En los ojos de Miguel (Miguel Oviedo Risueño)

¡Caminando Miguel lo olvida todo!. El trabajo asqueroso, el agujero en el estómago, las ganas de llorar.

El bosque que atravesaba de camino a la escuela algunos días le daba abrigo, lo cuidaba. Su abuela solía decir que es mágico, que lo hacía sentir libre. ¡Qué astuta era!.

Aquí la tierra es caprichosa, altiva. Caminaba deprisa, “él sólo con la soledad”, para perderse en la inmensidad en la que el único protagonista era el sosiego. Miguel tan sólo era un personaje secundario. Y pensaba que era sucio, peor que la mierda con la que se abona la tierra, quería volar tan lejos como se lo permitan sus alas. En un tiempo en el que todos se escondían del amor, él lo buscaba como un demente en cada detalle con el que se cruzaba por casualidad. 

Aquí casi nunca para de llover, y sus lágrimas aún calientes se fundían con las gotas frías. Y como un niño pequeño a menudo le sonreía a las nubes, con descaro, porque a pesar de todo respiraba, estaba vivo, y eso es algo que no se lo quitaba nadie. En una época en la que nadie perdona la diferencia, el fingía, callado, con miedo, resistiendo esta vida puta.

Todos murmuraban a sus espaldas porque era un joven retraído en sus pensamientos, demasiado solitario, demasiado calmado, demasiado bueno. Cada día Jotha Jaime Posso le gritaba, lo insultaba en la escuela; a las dos en punto , al irse para casa nunca fallaba. Y Miguel callado, agachaba la cabeza y quedaba mudo. Y aguantaba, y no decía nada porque no hay mayor desprecio que la indiferencia. Y para calmar los nervios tomaba una sopa caliente en su sitio, pegado a las tulpas de la hornilla de carbón, o subía un banco de madera encima de la cocina y, se abrigaba con las brazas, entre el cafecito caliente con pan de maíz y la mirada dulce de su abuela ya octogenaria. Esa sopa caliente que le quemaba la lengua y le quitaba el frio del cuerpo. Y con rabia observaba cada amanecer porque todos eran idénticos, prácticamente exactos. Se partía la espalda sembrando, unos días con el sol quemándolo,  otros temblando con un frío que no huía ni con varias capas de ropa.

Miguel siempre estaba pensativo.  Y por dentro mantenía esa rabia que sólo la expresaba con los ojos. Y que ojos. Angélica, la madre de Miguel, se evaporó hace dieciséis años, vencida por la vida, sin más fuerza es sus huesos débiles y secos. Fue en su último parto, “Miguel”. Tardó tres días en morir a pesar de los esfuerzos de la abuela para mantenerla con los vivos. Angélica tras dar a luz al niño y antes de sucumbir a la fiebre comenzó a llorar, a llorar como no lo había hecho antes. No era por ese dolor que le ardía en las entrañas, ni por el esfuerzo de mantener su corazón latiendo, ni por las cebollas que picaba la abuela Zoila por la mañana; era por esos ojos. Eran los ojos más tristes que viera en su vida. Negros, de un oscuro azabache, aunque medio rasgados, miraban a los ojos de Angélica fijos, muy abiertos, intentando abrazar cada gesto y cada mueca de la cara de su madre para guardar un recuerdo de ella.

Conoce más del autor en http://www.miguel-oviedo.blogspot.com.es/
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2 respuestas a En los ojos de Miguel (Miguel Oviedo Risueño)

  1. manolivf dijo:

    Enternecedor y a la vez crudo relato, que nos muestra esa realidad tan dura que forma parte de la vida. Me lié un poco con los tiempos verbales que oscilan un tanto y hacen que la redacción pierda fuerza, por lo demás perfecta. Un saludo.

  2. Sonia dijo:

    Me gusta,me transmite un profundo sentimiento de dolor,sufrimiento y desesperanza.Exitos!

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