Crear felicidad (Jorge Sánchez)

A los pocos días, la noticia se había esparcido como la niebla matinal y Yin se convirtió en fugitivo. Se preguntaba a menudo cómo pueden los acontecimientos ser una respuesta tan irónica de la vida, pues él no había cometido delito alguno.

Afortunadamente, en aquella ciudad era una sombra gris y como tal desaparecía. Pocos eran los que lo conocían y menos los que serían capaces de reconocerlo en una calle alborotada de gente.

Yin tenía un don. A diferencia de los otros, él era capaz de proyectar su futuro en los demás. Cuando lo descubrió, descubrió que tenía mucho, mucho futuro que gastar y lo cuidó como una fiera cuida a su cría. El resto se dedicaba a atraer su futuro agradable al presente, llamando a un amor que no era el adecuado, unos éxitos sin el mérito de haberlos logrado y, sobre todo, dejando un futuro vacío de felicidad. A base de arrancarla de sus años venideros, al poco de aprender a usar sus poderes, la gente se encontraba en una situación tan saturada de bondades que cada una de ellas perdía su valor, no aprovechando ninguna por completo. Yin lo sabía. La felicidad no se gradúa, no hay mucha o poca, simplemente hay o no hay. Bajo este punto de vista se disfrutaba igual de las montañas de felicidad que de las pequeñas gotas de la misma bien distribuidas a lo largo de todo un ciclo vital. Pero la tentación de tenerlo todo y tenerlo ya había colocado a más de uno en el carril de la perdición.

-¡Sal de donde estés! Te han visto entrar aquí, Yin. Sé que te escondes aquí. Necesito tu ayuda.

La voz fluctuó con una suavidad progresiva de la agresividad exigente a la súplica rebotando con intensidad en todas las estructuras del almacén de lámparas. Detrás de una pila de cajas de mercancía, la cabeza de Yin asomó con una mezcla de miedo y resignación. Llenó sus pulmones de aire que, más tarde, dejó escapar en un suspiro incómodamente largo y añadió:

-No puedo hacer nada más por ti.

-Claro que puedes, lo has hecho otras veces.

-Pero había un límite, ya lo sabes. Y tú lo has sobrepasado.

-No existe tal límite. Podrías seguir ayudándome –Añadió con un tono de certeza.

-Tienes razón, podría. Pero es mi poder. Tú malgastaste el tuyo a los dieciséis años. No tengo intención de que malgastes el mío también.

La primera vez que Yin usó su poder, tenía dieciocho años y ya llevaba cuatro atrayendo su futuro como hacía el resto de sus amigos. A esa edad uno no asume realmente su mortalidad e incluso la finitud de la buena suerte. Una buena suerte que en algunos casos se velaba de manera prematura. Fue el caso de Florence. Nada le había preocupado mientras vivía sus diecinueve años sobre el éxito económico que le había aportado un “bestseller” mundial, un libro que escribió durante dos noches y un día y que habría escrito durante cuatro años al comienzo de los treinta. Ya llevaba tres disfrutando del éxito adelantado. Yin lo admiraba. Era la capacidad de Flo para atraer su futuro con tan poco esfuerzo y todo el éxito que lo aguardaba lo que fascinaba a Yin. Hasta que dejó de llegar fama y reconocimiento, dinero y éxito. Entonces solo llegaban matones y deudas, reproche y aborrecimiento.

Yin era de los que no podían ver su futuro y solo podían atraerlo a ciegas, algo que complicaba sus esfuerzos de ser como Flo, pero el deseo de ser como su ídolo ejercía tal motivación que el joven sabía que sin ella no tendría la fuerza para superarse a sí mismo.

De alguna manera era capaz de sentir de qué perfil era aquello que atraía al presente y cogió un “recuerdo” especialmente feliz mientras deseaba que fuese de Florence. Al día siguiente, nada en la vida de Yin había cambiado, pero en ese momento apareció la prueba definitiva que demostraba que las obras de su amigo las había escrito Florence mismo, algo que había sido puesto en duda y por lo que había sido atacado en los últimos meses. Tras la demostración irrefutable, sus editores se encargaron de protegerlo.

-¿Cómo pretendes, tú que solo has vivido para ti, que los demás vivan para ti en lugar de vivir para ellos mismos?

La cara de su interlocutor mostró, en el ceño fruncido, que era incapaz de comprender la pregunta. Para él, él mismo era el centro del universo.

-¡Vas a obedecerme! –La manera en que se desfiguraron sus facciones al gritar parecieron la inercia que estaba cogiendo su cuerpo para lanzar su brazo contra Yin.

El golpe le dio en la cara. Cayó al suelo más por la sorpresa que por el impacto. Aún con el ardor en la cara, que comenzaba a ruborizarse, vio como el brazo se alzaba de nuevo para asestar el siguiente golpe. Como pudo, salió corriendo del almacén. El impacto había provocado que se mordiese la lengua. La boca le sabía a sangre y el dolor se expandió por toda su cavidad oral. Oyó el segundo puñetazo estrellarse contra algo que hizo mucho ruido, pero no dejó de correr.

Yin mismo había pedido que Florence recuperase la credibilidad cuando cogió un pedazo de su propio futuro y se lo entregó a su amigo. Tras lo que sucedió, se vio sorprendido ya que aquello mismo que pretendía se cumplió de  la misma manera que lo deseaba. No estaba completamente seguro de haber sido él el responsable, especialmente al tener en cuenta lo poco probable que era que en su futuro existiese un momento en el que recuperaría la credibilidad de que su obra era realmente suya. No creía que tuviera un futuro como artista. Las preguntas sobre qué y cómo había sucedido todo ello le seguían más que su propia sombra, así que decidió realizar un nuevo experimento. Dos días después habló con un emocionado Florence que le contaba, incrédulo, que se encontraba completamente inspirado y había comenzado un nuevo libro. Más adelante, a modo de confidencia, le dijo que no era el responsable de tanta inspiración, que su futuro se había secado y no le quedaba nada nuevo que traer a su presente. Todo fue, una segunda vez, como Yin lo había pensado. No quería traer un nuevo libro, fue más genérico, sólo quiso brindarle inspiración y así fue.

No tenía claro dónde huir o esconderse. La persona que lo perseguía sabía a la perfección quién era, por muy desconocido que fuese en aquella ciudad. Desde la esquina en la que había parado a descansar vio pasar a Florence con agitación, apretándose fuertemente el puño, dejando a Yin y el almacén a sus espaldas. Éste optó por volver mientras decidía qué hacer. No esperaba que Flo lo buscase de nuevo allí y, de hacerlo, se tomaría su tiempo.

Tras sus dos primeros deseos, Yin se dedicó a entregar trozos de su felicidad hasta que un día cayó en la cuenta de que, progresivamente, lo mejor de su futuro se iría agotando. A pesar del pensamiento sobre su futuro, no se veía con la capacidad de decidir quién no podría beneficiarse de ello. Si las personas anteriores lo habían recibido sin ningún tipo de trabas, ¿por qué no debería ser así para los siguientes? Según iba apareciendo más gente para ayudar, Yin descubrió que su futuro nunca se vaciaba y que, probablemente, cada vez que otorgaba deseos, creaba un núcleo de felicidad en su propio futuro a partir del cual conceder nuevos deseos. La gente comenzó a acudir a él. Primero los amigos y conocidos, que prometían no decir nada, pero cada semana aparecía más gente, de manera que estableció el límite de los tres deseos. Al fin y al cabo el mundo está lleno de consumidores de felicidad y él era el único que producía más de la que el autoconsumo precisaba.

Llamó de tal manera la atención que tuvo que mudarse de ciudad junto con Florence antes de lo esperado. No pasó mucho tiempo hasta que Flo pidió su tercer deseo y, al recordar la sensación de poderosa grandiosidad, quiso un cuarto. Pero Yin no estaba dispuesto. Amenazó con difundir su secreto, con tan poco éxito que tuvo que convertir la amenaza en realidad.

El segundo golpe había descargado en una de las cajas de lámparas. Al volver al almacén pudo ver el cartón deformado y la mercancía por el suelo. Se sentó entre los bultos y se dejó llevar por sus pensamientos, con la mirada perdida en el polvo que había cogido una de las lámparas derramadas por suelo. La lengua le ardía de dolor.

-Tú eres ese que concede deseos, ¿verdad? -La voz inundó la habitación, Yin retrocedió apoyado en manos y pies hasta que su espalda encontró la pared, temiendo que se tratase de Florence.

-No te asustes, chico. Conozco tus reglas y las respeto. Muchos harían menos que tú, pero la avaricia es uno de los pecados que más crecen al alimentarlos -Cogió la lámpara en la que habían flotado los pensamientos de Yin solo unos momentos antes-. Se parece a tu futuro: Es brillante: pero el polvo no te deja ver con claridad todo lo que hay debajo. Hagamos un trato. Yo devuelvo el brillo a la lámpara y tú me hablas de esos deseos que concedes –Frotó la lámpara con cuidado -. ¿Cómo te llamas?

-Djinn -La lengua le ardía y no podía hablar con claridad.

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10 respuestas a Crear felicidad (Jorge Sánchez)

  1. Mar dijo:

    A veces creas personajes complejos, me gusta. Quien conociera a Yin para pedirle un deseo.
    Saludos.

  2. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, me ha gustado tu relato. Un saludo. Amaya

  3. manolivf dijo:

    Me gusta mucho la idea de los dones. Ese mundo que planteas, pero hay momentos en los que pierdo el hilo en la narración…Me parece un buen apunte para una historia más larga en la que puedas desarrollar más los personajes. Un saludo.

    • Tritio dijo:

      El tema del hilo de la narración es algo que probablemente no he sabido manejar como debería, y me ha traído muchos quebraderos de cabeza. La idea es que haya saltos temporales como los que se producen ellos mismos al traer situaciones del futuro, lo que no tenía tan claro era cómo plantearlo. Al final decidí dejar en cada párrafo que cambia un elemento de anclaje para que el lector se ubique sin aclararlo abiertamente (por no quitarle presencia a la propia historia), pero es cierto que eso puede restarle frescura o dinamismo si hace falta fijarse en tal o cual detalle o incluso leerlo varias veces hasta entender la temporalidad del relato.

      Créeme que me he planteado mucho cómo representarlo, pero no he llegado a una conclusión satisfactoria y he intentado hacerlo lo mejor que podía con las ideas que barajaba. Aún así la opción de no haber hecho ese juego con el tiempo me echaba más para atrás, porque yo uso esto para experimentar y para aprender (a parte de para otras tantas cosas: expresarme, compartir, crecer…). No arriesgarse a hacer algo que no sabes bien cómo se hace me parece una inhibición que no me habría ayudado en nada, al fin y al cabo de los errores también se aprende y probablemente más que de los aciertos

      • manolivf dijo:

        Estoy de acuerdo contigo, Tritio, en que hay que asumir riesgos a la hora de escribir; a mí también me pasa y además cada historia tiene que encontrar la forma de ser contada y no es fácil. Tu creas argumentos complejosque resultan muy motivantes y quizás por eso mismo es díficil adaptarlos a un relato corto, a mime pasa con frecuencia. En este caso creo que ayudaría a comprender mejor la historia si entran en juego más personajes y se van dando situaciones para después poder encajarlas. Creo que podrías desarrollar más esta historia con mucho acierto, porque el tema es fantástico. Ánimo 😉

      • Tritio dijo:

        Gracias por los ánimos =)

  4. eva dijo:

    Ingeniosa historia, me ha encantado como refleja, desde el “don” del protagonista y las demandas externas, la eterna insatisfacción del deseo. Es cierto que me he perdido un poco en la lectura: las situaciones narradas, en algún momento, generan confusión. Estoy de acuerdo con mis compañeros en que es una historia que ganaría en un relato más extenso.
    Tritio, tienes un magnifico arranque para una conmovedora historia. Gracias por compartirlo.

    • Tritio dijo:

      Jo, muchas gracias. A parte del experimento con el tiempo, tiendo a escribir muy lioso. No sé aún si es un defecto o una característica, a veces me encanta y a veces lo aborrezco. Por eso me interesa tanto el feedback que me dáis, necesito objetividad ^^

      Muchas gracias.

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