El sendero. (La impertinente de Cornualles)

-¿Qué camino tomamos?- pregunta él, como queriendo librarse de la responsabilidad.  

-Lo echamos a suerte- dice ella, que en estos momentos no quiere responsabilizarse de nada.

-Está bien.- Y saca una moneda del bolsillo trasero del pantalón. Está gastada y no se parece a ninguna moneda en uso pero, al fin y al cabo, tiene cara y cruz.- Elige.

-Mejor tú.

-Cruz

-De acuerdo.

La bruñida moneda vuela en el aire, sobre la mano del hombre, gira sobre si misma y por un momento parece dispuesta a alejarse y sobrevolar las verdes montañas que los rodean. Sin embargo, fiel a su condición, desciende rauda hasta el suelo donde muestra finalmente su voluntad: cruz.

-Bien, entonces por el sendero del bosque- dice él con no demasiada determinación.

-¿Estás seguro?- pregunta ella con cierto temor.

Sin contestar a esta última pregunta, el hombre se encamina hacia la oscuridad verdosa que se abre a su izquierda. Un poste de madera clavado en el suelo, en el que se puede leer “Sendero del bosque”, escrito con letras rojas y cuidada caligrafía, parece ostentar el honor de abrir la puerta de aquel camino tomado al azar.

-¿Cuánto se tardaba por aquí?- pregunta ella cada vez más recelosa al meter el pie derecho en la sombra intensa que ofrecen los árboles.

-El hombre del albergue dijo que unos 40 minutos. Hablaba un poco raro, ¿te das cuenta?,

pero yo creo que dijo eso.

-Bueno, no es mucho.

-No, y parece bonito.

-Sí, es bonito- apunta ella y se estremece al volver la mirada hacia lo que deja atrás.

Unas nubes se han acercado sigilosamente, al menos ella no ha sido consciente de su llegada, aferrándose a los montes que empequeñecen bajo su peso. Busca el viento que las has traído, pero no nota nada, ni una pequeña brisa. Un poco más adelante de donde se encuentra, dos pilares de hormigón sustentan una autovía por la que coches y camiones circulan con gran estruendo. A ella le parece lo único real del paisaje.

-Venga, vamos- le insta él.- Si no nos damos prisa, nos perderemos la comida. Date cuenta que después hay que volver.

Sigue los pasos del hombre apartando las hojas que aparecen frente a su mirada. Después las deja caer cerrando así el sendero. Decide que va a disfrutar aquel paseo junto a él. Al fin y al cabo, en la vida cotidiana, no tienen muchas posibilidades de estar juntos. Y solos. Mientras camina, intentando seguir el ritmo de su compañero, se da cuenta de que jamás antes se había fijado en su nuca. Es delicada, para ser un hombre, y el sudor hace que la piel brille y se haga deseable. No reconoce en ella al hombre con el que lleva compartiendo gran parte de su vida. El pensamiento la hace sonreír. Algunos rayos de sol se filtran con cierta dificultad entre el follaje haciendo menos opresivo el entorno. El silencio es casi total, roto solamente por sus respiraciones. Hace rato que han dejado de escuchar los sonidos de fuera.

-No se oye ni una mosca- dice él.

-Es cierto. Ni siquiera parece haber pájaros.

-Eso sí es raro, ¿no?

-Pues… sí, seguramente.

Él se vuelve a mirarla y le parece que nunca antes la haya visto. Mechones de pelo cobrizo se han pegado al óvalo de su cara y las mejillas están rosadas por el esfuerzo. Cree que está preciosa.

-¿Cuánto llevaremos andando?- pregunta él

-Ni idea. Me he dejado el reloj en el albergue.

-Yo debería de tener… – dice revolviendo el interior de la mochila- sí, aquí está el móvil.

-¿Y?

-¡Mierda!. No tengo batería. Es que este teléfono… ¡si lo dejé cargando por la noche!. Cuando volvamos de vacaciones me compro uno nuevo, desde luego.

-Bueno, da igual. ¿Qué más nos da?. Disfrutemos de esto y punto. Cuando nos apetezca volver, volvemos y ya está.

-Tienes razón. Estamos de vacaciones.

No sabe porque no le ha dicho que es la mujer más bella del mundo. Le ha dado vergüenza. Le parece increíble después de tanto tiempo. Inspira hondo y siente que todos los olores del mundo están allí, en ese camino. Un pueblo de su niñez, con el olor a vaca y a estiércol; una gran ciudad, con sus cloacas y miles de perfumes mezclados; la inmensidad del mar; la profundidad de una selva donde jamás ha estado… Se siente mareado y se apoya en el tronco de un árbol.

-¿Estás bien?- le pregunta ella con preocupación.

-Sí, sí. Es… no sé. De repente, me he mareado. Supongo que es que esto está muy

cerrado, o que hay mucha humedad.

-Si quieres nos sentamos un rato.

-No, no. Ya estoy bien.

Ella se ha asustado al verlo tambalearse. Le ha parecido frágil y ha tenido miedo. Ha sido consciente por un segundo de que están allí solos y de que no tienen modo de comunicarse con el exterior. El temor ha pasado como vino ya que su cerebro ha razonado como es habitual. No sería difícil volver a salir de allí. El camino está marcado con unas señales amarillas y otras rojas pintadas sobre las cortezas de los árboles. Ellos han elegido, sin palabras, seguir la senda roja pero, en realidad, parece que no haya mucha diferencia, tan solo de matices, supone. Hay tramos en que las señales se separan pero después vuelven a encontrarse, así que existe un camino recto de vuelta a casa.

 

Una melodía, una especie de canción de cuna, le ronda desde hace rato. No tiene ni idea de donde puede haberla escuchado. Recuerda a su hermana meciendo a su hijo recién nacido, cantándole una nana que no es esa, ni siquiera se le parece. Quizá se la haya cantado su propia madre a ella cuando era un bebé. Siente que las entrañas se le parten en dos y se para. Intenta respirar pero el aire se niega a llegar siquiera a su garganta. Tose, carraspea y se agarra el vientre pensando que seguramente morirá en segundos. Él no se ha percatado de su ausencia. Sigue su camino y ella no tiene fuerzas para detenerlo. Se sienta sobre la hierba mojada y podrida del camino y de repente el dolor la atraviesa como un rayo. Y grita, logra hacerlo. Cuando él hombre llega aterrado y se sienta junto a ella, le toma las manos, la mira asustado pero entonces el dolor se ha desvanecido y piensa que nunca antes se ha sentido mejor que entonces, que ese instante, justo ese momento, es lo más bonito que jamás haya sentido y compartido.

-¿Qué te pasa?- pregunta él con dudas

-Nada, nada. O todo, no sé.

Lo besa, se besan y siguen amándose mientras se desnudan. El rocío cubre la espalda de la mujer y el sudor la del hombre. La tierra cubierta de hojas y el musgo desprendido del tronco de los árboles que se alzan hasta un infinito que se vislumbra, forman parte de ese instante, del de ella.

Él cree que llevan andando demasiado tiempo, mucho más de cuarenta minutos. Intenta calcular el tiempo pero es imposible. Además se siente extraño después de estar con ella en un lugar  distinto, muy diferente a la cama de su dormitorio o al camastro del albergue. De repente es como si fuera consciente de las tres dimensiones espaciales y puede ver, literalmente ver, las ondas sonoras penetrando en su oído. Sin embargo, ha perdido el sentido del tiempo. No sabe si han estado abrazados una hora o si han sido tres. Le ha dicho cosas tan bonitas que está sorprendido. Ella también era otra, estaba… no sabe como explicárselo y la única palabra que le viene a la mente es “entera”. Han retomado el camino y ella ha preferido ir detrás aunque a él le habría gustado cogerla por la cintura y quizá volver a amarla en cualquier momento. Pero ella lo ha mirado con los ojos vidriosos y una extraña sonrisa.

La mujer ahora camina más despacio. Le duele el cuerpo y siente una carga pesada a sus espaldas. Sigue tarareando la melodía infantil y se da cuenta de que el fardo que la oprime parece desaparecer, no del todo, pero al menos alivia el peso. Tampoco quiere perderlo, se siente unida a ese lastre como nunca antes se había sentido unida a nada. Ni siquiera a su hermana. Ni siquiera a él. No es capaz de entenderlo porque no hay nada, nada que ella pueda palpar o con quien pueda hablar. Apareció después del dolor y se hizo más presente tras el amor. Ahora el bosque es aún más profundo, con hojas casi negras pegándose a los tobillos y ramas nudosas que cortan el paso y arañan la carne. Ninguno de los dos dice nada. Continúan andando, sin volverse. Ella anhela un rayo de sol y él un poco de viento en la cara.

El hombre está a punto de rendirse y volver atrás. Quiere abandonar el sendero, y a ella y a su fardo. Se imagina volando sobre las montañas, hundiéndose entre las blancas nubes que han dejado atrás. Ve a otra mujer en sus sueños. Lo llama y él quiere ir. Por un momento. Solo un momento. Tras ese segundo de incertidumbre, la ve a ella, y a su carga, y piensa que los ama. Está seguro de que daría todas sus vidas, si las tuviese, por ellos. Y sigue adelante. Despacio, cada vez más despacio.

Es la mujer quien vislumbra la luz a lo lejos y aprieta el paso hasta casi ponerse al lado del hombre.

-Esa es la salida- dice. Y su voz suena quebrada y cansada.

Él asiente con la cabeza y continua caminando.

La brisa del mar sopla sobre sus rostros y el sol del atardecer les obliga a cerrar los ojos. Llevan demasiado tiempo sumergidos en la penumbra. Se han cogido las manos y juntos pisan la arena de la playa. Se descalzan y sienten la cálida caricia del suelo firme, tan diferente a la viscosa manta que cubre el sendero. No hay nadie, tampoco allí. Observan embobados el inmenso espacio abierto y escuchan sin prisa el rumor de las olas. Las gaviotas chillan al planear sobre la superficie del agua. El hombre y la mujer se miran. A él le parece que ella está más hermosa aún, con el cabello blanco y el rostro lleno de finas arrugas. Las manos retorcidas como viejas ramas le parecen suaves y firmes. Ella piensa que el hombre era ese con el que siempre había soñado, el cabello plateado y la mirada inocente. Se sonríen con una infinita ternura. Tras ellos un cartel de madera con sus letras rojas y esmeradas anuncia el fin del camino: “Sendero del bosque. Tiempo/Duración: 40 años”.

Conoce más de la autora en  http://ojalapaula.blogspot.com.es/
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8 respuestas a El sendero. (La impertinente de Cornualles)

  1. manolivf dijo:

    La idea general del relato me gusta, pero no acabo de verla con nitidez en el texto, se pierde la noción de continuidad y algunos párrafos resultan un poco inconexos a mi entender, pero es únicamente una percepción. Igual , ,en vez de explicar se podría sugerir más, poniendo más énfasis en las imágenes, bueno esta es la impresión que me llega al leerlo, de hecho al final me gusta más,cuando el lenguaje se vuelve más
    metafórico: las manos retorcidas como viejas ramas… Un saludo.

  2. eva dijo:

    Impresionante final que explica, como bien comenta Manuela…es que siempre llego tras ella para comentar…párrafos que no resultan claros durante la lectura. Me ha conmovido, me ha encantado como expones las emociones y pensamientos de los personajes. Me ha recordado esa obra de Mark Twain, “Adan y Eva”…o algo parecido que, aunque de otra forma, también refleja los pensamientos y ternura hacía el otro. Gracias por compartirlo.

  3. Patricio Nuñez Fernández dijo:

    Estupendo. Te envuelve y te deja ser parte de un evento ajeno al tiempo-espacio.
    Mis felicitaciones.
    Patricio

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