Lo sencillo, también tiene su historia (Cleopatra Smith)

—¡Elisa!, ¡Elisa! Entra ahora mismo en casa ¿Cuantas veces te he dicho que no salgas a comerte el pan con chocolate a la calle? –gritaba en un a la vez susurro de voz su abuela desde la terraza, en ese intento de que las demás abuelas y madres no la escucharan.

Y si, era verdad, se lo había dicho un montón de veces, pero ella en esa su inocencia de niña no podía entender del porqué de esa prohibición; y  seguramente que ni se preguntaba de que misterios se escondían detrás de esa deliciosa merienda, para que tuviera que comérsela en el más absoluto de los secretos y a escondidas de los demás niños, en el cobijo de la cocina de su abuela.

Con el tiempo, esta anécdota nos la contaría mi madre a mi y mis hermanos, cuando nos preparaba esa misma merienda, y la razón de dicho misterio quizás no era tan simple como para contárselo a una niña, pero yo ahora, después de tantos años como han llovido, si os la voy a contar, a vosotros…

 

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  Mi madre fue hija única, mi abuela murió cuando ella contaba pocos meses de vida. ¿La razón de su prematura muerte? La tristeza, si, por que si se puede uno morir de pena y esta historia, lo confirma…

Todo comenzó con la guerra, la dichosa y fatídica guerra que todo lo destruye, que deja familias huérfanas y grandes heridas que nunca curan. Mi abuela vivía en un pueblo de las alpujarras, un lugar maravilloso y sumamente tranquilo. Buenas gentes que solo se preocupaban de labrar sus tierras y sacar adelante a sus familias, un trabajo honrado, aunque muy sacrificado y duro.  Gentes que nada tenían que ver con todo aquel tinglado de disputas, ni entendían del por qué tenían que estar de un bando o del otro, y aunque en un principio muchos se negaron, no les quedó más remedio que callar y acatarlo. Mi abuela era muy guapa, alta, delgada y para vivir en un pueblo, muy elegante y refinada; de hay que nadie se extrañara de que el capitán del regimiento se enamorara perdidamente de ella como lo hizo, aunque ese fue, el principio de su desgracia…

Esa preciosa noche de miles de estrellas en el cielo, los soldados llegaron sin contemplaciones arrasándolo todo, imponiendo su autoridad y dejando a todos bien claro quien estaba desde ya al mando, y quienes debajo de este. Hubo saqueos, muertes, alguna que otra paliza, mucho miedo, sobre todo a las posibles represalias contra las familias si no aceptaban la nueva situación; y por ello muchos se hicieron los tontos, mudos y ciegos, por el bien de los suyos y el propio, por que el miedo hace que cambies de prioridades e ideales. Los que no lo aceptaron ni quisieron rendirse (muchos de ellos jóvenes impulsivos) aunque rechinando los dientes huyeron hacia la sierra alta para salvar sus vidas, dejando a sus familiares a merced de aquellos soldados, con el corazón en la boca y el sufrimiento de no saber si algún día volverían a verlos vivos, muertos o si tendrían la desgracia de ser apresados y juzgados como desertores, prófugos o a saber que, aunque muchas veces en verdad, no se sepa que es mejor… En realidad, esos son algunos de los sin sentidos que generan las guerras y que dejan una marca para siempre tanto en los que la han vivido, como en sus descendientes, porque de una forma o de otra, todos quedan marcados por ellas…

Aunque de lo que yo no dudo, es de que en estas cuestiones no se trata de quien es el cobarde o el valiente, si creo que es más algo de supervivencia y de agachar las orejas para tragarse el orgullo por y para el bien de los tuyos, por que es lo que más te importa en esos momentos, no quien tenga o crea tener la razón. Y que para eso hace falta de mucha hombría y de ser muy cabal para poder hacerlo, por que dejarse llevar por la rabia como un animal y cargarse a dos o tres personas es más fácil que no hacerlo, y solo conlleva provocar mucho dolor y generar más problemas; pero contenerse, mantener la calma, mostrar la otra mejilla y dejársela abofetear humildemente una y otra vez… No, no es fácil, para nada lo es, y no es humillarse, al contrario, si tener muchas agallas.

Mis bisabuelos tuvieron que pasar lo indecible, ya que por esas circunstancias de la vida que uno no elige ni decide, se encontraron en uno de los bandos, por que alguien lo decidió así; y si tuvieron por el bien de todos, sobre todo de “la niña” que hacer de tripas corazón y consentir el cortejo, para que hubiese paz, para que no se la llevara a la fuerza, y a saber con que consecuencias para todos. Aunque también cuentan que él se enamoro de verdad de ella, que la respetaba y que también sufría lo suyo por esta circunstancia, por lo que estaba sucediendo, por obligarla a que le quisiera, por encontrarse en ese dichoso otro lado que tampoco había elegido y no tener consigo la verdad, que en una guerra donde solo hay sangre, sufrimiento y una total ausencia de razón… ¿Acaso alguien la tenga?  Y mientras ellos se revolvían por dentro pues ¿Que podían hacer más que rezar de que no se la llevara o algo todavía peor? Poco, por que cuando te encuentras con la espada y la pared, no te queda otra que acatar y hacer oídos sordos a tus propios reproches y miedos, y sufrir las cosas dentro del silencio de las cuatro paredes de tu casa, ya que también eres víctima,  y preso por ello en tu propia morada.

A mi madre de grande le contaron, de que en esos días se hicieron de muchas barbaries contra los habitantes del pueblo. Contaron de como entraban en las casas y las desvalijaban. Incluso le contaron, de como volcaban las tinajas del aceite que tanto sudor les había costado exprimir y guardar, y se reían al ver como este descendía espeso por esos callejones empinados de piedra para perderse por las acequias. Le contaron, que una vez vieron a una pobre anciana vestida con ropas viejas, demacrada y asustada, ir corriendo a por  un cuenco y una pequeña cuchara a su casa, para recoger con ello en los pequeños charquitos que quedan entre las piedras, lo poco que podía de ese aceite; pues muchas veces no tenían otra cosa que comer mas que pan de a saber cuando, con suerte solo de antes de ayer, y con algo de fortuna, algún ajo picado que alegrara en algo ese aceite, que a saber cuantos días ni siquiera tenían eso…Yo nunca entenderé, el por que las guerras vuelven a las personas animales, privándolas de sentimiento y corazón, provocando a su paso de tanto sufrimiento y dolor… ¿Y todo para que? ¿Para ganar? ¿El que?

Se dice que el destino de la personas también se puede cambiar, y aquel día mis bisabuelos vieron el cielo abierto y no dudaron ni un segundo de lo que  tenían que hacer. El regimiento debía partir hacia otros pueblos, aunque el capitán bien les juró que volvería a por ella; algo que ellos no iban a consentir, por ello aprovecharon de su ausencia para llevar acabo su plan. Había un pastor, de nombre José, ellos le conocían de cuando subía con las ovejas a pastar, y aunque “este” no era de su total agrado, era mejor que el que según ellos la desgraciaría, y sabían que a José, la niña le gustaba. Supieron que pronto tendría que ir a luchar, pues estaban reclutando a todo varón en edad. No les importo y este fue el plan, que llevaron a cabo:

Casaron a su hija y al pastor el mismo día en que el capitán se fue, y el mismo día en que José se iba a luchar. Puede que sea duro decirlo, pero quizás tuvieran esperanzas de que no regresara, y que el capitán al verla casada y haber sido de otro, la olvidara cual caballero ellos sabían que era, y desistiera. Tal como se dijo ¡se hizo!. Que mi abuela llorara lo que no estaba escrito y que dijera que antes monja y que preferiría morirse que verse casada con el pastor, poco se tubo en cuenta e hicieron oídos sordos.

—No te preocupes Elisa, que igual José no vuelve, y tu podrás rehacer tu vida sin haber consumado ese matrimonio, con alguien del pueblo…

La casaron en una ceremonia triste, silenciosa, no hubo invitados ni por supuesto banquete, era un arreglo y no estaban las cosas para celebraciones. Pero José no solo volvió de esa estúpida guerra, si no que reclamo a su esposa, el querer vivir con ella y por supuesto, de sus obligaciones maritales. Se quedaron a vivir con ellos, ya que la casa era bastante grande, y así él se ocuparía de las tierras, animales y demás. No es que fuera un mal marido ni la tratara demasiado mal, pero si era rudo, apenas tenía educación, y ella sufría enormemente con esa vida; sobre todo por la falta de amor, delicadeza, y ese romanticismo que ella soñó que sería vivir con el hombre que quieres. Pero la vida sigue y la providencia juega su papel sin preguntar, por lo que se quedo en estado, de mi madre. El embarazo fue difícil, pues ella sufría lo indecible, comía poco y mal, no se cuidaba, no era que no quisiera a ese hijo que llevaba en su vientre, era que ese hijo debía de a ver sido fruto del amor, no de un arreglo para evitarle una vida que ella en su imaginación, seguro que creyó sería mucho mejor que esta amargura que vivía ahora…

La niña nació y las cosas fueron de mal a peor, el deterioro de mi abuela era patente, y nada se pudo hacer para que volviera a sentir las ganas de vivir. Mis bisabuelos tuvieron que encargarse prácticamente de mi madre, pues ella estaba tan sumamente débil, que apenas podía con su alma; lo que acrecentó el mal humor y rudeza de mi abuelo, su marido. Y fuese el destino, la providencia, la única forma que ella supo encontrar para escapar de esa vida que ella no había elegido, que aquella mañana de un soleado y maravilloso día de agosto, ella no despertó…

Seguro que hubo llantos, remordimientos, echarse la culpa de todo pero “lo hecho, hecho estaba” y ya no se podía volver atrás. Mi madre se crió con sus abuelos, por que José renunció a su hija y hasta que no se vio mayor y solo, no quiso saber de ella.

Pero… ¿Por qué no podía mi madre comerse ese sencillo pan con chocolate en la calle? Pues por la sencilla razón de que su abuela temía de los cotilleos, que ella debía de mantenerse al margen de esta historia, pues en el pueblo se comentaba cada vez que la veían con ese dulce, que  ese chocolate que recibía varias veces al año, en paquete sin remitente, se los mandaba el capitán; por que nunca dejó de amarla a pesar de saberla casada y quiso siempre saber de ella, conociendo de su amarga muerte, culpándose él por ello y quizás de esta manera, quiso endulzar la vida de esa pequeña…

No sé donde empezará la verdad ni donde la fabula, solo sé que es increíble y que yo, antes de escribir estas letras, se la conté a mi hija.  

Comer chocolate con pan es para mí más que un recuerdo, es una forma de rendirle homenaje a mi abuela y decirle, que aunque no la conocí, la entiendo, pues sé que la vida no es fácil, y que yo por ello, la quiero.

 

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