Tu sueño y el mío (Manuela Vicente Fernández)

   ¡Estoy bien mamá! Tranquila, no me ha pasado nada, resulta que al final no pude coger el bús de las cuatro, llegué tarde a la estación…

Oigo la voz de mi hija por teléfono y me suena a música celestial. ¿Cuántas veces le habré reñido por llegar tarde? ¿Cuántas por esa apariencia, tan desastrosa a mi juicio, que ahora se me antoja la mejor del mundo? Estoy deseando verla. Entre el numeroso gentío de la estación busco su cabecita rubia, de largas rastas, su carita de niña que no hace los deberes, con su aro en la nariz y su tatuaje en el brazo, embutida en sus ropas oscuras, que la hacen destacar como una oveja negra, en medio de todas las demás.

Retrocedo en el tiempo y la estoy viendo a la salida del cole, la niña de las trencitas rubias, pulcramente vestida. Como todas las madres, yo tenía sueños para mi niña, la más guapa, la más lista, siempre con esas notazas, con esa curiosidad innata por todo, esa ansia de saber más y más…

Me veo con ella en la tienda de Clara, comprando ropa para el nuevo curso escolar.

¡Mira mamá, qué camiseta más bonita! ¿A qué me sienta muy bien?

Está vestida con una falda plisada de color gris y se está probando una camiseta rosa, ceñida y con mangas holgadas que le sienta a las mil maravillas, parece una muñeca. ¡Qué fácil era entonces adivinar sus gustos, cumplirle los deseos…!

 

Avanzo en el tiempo y la veo ya como una preadolescente en la que empieza a despuntar la rebeldía. Está sentada en el sofá, rodeada de bolsas vacías de patatas fritas, snacks y algún que otro envase de batido de chocolate.

¿Cuándo será el día en que te alimentes como dios manda? La increpo, cada vez más parecida a la madre que dije que nunca sería, mientras voy recogiendo los restos esparcidos. ¿Qué hacen tus zapatillas junto a la entrada, Aldara? ¿Por qué tienes que dejarlo todo en cualquier lugar? No me contesta, se está pintando las uñas de color negro.

-¡Ese color no, por favor! ¡Solo tienes trece años!

 -¡Es un color como otro cualquiera mamá!

-¡Ya está bien, Aldara! ¡Recoge todos tus bártulos y vete a tu habitación!

 

A partir de esta época entramos de lleno en esa etapa confusa, la etapa de los gritos y de las peleas, esa que los psicólogos llaman de la “autoafirmación”. Ahora me veo con ella en la consulta de la “orientadora” que nos recomienda calma:

– A esta edad hay que pactar con ellos, pero sin mostrarse tampoco intransigentes, hay que dialogar…

Dialogar cuando tienen la música a tope y tienes que apagarla para que te escuchen, aún a sabiendas de que hablas con una pared. Miro a los ojos a la consejera y ella debe leer en mi mirada la incredulidad porque me suelta:

-A ver si usted cree que yo no he tenido que pasar por esto, yo también he tenido hijos adolescentes…

¿Sí, de verdad? ¿Y puedo ver los vídeos de sus diálogos? Me dan ganas de replicarle, pero me callo y vuelvo a suspirar. Otra vez.

 

Más tarde vendrán las largas charlas sobre los estudios…

-¡No quiero ir a la universidad mamá! Quiero montar un negocio con Irene, haremos tatuajes y…

– ¡Aldara!

– ¿Qué? ¿Tú sabes el dinero que se levanta tatuando? precisamente Irene tiene un primo que…

– Ya, y si a vosotras os sale mal, qué pasa, ¿Te ves con cuarenta años compartiendo piso con Irene?

– ¿Y por qué no? ¿Qué tan malo es?

¡Esa cabecita tan terca…y tan adorable a un tiempo! ¡Ese querer ir contracorriente, siempre rompiendo moldes!

 

Ya la veo. ¡Al fin la veo! Destaca entre el gentío desde muy lejos, permitiéndome identificarla al momento. ¡Es mi niña! tengo ganas de gritar, ¡mi niña rebelde! de la que estoy tan orgullosa en este momento que no puedo esperar a que llegue y le salgo al encuentro, emocionada, para comerla a besos olvidando que no le gustan nada estas demostraciones.

-¡Ay, mamá, por favor! Déjalo, no te pongas pesada…

-¡Adara, hija! Sólo de pensar lo que pudo pasarte…

-Estoy bien, mamá. ¡Ya ves! ¡Las ventajas de llegar tarde!

-No me das tregua, eh? ¿Quién puede prever estas cosas? Nadie sabe cómo pudo volcar el autobús…

-Yo, mamá. Yo sí puedo preverlas ¿ves? Mi sexto sentido que…

-¡Aldara!

Nos miramos y nos echamos a reír las dos, por una vez.

-Tienes que ponerte en mi lugar, peque. Todas las madres tienen sueños para sus hijas…

-Yo también tengo mis sueños, mamá. ¿Te pones tú en mi lugar, acaso?

-¿Y qué sueñas, Aldara?

-Entre otras cosas que me quieras tal como soy, mamá.

Miro a mi hija a los ojos y sé que ya no es aquella niña de las trencitas a la que iba recoger a la salida del cole. Ahora la veo adulta de pronto. Se me rompe la voz cuando le digo:

-Ya te quiero, Aldara. ¡No sabes cuánto…! En realidad te adoro.

Y como se queda bloqueada aprovecho y le doy un par de besos enormes, que traigo guardados en mi pecho desde que no me deja dárselos…

Conoce más obras de la autora en http://lascosasqueescribo.wordpress.com/
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6 respuestas a Tu sueño y el mío (Manuela Vicente Fernández)

  1. Eva Olave dijo:

    Ay, Manuela. Como me ha llegado! Precioso relato, llenito de dulce y evocadora realidad. Gracias por compartirlo

  2. manolivf dijo:

    Muchas gracias, Eva. Son tantas las veces que perdemos de vista nuestros sueños enredándonos en los detalles…! Me alegra que te guste. 😉

  3. Ana Pascual dijo:

    Me sumo al comentario de Eva. Llega hasta el fondo, es enternecedor. Saludos.

  4. manolivf dijo:

    Muchas gracias ,Ana. Me alegro mucho de que te guste y gracias por comentarme. Un saludo.

  5. Carlota Gauna dijo:

    Sólo una madre puede comprender lo que es ver crecer a los hijos, verlos planificar sus vidas( que casi nunca te tienen en cuenta, por no decir nunca…) ,verlos partir e irse de nuestros brazos, cada vez más lejos…Pero ante el menor descuido, allí están nuestros besos para cubrirlos con ellos y bendecirlos con nuestro amor, eterno como ninguno…

  6. manolivf dijo:

    Totalmente de acuerdo, Carlota. El amor de madre es un amor puro e incondicional, a menudo sentimos a nuestros hijos como una parte (la mejor) de nosotros mismos y no entendemos el esfuerzo que realizan para despegarse y encontrar su propio camino.
    Gracias por leerme y comentar. 🙂

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