Historias de la Finca Roja (Nelaache)

La Finca Roja nació de la mano maestra de su creador en 1933. Se la concibió como conjunto unitario, albergando varios portales, dotada de un patio interior en el que se plantaron naranjos -idea novedosa para la época-, al que se accedía a través de sus elegantes pasajes y escaleras.

Su creación fue tan innovadora que la expectación iba en aumento con el paso de los días y de los meses, mientras iban configurándose su forma y su belleza.

Al contrario que el resto de las fincas de la ciudad, contó con comercios propios, pues las plantas bajas no fueron concebidas como tiendas abiertas a la calle sino para abastecer de los más variados géneros a los propios vecinos que iban a habitar sus elegantísimos y espaciosos pisos, un total de 400, que albergaron a la crema y nata de la ciudad.

Cuando se inauguró, hubo fiesta en el municipio. Las principales autoridades concurrieron al acto y la banda municipal se hartó de brindar diversos pasodobles mientras confetis y pétalos de rosas rojas llovían sobre la concurrencia. Los fastos celebrando esta idea innovadora de la arquitectura se prolongaron hasta tres días. Con gran pompa y solemnidad sus ocupantes fueron poco a poco poblando los pisos que la componían y alegrando con sus voces el silencio de los rellanos y escaleras.

Una de sus más ilustres vecinas fue la señorita Delfina de Garrigues i Boronat, hija del muy ilustre Notario Don Jaume de Garrigues, que ostentaba la fama de ser uno de los más eminentes y acaudalados profesionales  de la ciudad.

Delfina era bondadosa de carácter, un poco mojigata también, y no muy agraciada físicamente. No obstante, no le faltaban avispados pretendientes, algunos de los cuales tenían la inmensa suerte de tener la presa a mano al ser también habitantes de la Finca Roja.

De los dos o tres pretendientes que tenía, Delfina mostraba especial inclinación por Juanito Segarra, mozo agraciado donde los haya y sinvergüenza a más no poder. Conocedor de la preferencia de Delfina por sus encantos, el muy vividor aprovechaba cada encuentro casual con la infeliz muchacha para bailarle el agua, al tiempo que sus amigos le conocían decenas de conquistas.

Juanito Segarra era hijo de unos comerciantes acaudalados que habitaban uno de los pisos de la Finca Roja y regentaban un bajo donde habían abierto una tienda de confección. Allí dispensaban las más variadas y delicadas sedas destinadas a las indumentarias más elegantes y exquisitas.

No era infrecuente ver desfilar a la más distinguida sociedad por los amplios mostradores de aquella tienda, asiduamente visitada -¡cómo no!- por la señorita Garrigues, quien realmente empleaba las telas como excusa para ver a Juanito Segarra que a veces ayudaba a sus padres, más que nada por obligación, ya que el deporte de las conquistas se le daba mucho mejor que trabajar o estudiar.

Juanito prodigaba a Delfina elogios que la hacían enrojecer, extendiendo ante los ojos de la joven las sedas más finas y delicadas:

– Esta tela hace juego con el color de sus ojos.

Delfina sonreía y ocultaba su rubor tras un abanico o cualquier otro delicado objeto que tuviera a mano y salía por la tienda más ancha y feliz que una perdiz, convencida como estaba de que Juanito suspiraba por sus huesos y le echaba los tejos, idea que retroalimentaba con creces su amiga del alma,  Amparito Caselles, tan mojigata como ella.

Al salir de la tienda, Delfina y Amparito solían dirigirse al jardín central de la Finca Roja, donde los naranjos desplegaban su belleza y aromas de azahar. Tras los cristales de la tienda, Juanito Segarra las observaba y estudiaba como lobo hambriento al acecho, y poco a poco, fue tramando en su cabeza la manera de agenciarse, con adulaciones y zalamerías, a la gallina de los huevos de oro.

Un día decidió hacer partícipe de sus aviesos planes a su mejor amigo, que no era otro que su vecino de rellano en el edificio, Pepito Barrachina, con el que le unía una complicidad sin igual y que celebró aquel plan como si fuera un niño entusiasmado con su fiesta de cumpleaños.

Lo pretendido por el muy rufián era ligarse a la inocente heredera de los Garrigues, atrayéndola con zalamerías y lisonjas, y llegando más lejos si era necesario para hacerse con la fortuna que la infeliz muchacha aportaría, llegado el caso, como dote al matrimonio. De este modo, aunaría en su persona riquezas y amores, ya que, por descontado, el joven Segarra no pensaba renunciar a sus conquistas y perrerías.

A partir del día siguiente, Juanito Segarra se lanzó con mayor ímpetu tras su presa con el objetivo de que la rendición de Delfina se acelerase. Su plan incluyó, naturalmente, adquirir una de las moradas de la Finca Roja, de modo que –encerrada en su particular mundo de fantasía-, Delfina desconociese cuáles eran las actividades a las que Juanito se entregaría fuera del famoso edificio.

Pasaron los días y los meses y Delfina se fue rindiendo mayormente, si cabe, a los elogios que le prodigaba Juanito, de modo que el noviazgo fue avanzando y alimentándose a base de las falsedades de éste. Poco a poco, la muchacha fue decorando con mimo el piso que su padre y el de su novio habían adquirido para que albergase a los recién casados.

Los enseres más indispensables fueron los primeros en llegar, los muebles, las cortinas, la ropa de la pareja…, y todo fue puesto a nombre de ambos a quienes correspondían todas las cosas por mitad.

En todo este duro quehacer previo a la boda, Delfina sólo echó de menos la compañía de Juanito, pues su ausencia hacía recaer sobre sus hombros todo el peso de la ardua tarea de montar su nido de amor. Juanito se excusaba alegando que tenía que trabajar en la tienda de sus padres y en no sé qué negocios que estaba proyectando junto a un amigo, ya que el matrimonio no podría alimentarse del aire.

Con esta misma historia convenció a sus padres, excusando con ello sus ausencias, cuando en realidad lo que hacía era correr detrás de todas las damas apetecibles que la vida social de la ciudad ponía a su alcance. Y de todas sus correrías, hacía partícipe a Pepito Barrachina que lo seguía como un perro.

Una noche, Pepito llegó al rellano de su hogar en la Finca Roja algo más achispado de lo que hubiera sido deseable. Un vecino suyo se lo encontró intentando inútilmente colocar la llave en la cerradura y riendo como un bobo cuando su intento resultaba fallido. Su vecino trató de ayudarle al tiempo que le reprendía su grotesca actitud, y así entre “menuda juerga te has corrido” de uno y “no lo sabes tú bien” de otro, Pepito Barrachina dio rienda suelta a su lengua hablando más de la cuenta.

El rumor sobre las correrías de Juanito Segarra, los planes aviesos que albergaba respecto a la inocente hija del Notario, y todo tipo de información complementaria se extendió como la pólvora, llegando a oídos de Amparito Caselles que nada más tuvo conocimiento de la crudeza de aquella trampa en la que su pobre amiga había caído como en una tela de araña, se dirigió sola al centro del jardín de la Finca Roja barriendo con la mirada todas las ventanas y balcones interiores del edificio que parecían observarla con detenimiento, como esperando alguna reacción por su parte.

La joven permaneció quieta, sin saber qué debía hacer, oyendo una voz interior que le indicaba que aunque la verdad era muy dura, Delfina tenía todo el derecho a conocerla. Así que, empujada por un gesto de nobleza, se levantó del banco donde había permanecido todo el rato y se dirigió a buscar a su amiga a la que contó, con toda la delicadeza de la que fue capaz, la verdad y nada más que la verdad, sin sesgos y sin tapujos.

Delfina escuchó todo impertérrita, con los ojos fijos en algún punto de la ventana que tenía frente a ella y que daba al jardín interior de la finca. Cuando Amparito concluyó esperando, sin duda, un estallido de lágrimas, Delfina le respondió con un aplomo y serenidad que sorprendieron a su amiga.

– Muy bien –le dijo-. Has cumplido tu misión y ese mequetrefe se está frotando las manos pensando que ha conseguido lo que se proponía. Pero ahora me toca a mí.

– ¿Qué piensas hacer? –preguntó Amparito Caselles un poco asustada por aquella repentina resolución de Delfina.

– Todo, absolutamente todo lo que hay dentro del piso que nuestros padres nos han regalado es de los dos, por mitad, ¿no es así?

Amparito asintió sin entender nada de nada. Delfina la tranquilizó y le dijo que no se preocupara que no tardaría en enterarse. Y, efectivamente, no tardó en enterarse y no sólo Amparito y la sociedad cerrada que formaba aquella Finca Roja peculiar y única, sino la ciudad entera cuando un día Juanito Segarra llegó medio ebrio al que tenía que ser su hogar conyugal en un futuro próximo y se encontró con todas las cosas divididas por la mitad: halló su zapato derecho, pero por más que buscó como un sabueso, no consiguió dar con el izquierdo; encontró la olla de la cocina sin su tapa correspondiente, del armario sólo quedaban los cajones destinados a guardar las mantas… Todo, absolutamente todo, había sido dividido por la mitad quedando en auténtico estado de inutilidad.

Cuando Juanito observó aquella “canallada”, tuvo la plena corazonada de quién había sido la artífice de tan colosal venganza y fue en busca de Delfina a la que encontró tranquilamente paseando entre naranjos:

– Pero, ¿qué has hecho, desgraciada? –la espetó el burlador burlado con brusquedad.

– Ya ves –respondió la joven tranquilamente-. He cogido lo que era mío: la mitad de todo lo que había dentro del piso. Y ahora, si eres tan amable, no me tapes el Sol.

Las voces de Juanito hicieron salir a todo el vecindario a los balcones y ventanas que circundaban la intimidad de aquel patio de naranjos. Todos asistieron a los juramentos que el joven conquistador burlado lanzaba en arameo ante la indiferencia de Delfina que, finalmente, optó por levantarse y abandonar el lugar, dejando a Juanito abandonado en brazos del escarnio público. Porque eso sí, la risotada general que sonó en el interior de la Finca Roja pudo oírse extramuros y los hechos acaecidos constituyeron la comidilla de la ciudad durante mucho, mucho tiempo.

 

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11 respuestas a Historias de la Finca Roja (Nelaache)

  1. MayteSanSem dijo:

    Me ha parecido muy gracioso, la venganza de Delfina es de lo más original. Quizá un poquito larga la introducción. También me parece que algunas expresiones desentonan un poco con el tono general y hacen que a veces parezca que estás hablando de un pasado casi decimonónico y otras, en cambio, nos traen mucho más cerca en el tiempo. Pero está simpático y se disfruta 🙂

    Un saludo y suerte.

    • Nelaache dijo:

      Muchas gracias, me alegro de que te haya divertido tanto. He querido ambientarlo a principios de siglo XX (ten presente la fecha de construcción del edificio 1933), aunque a veces no me ha resultado fácil, y en esos pequeños desvaríos te doy razón.

  2. Ana Calabuig dijo:

    Genial y muy entrenido.
    Por casualidad: ¿esa Finca Roja, te la ha inspirado la de Valencia? La describes tal cual es.
    Saludos.

    • Nelaache dijo:

      Sí, claro. Es famosa en Valencia, aunque la descripción de su destino está un poco fantaseada. ¿Eres de Valencia, por casualidad? Si es así, somos paisanas

  3. amaiapdm dijo:

    Muchas gracias por escribir, me ha encantado tu relato. No hay porque hacer daño para poderse vengar. Un saludo. Amaya

  4. Nelaache dijo:

    Gracias a ti por leerlo. Celebro que te haya entretenido y que hayas sacado una conclusión tan positiva. Saludos.

  5. leticiajp dijo:

    La venganza me ha recordado a algo que he leído o visto, en que la protagonista también partía todo a la mitad, pero no sé qué era. ¿Te has inspirado en algo para hacerlo? Quizás lo que menos me cuadra a mí es la frialdad con la que se toma la noticia desde el principio, no da esa sensación cuando lees la historia. Por lo demás, me han gustado mucho las descripciones, el estilo, el ritmo y me ha parecido muy divertido de leer.

    • Nelaache dijo:

      Hola Leticia. Sí, aunque lo de la inspiración llegó sobre la marcha a raíz de una historia de televisión. Pero cuando me puse a escribirlo no iba orientada por la venganza, ni siquiera lo había planeado. La cosa fue fluyendo así. Me senté a escribir, me acordé de la Finca Roja de Valencia y comencé a escribir. Los personajes, sus nombres y sus características fueron surgiendo sin más, a medida que iba avanzando en la escritura. El final surgió también espontáneamente, aprovechando que me acordé de aquella “venganza” televisiva que consideré muy apropiada “al hilo de…” De hecho, cuando terminé de escribir el relato, no estaba muy convencida.

  6. Tritio dijo:

    Es un relato con una estructura narrativa muy de novela, lo que hace que sea de una lectura muy rica en estructura y en contenido, pero a su vez el inicio del interés del lector empieza muy tarde, pues puede hacerse un poco lenta la descripción inicial (que ya digo que en una novela, queda genial).

    • Nelaache dijo:

      Hola Tritio, supongo que se debe a fallos de novata. Lo que ocurre es que el espacio en este relato tiene también protagonismo, ya que la Finca Roja trata de determinar la existencia de una sociedad cerrada dentro de una más amplia (el resto de la ciudad). Pero tienes razón, tal vez al tratarse de un relato corto, debí recortar un poco al principio. Gracias.

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