El otro mundo (Mario Berardi)

Hay un sitio que suelo frecuentar.

Es mi casa, pero no es mi casa. Podría decirse que es el “doble” de un departamento en el que yo viví, hace un tiempo. Voy a tratar de explicarlo: está en el mismo edificio pero más allá, bastante más allá. Si yo estuviera en el departamento en el que una vez viví (y nunca estoy en ese lugar) tendría que caminar bastante para llegar a este otro sitio en el que sí aparezco seguido. Atravesar esos pasadizos amarillentos, mal revocados. Bajar las escaleras y cruzar luego al otro cuerpo y después al otro, y al siguiente, siempre más allá de los cuerpos que la construcción tiene en realidad. Es el mismo edificio que yo conocí bien hace años, pero infinitamente más grande, e incluye ahora un par de negocios que nunca estuvieron ahí, y una desierta avenida nocturna que debo haber conocido en otra parte.

El departamento casi no tiene muebles y yo estoy ahí esperando, no se sabe qué. O me escondo de algo. Hay un colchón con unas mantas sucias y ahí estoy yo, en silencio en un rincón. Los vecinos no me conocen. Me saludan pero no me conocen, porque saben que ese departamento está vacío, desocupado. Una vez apareció un ascensor y quise bajar en él pero se quedó atascado, y entonces llegué a la planta baja por la escalera, como siempre lo hacía y como corresponde.

 A veces salgo a caminar por los pasillos y por los patios exteriores. Entonces, en algún momento, me doy cuenta de que ando cerca del que hace años fue mi departamento, y por esa zona los vecinos sí me conocen. Después, suelo irme un par de cuadras para el lado del parque. Generalmente está nublado, pero al llegar al parque siempre es de noche.

Hay también otros sitios en los que suelo estar. Como la casa en la que yo pasaba los veranos con mi familia, de niño. La casa está en construcción y siempre tengo que ayudar en algún trabajo, así que nunca llego a ver el mar. Pienso que me voy a morir sin conocerlo, aunque lo recreo en mi mente a la perfección.  Otras veces estoy en una habitación anónima, que lo único que tiene es un placard que de ningún modo debo abrir. O en esa quinta en la que mi abuelo planta tomates y habas. En estos casos, siempre está presente mi abuelo, dándole de comer a las gallinas. Precisamente, me han dicho que tengo que matar una gallina ese día, pero tiemblo de solo pensarlo. Otro lugar que frecuento es la terminal de una línea de colectivos, donde espero largamente que alguien me explique qué recorrido debo hacer, en mi primer día de trabajo.

Está claro que, periódicamente, con la salida del sol, me veo obligado a abandonar estos sitios y pasar al otro mundo, donde las actividades se repiten asombrosamente: cepillarme los dientes, llevar los chicos a la escuela, desayunar apurado, meterme en el subte repleto de gente para llegar a tiempo a la oficina, pagar las cuentas. Ese tipo de cosas.

Lo peor son las mañanas, porque me veo obligado a sacudirme de encima las voces y sombras que se han venido conmigo. A lo largo del día, también, es necesario que alimente mi cuerpo, mis ojos y mi piel preparando el regreso nocturno. Si no fuera por esas necesidades que uno tiene, se podría vivir sin pasar jamás al otro mundo. 

Conoce más del autor en http://armalapalabra.blogspot.com.ar/
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Una respuesta a El otro mundo (Mario Berardi)

  1. manolivf dijo:

    Tratas esa dualidad del ser humano que da para tanto..tal cómo plantearon los antiguos filósofos es difícil a veces separar la vigilia del sueño y definir la realidad. Me gusta.
    🙂

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