La carta (Diego Quintana Florez)

Campiña de Orbes 4 de diciembre de 1932

Muy apreciado Christopher,

 

Espero que te encuentres bien, pues es necesario que  para cuando leas estas líneas, tu estado anímico sea el mejor; he recibido todas tus cartas y me da alegría el saber que has enriquecido tu conocimiento en cada uno de los viajes en los que te has embarcado; sin embargo, en estas humildes líneas  quiero contarte la tragedia que me ha representado la confusión estos últimos tiempos.

Ya te habrán contado nuestros padres que he padecido de un trastorno mental, el cual todos han querido ver como el comienzo del quebranto de mi sensatez.

¿Acaso tú, tú que has pasado gran parte de la  vida estudiando el comportamiento de las personas, podrías juzgar como desquiciado a un hombre al que le apasionan las letras, y que por designios del destino no ha podido encontrar el éxito ni triunfar de una manera que le agrade a todos?

Yo puedo asegurarte que mi mente ha caminado sobria por cada una de las líneas que he trazado, pero todos estos juicios malsanos a los que se me ha sometido, a veces me hacen pensar que en verdad estoy perdiendo la cordura.

Ojala no estuvieras tan lejos, y pudieras aconsejarme aunque seas mi hermano menor; siento que todo está mal, realmente mal; he perdido el auxilio que me brindaba el seno de la familia, y me he refugiado tanto en el alcohol, que prefiero estar absorbido por las copas para aliviar toda esta tortura, que en mis cinco sentidos, o en los que sea que me queden.

Aunque siempre he sido un hombre razonable, y que creé solo en lo que puede ver, debo confesar que el trastorno que ahora padezco se debe en gran parte a una serie de incidentes que contradicen las leyes naturales, eventos, que me han tomado como su principal víctima.

Al principio creí que todo se debía a cuadros ilusorios que se producían en mi cerebro de escritor, pero luego, cuando supe que todo era tan real como esta carta, empecé a sentir  temor; era algo con lo que ya no podía vivir, y a pesar del arrojo que promovía mi espíritu para tirar todo al baúl de lo olvidado, me fui despedazando poco a poco, hasta el punto de creer que la muerte quería invitarme al baile, de pensar que todos tenían razón, que en verdad estaba tocado.

El constante desvelo me fue convirtiendo en un esqueleto con ropas, no había un solo minuto de tranquilidad, y ni siquiera bajo el amparo del día encontraba el descanso. Busqué la ayuda de nuestra familia, pero todo lo que les contaba era tomado como un mal chiste, me recomendaban hacer otra cosa que no fuera escribir, hacer algo de lo que en estos tiempos llaman “vida social”; otras veces opinaban que era efecto de mi  dependencia al alcohol, que no debía buscar excusas para seguir siendo un borrachín; así pues era como reaccionaban, otras veces me dejaban hablando solo, y hasta se caían a risotadas haciendo de mi desdicha un jolgorio.

¡Y las cosas  me atormentan!, no quisiera dar muchos detalles al respecto, pues temo que también tú me tomes como a un payaso, por eso trataré de resumir cada episodio, esperando que confíes en mi palabra.

 Una mañana, encontré bajo la almohada un puñado de tierra negra y seca; no presté mayor atención al respecto, hasta que la mañana siguiente  y la siguiente, se repitió la historia, mas ahora, habían gusanos allí, mil y mil larvas que se movían como cuerpos expuestos a la desnudes más vergonzosa; era impresionante la manera en que caían a mis zapatos, verlas envueltas en un sudor viscoso y nadando entre mis sabanas; debe sorprenderte lo que te digo, no te imaginas las cosas que llegué a pensar. Le conté a mi madre tratando de buscar una respuesta lógica, pero por el contrario me hizo sentir como un enfermo mental, asegurando que yo había puesto la tierra en la cama.

Aunque sentí la ofensa temblando en mis mejillas y di la espalda en medio del infortunio, no volví a hablar del tema, después de ello empecé a tragarme las angustias solo, eso fue lo que me enfermó, a eso atribuyo toda esta debilidad.

Luego de la extraña aparición de tierra bajo la almohada, empecé a ver cosas atemorizantes, ahora mis ojos eran mis más crueles verdugos, he vivido cosas horribles.

 El desespero me hacía sudar, muchas veces llegué a perder el aliento, deseo que jamás llegues a vivir algo así, no hay cuerpo que soporte tal condena, solo con recordarlo, mis manos empiezan a sacudirse.

Una tarde mientras escribía como de costumbre, fui sorprendido por unos golpes en la puerta de mi habitación; me dispuse a abrir, y justo en ese momento los golpes se dejaron oír del otro lado, desde el armario. Mi corazón se empezó a agitar y un frío de otro mundo se apoderó de mi piel; me arrinconé contra la puerta, asustado, parecía un ratón sentenciado  a la trampa más feroz. De repente y de la nada, apareció frente al vetusto  armario, una anciana desnuda, que se empezó a acercar a mí lentamente; mis ojos se brotaron cual si fuesen a explotar, la apocalíptica viejecita extendió sus brazos, dando pasos efímeros, lenta, lentamente, sonriendo de manera macabra, susurrando palabras que parecían de otra dimensión; sufrí un colapso nervioso tan fuerte, que caí desmayado sobre el piso de madera

Desperté en la madrugada, totalmente desconcertado, preguntándome si ese cuadro horrible en verdad me había hecho su protagonista. Los días siguientes, fueron los de mayor angustia, odiaba quedarme encerrado, vivía al borde del delirio, el abismo de la locura quería tragarme para hartarse con mi carne.

 Cada noche, la abominable viejecita aparecía sentada en mi cama, me sonreía coquetamente y me mostraba su lengua haciendo movimientos circulares con ella; sometido a tales circunstancias,  solo podía en medio de la impotencia, halarme el pelo, apretar los dientes  o enterrar las uñas en la húmeda carne; el impacto que me causó aquel espanto fue tan devorador, que decidí cansado de todo, prender fuego a la cama, a las sabanas, a las almohadas; no quería volver a dormir, o más bien pensaba en lo placentero que me resultaría dormir eternamente.

Nada de eso fue suficiente, ni quemar las cosas… ni pasar la noche en vela; como de costumbre todo fue empeorando, las puertas se abrían y se cerraban solas, las bombillas  se prendían y se apagaban como por arte de magia, mi estado anímico era como una enorme escalera con altos y bajos, unas veces me reía, otras veces lloraba, no había nadie con quien desahogarme, y maldición, jamás supe como despertar de la confusa pesadilla, jamás supe si todo era real, o si era  un juego del que me habían hecho protagonista para luego darme un  reconfortante premio.

Ya no soportaba la mirada de mis padres, ni la de nadie, pero a veces en medio de la soledad, pensaba en pedirles un abrazo o un consejo, sé que no me hubiesen brindado su afecto, que como siempre se reirían. Pensé en envenenarlos, en ahogarlos mientras dormían, pero por más loco que estuviera, sé que la razón aparecería para recordarme que no soy un asesino, que respeto a mi familia, que a pesar de todo, esto debe ser culpa mía.

Debes estar aburrido, y muy convencido de que soy un fanfarrón, pero esto será lo último que sepas de mí; para cuando termines de leer esta carta mi cuerpo se estará descomponiendo en una fosa.

 En un estado de demencia absoluta, tomé la decisión de apartarme del mundo, intenté vivir en la calle, pero hasta allí llegaban los tormentos. No me preocupaba mi estado físico,  siempre estaba prendido a la botella, mis momentos de sobriedad,— si pudiera llamarlos así— esos pequeños minutos en los que reflexionaba y preguntaba al cielo porque yo, entre tantas almas mortales había tenido que padecer tal absurdo, los ocupaba en recordar a mis padres, y el momento en que escribí esta carta es uno de ellos; no quisiera ocupar todo el papel contándote mis penas, y las mil torturas a las que fui sometido por un verdugo anónimo, o por mí mismo o por lo que fuese, más bien, quisiera darte un consejo, porque eres joven, aunque mucho has vivido sigues siendo joven;  todo esto que hizo parte de mi vida es la experiencia que te quiero dejar, de corazón y como despedida , antes de apretar el gatillo.

No te limites a creer solo en lo que puedes ver, aprendí que el demonio está allí, afuera, pendiente de cada paso que damos, resuelto a condenarnos, ansioso por desviar a nuestra alma del camino iluminado; él es poderoso, nos conoce bien, sabe que nos gusta, a donde queremos ir, sus manos son el motor de este mundo,  por eso no me juzgues, ni a mí, ni  a esta “locura” que me ha de llevar a la tumba; tal vez cuando cruce el umbral…

¡Maldición! ¡Maldición!… ahí está… ahí está…. revolcándose ante mis ojos…la maldita vieja… está muy cerca, se está burlando de mi…¡Oh Dios perdóname!…El revolver de papa… Adiós Chris…

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