Matilde ¿a qué sabes? (Ángela Eastwood)

 

 “Escultora atractiva, madura y sensual ofrece alojamiento, comida casera y una cama  con sábanas limpias a joven entusiasta, a cambio de ciertos trabajos de bricolaje, pintura y  albañilería. La oferta se extinguirá al terminar los trabajos.”

Tras el escueto mensaje aparecía un número de teléfono y un nombre para preguntar: Matilde.

Manuel tomó una oliva rellena de anchoa y la acomodó, sensualmente, entre la punta de la lengua y los dientes.

Matilde. Como la mujer que inspiró a Neruda esa canción desesperada, la que enmudeció su luna amiga. La de las colinas blancas de leche.

Trató de imaginar cuánto de apetecible resultaría esa escultora madura. Acariciando la tersa piel de la aceituna con la lengua sin decidirse a destruirla, fantaseó con esa mujer, que se definía en un anuncio como madura y sensual. La imaginó abriendo la puerta de su casa con un vestido gastado y un moño alto e informal, tal vez con restos de arcilla en el cuello níveo. Iría descalza o tal vez en zapatillas, sí,  unas zapatillas insulsas de andar por casa, calzado sencillo este que no eclipsaría ni un ápice la belleza de esas piernas ligeramente torcidas. Tal vez el vestido, de un blanco roto gastado, dejase adivinar la plena redondez del pecho todavía firme. Y desafiando a la suerte quizás la transparencia del tejido dejase intuir la insolencia erecta de los pezones y la sensualidad esbozada de las costillas. Ese vestido viejo, abierto por delante,  se cerraría ayudado por dos cintas que, naciendo a los lados de la cintura, se juntarían en un punto de la cadera y allí formarían un lazo que descansaría, lánguido, sobre el interminable muslo. Pensó de nuevo en el cuello frágil; tragó saliva al imaginar el nacimiento de los cabellos, recogidos al desgaire y sintió escalofríos ante la visión de esos pelillos suaves y rizados que, escapando del encierro, se derramaban grávidos y  atrevidos sobre la playa blanca del hombro. La nuca, ese rincón sediento de gemidos furiosos, una orilla ardiente donde dejar morir el último jadeo. En el jaleo de su vientre abandonado no se permitió pensar. Ni en la posibilidad de que los labios fuesen más o menos jugosos, tal vez de ese tipo de labios que gusta morder, para luego tiritar recordando ese instante.

Estremecido, aplastó por fin la aceituna y toda la sal del mar inundó su boca en ese día soleado del mes de agosto. Apuró la cerveza,  pagó su consumición y salió a la calle con el periódico bajo el brazo y una pregunta bailando en su cabeza.

De lunes a viernes Manuel fregaba cristales en un monstruoso edificio hospitalario, una labor ésta de todo punto aburrida y maquinal. En su tiempo libre componía largos poemas que luego, guitarra en mano, convertía en baladas lastimeras que algún día, soñaba, entonarían los despechados enamorados de expresión patibularia. Cuando declamaba bajito esos versos sincopados, su madre, que en paz descanse,  rezongaba mientras fregaba los cacharros, que no se le pueden pedir peras al olmo, aunque Manuel se atrevería a jurar que las peras del olmo son las más dulces.

Matilde desconocida. Ojos de mar cobalto y enigmática sonrisa. Matilde y su nuca perfumada. ¿A qué sabes?

Alojamiento, pasteles caseros y un lecho fresco. Eso leyó en el anuncio. Manuel imaginó un ático soleado con una gran terraza. Matilde iría casi desnuda por el piso, tal vez con unas braguitas negras de encaje y una camisa blanca de lino abierta por los costados; seguramente tendría los pechos algo sonrosados por el sol excesivo y la espalda quemada de tanto releer a Walt Whitman boca abajo en la hamaca de roble. Su piel, tan blanca, no estaba  acostumbrada a la lengua pérfida del sol. A Manuel le gustará, en su momento, deshacer el moño informal y liberar la maraña de cabellos oscuros que caerán, mojados y olorosos, sobre el pecho, humedeciendo el lino de la camisa. Quiere imaginarla sin camisa, pero aún es pronto.

De las comidas caseras ya no se acuerda. Desde que murió su madre sólo se alimenta de platos precocinados. A veces come en la cafetería del hospital, pero allí no puede escribir sin ser molestado. Sonríe recordando a Hemingway, al que nada enfurecía más que le molestasen mientras escribía en una mesa escondida de una cafetería parisina.

Una cama tibia de sábanas blancas, y Matilde sobre ellas; tal vez aún olerían sus dedos a chocolate de la tarta casera, y es muy posible que yaciera boca arriba, que ya se sabe que es peor la quemadura del sol en los pechos que en la espalda. Sí, Manuel invadiría, desnudo y erecto, el lecho por una esquina, introduciéndose bajo el dosel, y perdería, seguramente, unos minutos extasiándose con la laca roja de las uñas de sus pies. Si ella se hallase dormida la contemplaría en silencio, para no perturbar el sueño; y si fuese muy valiente, en ese momento la besaría suavemente en los labios. Si ella no se despertase desabotonaría despacio su camisa, enterneciéndose ante la contemplación desprotegida de sus pezones desvalidos. Si fuese osado tal vez acercase sus labios a ellos, mordiéndolos imperceptiblemente. Y si Matilde, excitada, abriese los ojos le diría:

–El cemento para las baldosas se ha secado y no puedo continuar debido a la rabia del sol.

–¡Manuel, tío, que vas a desgastar el cristal de tanto sacarle brillo, macho! Vamos, recoge los bártulos, que es casi la hora de terminar la jornada.

Manuel miró a su compañero de trabajo y luego su reloj. Anochecería dentro de una hora.

En el silencio de su hogar cenó una sopa de sobre, un vaso de vino blanco y una lata de atún. En su cama solitaria de sábanas sudadas, Manuel recordó de nuevo a Matilde, desnuda y abandonada, en su lecho tibio de sábanas blancas, con las piernas ligeramente entreabiertas y la boca con sabor a arándanos.

Sobre la mesita de noche, el recorte de periódico dormía entre los 20 poemas de amor y la canción desesperada.

Anuncios
Galería | Esta entrada fue publicada en Tema libre y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

11 respuestas a Matilde ¿a qué sabes? (Ángela Eastwood)

  1. Joan Manuel García Paz dijo:

    Me ha encantado Ángela,la verdad creo que tus lectores nos metemos en Manuel y “vivimos” su ensoñación.Es tan atractiva tu narración que trasciende los sentidos..Éxito.Saludos grandes.

  2. Ángela dijo:

    Gracias Joan. Me gustaría explicar cómo nació este relato, si se me permite: Dejadme que os explique cómo nació este relato:
    Me gusta escuchar, como todo relatista que se precie, las historias de la calle, las del metro, las del autobús. Un día sentada en el metro escuché una conversación entre una mujer hermosa y elegante, y otra, que sólo escuchaba. La mujer hermosa explicaba a la otra que pensaba que su marido se estaba transformando en un animal, eso le dijo. A la pregunta de la otra pasó a relatarle que ya no aguantaba sus maneras aburridas, su olor a rancio, su languidez en la cama, pero sobre todo no soportaba esos ruidos en la mesa. Comía gruñendo, engullía gruñendo como lo hacen los cerdos, dijo.
    Y yo imaginé a esa bella mujer sentada a la mesa, silenciosa. La ruidosa manera de comer del hombre se estrellaba contra las paredes del silencio obstinado de ella, un silencio que acogía esos gruñidos avariciosos y los aumentaba hasta transformarlos en un eco. La mujer hermosa dijo a la otra que pensaba abandonarlo. Tengo hambre, confesó.
    Y yo deduje que tenía hambre de loba sedienta, que buscaba un hombre sensible, de mirada oscura y afiebrada, que la levantara en vilo y le hiciese el amor locamente, como si el planeta estuviese a punto de explotar y no amaneciese otro día.
    A esa mujer la llamé Matilde y le tuve que buscar un hombre. Al otro lado del vagón había un hombre sentado con una guitarra dentro de una funda. Observé sus manos y por la rudeza pensé que no solo se dedicaba a la música, y le busqué una profesión mediocre, para que tuviera tiempo de soñar. Poemas, que luego convertiría en canciones. Ellos no se miraron, nunca se conocerán, pensé. Pero, en su ignorancia, yo tomé a la mujer de la mano y la acompañé a poner un anuncio. No, no es un puta, sólo es una mujer que se ha cansado de dormir abrazada a la almohada y acariciar un lado de la cama desértico, amplio en su soledad.
    Todo lo demás vino después ¿quién hay detrás de unas palabras, de una voz? ¿Quién hay detrás de un portátil?

    • MayteSanSem dijo:

      Ángela, si el relato es estupendo y lleno de sensualidad, esta explicación no se queda atrás. ¡Me encanta! De verdad, me ha encantado, me ha atrapado desde las dos primeras palabras y me ha parecido que lo cuentas con una precisión envidiable: ya sabes, esa sensación de que no sobra ni falta nada.
      Enhorabuena, me ha parecido un relato muy bueno.
      Un saludo.

  3. J.P.Galera dijo:

    Descripción majestuosa de la fusión exacta de sueños y deseos, por que son diferentes a pesar de lo que la gente pudiera pensar, y eso… se demuestra de la manera tal como usted los ha combinado (sueños y deseos) con las proporciones perfectas dando como resultado un final en el que Manuel transforma sus sueños y deseos en un horizonte con sabores de ensueño.

    Felicitaciones. Si le soy sincero, a mí personalmente me gusta todo aquello que me muestre el mundo de una manera muy diferente a lo que la gente común está acostumbrada, y este relato lo ha conseguido.

  4. Ángela dijo:

    Pues comparto el gusto contigo, J.P., en la forma de ver el mundo me refiero.

  5. coinup dijo:

    Ángela: tu forma de escribir me ha cautivado. El relato me ha parecido de lo mejor que he leído últimamente en la red. Una maravilla. Buscaré otros escritos tuyos 🙂

    Un abrazo,

    Nicolás Aguilar

  6. manolivf dijo:

    Me ha gustado mucho el ensueño de Manuel, y me encanta el recurso de la aceituna. Respecto a la hora de inspirarse estoy de acuerdo en que en la realidad hay infinidad de material… Me ha gustado,Angela. Saludos.

  7. leticiajp dijo:

    Bueno, yo debo reconocer que para mi gusto personal, hay demasiadas descripciones. Todas muy bien construidas, eso sí, pero cuando leo, prefiero que no estén tan seguidas, aunque en este caso no queda más remedio, porque el argumento dura lo que dura. Me ha encantado tu explicación de cómo surgió la historia, el principio con el anuncio, muy original y la idea principal es muy buena, cómo el hombre se va haciendo sus propias imágenes en la cabeza, tan sólo con un anuncio de tres líneas.

Tu opinión es importante

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s