Barretina (Juan de Argaño)

Barretina fue el primer propietario de la ballesta. Juan Mayo, el dueño actual, la había heredado cuando aquél murió. Como debe decirse en estos casos, el luctuoso hecho acaeció en un terrado, durante una calurosa noche, aquélla en la que al sargento Del Pulgar se le ocurrió hacer una incursión, por chulería, aprovechando la oscuridad.

-¡No hay güevos! –dijo uno, golpeando la mesa con la jarra de vino.

-Huevos es lo que aquí sobra –rumió el aludido, el tal Del Pulgar-. Esta noche nos metemos hasta la cocina del moro, y le dejamos esa jeta de cerdo, por si alguien tiene alguna duda –añadió, señalando una careta ahumada, seca como la mojama, que parecía un antifaz con orejas puntiagudas.

Y allí estaban, en la oscura noche, tumbados sobre el ajarafe. No se podía negar que el sargento los tenía bien puestos, y no era de los que mandaba a los suyos a los fogones de Pedro Botero, despidiéndoles en la puerta del cuartel con el pañuelo. Del Pulgar iba el primero señalando el camino. Es un decir, claro. Unas veces iba el primero, y otras el último, según conviniese, pero en cualquier caso allí estaba, siempre; también esta vez.

Distribuyó al pequeño grupo por callejones, postigos y huertos. Esa nueva moda de hacer la guerra en silencio resultaba indecente para los nobles, pero curtía a los peones, y era del agrado de la tropa. Cuando salía bien. Si iba mal, la chufla y el cachondeo atormentaban a los derrotados durante largo tiempo, contando con que sobrevivieran. Cualquier día alguno tendría la ocurrencia de colarse en la mismísima Granada y clavar el Avemaría en la puerta de la mezquita. Pero eso todavía no había sucedido. Quién sabe si algún Del Pulgar lo haría. Éste, de momento no se atrevió a tanto, y el asalto se centró en una pequeña ciudadela de frontera.

-Tú, Barretina, a la azotea –ordenó el sargento.

Con él subió su asistente, Juan Mayo, recluta, novato. Cuando la batalla era en campo abierto, sujetaba el parapeto, cargaba el arma o lo que conviniese para que la frecuencia y eficacia de tiro del veterano fuese letal. Lo adecuado en esos manejos.

En las incursiones nocturnas no se utilizaban los parapetos. Todo se fiaba a la discreción y rapidez. Por eso, el veterano empleaba la ballesta ligera, su predilecta, la que llevaba su nombre grabado en la cureña de tejo. Ya sólo se leía Barret… El resto, en la zona de la llave, se había borrado, gastado por el uso. Era un arma bien calibrada, perfecta para tiros precisos.

Así aprendió Juan Mayo el oficio. Escuchando lo que Barretina decía, poco y mal hablado, en aquel castellano mezcla de catalán y genovés, que no lo entendía ni la madre que lo parió. Y sobre todo, viendo, fijándose en el manejo del veterano, que había reconocido en el recluta una especial habilidad para ese tipo de arma. Por eso, contra toda costumbre, le dejaba practicar con alguna de sus ballestas. Nunca con Barret, a la que mimaba y susurraba como a una hija.

La misión del recluta en las incursiones se reducía a estar atento y llevar los pertrechos. El veterano se ocupaba de los objetivos y de cargar, apuntar, disparar. Si el barullo era en campo abierto los tiros venían habitualmente del mismo lado. Pero en este tipo de acciones, cuando se levantaba la liebre, nunca se sabía por dónde podían llegar. Por eso Juan Mayo mantenía los ojos, y los oídos, alerta, marcando objetivos, descubriendo enemigos.

Y en eso estaba aquella noche, atento a los movimientos de la sombras, alerta con la luz de los candiles que iluminaban el interior de las casas, blancas, amontonadas, como si no hubiese más sitio en toda la tierra. Construían así para tener más sombra. Eso decían. Mientras, los infantes guiados por el sargento Del Pulgar, se dirigían con la careta del cerdo a la casa del muftí, el juez de la localidad. Era una obra de misericordia: enseñar al que no sabe lo bueno que está el jalufo. Algún inconsciente propuso llevar un jamón, pero eso era mucho gasto.

Barretina ya había abatido a dos guardias que patrullaban por el ridículo tapial que hacía de muralla. Y Juan Mayo permanecía atento a movimientos y luces. En una de aquellas moradas cercanas se encendió un candil, buscó atento un posible enemigo; sin embargo, en el resplandor titilante creyó ver las sinuosas y conocidas formas de una mujer. Joven, pensó, y de buen ver, si esas rotundas redondeces son lo que parecen. No pudo confirmarlo porque la silueta desapareció. No obstante, el tenue albor seguía marcando el contorno del ventanuco. Juan Mayo no apartaba la vista. Allí estaba otra vez, observó. No pudo precisar si cubría su desnudez con uno fino tejido de ésos que vestían las moras de ojos oscuros y pelo negro, o simplemente no la cubría con nada. En eso se ocupaba el recluta cuando una flecha pasó muy cerca, silbando, golpeando con un chasquido seco en la puerta de la azotea.

Cagüen… -el veterano siseó una sonora blasfemia, en perfecto castellano, por una vez-. Chaval, a ver si estamos a lo que hay que estar –esto también lo dijo bien clarito, para que no hubiese dudas.

A Juan Mayo le ardía la cara de vergüenza. Y durante los minutos siguientes, atento y eficaz, señaló varios objetivos. El veterano los abatía con precisión de galeno: unos duraban más, y otros menos, pero todos morían. Allí estaba de nuevo la mujer, y su silueta se recortaba en las sombras, insinuante, provocativa. El recluta no quería mirar, sólo lo que le permitía el rabillo del ojo, sin perder la concentración que exigía su deber como binomio del tirador. El veterano, mientras, cargaba a Barret, apuntaba, disparaba, cargaba, apuntaba, disparaba…

Por fin, la mujer se acercó al candil, y Juan Mayo pudo despejar todas sus dudas: ni tela fina, ni siete velos; la chica no llevaba nada puesto. Se ensimismó en la poesía, mal momento, al observar las dos crías gemelas de gacela, orondas y firmes, paciendo libres entre las azucenas. O tal vez alhelíes.

¡¡Ziu!! De nuevo el conocido silbido de una flecha. Pero no le siguió el golpe seco al chocar contra una superficie dura, sino otro blando, de carne rasgada.

-Putos reclutas… –el veterano no tuvo tiempo para más, y esto con voz agónica.

-¡Qué cagada, Dios, qué cagada! –susurraba Juan Mayo.

Pero lo de Barretina ya no tenía remedio. En ese instante, se trataba de evitar que el estropicio fuese mayor. El sargento Del Pulgar no tenía freno, ni para beber, ni para atacar, ni tampoco para castigar una chapuza de ese calibre. Juan Mayo se olvidó de la moza, cogió la Barret y, como había visto hacer muchas veces, cargó, apuntó, disparó. Primero al agresor del veterano, y luego a lo que pasaba por allí, que para esas horas el asunto se había puesto muy feo, y el sargento dijo que no cedía, y que por sus santos redaños, la jeta del puerco se quedaba en la cocina del muftí, lista para el desayuno. Y así estuvo Juan Mayo, disparando, hasta que acabó la provisión de virotes.

Cuando el sargento dijo que retirada, recogió el arma y los demás pertrechos y se sumó al grupo. Informó de la muerte de Barretina, y como aquello eran gajes del oficio, no se dijo más.

Después, en el cuartel, con calma y vino, Juan Mayo fue felicitado por su acción (la de continuar disparando), y como recompensa el sargento le entregó la Barret. Era buen arma, y quedaba demostrado que sabía utilizarla.

Así fue como Juan Mayo se convirtió en ballestero. Después se enroló en una compañía de genoveses, mercenarios, los mejores en el oficio, y por tanto los mejor pagados. Tropas de élite, que vestían con orgullo unos calzones ajustados, de colores chillones, marcando paquete. En cuestión de uniformes ya se sabe que todo vale, y el sentido del ridículo no cuenta.

Juan Mayo se hizo veterano demostrando gran habilidad con las ballestas, de cualquier tipo. Y además, inteligente y avispado como era, investigó los virotes y su poder de penetración. Y anotaba coeficientes según la masa, velocidad, etc. Es decir, que con el virote adecuado y una ballesta potente, no había coraza que resistiese. Esto le dio cierta autoridad en el gremio de la ballestería. Tuvo además, su propio asistente, un norteño llamado Cristóbal Munguía, bajo, recio, moreno. También aprendió los rudimentos del oficio y el tipo de virote que convenía en cada disparo. Fuerte en la carga de la ballesta de estribo y de pata de cabra, hábil con el cranequín y el torno, consiguió, con su tirador, superar los seis disparos por minuto. Una hazaña asombrosa, pues la mayoría se quedaba en dos o cuatro, muy lejos de los diez de los arqueros.

Fue en esos días cuando en el II Concilio de Letrán les dio por prohibir el uso de la ballesta. Contra los cristianos, precisión ésta muy de destacar. Por innoble, porque un destripa terrones, desertor del arado, o delincuente reconvertido, con un  breve cursillo de capacitación, podía despanzurrar a distancia, en un santiamén, a un noble sobradamente preparado, cargado y cubierto con una costosa armadura. Lo del arco hacía tiempo que no se veía claro, pero al menos exigía un largo entrenamiento para que el arquero llegase a ser eficaz. Sin embargo, en el caso de la ballesta, el aprendizaje era mucho más rápido, y la eficacia mayor. Un virote de ballesta atravesaba como pan blando las cotas de malla, e incluso las armaduras más costosas. Y si se acababan los dardos se podían arrojar bolas metálicas, bodoques o cualquier morralla con la forma y dureza adecuadas.

Los nobles pusieron el grito en el cielo cuando se extendió su uso.

–      Con lo que nos ha costado entrenar y educar al niño para que sea un caballero, imbatible en el combate entre iguales –decían.

-Sin contar lo que vale toda la equipación, y el caballo –añadía el padre.

-Sí, pero queda más bonito que un San Luís –concluía la orgullosa madre-, con su armadura nueva, brillante.

El más firme defensor de la tesis lateranense era el canónigo Orozco, guerrero rechoncho, culibajo, taimado, empeñado en conseguir la púrpura por méritos de guerra, ya que no los tenía de pupitre.

-A ver si un ballestero tuercebotas me va a desgraciar y me priva del capelo –argumentaba.

El azar quiso que en aquella batalla coincidiese el canónigo Orozco, resplandeciente en su caballo blanco, la armadura intacta, recién pagada por papá, y el grupo de ballestería en el que estaba integrado Juan Mayo, con su asistente Cristóbal Munguía. La cosa empezó mal. Cuando el caballero pasaba junto al grupo del ballestero se le ocurrió comentar, con desprecio, evidentemente:

-Mariconas! –en referencia a los coloridos y ajustados calzones que con orgullo vestían. Una tentación que todos sentían, pero en la que sólo los tontos caían.

Aquélla era mucha ofensa, a la que sin embargo estaban acostumbrados; pero no por eso la dejaban pasar. No dijeron nada en ese momento. Tiempo habría para arreglar las cuentas.

-Qué condición más puta –masculló sin embargo Cristóbal.

La refriega estaba a punto de empezar y ésa era la hora de la verdad. Los de enfrente lanzaron a los arqueros a caballo, tal como acostumbraban, para provocar y desestabilizar las primeras filas de los de aquí. Si el noble en cuestión era de sangre caliente y nervios poco templados, solía ordenar el contra ataque. Los arqueros, expertos en la táctica del tornafuye, iniciaban la retirada, para volver a descargar sus flechas sobre los alocados atacantes cuando estaban descolocados y eran vulnerables. Mucho más si eran turcos, especialistas en disparar hacia atrás desde la grupa. Sin embargo, el baranda que mandaba esta vez sabía lo que hacía, y dijo que quietos, y que avanzase la ballestería. El canónigo Orozco se disgustó, ansioso de mandar a los suyos para que comprasen honor y gloria para él a costa de su sangre. La de ellos.

Los ballesteros avanzaron, en orden, protegidos por sus asistentes, que portaban el parapeto. Entre ellos quedaban pasillos que pudiesen ser utilizados por la caballería si se ordenaba el ataque.

También estaba Juan Mayo, con su asistente.

-Ése virote no va bien –decía Cristóbal-. Pesa demasiado.

-Lo justo. Al caballo lo atravieso, y con un poco de suerte engancha la pierna del jinete –murmuraba Juan Mayo, apuntando.

Cayeron caballo y jinete.

-Chiripa, pura chiripa –Cristóbal no cedía.

-Dame uno ligero. A ver si le doy a aquel del cerro, que parece el jefe.

-Ni de coña. A ése no le aciertas.

Juan Mayo cogió la Barret, adecuada para este tipo de tiros largos y precisos. Apuntó con cuidado, despacio. Disparó y el jinete sufrió una sacudida sobre su montura.

-De ésta no muere. Pero se le van a bajar los humos –comentó el tirador.

-No ha estado mal –le provocó Cristóbal- ¿A qué no le das al culibajo?

Mayo consideró aquello. Motivos había, desde luego, por bocazas. Sin tener en cuenta otras razones de clase, como el desprecio por los que no iban a caballo, una forma de llamar a los que no poseían patrimonio. Pero tenía que ser un trabajo bien hecho, que pareciese una baja por fuego amigo. Un daño colateral. Que los de enfrente no usaban ese tipo de virotes.

-Se puede hacer –asintió Juan Mayo, después de una breve reflexión-. Uno ligero –ordenó.

-Con uno ligero va a ser como si le picase un mosquito. La coraza le habrá costado a papá una jartá de maravedíes –dijo Cristóbal, que se iba haciendo al habla de la tierra-, y ese yelmo tampoco deja resquicios.

-Un virote ligero, te digo.

-Que no, que se necesita uno con verga metálica. Y desde luego la Barret ni de coña.

-Vuecencia me está tocando los ilustrísimos. Pásame el que te digo que se nos va la ocasión.

El canónigo Orozco andaba detrás de los suyos, caracoleando con su caballo blanco, haciendo molinetes con la espada y formando gran alharaca, animando en el ataque, en una zona sin mucho riesgo, fuera del alcance de las picas enemigas.

El ballestero buscó un arquero turco más allá de Orozco, de modo que éste quedase en la línea de disparo. Apuntó la Barret hacía él y en el último momento la desvió unos grados hacia el canónigo. Orozco estaba con sus molinetes, el brazo derecho en alto, agitando la espada, cuando Juan Mayo accionó la llave. El virote salió como un rayo, directo hacia la axila, el único punto débil en la formidable armadura del caballero. Nadie pondría en duda la tesis del accidente. Sólo la fatalidad podía provocar una herida en esa zona. El dardo entró, rasgó la carne, rompió los huesos, atravesó la arteria, y todavía tuvo impulso para asomar la punta por el otro lado, en la base del cuello, siguiendo una trayectoria ascendente.

-Buen disparo –reconoció Cristóbal.

-Gran invento la ballesta. Nos hace a todos iguales.

Conoce más del autor en  http://juandeargano.wordpress.com/
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