce donde se juntan ella separó los labios en un gemido ronco y curvó la espalda. A Juan le temblaron las rodillas, tragó saliva y se bajó los pantalones.

Cuando Bartolomé llegó a su  pueblo, no sólo se enteró de que su esposa, ciega de toda la vida, había recobrado la vista, sino que ahora veía aquello que nadie más podía ver y adivinaba el estado del alma o su podredumbre por el color de la cara. También fue puesto al corriente de que, en su ausencia, calentaba su lado de la cama marital un individuo que por vocación era buscador de pepitas de oro, y que ocupaba el resto del tiempo que le dejaban los deberes sexuales contraídos con la ciega amante en peinar el río. Y, cómo no encontraba pepitas, fue llenando el hogar de Bartolomé con objetos tan dispares e inusitados como: una cuaderna de roble perteneciente al costillaje de una nave vikinga, un ataúd labrado en madera de secuoya con el cadáver de un perro momificado y una dentadura postiza con un diente de oro. La mujer, observando el tono rosado de su cara, no quiso contradecirlo.

Cuando Bartolomé llamó a la puerta de su casa, lo primero que le dijo su mujer fue que el color amarillo de su tez indicaba una represión muy grande en las palabras. Que las palabras no dichas atacan al hígado y forman una bola en la garganta que, a veces,  de tan grande que se hace hay que rajar el gaznate para sacarla; otras en cambio sólo se expulsa administrando un tipo de hierbas estomacales descubiertas por los indios que favorecen el transito del intestino y cuando el reprimido expulsa la bola entre terribles sufrimientos, se cura. Y luego ya puede hablar y decir todo aquello que desea, el color de la tez cambia entonces del amarillo reprimido al rosado de la placidez de la palabra dicha. Bartolomé, boquiabierto y aún despatarrado por el largo trayecto en mula, le preguntó por la magnitud del problema de la niña, por la latitud de su situación, y, terminadas las preguntas de rigor, la mandó al carajo tras escupir en el suelo.

Platanero de profesión,  Bartolomé subió con suma facilidad al árbol a negociar con la hija apenada. Tras convencerla de que ese no era modo de vivir para una señorita y obtener una respuesta favorable por parte de la niña, no vio modo de bajarla debido a su complexión oronda; no encontró prudente ni decoroso lanzarla al vacío; no era apropiado tampoco esperar a que las lluvias torrenciales deslizaran su cuerpo corpulento tronco abajo. Taciturno, Bartolomé  compartió con la  hija su preocupación,  a lo que ella respondió que como llevaba tiempo alimentándose tan solo de corrientes de aire  no le costaría expulsar unos pocos vientos para levantar el vuelo con el padre agarrado por la cintura; después –le dijo—, sólo debemos dejarnos arrastrar por la corriente hasta llegar al hogar.

Tumbados en la hamaca, uno dentro del otro y agarrados para no morirse, Juan y la pantera de ojos amarillos vieron en el cielo atardecido algo similar a un globo, que volaba bajo y subía y descendía a golpe de unos vientos huecos y pestilentes. Pero el hombre, que tiritaba de placer entre unas paredes carcelarias que igual que se abrían benevolentes se cerraban aplastantes, no le dio mayor importancia y volvió a perderse en la fragancia de ese coño de ébano. En el paroxismo del orgasmo la negra profirió un gemido tan sonoro que un cormorán, alarmado y estremecido, colisionó con el globo de carne y éste, perdiendo fuelle, fue descendiendo de a poco.

En el pueblo, la noticia del retorno del padre y de la novia abandonada ante el altar se propagó como el fuego y hasta los oídos de Juan llegó la amenaza de muerte proferida por el suegro. Y como un hombre que se precie no huye de sus responsabilidades, Juan se presentó en el pueblo de la mano de la negra, una tarde en la que los aromas del plátano y la albahaca se definían claramente en el horizonte. Y de pronto el aire olió a mar enfurecido, y Juan escuchó un llanto triste a ballena varada porque, desde la ventana, Emma, la novia abandonada olió la entrepierna satisfecha de la hembra negra y el olor de la saliva de ella impregnando todo el cuerpo del amado. Se oyeron aullidos de dolor, cuentan. 

Y se paró el tiempo cuando Emma se plantó, dolorida, en mitad de la plaza. Se presentó ante el amante con los ojos llenos de lágrimas saladas. El padre, en la esquina de la plaza, afilaba con parsimonia el cuchillo de rebanar pescuezos sin apartar la vista del yerno desertor; tras las cortinas las mujeres del pueblo miraban el torso moreno y desnudo de Juan y la madre de la novia, trabuco en ristre, escudriñaba la tez de Juan para adivinar por el color de las mejillas varoniles si quedaba alguna esperanza de reconciliación. El resto de los hombres del  pueblo tenían la mirada colgada de las tortuosas nalgas de manzana de la negra Magdalena.

Horas más tarde, cuando Juan descansaba ya casi helado en la morgue, la madre de la novia solo pudo balbucear ante el juez que nunca vio un color de tez más satisfecho y altanero.

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16 respuestas a Aceites de albaricoque. (Ángela Eastwood)

  1. manolivf dijo:

    Fabuloso, Angela. Las descripciones, el ambiente…muy bien narrado.

    • Ángela dijo:

      Muchas gracias Manoli, le tengo cierto aprecio a estos personajes, Emma y Juan, pues ya tiempos atrás me dieron más de un sinsabor pero muchas alegrías.Diremos que este relato podría ser algo así como una segunda parte de otro. La literatura mágica es mi niña favorita.

  2. santo alcibíades dijo:

    Muy lindo, me encantó.

  3. Joan Manuel García Paz dijo:

    Mágico…realismo mágico pletórico de imágenes,olores y sabores.Muy muy disfrutable.Te deseo éxito,saludos cordiales.

  4. ojalapaula dijo:

    precioso, Ángela. Nos llevas de la mano a lugares y personajes con una personalidad y una sensualidad extremas. Mi enhorabuena

  5. Mar dijo:

    Bueno no, BUENÍSIMO, ¡como escribes!

  6. leticiajp dijo:

    ¡Me ha encantado! Bien contado, bien utilizado el lenguaje para introducir al lector en la historia y muy bien finalizado.

  7. Felicidades Ángela, magnífica creación, a eso llamo yo literatura. Muy merecido tu primer puesto.

  8. Ángela dijo:

    Muchas gracias stradivarius: un abrazo.

  9. manolivf dijo:

    Enhorabuena Angela, te lo mereces. Un abrazo. 🙂

  10. Ana Pascual dijo:

    Impresionante, me ha encantado. Enhorabuena

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