La mujer de otro (Manuela Vicente Fernández)

Conocí a Cinthia hace más de veinte años. Una noche de fiesta, en pleno mes de julio, me llamó la atención desde el primer momento. Sus largas piernas se movían, inquietas, al ritmo de la música. “¿Quieres que te la presente? Es la prima de Irene”. Me dijo Carlos, siguiendo la dirección de mi mirada. Sus ojos oscuros despedían chispas de luz al mirarlos, tenía el cabello negro y rizado, larguísimo, le llegaba hasta la cintura y prometía una frondosidad en la que me hubiese gustado perderme. Su sonrisa blanca destacaba en su tez morena como debe destacar la meta anhelada para el deportista. Se movía entre el gentío como me figuraba yo que debería moverse una sirena en el agua, como la reina de la fiesta.

Durante todo el verano seguí su estela como sigue un sabueso el rastro de una presa que se le escapa siempre. Con creciente ansiedad  su imagen fue ocupando todas mis noches, convirtiéndome en ese perro en celo que no encuentra sosiego. Cuando se tiene 17 años y las hormonas en perpetuo desorden, la obsesión por una chica puede volverte loco.

Una tarde en que paseaba solitario por la playa, entreteniéndome en lanzar piedras al mar, como un bobo, la vi venir, ensimismada, muy dentro de sus pensamientos, desde lejos. Miré a un lado y a otro sumamente nervioso. Era un día de finales de agosto, en que las nubes amenazaban lluvia. La playa, en la que soplaba a esas últimas horas de la tarde un fuerte viento, estaba desierta. Casi se da de bruces conmigo sin verme.

-Muy pensativa estás, Cinthia, sé que soy un poco gris pero…

-¡Qué vas a ser gris, Roy! ¿Por qué dices eso?-y respondiéndose a sí misma continuó: es que hoy tengo un día muy chungo.

-¿Yeso por qué?

-Mis padres quieren que me vaya a estudiar a Salamanca.

-¿Y?

-A mí me gusta esto.

-Pero tú no vivías aquí antes.

-Ya, pero podríamos quedarnos si ellos quisieran.

-Es extraño lo que dices, Cinthia. Si vivías allí antes, tendrás un mundo de amigos. ¿No quieres estar con ellos?

-Tú no lo entiendes, Roy, es precisamente por eso que no quiero ir…

Sin preguntarle más la abracé. Y así, abrazados, paseando en silencio por la playa, se nos hizo de noche.

– He pasado un mal invierno.- Me dijo, después de un gran intervalo de tiempo. -Tuve una historia con un chico que me dejó muy tocada. Pero mis padres no lo saben. Piensan que ha sido un problema de salud, me han traído aquí para que me repusiera y ahora…

-Con lo bella que eres…, no sé cómo han podido hacerte daño. Yo nunca te lo haría.-Añadí con voz ronca mientras la miraba a los ojos.

 

Aquella noche estuvimos hasta muy tarde en la playa. Cinthia se dejaba abrazar como una niña, yo me enredaba en la espesura de sus cabellos y aspiraba su aroma, embriagado.

-¡Qué duce es estar contigo Roy! -Me decía- Lástima que no hayamos coincidido antes, ahora nos queda tan poco tiempo…

-No será porque yo no lo hubiese deseado Cinthia…

 

Con los primeros días de septiembre Cinthia se fue. Quedamos en llamarnos, en escribirnos, pero el tiempo fue pasando y ella no llamaba. Una tarde me armé de valor y la llamé. Pero la mujer que cogió el teléfono me dijo que me había equivocado, que allí no vivía ninguna Cinthia. Intenté contactar con su prima Irene, pero ésta se hizo la esquiva, me fue dando largas y el recuerdo de Cinthia grabado en mi pecho como si fuese con fuego, se fue convirtiendo en brasas recubiertas por la ceniza del tiempo, pero nunca apagadas.

 

Estudié periodismo y por azahares de la vida me surgió un empleo en una redacción periodística en Salamanca. Hacía ya tiempo que no pensaba en Cinthia y que había desistido de volver a verla, aunque al enviar mi currículum a dicha ciudad, se me pasó fugazmente por la mente la idea de encontrarme con ella por la calle. ¿Cómo sería casi una década más tarde? ¿Seguiría conservando su largo y frondoso cabello?

Se trataba de un empleo temporal. Para cubrir una baja.

-Cubrirás a una compañera que acaba de casarse. Justo hasta que termine su luna de miel. –Me explicó mi jefe.

 

Cubrí la baja durante el tiempo estipulado y llegado el momento de irme, quedé con la compañera que se iba a reincorporar a su trabajo para entregarle un dossier que me había quedado inconcluso. Mi jefe había concertado la entrevista en uno de los departamentos, y no me había dado apenas datos.

-Tipy siempre llega puntual. Es muy metódica. Llama la atención por lo guapa que es. Alta y morena, pero muy buena en lo suyo. Es mi mejor fichaje. –Me dijo con resolución.

¿Tipy? ¡Qué nombre más extraño! Sin duda se trataría de un diminutivo. Era curioso, pero en los días en que estuve trabajando no me había llegado ningún dato ni había visto ninguna fotografía sobre la compañera a quién había sustituido. En fin, eso ya no importaba, me dije a mí mismo mientras la esperaba, pues pronto iba a verla en persona.

Eran las nueve de la mañana en punto,  si en verdad era tan puntual…La puerta se abrió y lo primero que vi fue unas largas piernas, fui subiendo mi mirada lentamente para ver un pelo negro, frondoso, que me pareció sentir bajo mis manos, y finalmente una tez morena con una deslumbrante sonrisa.

-Cinthia…

Me miró dubitativa un instante. Frunciendo el ceño, pensativa. La mano derecha en su barbilla, en su dedo anular relucía brillante, recién estrenada, la alianza.

-¿Roy? –Preguntó al fin.

-Sí. Soy yo. Siempre llego tarde…

Conoce más de la autora en http://lascosasqueescribo.wordpress.com
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4 respuestas a La mujer de otro (Manuela Vicente Fernández)

  1. Muy bonito… son cocas que suelen pasar a veces Me gustó.

  2. David Rubio dijo:

    Una buena historia de amor frustrado. Saludos!!!

  3. Gracias, David. En efecto, se trata de uno de esos amores de juventud frustrados que marcan…Gracias por comentar. 🙂

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