Llueve rojo. (Santo Alcibíades)

Mi meta era The Green Goose pero la leve llovizna se había ido convirtiendo en un aguacero cada vez mas poderoso; debí comenzar a correr y de pronto encontré la luminosidad del cartel de O’Reilly’s Pub. Entré de un salto al bar que estaba vacío y caminé hacia la barra acolchada. Rápidamente observé que había altos taburetes tapizados en cuero verde, estaban las palancas de una cervecera, muebles de gruesa madera y espejados, botellas de licor y un Barman pelirrojo: estaba en casa. Me acomodé en un taburete e instantes después se sentó a mi lado una mujer muy alta, de rasgos finos y lineas bien curvadas, de unos cuarenta años. Se me acercó Red y le pedí una vodka con hielo granizado y licor de menta verde, la mujer  pidió lo mismo con voz un tanto ronca.

-Me llamo Josephine -me dijo. La miré y me encontré perdido en unos brillantes ojos azul grisáseos.

-Soy Mike -contesté mientras tomaba la copa.

-¿A que te dedicas Mike?

-Escribo, a veces… y siempre bebo.

-Ah, yo también…

-¿Escribes?

-No, bebo. 

Rápidamente bebimos nuestras vodkas en silencio y pedimos dos mas. Cuando íbamos por la tercera ronda el agua había arreciado y golpeaba con fuerza la ventana del bar.

-¿Que te parece si nos vamos a beber a casa antes que se inunde la ciudad?

-¿Es lejos?

-No en forma horizontal, es una cuadra y media, sí verticalmente: vivo en el piso 38.

Rió y me miró con una ráfaga de ternura.

-¿Tienes provisión?

-Sí, tengo mi bodega. ¿nos mojamos?

Pagué y salimos del bar como alma a la que lleva el Diablo. No nos importaba mojarnos, al minuto estábamos empapados, nos impulsaba la sed del desierto.

Llegamos y dejamos un charco en el ascensor. Una vez en casa le di una de mis batas y Josephine se fue a un baño a sacarse la ropa y secarse. Yo me sequé, me cambié, traje botellas de licor, hielo y una bocaditos para picotear y me senté en mi sillón de pana marrón. Julio, mi enorme gato montés, apareció de la nada y saltó a mis rodillas. Josephine salió del baño arrastrando en el piso la bata que, a pesar de su altura, le quedaba grande, y se reía a carcajadas. Se sentó en el sillón frente a mí, Julio lanzó un feroz gruñido a la intrusa y saltó desapareciendo hacia algún placard entreabierto. Enseguida comenzamos a calmar la sed con largos tragos que ella preparaba.

-De modo que escribes.

-He escrito un par de novelas, hace tiempo, cuando era joven. Ahora escribo para pedidos concretos y trabajo sobre guiones de películas, para mí escribo poesía durante las largas noches.

-Yo fui médica hace ya un neblinoso tiempo, luego murió mi marido en un accidente y ahora no soy nada; vivo y sueño sueños solitarios…

La lluvia era cada vez mas fuerte y ya era seguramente un diluvio en la ciudad oscura.

Largo rato bebimos en silencio y mas tarde le mostré su dormitorio. Me preguntó y le dije que solo tenía música, en mi casa no hubo desde hace tiempo televisor ni radio. Ella puso a Mozart y yo subí al escritorio a escribir acompañado por mi botella de Smirnoff y Julio que apareció saltando los escalones de a dos.

Pasaron tres días y la lluvia amainaba de a ratos para retomar enseguida su furia. Nosotros descongelábamos alimentos y destapábamos botellas, hablábamos recatadamente de nuestra desventuras y compartíamos laxos silencios. Yo dormitaba de día en mi sillón desgastado y ella dormía de noche soñando sus sueños de soledades.

En la noche del cuarto día yo escribía mis poesías  y subió Josephine.

-¿Puedo?

-Sí, por supuesto, mi único misterio es el porque o para que vivo…

Ella leía mis líneas por sobre mi hombro. Leía en silencio. De pronto me dijo:

-Oye, ya se quien eres. Oh, Dios ¡eres Michael Zaitzev! Nosotros leíamos el Baile de Red Barnes y soñábamos.  Tú eras nuestro mentor, el alma de nuestra juventud desorientada. El Baile nos unía y nos sentíamos todos hermanos…

-El Baile fue mi gran libro -le dije- pero me vació, me dejó sin contenido. 

Ella leía mis poemas y sollozaba suavemente sobre mi hombro. Luego bajamos y me llevó de la mano hacia mi cama. Ya no bebimos. Me hizo el amor con suavidad y ternura infinitas y mis recuerdos y los de ella eran una explosión de risas y lágrimas. La vida estaba aleteando por un rato y nos fuimos hacia el frenesí que nos marcaba nuestra pasión encendida, tal vez, por una última vez.

Mas tarde estaba yo apoyado en la ventana, mas allá del vidrio llovía furiosamente  y el agua, ahora roja, caía sobre el piso bajo mis pies. Hemorragia, pensé mientras me desvanecía. 

Cuando desperté en el Hospital me informaron que Josephine me había traído en la ambulancia y se había ido y que mi hígado ya no resistiría una gota mas de alcohol. Hacía ya algunos años que los médicos me decían eso. Ahora debería esperar. Pensé en Julio y sabía que si no podía ir Helena, mi empleada doméstica, el portero Adam se ocuparía de él. Esperar, la sed del desierto comenzaría a abrasarme y yo tendría paciencia, pronto volvería a mi vida que me aguardaba en algún irish pub o en el solitario living de mi casa…

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7 respuestas a Llueve rojo. (Santo Alcibíades)

  1. Me gusta mucho como recreas el ambiente y los sentimientos de los personajes, los retratas muy bien, ese vacío que se instala, esa desgana…Suerte Santo 😉

  2. Joan Manuel García Paz dijo:

    Excelente.”viví” tu historia.Aún resuenan en mi mente los goterones de la lluvia inclemente y las reminiscencias de los sueños solitarios.Suerte y saludos cordiales.

  3. leticiajp dijo:

    Parece que la chica sólo quiso sexo con él al descubrir que era alguien “famoso”, así es la vida, jeje. Me has hecho buscar si existió o no ese escritor ;). Me gusta la historia, la ambientación y cómo está contada, engancha y se lee del tirón. También me parece que están muy bien construidos los diálogos. La idea de la lluvia que no cesa es un buen hilo conductor.

  4. Nelaache dijo:

    Me ha parecido una historia muy bien hilada y muy amena. Me ha encantado tu forma de recrear atmósferas, con esa lluvia como música de fondo. Te felicito. Suerte y enhorabuena.

  5. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado mucho tu relato. Un saludo. Amaya

  6. Ángela dijo:

    Bueno, a veces dos soledades se juntan para formar un dolor muy grande. Un escritor que se vació con su primera novela, que parece atormentado y una mujer que bebe para olvidar: lo dicho, dos náufragos en mitad del océano. Me ha gustado mucho.

  7. Tritio dijo:

    Eres capaz de crear un ambiente perfecto, con una descripción que le da realidad y dramatismo, aunque en ciertos momentos los diálogos pierden ese realismo, porque se mantienen en la misma línea que el resto del relato, es decir, parece que los personajes abren la boca pero se oye tu voz, la del narrador. Por ejemplo, “hace ya un neblinoso tiempo” es una metáfora muy esperable en el narrador, pero nada o casi nada en un personaje. Al menos esa es la sensación que tengo. Por lo demás, nada que añadir.

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