Querido Juan (Carolina Garcés)

Querido Juan:

Hace ya siete meses desde que te fuiste. Hace ya 210 largos y agonizantes días que no veo tu blanca sonrisa coqueteándole al negro noche de mis ahora tristes ojos. No imaginas el coraje que me da el no tenerte.

En el silencio desamparado de mi cuarto, de mis pupilas brota una torrencial lluvia de dolor. Mi corazón se comprime cuando miro al costado y mi olfato no percibe tu aroma de macho que me hacía vibrar. Recuerdo que me pegaba a ti como una niña en busca de abrigo. Y tú, entre dormido, me cobijabas con tus suaves brazos. Eras mi todo y lo sabías. Entonces no entiendo por qué no me llevaste contigo.

Tu estúpida justificación: querías alejarme del peligro. Pero, ¿cuál peligro?, si a tu andar estaba protegida. Me cuidabas como a una hija. Incluso más que a Catira, nuestra gata. Esa bola de pelo tan gris como un día de invierno, la misma que cuando intuía que ibas a salir de casa se encarnaba en tu pecho para que no te fueras. Al menos me la hubieras dejado al partir. Eres un egoísta. Ella era de los dos y ni siquiera eso me dejaste.

No entiendo por qué de un día para otro te empeñaste con la maldita idea de que te perseguían. Siempre me decías que te querían hacer daño. Yo creo que eran tus problemas de depresión los que ponían a corretear tus neuronas hasta llevarte a la alucinación. Por eso te fuiste de casa. No tenías derecho a alejarte así, a echarme a un lado como a un saco cargado de desperdicios. Si era verdad que la maldad acosaba tus pasos, no me hubiera importado. Mi amor era tan grande por ti que si las balas querían atravesar tu corazón yo me interponía en su camino para que volaran el mío en mil pedazos.   

Yo era la que te tenía que cuidar. Si ves, desde que dejaste la casa no volviste a consumir las pastillas. No eran un medicamento, eran el bálsamo para tu alma, para nuestra alma.

Me hierve la sangre al pensar en cómo te dejaste caer. Hice todos los intentos por recuperarte. No quería que tus problemas mentales te llevaran hasta el fango donde terminaste. ¿Recuerdas que les pedí dinero a mis padres para internarte en una clínica de reposo? De allí escapaste una y otra y otra vez. Trepabas paredes y tejados como un ladrón que acaba de conseguir su botín.

¿Para ir a dónde?, a la asquerosa calle. No se te ocurría tomarte la molestia de buscarme. Aún sabiendo que te esperaba con ilusión. Sí, tu cerebro no funcionaba bien, pero esa no era excusa para preferir dormir en las viejas y frías bancas de los parques que en nuestra cama.

Sí, mis conocidos me decían que veían tu cuerpo enroscado en esas sillas. Sentías frío, ¿verdad?, pero ni así me pedías auxilio. Hambre también, ¿no es cierto? Sin embargo, aprovechabas los ‘manjares’ que servían los vendedores del mercado en los contenedores de basura. Y al parecer, habías elegido ‘uniformar’ tu ya escuálida figura, con un traje que iba adquiriendo un marrón en degradé a medida que la mucre se posaba sobre él, y calzar por zapatos el duro asfalto de una ciudad que cada día se levanta con 30 grados de temperatura.

Moría de dolor al escuchar esto. Esas palabras perforaban mi corazón como el filo de una navaja que quiere matarte. Corría a buscarte, pero era como si la tierra te tragara al darse cuenta que deseaba arrebatarte de las garras de tu nueva vida de vagabundo.

Todo hubiera sido tan fácil si hubieras continuado con tu tratamiento y bueno, a mi lado. Por más de cuatro años te enfrentaste en el rin con la asquerosa depresión y no entiendo por qué te diste por vencido.

Siento mucha rabia al saber que no pude hacer nada por ti. Rendirme no fue mi plan. De allí que me consuma el no haber podido seguirte. Mi único aliciente era la esperanza. Creía que algún día regresarías. Ese era mi deseo, mi mayor anhelo.

La noche anterior a que te fueras para siempre tenía la certeza de que algo estaba aún peor contigo. Te extrañé con desesperación y claro, a mi Catira también. La escuché maullar fuera de la habitación. Así como cuando intentaba comprar un boleto que le permitiera irrumpir debajo de nuestras sábanas. Salí a toda prisa del cuarto y me encontré con la soledad de ese salón donde solíamos amarnos hasta que nuestros poros exprimían su última gota de sudor. No estaba Catira y mucho menos tú.

Me fue imposible conciliar el sueño. Me sentía inquieta, con un vacío en el estómago. Le di la bienvenida al amanecer desde nuestra ventana con el revoloteo de los pájaros que empezaban a desperezarse. No quería levantarme de la cama, me sentía débil. Sin aliento.

Al cabo de unas horas decidí salir de la colcha e incorporarme a mis tareas diarias. Al terminar de ducharme fui a la cocina a preparar el desayuno, nuestro desayuno. Desde que partiste no hubo un día en que no cocinara los huevos revueltos que solíamos comer todas las mañanas. Me servía mi plato y también el tuyo siendo consciente de que más tarde tendría que tirarlo. Se ponía tan gélido que no me daban ganas de probarlo. Al abrir el cubo de la basura una lágrima bailaba en mi mejilla. Seguramente en ese momento desearías estos bocados.

Tras este ‘ritual’ me senté en el salón a leer una revista. El ruido ensordecedor del timbre perforó mis tímpanos. Nadie me visitaba y menos tan temprano. Las manecillas del reloj marcaban con lentitud las 9:00 a.m.

Caminé hasta el jardín y la estampa angustiada de María Elena, una vecina, me advirtió que una ola de pena estaba a punto de arrasar la mísera alegría que me quedaba. “¿Ya supo que a Juan lo mataron anoche?”, musitó María Elena, sin misericordia.  “En la esquina de la 44”, agregó. Salí corriendo sin decir nada a la esquina de la 44. Allí me esperaba un río seco de sangre. Tu sangre mi Juan.

Caí al suelo desconsolada a despellejar con las uñas aquellas manchas rojas. La gente se empezó a acerca. Escuchaba a lo lejos, entre mi ensimismamiento: “sí, fueron unos chicos de un coche negro. Eran dos. Seguro fue por robarlo. Andaba con un móvil muy fino”.

Seguía oprimida en mi propio llanto. “Intentamos ayudarlo, pero los hombres se quedaron hasta que se murió. Agonizó por más de 15 minutos. Se retorcía ahí tirado, justo donde está usted. Andaba con un gato que no se le despegó”.

Mi Catira, apuntaba para mí. “Después de que los hombres se fueron un taxista lo levantó y lo llevó al hospital. De ahí ya no supimos más. Señora vaya para su casa. Él ya está descansando en paz”, insistían.

Como pude regresé a casa y llamé a tu tía, quien me corroboró la noticia. Continuaba sin creer. No te podías haber ido sin llevarme contigo y menos haber muerto de esa manera.  

Me sentía sola y es que así lo estaba. Mis padres y mi hermana fuera del país y ahora tú también te habías ido. De tu funeral ya ni te cuento. Fue un caos. Tu familia me trató fatal. Empezaron a pelear por nuestra casa, que en realidad era tuya. Tu madre te la había regalo. Que la tenía que devolver, que no era mía, que no volviera a hablar con tu madre, en fin. Ya sabes lo arpías que son. Para su tranquilidad, regresé a vivir a casa de mi abuela.

Ahora entiendes por qué no puedo hacer otra cosa más que reprocharte, por qué jamás te perdonaré el que te hayas muerto. Cuando llegue el momento de encontrarnos me esconderé detrás de una nube –si es que de verdad al morir subimos al cielo- para que no sepas que he llegado. Este será tu castigo por no haber correspondido a ese beso que te di cuando te vi. ¿Recuerdas dónde?, en el cementerio cuando el sepulturero abrió la puerta de tu ataúd y yo me abalancé a besarte. El frío de tus labios me recibió y me insinúo que ese sería nuestro último encuentro, nuestro último beso… 

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8 respuestas a Querido Juan (Carolina Garcés)

  1. amaiapdm dijo:

    Gracias por escribir, es una triste historia, demasiado habitual en los días que corren. Un saludo. Amaya

  2. Alex de la Rosa dijo:

    Es una buena historia, aunque triste. La protagonista me ha parecido de lo más egoísta aunque seguramente, cuando se te ha ido un ser tan querido, sea justificable tal egoísmo. En general me ha gustado. Saludos!

    • Carolina dijo:

      El cometido era reflejar el enfado de la chica hacia su amado. Al parecer se cumplió. Siempre intento transmitir algún sentimiento en mis historias. Gracias por tu comenatrio Alex.

  3. Nelaache dijo:

    Una historia muy dura. Yo no veo egoísmo en la narradora, sino simplemente una persona que no entiende por qué él decide adoptar ese modo de vida. Y en cierto modo, lo entiendo. Sólo puedo achacarlo a su dudosa salud mental.

  4. eva dijo:

    Comparto la opinión de Nela, una triste historia. Me gusta como reflejas la debilidad de Juan a través de los ojos de su enamorada, tan débil como él, perdida en una relación, en un deseo y un amor que la destruye y la hace tan dependiente, como a Juan su enfermedad. Solo un amor naturalmente desapegado es sano, y aquí nos habla de eso, sino de un deseo tan grande que solo puede ser, como es el deseo en sí, demandante e ilógico. He disfrutado leyéndola y me ha recordado muchas historias reales. Gracias por compartirla Carolina

  5. Tritio dijo:

    Lo único que me choca un poco es la intencionalidad del conjunto. Me explico, parece que la “parte fuerte” del relato, o la que busca su objetivo… es el final del mismo, y me da la sensación de que hay un “hueco,” un “abismo” que no terminas de rellenar entre las continuas escapadas de Juan y su muerte.
    Sin embargo, lo que más me transmite el texto y con lo que me quedo es cómo a través de la visión subjetiva de una persona describes a otra (y más tratándose de una persona psiquiátrica, difícil de enfocar), cómo sin decirlo abiertamente se lee el amor que le profesa en cada acto que narra.

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