GRATO YACER HURTADO

Nadie podría negar que la pasión por la filatelia le había proporcionado innumerables momentos de dicha. Recordaba el extremo deleite cuando, al subir a Madrid los domingos de mañana, al mercado de sellos de la Plaza Mayor, encontraba un ejemplar raro que le faltaba para completar una serie; o cuando los días de lluvia los ordenaba en álbumes que no se cansaba de ojear.

No obstante, en las últimas semanas, don Grato Llacer Hurtado reconocía un regusto amargo en su paladar; una pequeña nube negra eclipsaba sus córneas cuando comparaba su cándida afición postal con la evocación de otra fruición más primaria y menos tangible: la del coito.

Ahora, después de tres lustros de una viudedad llevada con rectitud, sospechaba que su difunta mujer tenía razón cuando maldecía los sellos, cuando le escondía la lupa y las pinzas o cuando tiraba a la basura los sobres de las cartas sin que él pudiese dictaminar la importancia de la pérdida.

Don Grato cargaba con una conciencia que tendía al escorado. Mucho y muy mal estibado era el lastre de culpa que se había forjado en mil homilías. No obstante, a su edad tardía y debido a su enfermedad, se daba cuenta del error de haber descuidado aquel mundo voluptuoso lleno de posibilidades por cultivar.

Había exigido a su médico que fuese claro:

«Tras la prostatectomía quedará usted impotente, don Grato ―le dijo el urólogo―. Junto con la próstata, se le extirparán las vesículas seminales y las bandeletas vásculo-nerviosas. La impotencia se produce debido a que estas últimas contienen los nervios de la erección. Algunos pacientes la recuperan parcialmente con la ayuda de Viagra; hay tratamientos de autoinyecciones y está el vacuum: es un ingenioso dispositivo que consiste en un cilindro en el cual se introduce el pene en estado de flacidez. Seguidamente, se hace el vacío bombeando el aire con una pera de látex hasta conseguir que el miembro se hinche. Como última opción, está la prótesis de pene. Pero hágase a la idea  de que no volverá usted a tener una vida sexual como la que tiene ahora».

«Como la que tengo ahora…», acertó a pensar don Grato Llacer. Aquel pensamiento hueco se repitió martilleándole las caras interiores de los parietales hasta que acabó por cincelar una voluntad desconocida hasta entonces.

Frente al espejo del cuarto de baño y armado con unas tijeras de punta curva, don Grato ponía orden en su bigote con una precisión milimétrica. Era un bigote filatélico, preconstitucional, que intentaba emular algo reglamentario, tal vez el orden militar intrínseco de un cepillo, o en el concepto de un cepillo. No se imaginaba sin él desde que se lo dejara crecer, hacía ya cincuenta años, cuando cumplía el periodo de instrucción en el cuartel de San Fernando. Tenía el convencimiento de que cada pelo de su bigote encarnaba una brizna del respeto que meritaba por parte de sus coetáneos.

Continuó tallando las cerdas que, como pinceles, asomaban por sus orejas y por sus narinas ―don Grato Llacer Hurtado era de vello montaraz―. Luego recortó los pelos más largos que intentaban escapar, indómitos, en el requiebro de las cejas, dándole un aire de dictador soviético que él detestaba.

Se afeitó con redoblado esmero, con jabón de pastilla presentado en su bol de madera de cedro, que untaba pesadamente con su brocha de tejón «punta de plata». El silencio se cortaba con un levísimo crepitar áspero, como de hojas secas o de chinches ardiendo, cuando lo retiraba con su navaja barbera de cachas de nácar, doblemente afilada con el asentador de cuero. Experimentaba un gozo estético al descubrir anchos surcos de piel diáfana entre la nívea espuma del jabón. Saboreaba con orgullo cierto empaque, cierta nobleza masculina en el uso de esas herramientas de otro siglo.

Sobre la cama, recién vestida de sábanas limpias, reposaba una pequeña bolsa de plástico de El Corte Inglés. Había pagado cuarenta euros y un rato de humillación extrema por unos calzoncillos. Se había dirigido al vendedor solicitando «unos calzoncillos modernos, de los que se lleven ahora». Los de algodón que usaba desde que se los compraba su madre no le proporcionaban la seguridad necesaria y sospechaba que podrían comprometer la viabilidad de los planes que tenía para esa tarde-noche. Le presentaron unos calzoncillos azul turquesa, un color como el que sabía que vestía el martín pescador en el dorso, según había aprendido en un sello de una serie dedicada a la ornitología. Lo circundaba una ancha banda elástica amarilla ―un gualda «oropéndola»― en la que destacaban grandes letras bordadas. Una marca desconocida para él pero que, según el vendedor ―un joven limpio, encorbatado y discreto―, justificaba su elevado precio y aseguraba una salida airosa ante cualquier contienda amorosa.

Se puso la corbata y la chaqueta; se pulverizó generosamente con un resto de Eau de toilette  Macho de Fabergé, que usó esporádicamente en los años ochenta y que llevaba desde entonces tras el espejo de su mueble de baño. Durante aquel tiempo había evolucionado adquiriendo una levísima reminiscencia como de col hervida; una fermentación apenas perceptible, pero que le daba cierta sutileza, más complejidad, mejorando la personalidad zafia y plana de la fragancia original.

Antes de abandonar su casa, se dispuso a hacer lo que él llamaba «una micción preventiva». Desde mucho antes de que le diagnosticasen el cáncer de próstata, no podía sujetarse más de cuarenta minutos sin hacer aguas; por lo general una meada imprecisa, sin consistencia, un largo goteo exento de presión, como de botella de plástico horadada con un punzón. Evitaba las infusiones diuréticas si pensaba salir y retenía en la mente un mapa, una red de puntos de evacuación de emergencia a los que podía acudir sin dar explicaciones: El ayuntamiento, la biblioteca, el casino, El Corte Inglés, o en caso de extrema necesidad, los hediondos retretes del mercado de abastos o de la estación de autobuses.

Era jueves y los jueves de asueto tocaba bingo. Esta vez no había espacio para la timidez: no tendría más oportunidades. Sabía que ella estaba dispuesta, llevaba años insinuándosele. Era una viuda, necesitada de compañía como él; estaban bien juntos. «Bien mirado ―pensó―, si lo hacemos con la luz apagada, podría haberme ahorrado los cuarenta euros de los calzoncillos eléctricos de superhéroe». Antes solo sabía de la existencia de Superman pero, gracias a una serie de sellos de correos que recibió de los Estados Unidos, conoció a Ironman, a Magneto, a la Antorcha Humana, al Motorista Fantasma, al Hombre de Hielo, a Mística, a Wonder Woman, a Cíclope y a Gambito. Siempre sostuvo que la filatelia era cultura. Un rato antes, delante del espejo con los calzoncillos azules, todo aquello de la cultura de los sellos le pareció una mierda. (Lo pensó en esos términos: «Esto de la cultura de los sellos es una mierda».) Constató ―aún ante el espejo― que no conocía ningún superhéroe con bigote.

Durante dos horas la esperó en vano en el bingo, mientras perdía algunos euros cartón tras cartón; más por la falta de atención en los números que por la mala suerte. Cuando se cansó, decidió ir a buscarla a su casa. Vivía a pocas manzanas de allí. Llevaba años acompañándola tras la velada de bingo y cada noche la despedida se dilataba más frente a la puerta del edificio, hasta que las insinuaciones de ella se replegaban sobre sí mismas cuando chocaba contra su timidez. Hoy sería diferente, estaba decidido costase lo que costase. Llamaría al portero automático, esperaría el tiempo que fuese necesario hasta que bajase y la llevaría directamente a su casa donde la trataría con delicada firmeza. El cava estaba en la nevera y el disco de Julio Iglesias preparado en el pick-up.

Cuando llegó ante el portal se aclaró la garganta y se arregló el nudo de la corbata para hablar por el interfono del portero automático. Tuvo que llamar tres veces hasta que el objeto de sus deseos se materializase del otro lado.

«Ay, don Grato, querido, esta noche me va a tener que perdonar. Es que hoy hace diez años de mi Afrodosio y echo tanto de menos a un hombre a mi lado que me ha entrado la llorera y llevo ya un rato en la cama. Pero no se preocupe, que el jueves que viene le voy a compensar si usted quiere».

Don Grato volvió a su casa. Por el camino se cruzó con un camión de limpieza que regaba las calles. Meditó sobre la influencia que años de abstinencia pudiese haber tenido en la contracción de la enfermedad. Más tarde se cruzó con dos perros apareándose que se le quedaron mirando sin cesar en su actividad. «Ya no se ven perros copulando por la calle ―pensó―. Hace años que no he visto a perros follando, tal vez cuarenta o más desde la última vez». Mientras subía en el ascensor, contempló su cara en el espejo, aún durante muchos minutos después de que el motor se parase al haber alcanzado su piso. Tuvo la impresión de que la tonificada piel que le había quedado tras el afeitado clásico había desaparecido, y que en su lugar había otra más verdosa, como cubierta de una suerte de musgo o liquen traslúcido que le pareció ver y oír brotar de sus poros. Entró en el apartamento con sus mandíbulas fundidas entre sí con la presión de una prensa hidráulica. Tras quitarse el abrigo, ya en el salón, comenzó a esparcir por el aire el contenido de docenas de álbumes y de cajas de sellos, que caían burlándose de él, con el lento balanceo de las hojas secas. Una ola de calor le hinchaba las arterias del cuello y un regusto a bilis o a derrota se instaló en su paladar. Con rabia, comenzó a pisotear una alfombra de miles de estampillas de colores, como un holocausto de mariposas muertas. Se quitó los calzoncillos infalibles y los arrojó sobre los sellos, pero se dejó puestos los calcetines y la camiseta de tirantes: aún refrescaba.

Ya en la cama, lidió en la oscuridad para dilatar su última erección. Fue un largo mano a mano que duró casi dos horas. Luego fue perdiendo presión como un viejo ratón que exhala su último aliento, a la par que el sueño añadía peso a sus párpados. Había puesto el despertador a las siete. No necesitaba más tiempo: no podría desayunar. A las ocho tenía que ingresar en ayunas para la intervención.

Antonio Tocornal, autor de La ley de los similares

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22 respuestas a GRATO YACER HURTADO

  1. ana amigo pardo dijo:

    Como siempre le dás un toque de humor a tus historias, yo creo que se debe de mantener la ilusión hasta el último momento, ¿no?

    • ana amigo pardo dijo:

      Como siempre le dás un toque de humor a tus historias, yo creo que se debe de mantener la ilusión hasta el último momento,¿no?
      ANA AMIGO PARDO.

  2. J.P.Galera dijo:

    No quiero entrar en concurso. Me compraré el libro, aunque esta crisis haya causado estragos en mi bolsillo el cual posee un agujero perpetuo; da igual que lo cosas, siempre acaba apareciendo sin excusas aparentes como pudieran ser las de un tomate de un calcetín puesto de nuevo en circulación.

    Al relato:

    Redactado perfecto. Argumento dramático, oscuro… real.

    Solo le pongo un pero; el final me deja con ganas de algo más, a pesar de que se trata de un relato que te deja gustosamente saciado como cual chuletón de un mesón llamado “Gasolina”, de la localidad de Cervera de Pisuerga (Palencia). Pero a mi gusto, le falta la guinda final al postre que resaltase la explosión de sabor recibida, y pusiera broche al clamor de sabores literarios desarrollados. Me refiero en semejanza, pero claro está que no irremediablemente obligado a adaptarse, al Quinto viejo.

    Pero no pasa nada, en este Mundo no existe la perfección, incluso yo admito que mis relatos son excesivamente complejos. La verdad, no sé que hay ahí arriba, pero sea lo que sea; seguro que no es tan bello como las buenas acciones que se producen aquí abajo.

    A su libro La ley de los similares:

    No el porqué, tampoco el cómo, sino el dónde.

    ¿En qué lugar salió de usted la guinda que puso nombre a su libro? Al fin y al cabo, el lugar siempre lo dice todo, y nos indica el camino que ya anduvieron nuestros pasos… y cómo no; el camino que andarán sus pasos a través del Mundo de la Literatura con mayúsculas. Enhorabuena.

  3. MayteSanSem dijo:

    Buenísimo, de principio a fin. Enhorabuena.

    Yo el libro lo voy a comprar, que quiero asegurarme de tenerlo y creo muy poco en la suerte, así que no me contéis para el sorteo. Pero necesitaba comentar y destacar lo bien, bien, bien escrito que está este relato, al que no le sobra ni le falta nada.

    Un abrazo,
    La bruja de las tildes.

  4. Mo dijo:

    Irónico, ácido y tremendo relato sobre un tema poco tratado. Me encanta el ritmo, la descripción del protagonista que, en tan pocas palabras, se aparece ante el lector y lo encandila. La verdad, no tenía intención de participar en el concurso, pero tras leer esta joyita, me apunto y, en caso de mala suerte, me haré con la obra.
    Mi más sincera enhorabuena al autor,
    Mo de la Fuente

  5. coinup dijo:

    Me ha encantado el relato! Enhorabuena por la iniciativa y por escribir tan bien!

    Un abrazo,

    Nicolás Aguilar

  6. manolivf dijo:

    Al leer tu relato, Antonio,he encontrado ese sello tuyo que los distingue y al ver eses personajes anonimos (perdona que no ponga tildes escribo desde el movil) tan similares me vino a la mente el titulo que los engloba: la ley de los similares,no se si esa es tu intencion, yo veo persajes muy humanos que se nos vuelven entrañables al acompañarles en sus rutinas. Enhorabuena por el libro.

    • Hola Manoli. La verdad es que los relatos no tienen nada que ver con La ley de los similares, que es una novela. El origen del título es un misterio que se desvela en el capítulo cinco. Gracias por tu comentario.

  7. Jaime Blanco dijo:

    Para los escritores en letra pequeña ( que es donde estoy yo), es un placer leer este relato con ese humor tan ácido y tan negro. Y lo mejor-peor de todo es que es tan creíble. Esa gente gris que día a día pasea junto a nosotros y que no vemos. Me ha gustado muchísimo.

  8. Vanessa dijo:

    Maravilloso y envolvente con cada una se sus palabras! GRACIAS por el relato en sí, es el mejor regalo! ^^

  9. BANDOLERA dijo:

    Impecable, buen ritmo, fino humor que duele, espléndido vocabulario. Me ha gustado. Muchas gracias.

  10. rosa maria dijo:

    Por desgracia nuestra existencia está marcada por alguna circunstancia que tenemos que aceptar y paliar de alguna manera. buscar la manera o maneras de que eso no suponga un stop en nuestra vida, de que no bloquee nuestras ganas de vivir, de volver a tener ilusiones. encontrar la inspiracion para tener las ganas, ideas y seguridad de que por mucho que algo te golpee, siempre supliras eso buscando el propio bienestar, el amor a ti mismo y el cuidarte con la misma ilusión como si la perfección de hubiera bendecido. Don grato no ha perdido las ganas de mirarse al espejo y atusarse el biote o recortarse las cejas y sobre todo la de encontrar a alguien con la que compartir al imnato que los seres humanos debemos realizar: compartir ratos de amor y disfrutar de unas necesidades que todo ser humano esta obligado a desarrollar. los tabus o como sean los demas, esta claro que no le afecta y sobre todo, nos demuestra que a pesar de su intervención, donde cualquier hombre pensaria que su hombria estaba perdida, él se compra unos calzoncillos cual niño para ser una vez más feliz y no con eso descubre que para esta felicidad a veces nos bastamos solos.

  11. Pepe dijo:

    A mí, lo que más me ha gustado es el toque de humor. Bonita historia… 😉

  12. Isabel Antequera dijo:

    Hola.
    Me ha encantado el relato, refleja con realismo que las oportunidades no están ahí siempre y que al pensar eso es cuando las perdemos.
    Un abrazo y enhorabuena por el libro.
    Isabel Antequera.

  13. Mora Malú dijo:

    Una montaña rusa de sensaciones se disparan frente al relato que propone el autor. Impecable manejo de la ironía. Logra que el lector participe, adentrándose en la escena y aborda el tema de la sexualidad humana con la esgrima de un espadachín. Un escritor que sorprende, tensiona, anuda, desata y relaja, en cada narración.
    Mora Malú

  14. Ángela dijo:

    Muy bueno, amigo Antonio, como todos tus trabajos: impecable. El pobre Grato (arrastrar toda la vida con semejante nombre tiene tela) me ha provocado una gran ternura; parece ser que ahora si que ha perdido el ultimo tren. Me gusta como describes la escena, y como redondeas perfectamente al personaje, sin dejar un cabo suelto sobre su vida, asunto difícil éste en un relato corto. Impresionante, como todos tus trabajos.

  15. Algo que me encanta de los relatos de Antonio es que el titulo complementa el texto, creo que hace un juego perfecto entre cuento y titulo. Me encanta este cuento. Por cierto, vivo en Egipto, y quisiera comprar el libro (en físico, que estoy aburrida de leer en pantalla), si alguien se ofrece a comprarmelo y enviarmelo yo le estaría muy agradecida. Por supuesto, les enviaría el dinero por alguna empresa.
    Como dicen ustedes los españoles: enhorabuena Antonio por tu nuevo libro.

  16. Angel Tome dijo:

    Quiero entrar en concurso Antonio, por las referencias de tu libro “la ley de los similares” estoy loco por leerlo, lo compraria pero realmente no puedo dedicar dinero a la cultura…. las necesidades basicas y los efectos de la crisis.. Ya sabes.. Soy Angel Tomé de Huelva y conozco mucho a tu hermano Chema, mi email: angeltome@gmail.com

    • Ángel, me alegro de que hayas oído cosas buenas de mi libro. Ojalá te toque y lo puedas leer. Los amigos de mi hermano son mis amigos, pero eso no te exime de cumplir con la única regla para participar en el sorteo: dejar un comentario en relación al relato. Te lo digo yo antes de que te lo diga el dueño del blog. Un abrazo.

  17. leticiajp dijo:

    Una de las cosas que más me gustan es que me regalen un libro, así que me encanta poder participar en este concurso. Además he entrado en la Web de la novela y tiene muy buena pinta. Sobre el relato, sigue la línea de los que he leído de Antonio -que creo que son todos los publicados aquí- aunque no hemos coincidido casi nada en el concurso (yo tuve un momento de bastante estrés justo cuando él empezó a participar). Gustos aparte, es genual leer relatos tan bien escritos e hilados, con cada cosa en su sitio. El nombre del protagonista refleja ya de por sí de que va la historia y el argumento es creíble en todo momento. Es sorprendente como nos afecta saber que no vamos a volver a poder hacer algo, aunque ya no lo estemos haciendo. Enhorabuena y mucha suerte con el libro.

  18. Sandra Estevez dijo:

    Me ha encantado el relato. Hay humor e intriga. Esta muy bien escrito con un vocabulario rico. Es una historia bien real. Me he quedado con las ganas de saber como acaba nuestro caballero. Moraleja: durante nuestra “juventud” dedicamos mucho tiempo a cosas más superficiales y nos olvidamos de lo esencial. Enhorabuena

  19. manoli dijo:

    Ya el nombre del protagonista “Grato Yacer” es un “puntazo” irónico lleno de simpatía.
    Asi transcurre el resto del relato, poéticamente irónico, maravillosamente redactado con unas descripciones de los objetos y las sensaciones que hace que una casi sienta el peso de esa maquinilla antigua y la brocha en el cuenco de madera, hasta el regusto de la decepción del personaje. Muy bueno. Me encantó.
    El libro ya intente comprarlo. Lo volveré a intentar, porque no me tocará este sorteo, es de esperar. Pero claro, tiene que ser dedicado eh?
    Enhorabuena. Un placer leerte.

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