Al fin pude ver. (Contxa Ramírez)

-No voy a engañarte, sigo impactado de verle desvanecido, tirado como un guiñapo, la ropa hecha girones y su magullado cuerpo  lleno de sangre. Tengo la boca reseca como si hubiera engullido toda la arena del desierto y los párpados pesados cual placas de cemento.-

Esta mañana  enfundé mi cuerpo en una  camisa blanca,  pantalón a juego y zapatillas de deporte, por este orden. Para estas ocasiones  siempre elijo camisa de manga larga, remangada a la altura del codo y para acabar el atuendo faja y pañuelo rojos, ceñida una a la cintura y el otro anulado al cuello y mis pulseras de cuero envolviendo la muñeca.

-¡Carai! hace muy mal aspecto, he visto cosas parecidas otras veces pero hoy me está afectando más. La gente de alrededor no me permite verlo bien, y sus movimientos de cabeza no hacen presagiar nada bueno. Los sanitarios con sus uniformes rojos están intentando reanimarle. Hay confusión y nerviosismo, muy distinto a hace unas horas.-

Cuando he salido de casa, para desperezarme del todo, he tomado un café cargado con un croissant en el bar de Pascual junto al resto de la peña. Menchu me ha dedicado un par de pícaras miradas. Estaba preciosa, con la melena suelta y sus ojazos negros sin maquillar, su tersa piel desprendiendo ese agradable aroma de recién lavada. Esta tarde la entraré (he pensado), siempre me ha gustado, hoy… hoy voy a dar el paso. 

-El griterío de la gente se va desvaneciendo, o eso me parece. Sus caras serias reflejan preocupación. Los componentes de la ambulancia se dan ordenes unos a otros y no se atreven a moverlo. Sigo sin poder ver su rostro.-

Dos horas antes los accesos ya estaban cortados y  he comenzado los preparativos. Tenía la musculatura algo tensa así que ha sido imprescindible hacer estiramientos, acompañados de varios rebotes en cuclillas y forzando las extensiones de ambas piernas alternativamente. Después, después máxima concentración.

-Ahora se oyen voces, ¡Preparad la lidocaína! Fíjate, están cogiendo las palas. Habrá entrado en parada. ¡Por Dios! Mil uno, mil dos, mil tres, mil cuatro… la voz entrecortada del médico sobresale de la multitud,  ¡Fuera! Pasan unos segundos y…  ¡Carga otra vez! Una fuerte presión oprime mi pecho, no puedo sostener la mirada,  tengo que apartar la cara.-

Periódico en mano con el brazo bien extendido, hemos entonado a intervalos de dos minutos y por tres veces frente la hormacina, el cántico al santo, en castellano y  euskera; al minuto (tiempo  empleado en besar repetidas veces la medalla que cuelga de mi cuello dándole la vuelta una y otra vez)… ¡chupinazo! Justo entonces, abren las puertas de corrales y los astados encabezados por los mansos emprenden su recorrido, el tramo más rápido y limpio hacia la subida de Santo Domingo con los cabestros cerrando manada. Una marea blanca salpicada de manchas rojas invade las calles. Los que ocupan el lugar detrás del cordón policial empiezan a abrirse hacia los flancos. Los pastores con sus largas varas controlan la retaguardia. Yo estoy apostado en el lugar de siempre besando la medalla por última vez.

-Han apartado a la gente. Médicos y enfermeros están inmersos por completo en  frenéticas maniobras de reanimación (¿o debería decir resucitación?) mientras otros sostienen una manta térmica impidiendo la visibilidad a  curiosas miradas. Es angustioso. Me creía muy fuerte, todo un “tiarrón” del norte, sin embargo empiezo a experimentar una sensación muy extraña, no sé lo que me pasa, me mareo, me invade un fuerte zumbido en los oídos, estoy a punto de perder la consciencia.-

Los mozos nerviosos corren cada vez más rápido y me engancho al grupo en el giro a la derecha de la calle Estafeta. Entre el griterío de la gente descontrolada,  el suelo regurgita el repicar de los cascos de los morlacos golpeando contra los adoquines previamente impregnados de miles de poros antideslizantes, algo indescriptible para aquellos que no lo han experimentado nunca el encierro. Mi corazón late con intensidad. El aumento de la excitación, hace que mis poros segreguen sin control una solución salina y acuosa impregnando sobre todo pies, manos y axilas. Ya están aquí, han rebasado la plaza consistorial, han subido todo Mercaderes  y toman nuestra calle a gran velocidad .

Pasa  el primer manso muy pegado a la izquierda seguido de otros dos toros y dos mansos más. Empieza mi carrera vertiginosa mirando a hurtadillas para controlar las reses, hoy toca los Dolores Aguirre, pasan dos más a gran velocidad. Mi  intención era encontrar toro pero tengo una mala intuición. Un grupo de muchachos inexpertos y asustados por delante  me entorpece la carrera, no estoy a gusto,  el quinto me pasa cerca, tan cerca,  que junto a la falta de espacio me hace perder pie.

-¡Fuera!… Otra vez… cargando…   ¡Fuera!-

Me revuelvo en el suelo y me enderezo en un santiamén y a partir de ese preciso instante, mi existencia transcurre como a cámara lenta. Quedo frente a frente a la cara de un bravo morlaco de más de quinientos kilos, con su áspera lengua colgando de la boca y  las fosas nasales del hocico (cavidades que almacenan húmedos resoplidos) dilatadas al máximo. Sus pequeños ojos me aterran. Baja la cabeza dejando al descubierto su potente cornamenta  y la enorme joroba o cresta que sobresale de entre sus anchos y fuertes hombros alardeando su potencia. Mi corazón se  dispara, se cierra la tráquea impidiendo que llegue aire a mis pulmones y una fuerte presión  empuja brutalmente la sangre de mis sienes contra el cerebro. Me invade el pánico y el toro me embiste elevándome por encima de él para cogerme de nuevo a la caída. Las glándulas suprarrenales reaccionan contra el stress vertiendo escandalosas dosis de “epinefrina”, conocido vaso y broncodilatador responsable del incremento de la frecuencia cardíaca y aumento del metabolismo, percibiendo todo el  pavor, puro olor a toro,  a testosterona, a terror.  Las embestidas son cada vez más fuertes, mientras tanto, con el pecho a punto de estallar, intento inútilmente asirme a una de sus astas para que no me cornee,  pero no consigo mantenerme  más de tres segundos y  al momento me sacude con violencia y me pisotea. Pierdo el control espacial, el control de esfínteres y me sobrevienen crecientes nauseas. Entre embestida y embestida un intenso dolor me penetra, primero en la pierna y luego en el costado. Se oscurece todo a mi entorno, se hace un gran silencio, me abandonan las fuerzas y todo se desmorona a mí alrededor.

– ¡Fuera!   Vamos, vamos, otra vez, ¡Fuera! 

¡Hay pulso! Rápido, rápido,  coged una vía… vamos a ponerle ventilación asistida.-

Oigo las palabras lejanas, como si estuviera entre dos mundos. Con mucho esfuerzo logro abrir los ojos por un momento sin encontrar entre  las borrosas i anónimas caras ningún rosto conocido. Todos van vestidos de rojo, con guantes  en sus manos y del cuello de alguno de ellos  suspende un estetoscopio.  Por fin se quien había tendido en el suelo. La pesadez me vence, me dejo hacer y me abandono a mi suerte,  por una tradicional insensatez.-

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6 respuestas a Al fin pude ver. (Contxa Ramírez)

  1. Mar dijo:

    ¡BRAVO ese toro como TU RELATO! me parece una excelente narración de esa exaltación que debe producir esa gran fiesta.

    • concha ramirez dijo:

      Muchas gracias Mar por tu comentario, ese toro bravo jamás lo he tenido en frente, pero me da respeto. Algún día me acercaré por Pamplona y viviré de cerca esta fiesta espectacular.

  2. Ángela dijo:

    Excelente narración, me has tenido con la boca abierta y el pulso desbocado, como ese toro bravo, hasta el final.

  3. leticiajp dijo:

    Me gusta la idea de ir separando la historia como en dos líneas, bien diferenciadas por la negrita, aunque al principio se me había hecho algo confuso. Es un texto intenso y bien descrito, con fuerza. Cuidado con las “i” que son “y” (Caray y la y del último párrafo)

  4. concha ramirez dijo:

    Leticia, muchas gracias por tu comentario, es muy agradable que lo que una escribe llegue a los demás. Te agradezco las correcciones, tienes toda la razón con la “y” y “i”, Tengo que prestar más atención, sin querer me traiciona el catalán. Gracias de nuevo a ti y a todos los que han prestado un poco de su tiempo para leer el escrito.

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