Libro A. Capítulo 6

Ya ha finalizado la votación para elegir el capítulo 6 del Libro A. La propuesta más votada ha sido la enviada por Denise Comaposada. 

En breve tendréis disponible la continuación de este concurso, con novedades importantes. Permaneced atentos.

Este es el capítulo ganador:

Aquí podéis volver a leer el Capítulo 5

Capítulo 6

-Connor, despierta ¡Connor!

Él se removió de un lado a otro de la cama. Los gritos de Anna se habían hecho  más reales y aumentó la sensación de pesadez. Aún estaba  suspendido en esa neblina donde nos abandonan los sueños y recordó vagamente que Emily había hecho unos dibujos ¿qué dibujaba? Algo extraño, se le escapaban las imágenes y ya no podía verlas con claridad. Y Anna, tenía miedo, estaba frente a la ventana, gritaba, sí, gritaba y ahora, los gritos le llegaban con más fuerza.

-¡Connor, despierta por favor!

Se incorporó en la cama, como si alguien le hubiera empujado con fuerza para levantarlo. La cabeza le golpeó por dentro y se llevó la mano a la frente. Estaba empapada.

-Me he quedado dormido. Lo siento.

-Déjalo –Anna se sentó a su lado y le acarició la cara con las yemas de los dedos- ¿Estás bien?

-Sí… ¿Y los niños?

-Durmiendo. Les he llevado arriba.

Anna se había quedado con los niños en la habitación de arriba hasta que se durmieron. Connor había pasado una noche agitada, moviéndose todo el rato y de vez en cuando la respiración se le aceleraba. A ella se le hizo insoportable seguir en la cama y decidió levantarse.

Aún no habían dado las cinco. Abrió la ventana y miró el cielo, la oscuridad, las estrellas y un hilo de luna que apuntaba hacia las montañas. Poco a poco tras la silueta negra de los árboles empezó a clarear, como si alguien estuviera pintando el horizonte con un color demasiado cargado regresó aquel azul extraño del día anterior y la visión de los pájaros muertos que invadían todo el jardín y cubrían las flores.

 

 

-¿Qué hay en la ventana?  -preguntó Connor.

-¿En la ventana?

-Sí ¿por qué gritabas en la ventana?

Notó una ausencia que no adivinaba. Le avisó la punzada en el estómago como siempre le ocurría cuando presentía algún peligro o se sentía amenazado.

-Yo no he gritado en la ventana. Oye, tendrías que ir a ver a Foster, hace rato que no oigo ladrar al perro.

Eso era, no se oían los ladridos. No se oía nada. Como si toda la vida se concentrase dentro de la casa y el exterior se hubiese quedado vacío. Era el silencio que lo sumergía todo en una nada aterradora.

-No me gusta este silencio –dijo levantándose. El contacto de los pies descalzos con las baldosas le hizo reaccionar.

-A mí tampoco. Tenemos que salir para ver qué pasa.

-Tu quédate aquí con los niños. Iré a hablar con Foster y me acercaré hasta el lago.

-¿Al lago?

-Para ver los peces que han muerto. Intentaré coger alguno para analizarlo.

Anna le acompañó hasta el porche y le siguió con la mirada hasta que el coche despareció a través de la verja. Se apoyó en el vano de la puerta, blanco y con un suave esmaltado por el que se dejó resbalar hasta sentarse en el suelo. En ese momento sintió el cansancio de todas las horas que llevaba sin dormir.

Después de una hora seguía sentada junto a la puerta con la mirada fija en la verja esperando el regreso de Connor. He de limpiar el jardín, pensó, antes de que despierten los niños. Un reflujo amargo le subió desde el estómago hasta llenarle la boca.

Connor prefirió ir primero al lago. Mientras conducía recordó las noticias del último informativo de la noche. No cesan de registrarse casos nuevos de muertes súbitas de aves y peces, repetía una mujer que parecía hipnotizada por la cámara. Conectó la radio e intentó sintonizar alguna emisora, más para no escuchar el crujido  que hacían las ruedas al pasar sobre los animales que había tendidos por el estrecho sendero. Al final pudo sintonizar un canal que se escuchaba con pocas interferencias, voces de hombres hablaban de apocalipsis animal, de epidemia misteriosa y de intoxicación química, pero él sabía que no se trataba de ningún virus ni de nada parecido, al menos en los pájaros, faltaba analizar los peces. Por lo que él había podido ver, los animales morían a causa de la caída. Lo que no entendía era qué los hacía caer.

Cambió de dial: Despierta, sonaba una voz grave y lejana, se te revelará la doctrina del miedo y podrás entender… Aquello ya le pareció excesivo. Estaba claro que muchos iban a intentar aprovecharse de todo esto. Apagó la radio.

Todas las cosas tienen una explicación, se repitió varias veces. Siempre había sido pragmático y ahora le costaba no encontrar una explicación lógica. Pensaba que todo tenía un punto de partida, un aviso. Hacía unas semanas había visto un reportaje que hablaba de emisiones energéticas solares y de unos pájaros que habían caído en Arkansas. El pájaro que Emily había cogido seguía con vida dentro de la caja y Tor tampoco parecía afectada.

Cuando llegó al lago dejó el coche junto a la pequeña casa de madera deshabitada desde hacía años, con las ventanas vacías y oscuras. También allí había un silencio extraño. No se veían pájaros en el suelo, tampoco en los árboles. Caminó por el sendero de arenilla rojiza. Se quedó inmóvil junto a la orilla, aterrado por la desolación que le rodeaba y se preguntó que podría salvarlos de aquel horror.

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