Un recuerdo del mar (Irene Sanz Montero)

I

 Habíamos partido desde el concurrido puerto de Plymouth rumbo a Cartagena de Indias cinco días antes, y ya habíamos bordeado la escarpada costa de Cornualles, dejando atrás al poco las islas Scilly e internándonos en las aguas del Atlántico, en busca de mejor fortuna que la tristemente cosechada en Gran Bretaña. Hacía dos años que habían ahorcado a nuestra amiga, Ann Foster, en Northampton, por un crimen que no había cometido, y tan solo ocho meses antes, en Chester, a Mary Baguley, de modo que únicamente quedábamos Sophie Barnett y yo, Wilmot, con vida, aunque ignorábamos por cuánto tiempo más la conservaríamos. La encarnizada caza de brujas había terminado por provocar el exilio de muchas de nosotras hacia tierras algo más halagüeñas, en las que pudiéramos vivir sin ser atacadas ni perseguidas.

Y allí nos encontrábamos, aquel soleado tres de marzo de 1676, a bordo de un fastuoso aunque vetusto navío de tres palos, hacia una ciudad desconocida del Caribe, Cartagena de Indias, como digo, de la que no habíamos visto absolutamente nada. El viento del norte soplaba con fuerza en la marfileña arboladura y arrastraba al barco sobre la juguetona superficie del mar, haciendo un cadencioso bamboleo que provocaba náuseas en los marineros más novatos. Algunos de los más veteranos, a órdenes del capitán Flaherty, habían subido a la sobremesana alta, a las gavias del palo mayor y también al velacho alto del trinquete para poder recoger parte del velamen, puesto que los vientos septentrionales podrían llegar a desgarrarla. Las voces roncas de todos aquellos hombretones contrastaban enormemente con el suave arrullo del mar, cuando las olas coronadas de espuma blanquecina chocaban contra la gastada quilla del Gallardo. El aroma a algas y a sal marina era tan penetrante que en ocasiones llegaba a marear, y la humedad, tan poderosa, se pegaba a la piel y la volvía pegajosa. 

El Gallardo. Así se llamaba el navío que nos transportaba a nuestro nuevo hogar, aunque la incertidumbre era grande, y también un tanto insistente. ¿Acaso encontraríamos en Cartagena de Indias esa paz que nuestros detractores nos habían arrebatado allá en Norwich?

 

II

Fue entonces cuando el segundo oficial al mando del Gallardo, Vince Myers, nos ordenó a Sophie y a mí que nos escondiésemos en nuestros camarotes hasta nuevo aviso. ¿Qué era lo que estaba pasando?

Antes de penetrar de nuevo en las tortuosas entrañas del navío me atreví a echar un vistazo a los tripulantes. Los hombres del capitán Flaherty estaban inquietos sobremanera, como si algo ajeno a ellos mismos acabara de presentarse como una verdadera amenaza. Las órdenes de los oficiales, de por sí broncas, adoptaron un cariz turbador cuyo motivo no supe identificar hasta que no llevé los ojos a barlovento. Allí, nacido de entre la niebla, recortado en el cielo nuboso de poniente, acababa de aparecer un extraño galeón con arboladura castaña y pabellones negros. Fue entonces cuando supe a qué era debido el nerviosismo de la tripulación: piratas. Maldije en esos momentos todo lo que se me ocurrió maldecir, incluida, claro está, nuestra increíble mala suerte. El año 1676 estaba siendo especialmente encarnizado en cuanto a ataques piratas. Ya se habían tenido noticias de asaltos masivos por todo el Caribe, y ni siquiera Cartagena de Indias se veía libre de ellos. El lugar más castigado hasta la fecha había sido Maracaibo. Y ahora, si Dios no lo remediaba, el Gallardo también caería en manos de los piratas que surcaban los mares caribeños a sus anchas. Incluso se decía que algunos habían logrado patentes de corso de la mismísima corona de Inglaterra. 

El oficial Myers volvió a reñirme mientras yo observaba cómo el navío se acercaba en lontananza.

—¡Señorita Hobbes! —me voceó, señalándome inquisitivamente con un índice-. ¡No se lo repetiré otra vez! ¡Vaya con la señorita Barnett a los camarotes y esperen allí hasta que pase el peligro!

Intenté protestar, pero Sophie me cogió de los brazos y tironeó de mí para obligarme a ir adonde Myers me había dicho por segunda vez. Mordiéndome la lengua, di media vuelta, me coloqué mejor la almidonada cofia sobre la cabeza y tuve a bien bajar por la estrecha escalerilla de cubierta rumbo a nuestros malolientes camarotes. En cuanto entramos, Sophie cerró a cal y canto la puerta para, después, ir a la robusta cómoda de madera de castaño. Comenzó a arrastrarla por el suelo hasta colocarla ante la puerta. 

—Sophie —dije—. ¿Has visto lo mismo que yo?

 

III

 Me miró directamente a los ojos, y tan sombría me pareció su expresión que me dejó sin habla.

—Sí, Wilmot —me contestó, apenas con un hilo de voz—. Un barco pirata se nos acerca por barlovento. El Gallardo podría sufrir un abordaje si no lográsemos zafarnos de esa gentualla.

—Pero es un galeón. Pocas veces usan galeones, son demasiado pesados. ¿No suelen ir en navíos más pequeños para los ataques?

—No siempre —respondió Sophie. Nuestra conversación enmudeció de repente cuando se escuchó la primera de las andanadas de nuestro barco. “¡Ay!”, me dije. Los artilleros de Flaherty ya estaban cargando los cañones de estribor. Eso significaba, ni más ni menos, que el barco pirata ya estaba a tiro del Gallardo. ¿Cómo podía ser que en tan solo unos minutos se nos hubiera acercado tanto?

Ilustración de Rado Javor

Ilustración de Rado Javor

En respuesta a la andanada recibida, los piratas nos lanzaron otra. El sonido se oyó lejano pero atemorizador. Sophie dejó escapar un gemido de pura ansiedad.

—¿Y si nos abordan? —pregunté, con la boca tan extremadamente seca que parecía haber ingerido ceniza.

—Si nos abordan, reza para que no nos encuentren apetecibles, lo cual dudo.

Aquella contestación confirmó mi amarga sospecha. Con toda seguridad nos violarían, juguetearían con nosotras hasta convertirnos en ajados trozos de carne y luego nos pasarían a cuchillo. Sin embargo, no me permití a mí misma asustarme en exceso ni amedrentarme más de lo necesario.

—La pólvora y las armas están demasiado lejos de los camarotes como para ir ahora —opiné, más para mí que para Sophie—, pero el capitán tiene en su propio camarote un mueble donde guarda algunas de ellas.

—¿En qué estás pensando? —me preguntó Sophie, mirándome de nuevo con la faz lívida por la congoja. Yo dejé libre un resoplido de resignación.

—Tenemos que defendernos. Debemos ir a por un par de mosquetes, al menos.

—¿Mosquetes? ¡Pero si yo no sé disparar!

—Yo sí —me ufané—. Mi padre me enseñó después de retirarse de la marina.

—¡Somos mujeres, no soldados!

Aparté a un lado la cómoda de un violento empujón y abrí la puerta del camarote.

—Entonces quédate aquí y espera tu sentencia de muerte —escupí.

 

IV

 Y salí de allí a toda velocidad, dejando atrás a mi escandalizada compañera de viaje.

—¡Wilmot! —oí que me llamaba Sophie, a mis espaldas—. ¿Es que has perdido el poco juicio que tenías?

No quise responderla. Recordé en esos momentos las muertes de Ann Foster y de Mary Baguley, dos de las mujeres más bondadosas que Sophie y yo habíamos tenido la suerte de conocer. Ann había perdido la vida en Northampton, la ciudad en la que las cuatro habíamos nacido. Cuando nuestros enemigos continuaron acusándonos de brujería —cosa muy usual en aquellos años—, Sophie y yo nos mudamos a Norwich, mientras que Ann fue a Chester. Allí la ahorcaron. Poco faltó para que a nosotras también nos intentasen colgar en Norwich. Por esa razón, y no por otra, partimos a Cartagena de Indias. Pero no podía consentir que, de nuevo, fuésemos perseguidas y acorraladas, y menos aún cuando al alcance de mi mano estaban las armas de Flaherty.

—¡Vamos, Sophie! —la animé—. ¡Nos quedaremos en el camarote del capitán!

Sobre nuestras cabezas había empezado a escucharse ya el escalofriante estruendo del abordaje, de la lucha, una lucha feroz en la cubierta del barco. El entrechocar metálico de las espadas se mezclaba con el de los disparos de las pistolas, los mosquetes y los cañones. También había berridos, gritos, risas enloquecidas, maldiciones y lamentos. La sinfonía del horror. El infierno acababa de abrirse en el Gallardo, y de alguna manera no muy clara Sophie y yo teníamos que salvar el pellejo.

Al fin entramos en el camarote del capitán. Olía a almidón y a té rancio. Junto al feo y recargado escritorio estaba aquel mueble empotrado del que había oído hablar a Myers. Lo abrí. Contenía pistolas, mosquetes, pólvora, algunos floretes, unos cintos, talabartes y un par de dagas. No me lo pensé ni un segundo. Cogí uno de los cintos de cuero y me lo abroché. Me apropié después de uno de los mosquetes y de una bota de pólvora. Envainé un florete a mi costado, viendo a la vez cómo Sophie me miraba de arriba abajo con los ojos fuera de las cuencas.

—Definitivamente, te has vuelto loca —estimó, meneando afectadamente la cabeza. Un bramido cavernoso, desde el pasillo, nos hizo dar un brinco. En el umbral de la puerta acababa de aparecer uno de aquellos miserables, un filibustero escuálido de dentadura mellada. Sophie chilló, echando a correr hacia el fondo del camarote. Yo me encaré a él, muerta de miedo, pero su rapidez de movimientos me impidió empuñar el florete para defenderme. Se me echó encima y juntos caímos al suelo, entre patadas y arañazos. Sin embargo, la contienda duró poco. El pirata, tras exhalar un graznido sordo, cayó a mi lado, apuñalado por la espalda y escupiendo sangre escarlata por la boca. Desde el suelo, cansada de forcejear, miré a Sophie. Había hundido el puñal en la huesuda espalda del pirata, matándole a los pocos minutos, estúpidamente desangrado como un cerdo en la matanza.

—¡Bravo, Sophie! —la felicité, levantándome con su ayuda.

—Quizá tu padre te enseñase a disparar con el mosquete, pero el mío era espadero de la nobleza inglesa —explicó, sonriendo con cierta expresión enorgullecida. Yo también la sonreí.

—Pronto vendrán más —dije—. Hay que estar preparadas.

Y Sophie simplemente asintió.

 

V

 Se nos ocurrió entonces usar el macizo escritorio de roble como empalizada ante la puerta del camarote. Yo me ocupé de cargar las armas de fuego, mientras Sophie arrastró el escritorio por el suelo y lo empotró en el umbral, a la espera de más piratas. En total llegué a cargar seis mosquetes y tres pistolas. Si lo hacíamos bien, podríamos acabar con nueve vidas. Y ninguna de ellas se hizo esperar. El pasillo se plagó de piratas con una rapidez exasperante.

—¡Dispara, Sophie! —grité, al borde del ataque de pánico—. ¡Dispara!

Mi amiga apuntó torpemente a uno de ellos con un mosquete y le descerrajó un violento disparo. Recuerdo cómo le estalló el vientre ante nuestros propios ojos, regando las paredes de tripas y de sangre. Con mi mosquete encañoné a otro y disparé. El tiro le alcanzó el cuello y le reventó la tráquea. Ambos piratas cayeron al suelo, derribados, y ninguno de sus otros compañeros de correrías se detuvo un instante para estimar las pérdidas. Eran como animales enloquecidos, rabiosos, ese tipo de bestias humanas que parecen haber perdido el raciocinio a favor del más hondo de los salvajismos a los que puede llegar una persona.

Rápidamente, encañonamos a otros dos y los matamos. Cuatro eran ya los piratas que habían muerto a nuestras manos, si bien ellos a nosotros también nos disparaban. Por suerte, la madera del escritorio era fuerte y frenaba todas las balas. Sin duda debía resultar un extraño espectáculo ver a dos mujeres agachadas tras un escritorio volcado, disparando a unos piratas en mitad del pasillo de un barco.

Derribamos a otros dos, y luego a otros dos. Curiosamente, no apareció ninguno más. Al asomarnos, cautelosas, al pasillo, comprobamos que habían desaparecido. Tan solo quedaban los muertos.

—¿Adónde han ido? —preguntó Sophie mientras se quitaba el sudor de la frente con el dorso de la mano. No supe qué contestarle, aunque en el fondo de mi corazón supiese perfectamente la respuesta. Abandonaban el Gallardo. ¿Por qué?

Un estrépito de proporciones apocalípticas hizo que el barco entero temblase sobre nuestras cabezas y bajo nuestros pies.

 

VI

 —¡La santabárbara ha explotado! —exclamó Sophie, aterrorizada. Era cierto. La santabárbara del Gallardo acababa de saltar por los aires, y no tardaríamos en hundirnos.

—¡Sophie, tenemos que salir de aquí! —ordené, poniéndome en pie de un salto. Comenzaron a escucharse chasquidos y crujidos por todas partes. El suelo tembló y las paredes amenazaron con desmenuzarse. Saltamos por encima del escritorio y echamos a correr por el pasillo, dejando atrás nuestros propios camarotes a los pocos minutos y dirigiéndonos a la escalerilla de cubierta todo lo rápido que nuestras piernas nos lo permitían. En el momento mismo de subir a la superficie comprobamos, horrorizadas, que el fuego ya había logrado convertir la propia cubierta en una gigantesca ruina humeante. Y entre los escombros a medio consumir por el incendio podían verse decenas de cuerpos sin vida, unos del Gallardo, otros procedentes del barco pirata. Aquella imagen se me antojó dantesca.

De los tres palos del navío únicamente quedaba en pie el trinquete, y casi toda la arboladura estaba siendo pasto de las llamas, a excepción del sobrejuanete y los dos juanetes de proa. Las jarcias de proa se encontraban intactas. Si no encontrábamos pronto una manera de abandonar el barco, nos ahogaríamos sin remedio. Para colmo, los botes del Gallardo también se estaban quemando. ¿Qué era lo que nos quedaba por hacer?

Miré a babor casi instintivamente. Allí estaba aquel maldito barco pirata, tan cerca de nuestro barco que, de haber saltado por la borda, habría llegado a su cubierta.

—Wilmot —balbuceó Sophie, captando al vuelo la idea que yo acababa de tener—, no estarás pensando en…

—Sí —la interrumpí—. Coge aquellas drizas de allí. —Señalé hacia un montón de cuerdas que el fuego aún no había consumido—. Intentaremos amarrarnos a una de sus orzas.

—¡No! ¡Eso sí que no! Si subimos a bordo de ese barco nos matarán.

—¡Y nos ahogaremos si nos quedamos aquí! Aún estamos muy lejos de la costa, Sophie. No podemos hacer otra cosa.

 

VII

Se me quedó mirando con el gesto desvaído, como el que pudiera tener un condenado a muerte que sabe que su final está muy cerca.

—Esto es una locura —refunfuñó, agachándose a la vez para coger las drizas. Yo me sonreí. Al poco estimé que la falda y el corpiño llegarían a molestarme mucho una vez cayésemos al agua, de modo que terminé quedándome en enaguas y camisa. Sophie, aun a regañadientes, me imitó.

—¿Adónde crees que pueden ir ahora? —me preguntó, mientras veía cómo yo cortaba las drizas al tamaño que necesitaba.

—No tengo ni la más remota idea.

El plan era descabellado, y eso lo admití desde el principio. Aun así, era el único del que disponíamos. ¿Qué podíamos hacer, salvo eso? ¿Esperar en el Gallardo a que el fuego y el agua terminasen con nuestras vidas?

El barco pirata ya se marchaba rumbo suroeste. No teníamos mucho más tiempo.

—Sophie, escúchame —le pedí a mi asustada amiga—. Cuando saltemos al agua, procura nadar hacia la quilla del barco, ¿de acuerdo? Las orzas estarán a los lados de la quilla; si encuentras una, intenta atarte a ella—. Le rodeé la cintura con una de las drizas que había preparado y le hice un nudo en el vientre—. Yo haré lo mismo.

A pesar del miedo, eso hicimos. Sin que ningún pirata lograse vernos, saltamos por la borda y nadamos hacia la quilla. Ambas encontramos la misma orza y, con las cuerdas que llevábamos atadas a la cintura, nos asimos a ella. El empuje del mar era muy fuerte, y quizá nuestras fuerzas flaqueasen antes de llegar a puerto alguno. El único consuelo que teníamos era saber que ya estaba anocheciendo, y con la caída de la noche la marcha del barco menguaría.

 

VIII

Ignoro durante cuánto tiempo estuvimos en el agua. Una hora, quizá dos. Tal vez no más de tres, pero para cuando llegó la noche, ambas estábamos extenuadas. Sin embargo, tuvimos una suerte loca. El barco disminuyó la velocidad arriando todo el velamen, lo cual quería decir que estábamos llegando a una zona de arrecifes y, por lo tanto, había que ir con cuidado de no rajar la quilla. Por la posición del sol antes de que se hundiera en el horizonte, adiviné que los piratas habían tomado rumbo suroeste, como dije al principio. Supuse entonces que nos dirigíamos hacia alguna de las islas que había desperdigadas por las Pequeñas Antillas una vez dejamos atrás Barbados. ¿Acaso los piratas habían puesto rumbo a la célebre isla Tortuga? ¿O tal vez a alguna isla vecina, plagada de filibusteros, piratas y corsarios de toda condición y origen?

La respuesta no tardó demasiado en llegar. El barco terminó arribando en un puerto de cariz siniestro cuando la oscuridad era casi total. La gran luna llena fulguraba lánguidamente en el cielo caribeño como un gran faro de luz lechosa. Acabábamos de llegar a una isla cuyo nombre ignorábamos por completo. Se escuchó agitación a bordo. Voces, berridos, carreras de un lado para otro, pasos de acá para allá. Los piratas estaban bajando al puerto. Era el mejor momento para desatarnos de la espita de achique y abandonar por fin aquel navío de pesadilla.

—¿Crees que ya podríamos soltarnos? —me preguntó Sophie, dándoles voz a mis pensamientos.

—Mientras no nos vean, todo irá bien —dije yo, comenzando a cortar con el puñal las drizas que nos habían mantenido sujetas a la orza. Por fin, quedamos libres. A pesar del profundo cansancio que sentíamos, tuvimos que nadar hacia uno de los tres embarcaderos de madera de los que disponía el puerto. Pude contar cinco barcos más amarrados allí.

—Wilmot —me llamó Sophie, justo después de subir al embarcadero y escondernos en un lugar seguro, tras una alta pila de toneles y un montón de jarcias medio podridas.

—¿Qué?

—¿Qué hacemos ahora? —me preguntó mi compañera—. Hemos perdido todo nuestro equipaje y ni siquiera sabemos dónde nos encontramos. Nos hemos quedado sin nada.

—Sin nada no. —Me llevé una mano al escote y saqué de él un mojado saco de terciopelo índigo—. En el escritorio del capitán Flaherty encontré esto. Son joyas. Quizá podríamos empeñarlas para sacar algo de dinero.

Sophie me miró con gravedad. Nuestra situación era mala, sí, pero aún podía empeorar.

 

IX

Allí escondidas donde nadie, en efecto, podía vernos, decidimos que descansaríamos el resto de la noche hasta que llegase el amanecer. Mis sueños se plagaron de imágenes perturbadoras que aún a día de hoy no he logrado identificar. Por la mañana tenía todo el cuerpo dolorido, y Sophie no estaba mucho mejor que yo. Pero al menos estábamos vivas, y eso era una gran suerte. Al levantarme entre las jarcias y mirar hacia el interior de la isla, me topé con un pequeño pueblo de aspecto mugriento, uno de esos pueblos caribeños que con el auge de la piratería en aquellas aguas se había llenado de gente miserable. Criminales, asesinos, ladrones, contrabandistas. Si aquello no era Tortuga le faltaba muy poco para serlo.

Zamarreé a Sophie para que se despertase y después dejamos nuestro escondrijo, rumbo al interior del pueblo. Al ir vestidas tan solo con las enaguas, muchos de los que había por las calles se nos quedaron mirando con extrañeza. Muchos, claro está, sobrios. Algunos iban tan borrachos que no eran capaces de fijar la vista en nada concreto, lo cual era un alivio, por otra parte.

—¡Wilmot, mira! —me susurró Sophie entonces, tironeando de la manga de mi camisa  y señalando con el dedo hacia un lugar concreto. Ante la fachada de lo que parecía ser una taberna, se encontraba un hombre atado de pies y manos, consciente pero algo aturdido. Iba bien vestido y llevaba el cabello recogido en una coleta baja. A juzgar por los atuendos, parecía un caballero inglés.

—Un prisionero de esos canallas —dije, enfadada—. Seguro que le han dejado ahí toda la noche.

—No podemos dejarle —dijo Sophie.

—No, no podemos.

Echando un rápido vistazo a un lado y a otro de la calle y comprobando que nadie me veía, eché a correr hacia el hombre y comencé a cortarle las cuerdas. Sophie me siguió de cerca. Comprobé, asqueada, que el esparto de la cuerda se le había hincado tanto en la carne que casi le había llegado al hueso. La sangre manaba en abundancia. El caballero me miró con perplejidad.

—¿Quién es usted? —me preguntó.

—Wilmot Hobbes, señor —contesté, tras soltarle las manos y empezar a cortarle la soga de los tobillos—. Mi amiga y yo íbamos a bordo de un navío llamado Gallardo cuando los piratas nos atacaron.

—Yo iba a bordo de otro rumbo a San Juan de los Cayos. También lo abordaron e hicieron reventar la santabárbara. Me llamo Nicholas Rosenwick.

 

X

—¿Usted sabe dónde nos encontramos, señor Rosenwick? —preguntó Sophie, mientras vigilaba por si se acercaba alguien a la taberna. Yo no tardaría más que unos segundos en cortar las cuerdas que mantenían preso al caballero.

—Al noroeste de Tortuga, en una isla que se llama La Orchila —contestó Nicholas. Al fin corté todos los amarres y entre las dos ayudamos al caballero a ponerse en pie. Corrimos a ocultarnos tras la cantina. A partir del huerto abandonado que allí había, la selva se espesaba más y más.

—¿Adónde piensa ir? —le pregunté, barruntándome que aquel hombre era más de lo que parecía ser.

—A San Juan de los Cayos, por supuesto —me respondió—. Se me espera allí. Soy médico y se me ha hecho llamar para atender a las nuevas colonias. Antes ejercía en Newport.

—¿Podríamos ir con usted? —pidió Sophie.

—A nosotras no se nos espera en ningún sitio, señor. Íbamos a Cartagena para comenzar una nueva vida, pero lo hemos perdido todo —intervine yo.

—Todo menos la vida, señorita Hobbes —dijo Nicholas—. Cuando se tiene una profesión como la mía, todo, excepto la vida, acaba gozando de un valor relativo. Solo la vida tiene un valor absoluto, muy por encima del resto de las cosas. Respecto a venir conmigo o no, eso depende de ustedes, señoritas. Por mí no existe problema alguno. Pueden acompañarme si eso es lo que quieren.

Sophie y yo nos miramos mutuamente, preguntándonos la una a la otra qué era lo que podíamos hacer, y qué era lo que debíamos hacer. Podíamos marcharnos con el señor Rosenwick, pero, ¿era lo correcto? ¿Era lo justo?

—No podemos hacer otra —dijo Sophie a mi oído—. Necesitamos ayuda, Wilmot.

—Yo las ayudaré en todo lo posible una vez lleguemos a San Juan—se ofreció Nicholas, entonces. No había nada más que decir.

—Está bien —acepté, asintiendo con la cabeza—. El problema es cómo llegar hasta allí.

—Podríamos intentar robar un bote y algunas provisiones —opinó Nicholas—. Bordear la costa será menos peligroso que ir por tierra.

Sophie y yo asentimos. Era lo mejor, sin duda.

—Hagámoslo —resolví, decidida.

 

XI

Como ya he dicho, un total de cinco barcos había amarrados en los embarcaderos del puerto, pero no encontramos ni una mísera chalupa que pudiésemos robar o comprar. Debíamos ir a otra zona de La Orchila donde hubiera pescadores. Así pues, abandonamos la aparente seguridad de aquel pueblo desconocido y comenzamos una larga y agotadora caminata por tierra, sin perder de vista el mar en ningún momento. Al llegar el mediodía, un calor sofocante y húmedo convirtió nuestro particular peregrinar en otro infierno, uno distinto del que habíamos padecido ya. Para colmo, deduje que cerca de allí debía haber manglares a juzgar por la monstruosa cantidad de mosquitos y tábanos que nos rodeaba. Durante aquel calvario, Nicholas Rosenwick nos estuvo contando ciertas desventuras que sufrió estando en Newport. Por lo visto, ni siquiera los médicos se veían libres de las acusaciones de brujería. Tal y como nos había ocurrido a nosotras en Northampton, a él también le habían acusado de tal necedad sus propios detractores, apoyándose en sus pioneros métodos de curación y asegurando que era el mismísimo Satanás quien llenaba de ideas perversas su cabeza. Por suerte, no habían sido tan obstinados como los nuestros y pronto olvidaron el asunto. Fue entonces cuando recibió el aviso desde San Juan de los Cayos. Se precisaban médicos para las colonias inglesas.

En ese punto exacto de las explicaciones llegamos a una pequeña aldea costera, una aldea de pescadores. Había un embarcadero humilde y lo menos veinte botes amarrados en sus postes.

—Sophie, ¿crees que podríamos canjear uno de esos botes por las joyas de Flaherty? —pregunté. Sophie asintió.

—Y provisiones —añadió—. Necesitamos llegar con vida a San Juan, y a ser posible sin pasar hambre.

Un pescador barrigudo de tez abotargada nos vio charlar en el embarcadero y se acercó a nosotros con cara de malas pulgas.

—¿Quiénes sois y qué estáis haciendo aquí? —barbotó, con la voz ronca por el alcohol, presumiblemente. Rosenwick, que no dejaba de ser un caballero, y por tanto educado, se acercó al hombre en actitud diplomática.

—Buenas tardes, señor —le dijo, haciendo una ligera reverencia—. ¿Es usted el propietario de alguno de estos botes?

—Sí, lo soy —rezongó el pescador.

—Queríamos saber si podría usted vendérnoslo.

—¿Cómo?

Yo saqué entonces la bolsa de terciopelo en la que guardaba las joyas que había encontrado en el camarote del capitán Flaherty, y ante las narices del pescador las hice tintinear.

—Podemos pagárselo.

 

XII

No resultó complicado convencer a aquel gañán para que nos cambiase su bote por nuestras joyas. Además de eso, tuvo a bien darnos un poco de cecina, pan, queso y unas tortas de anís hechas por su mujer para el viaje. Según dijo, lo íbamos a necesitar. Y lo cierto es que no se equivocaba lo más mínimo.

Salimos del poblado de pescadores hacia la hora de comer, cuando más calor hacía. En cuanto abandonamos la isla de La Orchila rumbo a tierra firme, esto es, la zona norte de Venezuela, nos vimos a expensas de la tempestad marina más virulenta que jamás había llegado a ver. Los nubarrones nos cubrieron casi de repente, y tan pronto como aparecieron por el horizonte nos temimos lo peor. Las olas y el viento zarandearon nuestro bote hasta el punto de hacer caer al agua a Sophie. La divina Providencia quiso que Rosenwick y yo tuviéramos buenos reflejos a la hora de volver a subirla a bordo. La tormenta duró alrededor de media hora, pero fue más que suficiente para, básicamente, hacernos creer que había llegado la hora de morir. Pero no fue así.

Pasadas varias horas de la tempestad, divisamos tierra. El bote nos llevó por el borde de la costa, ante los pueblos de La Guaira y Maiquetía. Siguiendo dirección oeste, pasamos ante Maracay y terminamos haciendo una pequeña parada en Puerto Cabello, que por entonces únicamente se trataba de un poblacho miserable en el que, sin embargo, no faltaban ni la taberna ni el burdel. San Juan de los Cayos se presentó ante nosotros al anochecer. Tal y como Rosenwick había asegurado, dos de sus compañeros de profesión le estaban esperando. La casa de los médicos se encontraba anexionada a la enfermería, que a su vez se emplazaba a las afueras de San Juan. A nosotras, a Sophie y a mí, nos atendieron a las mil maravillas. Comimos hasta hartarnos y nos dieron buenas ropas con las que vestirnos. Pero lo que más necesitábamos era dormir. Después de la cena, los dos médicos y Sophie se retiraron a sus alcobas, dejándonos solos a Rosenwick y a mí en el modesto salón de la casa.

—Estoy bastante cansada —dije, en medio de un bostezo recatado—. Me iré pronto a la cama.

—Todos necesitamos reponer fuerzas, señorita Hobbes —añadió Rosenwick, estirándose perezosamente—. Y ahora que lo recuerdo, al otro lado del pueblo se necesitan camareras para una cantina. Tal vez quisieran la señorita Barnett y usted trabajar allí para ir empezando.

—Cualquier trabajo bastará mientras nada tenga que ver con el mar —bromeé yo—. Todo cuanto ha ocurrido quiero que sea un recuerdo, y nada más.

—Pero será uno que pueda contar. Uno del mar.

—Sí —susurré, sonriendo—, un recuerdo del mar. 

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8 respuestas a Un recuerdo del mar (Irene Sanz Montero)

  1. Alex de la Rosa dijo:

    Me ha gustado mucho, lo he disfrutado de principio a fin. En cuanto lo empecé no pude dejarlo. Sabes meter al lector en tu historia: en mi caso, casi he podido verme en el barco. Quizás puedas hacer una segunda parte dónde continúe el viaje de Wilmot, Sophie y Nicholas. Lo leería sin dudarlo. Saludos!

    • Irene Sanz dijo:

      Muchísimas gracias, Alex!!! Me alegra enormemente que te haya gustado. Si te soy sincera del todo, este relato comenzó a lo tonto. Tan solo pretendía escribir la parte I y dejarla así a modo de pequeño apunte, pero me acomodé tanto a la primera persona y al ambiente general que decidí seguir. Y ese es el resultado. ¿Crees que podría hacer un segundo relato? Igual Jorge está de acuerdo en que se haga una segunda entrega para el mes que viene, también en tema libre. No sé, a ver qué decís… Que decida el capitán del barco :))))

  2. manolivf dijo:

    Me ha gustado mucho, Irene.Describes muy bien las situaciones de los personajes y recreas el ambiente; no resulta fácil encajar en la brevedad de un relato las peripecias de estas intrépidas mujeres, pero tú lo haces facilmente con las palabras justas; lo único que me parece que banalizas es al final al englobar tan singular historia como “un recuerdo del mar” siendo, a mi juicio, toda una odisea. Un saludo. 🙂

  3. Irene dijo:

    Mil gracias, Manolivf!!!
    La verdad es que el tema de la navegación siempre me ha atraído mucho, aunque no esté muy familiarizada con ese mundo. Indagando aquí y allá me entusiasmé y salió esto.
    Y respecto a lo banal del título, toda la razón. Precisamente al terminar pensé eso. Me dije “vamos a ver, son 12 partes y en cada una pasa algo importante”. Pero lo dejé así por vaguería, lo reconozco, jajaja. Como le dijo a Alex, en principio el recuerdo del mar era solo la parte I, eso sí es un recuerdo. Lo demás me da que no, tienes razón 🙂
    Un besote y gracias!! 🙂

  4. eva dijo:

    Sin palabras. Me ha entusiasmado. Amenísiiiiiiiiimo…Genialmente documentado, es como recuperar las novelas de aventuras que siempre leía cuando disponía de más tiempo. Me parece una narración brillante, limpia, a pesar de su complejidad…me parece dificilísimo escribir sobre estos temas; para mí que no desmerece en nada a obras ya publicadas del mismo genero. Irene, eres la reencarnación de Stevenson? Y sería estupendo que hicieras una serie de aventuras sobre Wilmot y Sophie, aunque una vez asentadas derivara en algo parecido a “la casa de la pradera”, pero seguro que lo haces interesante y diverso. Y, mira, ahora que hablo de ellas, es que, además, entre estás dos se produce un contrapunto bárbaro que da mucho juego a la narración, me parece un acierto el perfil y la elección de los personajes…. No sé si se nota que me ha gustado mucho. Gracias por compartirlo, Irene.

    • Irene Sanz dijo:

      Un millón de gracias, Eva, guapa!!! Me sonrojas, me sonrojas muchooo!!! GRACIAS!! 😀 Para mí es un orgullo haber conseguido “emular” a un grande de la literatura como Stevenson, aunque me queda un buen camino por delante para llegar a su nivel de maestría. ¡Quién pudiera alcanzar esa destreza literaria, pardiez!
      Sigo dándole vueltas al asunto de hacer una serie de aventuras con estos personajes. Supongo que en el siglo XVII San Juan de los Cayos también sufriría sus ataques piratas, se podría comenzar la segunda entrega con un nuevo ataque.
      Una pequeña cosa que no he comentado -al hilo de que me digas que hay contrapunto entre las dos mujeres- es que ni Wilmot, ni Sophie, ni Nicholas son reales, por supuesto, pero al comienzo del relato cito tanto a Mary Baguley como a Ann Foster, y esas dos mujeres sí fueron reales. Ambas fueron colgadas en la horca, acusadas de brujería, la una en Chester y la otra en Northampton, y ambas en esos años, 1600 y pico. Con Wilmot y Sophie quería evidenciar el ansia rebelde de esas mujeres por liberarse del baldón de la brujería. Wilmot es el nombre de una de las acusadas en el proceso de Salem de 1692 (Wilmot Reed), y su apellido lo saqué del pensador Thomas Hobbes, uno de mis favoritos por el libro “Leviatán” (ya sabéis, un demonio que se ha relacionado siempre con el mar). Por eso ella es más guerrera que Sophie, que representa, por su nombre, la sabiduría y la prudencia.
      Gracias a ti por leerme, hermosa, un besazo!!!! 🙂

  5. manolivf dijo:

    Enhorabuena Irene. Tu relato es perfecto, magistralmente narrado, me cautivó desde el principio. Te mereces ganar y me alegro de que así sea.Un saludo. 🙂

    • Irene Sanz dijo:

      Muchísimas gracias, de verdad!!! 😀 Estoy contenta con el resultado, no creí que fuese a recibir tan buena puntuación teniendo en cuenta la calidad de muchos relatos. Había mucha competencia. Jorge ha logrado reunir escritores con una pluma envidiable. Un besote, guapa!

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