La tierra prometida (Mari Carmen Moreno)

Juro que la belleza

no proporciona dulces

sueños, sino el insomnio

              purísimo del hielo,

la dura, indeclinable

materia del relámpago.

Antonio Gamoneda

 

Esa tarde una procesión de chicas nerviosas esperaba la última prueba. El maestro de ceremonias, enfundado en un frac gris, hacia sus apuestas con uno de los cámaras sobre cuál sería la afortunada. La prueba consistía en subir por una escalera enfundada en un bañador hasta el estrado, saludar al jurado y después, colocarse en hilera, como salchichas enlatadas. Marta era una de las chicas que se había presentado   al casting; su secreto, ese miedo alérgico al ridículo, que la había hecho fracasar en otras ocasiones, se había vuelto invisible cara al público; no sentía vergüenza o, al menos, ésta no embotaba su mente.

La escalera principal conducía al triunfo, de eso estaba segura. Los miembros del jurado tenían en sus manos el poder. Hacían anotaciones de cada movimiento, sopesaban la belleza de las chicas, su elegancia. Uno de ellos agujereó el papel con la punta del lápiz, como si pretendiese aplastar un parásito en un microscopio.        

Marta confiaba en que sus pies rozarían los escalones sin golpear sus talones; sus tobillos traspasaban cada peldaño con ligereza pese a que el murmullo del público  se había pegado a sus pulmones.  Se fijo en el maestro de ceremonias que sonreía desde el estrado. Utilizaba el labio superior para acentuar una sonrisa brillante que se había convertido en una coartada contra el pánico escénico. Sus movimientos por la pista de extremada lentitud hacían que pareciese un rinoceronte. Cada vez que una chica no era de su agrado su sonrisa se encogía. La chica se colocaba en un sitio mientras su cuerpo se apartaba de ella para mirar a la siguiente, cuya posibilidad de triunfo era mayor.  Procuraba, no obstante, no herir la susceptibilidad de algunas chicas que buscaban su apoyo moviéndose hacia él   en un intento de salvamento innecesario. La decisión no era suya, estaba en manos de los jueces. Ellos cuchicheaban entre sí, embotados por las bellezas.

No quería mostrar en ningún momento debilidad, por eso se imaginaba que llevaba un traje de bronce que resaltaba sus contornos. Se imaginaba que subía las escaleras de un palacio, convocada a audiencia por el rey. El olor de su cuerpo se mezclaba en el aire con el de la multitud. Las luces le provocaban escozor, pero ella no podía mostrar debilidad; en su osadía, se creía la elegida del rey. Imaginaba que la escalera la conducía al salón del trono, custodiado por toros alados. Imaginaba que su cuerpo sería el talismán de su triunfo. El rey la elegiría, pues su nombre había sido bendecido por los dioses. Por fin dejarían los sueños de desvanecerse en harina pastosa.

Oía los ruidos de otras pisadas detrás y delante de ella, pero eran como fantasmas, que desaparecían al instante. Las otras chicas – se repitió a sí misma- excesivamente guapas o demasiado débiles no podrían arrebatarle el triunfo. Parecían tablillas de barro o escrituras cuneiformes, prestas a desaparecer por el jugo del limón. Sus cabezas se encogían al postrarse ante el rey, para quien esos cuerpos serían bolsas pinchadas, un espectáculo deplorable. Todos esos nombres se borrarían cuando el jurado pronunciase su nombre.

El enorme rinoceronte que esperaba al final de la escalera se movía por el escenario con pasos torpes como una fiera fuera de su guarida. A ambos lados de la escalera un griterío de gente cuchicheaba en cadena, repudiaba a las otras y la amaba a ella porque los sátrapas la habían seleccionado. Cuando fue a recoger el premio, que la acreditaba como la afortunada, el rinoceronte le sonrió con los ojos babosos. El cuerno de su frente era el micrófono que golpeaba con nerviosismo. Gritó su nombre y enmudeció la multitud. Marta sintió como todas las figuras que la saludaban, mientras subía la escalera, se convertían en piedra; como la escalera, se sepultaba en escombros mientras el rinoceronte se hundía con su cuerno, así como la dulce voz del rey que la había llamado a su lado. Sintió la desnudez de la noche, como el éxito desvanecía toda posibilidad de huida.

Despertó de pronto en un entorno desconocido. Estaba tirada en el suelo. En  la mesilla de noche había una copa desconocida con un líquido dorado. Se lo bebió con rapidez, creyendo que de un momento a otro aparecería el rey que había visto en sus sueños. Pronto se percató de las pisadas. El presidente sonrió al verla despierta, dijo algo sobre una princesa. Ella sonrió, dispuesta a enarbolar la copa del triunfo, pero entonces  sintió el escalofrío: allí estaban los cuerpos de las otras chicas reflejados en el espejo. Y cuando él se transformó en su sapo viscoso y le pidió el beso prometido, la vergüenza volvió a acomodarse como una gelatina.

-Tramposa- gritó él, pero Marta ya no lo oía. A su memoria volvió la imagen del rinoceronte y echó a correr abandonando para siempre la tierra prometida. 

Conoce más de la autora en http://elarlequindehielo.obolog.com/
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7 respuestas a La tierra prometida (Mari Carmen Moreno)

  1. manolivf dijo:

    Me ha gustado tu relato, Mari Carmen. Es un tema candente, que recoges muy bien. Un saludo.

  2. manolivf dijo:

    Me ha gustado, Mari Carmen. Bien tratado el tema.

  3. Qué duro. Muy bien relatado, has conseguido mantenerme pegada a la pantalla haciéndome un montón de preguntas. Enhorabuena 😀

  4. Muy bueno, M.Carmen. Mucha suerte!

  5. David Rubio dijo:

    Intenso es la palabra que me viene a la cabeza. Muy buen relato. Felicidades

  6. Ana Pascual dijo:

    Muy bien narrado.

  7. MayteSanSem dijo:

    No me acaba de convencer, quizá porque hay alguna imagen que me ha sacado por completo de la narración para preguntarme ¿qué quiere decir? Me refiero, en concreto, a las escrituras cuneiformes y el zumo de limón o al griterío que cuchicheaba, por ejemplo. Sigo dándole vueltas y no lo entiendo, no lo veo…
    En general no está mal, aunque me da la impresión de que fluye poco; yo no puedo decirte dónde exactamente están las aristas, eso es cosa de cada uno.

    Un saludo y suerte

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