Ella (Alex de la Rosa)

Cuando te has movido lo suficiente como para conocer a cientos de personas y, sin embargo, no llegar a conocer a ninguna de ellas, uno se acostumbra a que eso sea algo normal y hace que el siguiente movimiento resulte menos doloroso. Por eso Carlos no hizo otra cosa que asentir con la cabeza, cuando su padre les comunicó que debían de moverse de nuevo. Demasiado tiempo habían pasado en esa casa, pensó Carlos. Tres meses había sido casi un record. Y con el cambio de casa venían, como siempre, el cambio de amistades; aunque a éstas alturas, Carlos ya sabía que nunca durarían mucho, por lo que cuando conocía a alguien nuevo, automáticamente construía un muro lo suficientemente resistente para que nadie pudiera traspasarlo y llegar a él en el poco tiempo que permanecieran en el lugar.

Estos continuos cambios se debían principalmente al trabajo del padre de Carlos; era piloto comercial y, con los años, había conseguido que le mantuvieran la misma línea de destinos, al menos durante varios meses. Por eso, y debido a que tenía bastante dinero – he aquí la segunda de las razones por las cuales estos cambios – el padre había sugerido en una ocasión el acomodarse en los lugares donde le asignaban la línea de destinos y así, aprovechar para visitar nuevos lugares y a la vez, permanecer el mayor tiempo posible juntos. Sin embargo, aquella era la idea original: desde entonces hasta ahora, todos sabían que el padre tan sólo pasaría por casa varias veces al mes, ya fuera por la ocupación de su trabajo, o por el entretenimiento que había encontrado los últimos años visitando otras ciudades por su cuenta, y conociendo a otras mujeres, también por su cuenta, claro está. Esto último, su mujer no lo sabía…o quizás, después de tantos años, no quería saberlo.

El nuevo destino, según el padre de Carlos, era una casita no muy grande, pero con un jardín inmenso que la rodeaba, situada en un pueblecito de muy pocos habitantes, a las afueras de Sevilla. Cuando llegaron, todos observaron la casita aparentemente con admiración, pero en el fondo con indiferencia, sobre todo Carlos, pues la cuenta atrás para que se marcharan de nuevo, comenzaba en ese mismo momento. Efectivamente, un lustroso jardín rodeaba la vivienda, una construcción hecha de piedra, organizada como en dos partes que se comunicaban entre sí, haciéndola parecer más grande de lo que era en realidad. Y efectivamente, como ya había vaticinado el padre cuando anunció el nuevo cambio de residencia, el lugar era una divinidad. La urbanización dónde se encontraban, estaba rodeada de vegetación: arboles altos, plantas y flores de diverso colorido…Un lugar bastante tranquilo, dónde podrían hacer su vida sin preocupaciones, al menos hasta el momento en el que tuvieran que cambiar de residencia.

La familia tardó poco en acomodarse. A los pocos días, Carlos comenzó a ir a clase y, para su sorpresa, conoció a alguien antes de lo esperado. Su nombre era Iván y, en un principio, le pareció bastante raro. Pero poco a poco, se dio cuenta de que se le parecía bastante: muy reservado, introvertido, solitario…Fue por esto, por lo que comenzó a sentarse a su lado, y conectaron de manera inmediata.

La vida de Iván había sido bastante difícil: según contaba, su madre había muerto cuando él era muy pequeño; de hecho casi no recordaba su rostro, si no fuera por las fotos que su padre había guardado. Era lo único bueno que había hecho el padre, decía, puesto que lo que se dice cuidar, poco había cuidado de él. Desde que era un crío, Iván comenzó a entrar en centros de menores. Sus fechorías se sucedían de manera continua; sin embargo, su carácter violento y despreocupado contrastaba en gran medida con su inmejorable comportamiento dentro de los centros; era por esto que duraba bastante poco en ellos. Y cada vez que salía, al volver a casa, la relación con su padre se truncaba cada vez más. Por lo tanto se había ido fabricando su propia personalidad, sin la figura de padre en el que poder reflejarse y sin el amor que su madre le podía haber dado.

Pasada una semana, Carlos decidió invitar a su nuevo (y provisional) amigo, a su casa. Era la primera vez que se abría a alguien tan pronto, pero es que Iván era tan parecido a él, que no se lo pensó dos veces.

Cuando Iván llegó a la casa, la contempló con entusiasmo. Había pasado por allí alguna que otra vez, y poder entrar en un lugar así casi parecía más un sueño que una realidad. Pero dentro, una vez que se encontraron en el centro del salón, le esperaría una sorpresa aún mayor. Fue un instante, una mirada seguida de una extraña sensación. Cuando entró, la vio. Y no hubiera podido apartar los ojos de ella, debido a que se encontraba en una especie de trance, si no llega a ser por un ligero codazo de Carlos.

– Vamos, te enseñaré la casa

Iván no quería ver la casa. Quería seguir viéndola a ella. Aquella mujer, le había cautivado en cuestión de segundos. Pero aquella mujer debía ser, si no se equivocaba, la madre de su nuevo amigo. Sin embargo, hizo el esfuerzo de apartar los ojos de ella que, durante todo ese tiempo –que a él le había parecido una eternidad, ya que casi notó como si se hubiera parado el tiempo-, le había devuelto la mirada, acompañada de una ligera sonrisa. Y siguió a Carlos por toda la casa, aunque en el fondo, su mente seguía allí.

El improvisado tour terminó en el cuarto de Carlos, y allí se sentaron a hablar de sus cosas. El tiempo voló, e Iván se tuvo que marchar, no sin antes buscar por última vez con la mirada a la mujer; sin embargo, para su pesar, no la encontró.

Por eso mismo, a la mañana siguiente, en vez de dirigirse a clase, se desvió por varias calles hasta llegar a la casa de Carlos. Se escondió detrás de un árbol situado justo enfrente, y comenzó a observar, a la espera de que apareciera. Y, pasado un tiempo –que a Iván se le hizo eterno-, la vio. Salió al jardín, con un cesto de ropa en su regazo, y se dirigió al tendedero. Ella dejó el cesto en el suelo, y cada vez que se agachaba a coger una prenda, Iván podía ver como el vestido que llevaba, se ceñía a su cintura, haciéndolo estremecer de arriba abajo. Por un instante se le pasó por la cabeza salir de su escondite y dirigirse hacia ella para recorrer su cuerpo con sus manos. Nadie, en tan poco tiempo, le había cautivado de aquella manera y, por supuesto, era la primera vez que una mujer tan mayor le llamaba tanto la atención. Y todavía más difícil: era la madre de su nuevo mejor y único amigo. Pero con todo, al volverse más complicado, se volvía más excitante para Iván. Dicen que lo prohibido, es lo más deseado. Cuando ella volvió al interior de la casa, Iván decidió marcharse, temiendo que algún vecino lo viera allí y le llamara la atención. Lo último que quería, era hacerle sentir incómoda.

No fue hasta varios días después, días en los que Iván acudía a menudo a casa de Carlos y en los que había empezado a tomar cierta confianza con ella -hasta tal punto que conseguía acercarse a su rostro, sin que pareciera importarle-, cuando tuvo la oportunidad y el valor de hablar directamente con su más preciado deseo. Sucedió que, estando los dos amigos en el cuarto de Carlos, Iván se excusó diciendo que necesitaba ir al baño. Naturalmente, se alejó de la puerta del cuarto de baño, para dirigirse a las escaleras que conducían al salón, en el piso de abajo. Y allí estaba ella, como normalmente hacía, sentada en el sillón, con el televisor encendido aunque, en ésta ocasión, no le prestaba atención, puesto que estaba enfrascada leyendo un libro. De hecho, ella no se percató de su presencia hasta que no se sentó a su lado. Con un pequeño grito de sorpresa-que a Iván le fascinó-, le regaló una sonrisa amable.

Y, pese a que al principio, a Iván le pareció imposible formular palabra alguna, al cabo de un rato y con la ayuda de su dulce voz bailando en sus oídos, el monólogo se convirtió en diálogo. Él aprovechaba cualquier excusa para acercarse cada vez más; y lo curioso es que a ella, no parecía importarle. Llegó un momento, en el que ya no se pudo acercar más, pues sus cuerpos estaban en contacto. La mujer era la que llevaba la palabra en la conversación, y él la miraba directamente a los ojos, tan cerca de su rostro, que notaba como el aire salía de su boca. Iván casi no escuchaba lo que decía…<<Carlos sufría mucho al principio pero…>> Sólo veía como sus labios se movían, unos labios carnosos, muy provocativos. <<Sé que podría haber sido más feliz si hubiera tenido una casa fija, como un niño normal…>> Un mechón de pelo le caía por la frente y en un delicado gesto, se lo retiró hacia atrás. Como hubiera deseado ser él, el que hubiera acercado su dedo para acariciar ese pelo negro tan precioso.

Como si alguien le hubiera dado un pequeño empujoncito, Iván se acercó lo poco que le quedaba hasta los labios de ella y se mantuvo allí durante, lo que le parecieron las mejores horas de su vida. Ciertamente, al principio no ocurrió nada. Él seguía pegado a sus labios y durante algunos segundos, el mundo entero desaparecía, y sólo quedaban ellos dos. Por fin se había atrevido a acercarse, y parecía que su deseo más preciado, le correspondía. Sin embargo, de golpe, salió del trance en el que se encontraba. Ella se echó hacia atrás con los ojos abiertos como platos y con una expresión más de sorpresa que de disgusto.

– Iván, lo siento. Pero sabes que estoy casada – Dijo, agachando la cabeza, como avergonzada – Además, podría ser tu madre.

Esa afirmación fue la que terminó de despertar a Iván. <<Como su madre>>, que había muerto cuando él era pequeño. <<Como una madre que no había tenido>>. ¿Eso había sido todo? Esa confianza que le había otorgado la mujer… ¿había sido por lástima de un niño huérfano de madre?

Iván se levantó de un salto, sin apartar la vista de sus ojos. De repente, la pasión, la excitación y el deseo se transformaron en ira. Ella se incorporó y le colocó su mano sobre su hombro, para tranquilizarlo. Pero lo que hizo fue enfurecerlo más. Y cuanto más se disculpaba, más lo irritaba. Finalmente le apartó la mano de manera brusca y se volvió hacia las escaleras. Cuando se dirigía de nuevo a la habitación de Carlos, se frenó en seco en medio del pasillo. Su cabeza echaba humo << ¿Por qué has sido tan zorra? Has dejado que me acerque hasta el final…me has hecho creer…>> De repente, como movido por una fuerza externa, su ira se convirtió en sosiego. Y se sintió confortado, porque entendió lo que tenía que hacer. Se volvió sobre sus pasos, y comenzó a bajar de nuevo las escaleras. A esas alturas, ella volvía a estar de espaldas sentada en el sillón, leyendo aquel libro. Iván se agachó sigilosamente, y se desató el cordón de uno de sus zapatos, para, a continuación, sacarlo del mismo y hacerse con él. Lo sujetó por los dos extremos y se acercó de manera silenciosa por su espalda. En un rápido movimiento, rodeó su cuello con el cordón, y apretó con todas sus fuerzas. Ella levantó la cabeza y la última expresión que Iván logró contemplar en sus ojos, fue la de súplica. Sin embargo, no tardó demasiado en dejar de respirar. Había sido tan fácil… A continuación, aflojó el cordón y acercó su rostro al de la mujer. <<Ahora todo será mucho mejor, espero que puedas verlo>>, le susurró. Recorrió sus labios por su rostro amoratado, hasta llegar a sus oídos. <<Pudiste haber sido mía, y te hubiera dado todo, pero has decidido… Te deseo de todas formas, cariño>>

Iván volvió a la planta superior, pensando que Carlos estaría bastante extrañado por su tardanza; de hecho le parecía asombroso que no hubiera salido de la habitación a buscarlo todavía. Pero realmente, ese niño era un inútil, se dijo Iván. Y pensar que por un momento había creído que eran iguales…

Justo antes de abrir la puerta de la habitación de Carlos, escuchó una voz procedente de otra habitación, al fondo del pasillo. Se acercó sigilosamente y pegó el oído a la puerta. La voz en cuestión era de una mujer, o más bien de una joven.

Iván volvió sobre sus pasos y entró en la habitación de su amigo.

– Cuanto has tardado. Creía que te habías ido

– Tenía un apretón. Te recomiendo que no entres en el baño en los próximos dos días.

Ambos rieron, y el asunto de la tardanza pareció olvidarse. Acercándose a Carlos con su eterna sonrisa de pura inocencia, Iván añadió:

– Por cierto, no me habías dicho que tenías una hermana.

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6 respuestas a Ella (Alex de la Rosa)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha encantado tu relato aunque…aún tengo los pelos de punta. Un saludo. Amaya

  2. Alex de la Rosa dijo:

    Gracias a tí por leer mi relato y comentar. Me alegro que te haya gustado y si he conseguido inquietarte, es ya un logro. Gracias de nuevo y un saludo!

  3. eva dijo:

    Iván? El terrible, supongo. Esta juventud!!! En fin, que no se debe jugar con fuego esta buena señora debía de saberlo, pero quién se iba a imaginar semejante fin! Desproporcionado. Y estremecedoramente interesante el rato que me ha proporcionado su lectura. Gracias por compartirlo, Alex.

  4. Alex de la Rosa dijo:

    Gracias a ti por leerlo y valorarlo Eva. Me alegra que te haya gustado. Un saludo.

  5. Tritio dijo:

    ¡Uf, uf, uf! Me tienes en tensión… ¿y ahora qué pasará con la hermana?
    Si la lectura fuese una droga (que lo es), tu tendrías a mucha gente enganchada para que les des más de este relato.

    Perdona si no hablo (como es más habitual en mí) de aspectos más técnicos del relato, pero es que ha sido un “in crescendo” que me ha dejado sin palabras. El comienzo, lento, me ha hecho querer saltar algún que otro párrafo para “acelerar” la lectura (luego siempre acabo volviendo y tardo más…), pero luego, luego me he descubierto casi tocando la nariz con la pantalla según leía más.

    ¡Bravo!

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