El lagarto deseado (Arturo Daussá Lapuerta)

   Según supe años después, aquel día supuso para Juan un hito importante que le marcó para el resto de su vida.  

   Todo sucedió durante la comida en el restaurante La Muralla China, que  ahora después de lo que sabido, jamás olvidaré.

   Al final del almuerzo el dueño nos trajo una botella de sorgo, como deferencia de la casa.

   Enseguida vimos el envase que dejaba ver el líquido de un verde claro, y su llamativa etiqueta llena de caracteres chinos. Al no entender nada de lo que ponía, nuestra vista se entretuvo viendo los bonitos dibujos de dos dragones que perfilaban el etiquetado, lo hacíamos para disimular que no teníamos ni idea del mandarín.

   Pero lo que más nos impactó al mirar con más detalle, fue ver en el fondo dos pequeños lagartos, algo más grandes, menos largos y más gruesos que unas lagartijas vulgares.

   Seguramente por la cara de asco que pusimos al verlos, el propietario adivinó que no sabíamos de qué iba aquello, así que empezó a hablar.

   Nos explicó que esos lagartos conferían al licor unas propiedades afrodisíacas, que daban una potencia sexual extraordinaria a quien tuviera la valentía de gustarlo.

   Hablaba muy mal y se expresaba como un indio comanche, pero lo entendimos o nos pareció entenderlo.

 

   Ya íbamos alegres por la copiosa comida, el abundante vino y las muchas copas, esta explicación bastó para empezar una conversación llena de comparaciones de tipo sexual entre nosotros; y como es habitual en reuniones de hombres solos; la conversación cada vez tomó un tono más subido; naturalmente con la figura femenina como diana del tema. Aquello se convirtió en un deseo, para probar quien era el de más hombría del grupo.

 

   La verdad es que al principio yo disimulaba haciendo ver que bebía ese licor de arroz sin problema. Por no quedar en ridículo delante de los compañeros, ya sabéis parece que bebes como el resto; pero en realidad te preocupas más disimulando que bebiendo.  Aunque mucho me temo que yo no era el único que participaba en aquel teatro.

   El caso es que por una cosa u otra, la botella en cuestión quedó vacía, le daba una luz que entraba directa por una ventana a un lado de nuestra mesa, de manera que esa claridad indirecta atravesaba la botella proyectando una sombra verdosa sobre el blanco mantel.

   Pero lo más relevante era que permitía ver con todo detalle los dos pequeños lagartos, uno era de un color verde aceituna y el otro de un marrón parduzco; tenían sus blancos ojitos abiertos y se podían contar las minúsculas garras de sus patitas. Brillaban como si los hubieran bañado con aceite, sin duda por estar humedecidos por el licor, además permanecían amontonados y revueltos en el fondo abrazándose uno encima del otro.

   Todos, y yo el primero, apartábamos nuestro iris de tal visión, con disimulo eso sí, no fuera que nadie nos tildara de meticulosos.

 

   La tertulia llegó a aquel típico momento que se abre un silencio, porque coincide que todos los comensales desean tomarse un respiro, esperando que sean los otros que hablen mientras uno descansa; pero eso no sucede y el silencio se impone y entonces nos incomoda.

   Es en esos momentos cuando el que sustenta el liderazgo suele remediarlo,  a veces con acierto y otras sin  ello. La verdad es que todos íbamos muy colocados, de manera que cualquier cosa podía ser posible.

   Como ya sabéis en las reuniones de amigos se suele recorrer el mismo camino: hablar de trabajo, de mujeres, de política, explicar batallas, y magnificar posiciones resaltando siempre la gallardía y valentía personal. Es decir la humildad se suele empujar hacia arriba como el principio de Arquímedes; sólo que en lugar del volumen de líquido que desaloja, en este caso es del líquido que se ingiere.

 

   Juan intervino, lo hizo con solemnidad como lo solía hacer, creando un clima suficiente para que todos prestásemos nuestra máxima atención.

   No se anduvo por las ramas, ni soltó ningún grandilocuente discurso, la cosa era muy simple, un reto encima de la mesa,  a ver quien era el valiente que se atrevía a comerse uno de los dos saurios. El que lo hiciera sería reconocido por los siglos de los siglos, como un hombre de poderes sexuales extraordinarios, y así se anunciaría entre las amigas comunes o las que pudieran venir en el futuro. (Entonces solamente unos pocos contábamos nuestra edad con cuatro manos)

   Enseguida nos lo tomamos como una simple broma sin darle mayor alcance; pensábamos que nadie sería capaz de realizar semejante envite.

   Pero Juan no permitió tal cosa y sustentó la seriedad de su apuesta de forma inamovible, aquello ya no me pareció tan divertido; eso de ser un juego pasaba a convertirse en un reto absoluto para medir la hombría..

   Intentábamos adivinar, mirando a Juan con detalle, esperando que algún gesto delatara que todo aquello era una chanza, y quedara en nada; pero enseguida nos desengañamos de tal esperanza.

 

   Estando así se acercó el dueño, llevaba un pequeño martillo plateado en su mano derecha, de esos que usan los médicos para golpear la rodilla y calibrar los reflejos.

   Al llegar inclinó la cabeza en señal de saludo, a modo de inicio de algún protocolo. A mí aquello me recordó cuando se empiezan los combates de artes marciales a los que era aficionado.

   Acto seguido cubrió la botella con una servilleta, del mismo modo como lo hacen los camareros al servir el vino en los lujosos restaurantes, una vez así la tumbó apoyándola en un extremo de la mesa, justo a mi lado, y con un certero golpe seco rompió el envase. Se oyó un golpe sordo que delataba la rotura.

   Enseguida noté un olor parecido a la menta y manzana, no sabría definirlo exactamente. El caso es que alzando por las cuatro puntas el paño, a modo de bolsa, trasladó todo a una mesa contigua; no pudo evitar que una gotas resbalaran sobre nuestro mantel, pringándolo como si hubiera caído mermelada de manzana.

   Todos permanecíamos en silencio observando la maniobra, no nos atrevíamos a decir nada, pensando que todo aquello era fruto del enfado del dueño por el ruido de las risotadas, que estuvieron molestando al resto de clientes; aunque a aquella hora tardía casi todos habían marchado. Esperábamos una riña a nuestro comportamiento, y quien sabe si hasta un ruego de que abandonáramos el local enseguida.  Lejos de la realidad, aquello era el inicio de un ritual, vete a saber qué cosa, nunca entenderé la civilización oriental.

  

   El dueño, un señor de edad avanzada, completamente calvo, con una piel clara y de complexión delgada, su cara con unos pómulos muy anchos y sobresalientes, unos ojos estrechos y un proyecto de nariz sobre la que apenas aguantaba el arco de unas gafas de hilo de aluminio. Si te lo cruzabas en el metro, podrías pensar que era un profesor universitario de visita en nuestra ciudad.

   Realizó los movimientos con parsimonia:: desplegó el paño que estaba totalmente húmedo y lentamente fue separando los trozos de vidrio que colocaba en un platito, me recordaba las clases en el instituto, cuando nos hacían diseccionar una rana, todo con meticulosidad milimétrica.

   Finalmente quedaron los dos lagartos limpios de cualquier posible resto de vidrio y colocados en otro platillo, de esos que venden en los chinos decorados con dibujos de dragones y cosas así. Rápidamente  los dejó en medio de nuestra mesa.

   Entonces antes de retirarse con otro saludo, pronunció unas palabras, casi no le entendimos, pero nos quedo claro que para él eso no era un juego, y quien se atreviera a dejar entrar en su cuerpo el lagarto verde, (el marrón no se podía ni tocar), conseguiría un poder sexual poderoso. Pero una advertencia: si no lo hacía con humildad, sencillez y sin espíritu de competición no solamente no lo conseguiría, sino que sus consecuencias podían ser de difícil predicción. El espíritu de los lagartos, tenía que ser respetado..

 

 

Pero pronto aquellas palabras cayeron en saco roto, y todo se ciñó en ver quien era el que tenía más cojones, (me perdonarán la soez palabra), en zamparse el lagarto.

   Aquello pasó de broma a asunto pesado, pero ya se sabe las cosas apoyadas en la hombría no se descartan con facilidad, así que todos mantuvimos el tipo.    Pero claro, ver aquel bicho con ese verde gelatinoso y  resaltando en su cabeza los dos globos oculares con su iris negro; ese punto que parecía pedirnos misericordia, en fin algo realmente asqueroso. Eso superaba cualquier posible posibilidad de poder mantener la apuesta.

   El caso es que todos de una u otra manera nos fuimos posicionando hacia atrás, con la esperanza de que ninguno fuera capaz de acometer semejante asunto, con lo cual la cosa no pasaría de aquí, no habría ni ganadores ni perdedores.

   Pero fue Juan quien mantuvo en vivo el tema, y ni corto ni perezoso haciendo pinza con su dedo pulgar e índice,  tomó el lagarto por la cola elevándolo por encima de su cabeza, que mantenía inclinada y con la boca abierta para zampárselo, igual como se suele comer un espárrago…

   Quiso la mala suerte que la cola se rompiera, de manera que el batracio cayó con la peor fortuna de quedar panza arriba, y salpicando el mantel de líquido verdoso.

   Verlo  con la barriga abultada y fofa de color carne, me revolvió las tripas de tal manera que me levanté a toda prisa para vomitar en el lavabo. Pero no fui el único, oí a más de uno como también arrojaba.

 

   Al volver a la mesa, crucé la mirada con el propietario, que estaba detrás de una pequeña barra algo alejada, no me hizo falta saber mandarín para adivinar por su pose, que estaba molesto pensando en el sacrilegio que se estaba obrando en la mesa de aquellos jóvenes.

   Al llegar y sentarme me dio tiempo de ver a Juan masticando, sólo faltaba eso; imaginarme como sus dientes trituraban aquel diminuto ser.

 

                                                &&&&&&&&

 

   Después de lo que os he contado, la vida cambió para mí de manera muy rápida. Me doctoré y acepté un trabajo en una clínica de Toronto, de modo que perdí de vista a toda la pandilla.

 

   Pero lo que son las casualidades, pasaron dos décadas y volví a la ciudad donde continué con mi especialidad de urología en el hospital de San Pablo.

   Un día me pasaron el historial clínico de un tal Jaime García, se trataba de un caso agudo de disfunción eréctil, por lo visto ningún tratamiento había dado resultado desde hacía muchos años.

   Mi sorpresa fue mayúscula, cuando el paciente en cuestión entró en la consulta, aquel tal Jaime García era ni más ni menos que mi amigo de juventud.

   Nos dimos un abrazo y empezamos a recordar nuestras cuitas de jóvenes, he de reconocer que para mi amigo no parecía que hubieran pasado los años, y eso me produjo cierta envidia y un deseo de saber más cosas de él. Siempre fue nuestro líder al que todos queríamos imitar, y a pesar de los años transcurridos aún le veía un poco como tal..

 

   Cuando al final llegué a proceder para organizar el tratamiento,  le hice una pregunta sobre cuánto tiempo soportaba esa disfunción, eso era importante para un mejor diagnóstico. Pero me lanzó una pregunta como toda respuesta:

   —¿Te acuerdas del almuerzo en La Muralla China?

   Yo no tenía ni idea de qué me hablaba y le respondí negativamente. Entonces me indicó un detalle para refrescar mi memoria diciéndome:

   —Sí, hombre, el día de la botella de sorgo… aquel licor de arroz verde.

   Eso bastó para que enseguida recordara con detalle todo el episodio que os he explicado. Pero esa pregunta sólo hizo que aumentar mi extrañeza, por lo que contesté que eso, —¿qué caramba tenía que ver con mi pregunta?— Yo tan solo quería saber el tiempo que arrastraba su problema.

  Se levantó de la silla, se dirigió hacia una ventana, la que daba a la plaza. Se quedó quieto como si mirara absorto hacia el infinito. En el ambiente se hizo un silencio expectante, como esperando la mano que asesina detrás de la cortina de baño, igual que en el film de psicosis.

   Al poco y sin girarse alzó la voz y dijo:

   —Desde el día del lagarto

   

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7 respuestas a El lagarto deseado (Arturo Daussá Lapuerta)

  1. Mar dijo:

    Buena venganza la del lagarto, pero ¿por qué, al final, cambias el nombre a Juan por Jaime?
    Me ha gustado. Saludos.

  2. Ana Pascual dijo:

    Me ha gustado, utilizas buenas descripciones que permiten visualizar la historia perfectamente. También tengo un “pero”… el párrafo donde describes al dueño del restaurante chino (“El dueño, un señor… de visita en nuestra ciudad”) rompe un poco el ritmo de la acción. Espero que no te moleste mi opinión. Un saludo.

  3. amaiapdm dijo:

    Tu relato me ha enganchado desde el principio, gracias por escribir. Un saludo. Amaya

  4. Alex de la Rosa dijo:

    Un relato curioso. Cualquiera va ahora a un restaurante chino. Un saludo!

  5. Ángela dijo:

    uf que asquito. Bueno, pues muy interesante esta reunión de machos que se retan para ver quien es más hombre :). Dejando a un lado los fluidos verdosos, los ojos saltones del bicho y el pensar cómo petaría su panza al ser aplastada por los dientes de cualquiera de los comensales dejando fluir el líquido viscoso de sus tripas, pues aparte de eso la historia es muy entretenida. El final me gusta, y pienso que no has cambiado el nombre sino que ha sido una confusión. ¡ay! cuantas cosas ocurren cuando se juntan los amigos…

  6. Carolina Garcés dijo:

    A veces se pierde el ritmo de la historia, pero sin duda engancha.

  7. eva dijo:

    Menuda historia! Me queda la curiosidad de si la experiencia con el lagarto tuvo que ver con que el protagonista eligiera su especialidad o, es qué es un visionario? Entretenido relato, dejando aparte las imágenes que la imaginación crea: Un asquito. Menos mal que tú no has sido tan explicito como mi atormentada imaginación. Gracias por compartirlo Arturo.

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