La habitación de enfrente (Alex de la Rosa)

Diego se incorporó lentamente de la cama y tanteó a ciegas con los pies en busca de las zapatillas. Cuando por fin las encontró se las calzó y se levantó perezosamente, todavía aturdido por la soñolencia.

Era de noche todavía. Diego se asomó por la ventana de su habitación y sintió un ligero desasosiego al ver que se trataba de una inusual noche cerrada: un cielo totalmente negro, pero sin estrellas. Eso fue lo que más le extrañó…<<Ni una sola estrella>>

Se volvió y se dirigió hacia la puerta. Cuando la abrió (siempre tenía la costumbre de dormir con la puerta cerrada), lo primero que le llamó la atención fue ver que una tenue luz amarillenta atravesaba todo el pasillo, desde la habitación del fondo. Miró hacia delante, y se dio cuenta de que la luz no procedía de su casa, sino de la casa de enfrente. Se sintió extrañado, puesto que, lo último que supo de la familia que vivía en esa casa, fue que se mudaron varios años atrás. A decir verdad, nunca había visto a ningún miembro de esa familia, excepto a uno. Al pensar en él, notó como un escalofrío recorría su espalda.

Sólo lo vio en dos o tres ocasiones y no durante mucho tiempo, ya que su presencia le incomodaba. La primera vez fue cuando Diego tendría unos doce años, estando en el patio trasero de la casa. Era una tarde de verano, demasiado calurosa para salir a jugar a la calle, le dijo su madre, por lo que se contentó con jugar en su patio. Solo le bastaba con su pelota y la pared. Una de las veces, elevó demasiado la pelota y cuando levantó la cabeza, lo vio. En esa ventana (de donde ahora parecía proceder la luz). Quieto, con un semblante serio, pero mirándolo fijamente. Tenía un aspecto inquietante: bastante mayor y desmejorado, de unos sesenta años, calculó Diego, con gafas anticuadas de culo de botella, bastantes arrugas y calvo. Diego se sintió intimidado y se metió en su casa.

Otra de las veces, fue su madre la que lo vio primero y llamó a su hijo. Allí estaba de nuevo: de pie asomado a la ventana, mirándolos fijamente, sin inmutarse.

Pero de eso hacía ya bastantes años y, desde que la familia se fue, nadie volvió nunca a aquella casa. Por eso a Diego le pudo más la curiosidad que el miedo, y se acercó lentamente a la habitación del fondo, desde la cual podría ver mejor de donde emergía la luz. Atravesó el pasillo sigilosamente, para no despertar a sus padres y se internó finalmente en la habitación del fondo del pasillo. Desde allí pudo ver con claridad como una bombilla que colgaba del techo de la habitación de enfrente, estaba encendida. Pero hubo algo más que le inquietó: la bombilla se mecía ligeramente de un lado a otro.

<<Tiene que ser el viento>>, pensó Diego. Pero, en el fondo sabía, que no soplaba viento suficiente. En verano, nunca sopla el viento suficiente. De repente, justo cuando se disponía a marcharse de allí para avisar a sus padres (cosa que en un principio le había parecido bastante infantil, si despertara a su padre por una tontería, teniendo que trabajar al día siguiente, le daría una buena), le pareció ver un movimiento en la habitación de enfrente.

<<Joder, joder…>> Ahora si empezaba a estar asustado. Pero algo le empujaba a seguir mirando para asegurarse de si lo que había creído ver era real, o simplemente una alucinación. Al cabo de unos segundos, volvió a verlo, ahora con mayor claridad. Una sombra había cruzado la habitación de un lado a otro. Diego quiso gritar, pero sintió como su garganta se cerraba; casi no podía ni respirar. Sintió como el miedo le aprisionaba el cuerpo; se sintió pesado, cansado.

De nuevo la sombra, ahora más cerca de la ventana. De un lado a otro, lentamente, y como si estuviera flotando. Una sombra oscura, negra como el cielo. Y el peso y el cansancio aumentaban y la garganta se cerraba.

Y entonces pasaron dos cosas muy seguidas una de otra, prácticamente al unísono: la sombra se plantó enfrente de la ventana y, aunque no parecía tener ojos, Diego notó como lo miraba a él. Y seguidamente, se despertó.

Diego abrió los ojos y pegó un salto en su cama. Notó como si de repente su garganta se abriera de nuevo y pudiera respirar, como si el terrible peso que había estado aguantando apenas cinco segundos antes se hubiera esfumado. Se incorporó y se sentó en el borde de la cama. Miró a través de su ventana y vio que estaba amaneciendo. El sol comenzaba a regalar sus primeros rallos de luz y calor.

Diego se levantó, dejando a un lado sus zapatillas y se encaminó a su puerta. Cuando la abrió pegó un grito. En la habitación de enfrente de su casa, había luz.

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