Desesperación (Alex de la Rosa)

Llevaba una semana sin dormir por culpa de aquel molesto sonido. Los ojos se le habían hundido, aflorando al mismo tiempo unas descomunales bolsas oculares, que le daban la apariencia de algún personaje sacado de la ciencia ficción. El cansancio se había vuelto insoportable: los últimos días se mareaba cada vez que intentaba hacer cualquier esfuerzo, por mínimo que fuera. Como aquel día que fue a coger una caja de leche de la despensa y por poco se le resbala de las manos. Ya no tenía fuerzas para casi nada; únicamente para trasladarse del sofá a la cama pero, una vez allí, permanecía en vela casi toda la noche por culpa del incesante ruido.

Se preguntó en varias ocasiones por qué no había llamado a la policía desde el primer momento. Pero pronto desechó la cuestión, puesto que él, se decía, era un vecino respetuoso, y no quería llamar la atención ni crear altercados. Sin embargo tendría que haber una solución. Su paciencia, infinita y admirable según habían reconocido algún conocido suyo, estaba empezando a llegar a su fin.

Había momentos, los cuales llegaban a durar tan sólo segundos, en los que tenía pesadillas. Últimamente se le estaba repitiendo la misma, una y otra vez. Pero no, habíamos quedado en que él era un vecino respetuoso, por favor, faltaría más, quítate eso de la mente. Sin embargo…

El séptimo día no pudo aguantar más. Justo a la misma hora de siempre, a las 07:15, momento preciso en el que empezaban a asomar los primeros rayos del sol, comenzó el ruido. Con los ojos entrecerrados todavía por el cansancio, – por eso y porque las bolsas casi le impedían que los abriera -, bajó las escaleras, entró a la cocina para coger un cuchillo, y salió a la calle, aún con el pijama puesto.

Tan sólo tenía que cruzar la acera, para encontrarse con la casa de su vecino. Por fin se acabarán los ruidos, a partir de ahora me dejarás dormir, jodido cabrón. Valiéndose de su escasa reserva de fuerza, cogió impulso y dio un salto para traspasar la valla de la casa.

Y ahí estaba él. La razón de sus desvelos, de su semana fatídica. Al buen vecino, al de la paciencia infinita, se le habían acabado tanto la paciencia como la bondad. Su rostro, que ya de por sí estaba desmejorado (al asunto de los ojos había que añadirle el desaliñado pelo totalmente revuelto y la descuidada barba), se había transformado en la de un auténtico monstruo, en el que la rabia y la sed de venganza bullían de forma desmedida.

Ya te tengo, pequeño cabrón. Puto gallo de los cojones.

Se acercó al indefenso animal, que ahora no emitía ni un mísero silbido (seguramente sabría que algo no andaba del todo bien; a través de sus ojos de gallo también reconocía a los monstruos), y lo agarró por el pescuezo. Con la otra mano acercó el cuchillo y, de un rápido movimiento, se llevó la cabeza por delante.

Canta ahora, maldito hijo de perra.

Durante unos segundos observó los últimos retazos de vida del animal, sorprendentes impulsos nerviosos que le daban un aspecto siniestro a la escena, ya de por sí bastante sangrienta. Pero en algún lugar de su interior, seguía el vecino bondadoso. Realmente, la culpa de todo la tenía su vecino, que había sido al que se le había ocurrido la brillante idea de tener a un gallo como animal de compañía en un tranquilo vecindario. Así que retrocedió, dejando que el gallo pudiera ir al cielo de los gallos sin necesidad de llevarse más insultos consigo.

Nuestro hombre volvió a entrar en casa, y se dirigió directamente a la cocina, para limpiar el cuchillo y sus manos de la sangre derramada, que no había sido poca. Subió lentamente a su habitación, como un verdadero zombie. Ahora sí que había agotado todas sus fuerzas.

Se dejó caer en la cama y, dando un último suspiro, comenzó a entrar en un placentero sueño.

Sin embargo, minutos más tarde, un molesto sonido comenzó a repetirse en su cabeza. El sonido del canto de un gallo.

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6 respuestas a Desesperación (Alex de la Rosa)

  1. ¡Pobre gallo! 😀 Buenísimo el relato, me ha encantado, ese final es fantástico, pero sobre todo me ha gustado la forma que lo llevas, para que el lector entienda la evolución de la locura transitoria del hombre, genial.(Yo he pensado a veces hacer algo parecido con mi vecina jeje).

  2. Alex de la Rosa dijo:

    jajaj lo peor de todo es que escribí el relato para desahogarme, pues lo cierto es que hasta hace poco mi vecino a tenido un gallo en su patio. Evidentemente la otra parte de la historia es ficción. Creo que todos tenemos un vecino algo “por culero” jajaj. Me alegra que te haya gustado!!

  3. Ana Pascual dijo:

    Queda bien reflejada la desesperación que siente el personaje y su recorrido hasta alcanzar la enajenación. Por un momento pensé que se cargaba al vecino también, jeje, cuando dices que “realmente, la culpa de todo la tenía su vecino…” creí que iba a solucionar el problema de raíz.
    Muy bueno el final. Suerte.

  4. Alex de la Rosa dijo:

    Gracias Ana! Si, hubiera sido otra solución…quien sabe si después de seguir escuchando sonidos nuestro protagonista diera el siguiente paso…Saludos!!

  5. manolivf dijo:

    Bien lograda la escala de desesperación, Alex, realmente un gallo cantando al lado…en fin, que se entiende, lastima que después siguiese oyéndolo…Un relato que se disfruta. 🙂

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