Telaraña. (Patricio Nuñez Fernández)

-En el ángulo que mira al sur hay una telaraña. -Esas fueron las palabras de Paula ni bien ingresaron al departamento. No era necesario examinar demasiado para confirmar esa presencia.

A la semana se estaban mudando, el lugar era sumamente pequeño, pero eran dos y no precisaban más espacio. El monoambiente pertenecía a un tío de ella que lo compró hacía solo unos años, al parecer motivado por un viaje a la antigua Berlín Oriental.

David trabajaba en la boletería de un cine, su sueldo era bastante bajo, pero sumado con el que cobraba Paula como vendedora en una librería les alcanzaba para vivir cómodamente. En la ciudad no conocían a casi nadie, su tiempo libre lo compartían dando largas caminatas descubriendo las virtudes de la urbanización. No tenían contacto con otras personas, se encerraban en el departamento, eran dichosos siendo ellos dos, ajenos al mundo en que vivían, se tenían, se tienen. No se dejaban contaminar por la gente.

Conseguían abundantes libros de la remesa de la librería, la literatura policial era la debilidad de David, podía pasarse días y días devanándose tratando de resolver los enigmas más inverosímiles. Gozaba plenamente cuando llegaba a las soluciones acertadas antes de finalizar su lectura. Paula estudiaba matemática, leía volúmenes de álgebra y de teoría quántica. Los atlas eran otra de las fascinaciones de esta pareja, recorrer el mundo a través de las hojas, la información y las hermosas fotografías. Esa felicidad envolvente era su cotidiano ¿qué otro deber tienen los hombres sino la felicidad?

¿Cómo es posible que la dicha pueda mutar en desdén por mundos incoherentes con la configuración del universo que dos personas que se aman pergeñaron? Paula y David se convirtieron en seres ajenos para poder convivir con el resto de la sociedad, silenciaron sus miedos, apagaron sus sueños por no corresponder con las exigencias que se esperan en dos jóvenes.

En ocasiones nos dejamos llevar por una ambición vacía, nos sumergimos en obligaciones sin sentido, creemos que nuestra obra es parte básica e imprescindible del accionar regular del mundo, y si no lo hacemos la maquinaria celeste no podrá continuar con su progreso ilimitado. Aparentamos para no quitarnos el velo de quien en realidad somos. Nos inmiscuimos en un medio ambiente absurdo para soñarnos como otras personas a las que aborrecemos. El pánico de descubrir que la persona en la que nos convertimos es el arquetipo que odiamos. La telaraña estaba en el lado que mira al norte, pero no lo notaron, creo que nadie percibió esa mudanza.

Tristemente advertimos que estamos insertos en una sociedad, tenemos que deambular en ella, con ella. Sus problemas nos invaden, nos corrompemos como simple artilugio de supervivencia. Nos amalgamamos a esta sociedad en que vivimos y no tenemos otra escapatoria que involucrarnos siendo parte de sus continuas hemorragias. Esa libertad aparente que creemos beneficiosa, nos encierra y nos hace padecer la insoportable rutina de estar en contacto con formas ajenas a nuestros verdaderos sentimientos. Sufrimos, no lo demostramos, el entretenimiento lo cubre. Lo tapamos de banalidades mientras camuflamos lo que realmente somos. Paula y David comenzaron a padecer el contacto con personas, con voluntades que accionan maliciosamente porque están escondiendo quienes son. Así los compañeros de trabajo intoxican con información a él y los clientes pretendían beneficiarse de la bondad pueblerina de ella. Los paseos habían quedado sepultados por el cansancio de trabajar todos los días y ya casi no hablaban de sueños, solo de los avatares del trabajo. Estaban comenzando a apropiarse de un menosprecio ajeno que se transformaba en su día a día. Se sentían agobiados de estar juntos, sin notar que no eran ellos sino la coraza que supuestamente nos protege la que hablaba. Continuaban sintiéndose dichosos por las mismas cosas, solo que ahora no lo manifestaban quizás por miedo a expresarse o tan solo por que estaban mutando en seres sociales.

Agobiados llegaban a su casa y no querían hablar de lo que sentían, solo escapaban en conversaciones absurdas acerca de la nada que se sistematizaba con el correr de los días. Pobres, creían que así se protegían. La vida en la ciudad los atacaba de todos los frentes y ellos, cuidándose la espalda, olvidaban que era lo que los unía, que era ese asunto único que los hacía flotar por encima de la especie. El todo no es más que la parte. Eso lo tenían que saber bien.

David, que había abandonado su hábito literario por la sección de deportes del diario, se fue a dormir exhausto. Era miércoles y la función de trasnoche lo hizo quedarse hasta pasada la medianoche. Ni siquiera comió lo que Paula le había dejado en la mesa, ella ya descansaba. Su sueño fue demasiado vívido para dejarlo pasar. Este se situaba en su pueblo, en la vereda de la casa de Paula, que estaba parada en el cordón. David, con los pies en la calle, disimulando la diferencia de estatura, la estaba abrazando, eran los dos jovencísimos. Estaban absortos en esa unión que los alejaba de la Tierra. Extrañamente David comenzaba a envejecer, nunca perdiendo su posición. Ella recostaba su rostro en el brazo de su amante, mientras éste la miraba, Paula pestañaba, como si ese abrir y cerrar los ojos marque el paso del tiempo. Su vejez era galopante y el cuerpo de Paula era imposible de marchitar.

Despertó agitado, Paula ya se había retirado, le dejó una nota en la mesa comunicándole que tenía que hacer unas horas extras y  llegaría más tarde. Notó que detrás de la mesa en el rincón que apunta al oeste había una telaraña.

Una parte puede valer más que el todo, no recordaba donde había escuchado eso, pero tenía que ser su solución. Suerte que los seres humanos siempre podemos encontrar una escapatoria.

Las horas extras de Paula no eran más que encerrarse en el depósito de la librería a leer matemática. El departamento la asfixiaba, su vida se había convertido en un automatismo carente de sentido, pero no quería perder a David. Lo amaba, sabía que él no era ese hombre que de lo único que hablaba era de cosas absurdas, autoboicotiando sus verdaderos sentimientos y gustos, solo para ser un hombre lógico en esta sociedad angustiante.

La lectura favorita de ella la acercaba al Moebius, súbitamente se figuraba esa cinta y en ella al infinito. Extrañamente una esperanza se dibujó en el rostro de la muchacha.

David comprendió que podría entregar la eternidad a ese instante de su sueño, toda su existencia giraría a ese abrir y cerrar de ojos, sin nadie alrededor, sin palabras, solo el cuerpo de Paula, sus brazos repartidos y abrigando su nuca.

Se ausentó al trabajo y fue a buscarla a la librería. Cuando se vieron se fundieron en un abrazo visceral, cada partícula tenía que estar en contacto con su doble en el cuerpo del otro. Los últimos meses habían sido de frustración y hastío, el tedio de enfrentarse con la sociedad había logrado mermar su dicha hasta convertirla en una rutina absorbente y enfermiza. El le dijo:

-No te preocupes, estoy empezando a entender que podemos hacer para salvarnos.

-Juntos debemos encontrar el modo, la parte vale más que la totalidad.

El alivio que sintió David al escuchar esa frase fue tal que no pudo contenerse, volvió a abrazarla y la alzó por los aires.

Juntos volvieron a su hogar hablando del sueño y de la cinta de Moebius. Comenzaron a edificar la forma de volver a ser ellos dos, solos, aislados, felices.

Entraron al departamento.

-En el ángulo que mira al este hay una telaraña -anunció Paula.

-Es extraño, yo nunca pude encontrar a la araña.

-Puede ser un indicio, una forma de comprendernos que todavía no desciframos.

-No tendríamos que abandonar nunca nuestra casa, este departamento es nuestro refugio, tenemos que aislarnos. El contacto con lo externo nos vuelve infelices.

Frenéticamente David comenzó a tapiar la única ventana del monoambiente, luego selló la puerta. Su refugio era inexpugnable, hermético. Luego abrió la llave de gas del horno dejando su puerta abierta.

Delicadamente Paula quitó la telaraña del rincón y con esas delgadísimas hebras manufacturó una cinta Moebius que colocó entrelazando los dos cuellos. Se quitaron la ropa, se acostaron tomándose de las manos girando levemente una de las cuatro muñecas. Se miraron a los ojos, ella pestañaba.

Se reencontraron en el cordón de la casa de Paula, él estaba parado sobre la calle disimulando la diferencia de estaturas, ella recostó su rostro en el brazo de David, que atónito la observaba. Comenzaron a flotar, ella dejó de pestañar. El tiempo se detendría, ellos eligieron vivir sola un parte, al final vale más que el todo.

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2 respuestas a Telaraña. (Patricio Nuñez Fernández)

  1. leticiajp dijo:

    Bueno, yo te iba a decir que más que un relato, me daba la sensación de estar leyendo un conjunto de pensamientos filosóficos, una especie de fábula, pero el final me ha sacado de esa idea. Lo cierto es que me ha impactado, aunque me deja un “regustillo” un tanto pesimista.

  2. Patricio Nuñez Fernández dijo:

    Gracias por comentar el relato. Puede ser un tanto pesimista. Un saludo grande.

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