El amigo (Arturo Daussá Lapuerta)

   Había sido una larga y dura caminata, ahora estaba dentro de su saco de dormir; lo había estirado hasta su barbilla notando la suavidad de las plumas sintiéndose arropada, como cuando te acurrucas perezosamente las mañanas de domingo saboreando unos minutos más en la cama.

  A su lado la pequeña tienda de campaña que mantenía cerrada, su decisión de dormir al raso la tenía un poco inquieta; pero poco a poco empezaba a relajarse a medida que su cuerpo se iba acoplando al césped del suelo. No tenía sueño, así que empezó a dejar que sus recuerdos empezaran a llegar, de manera pausada tal como un velero arriba a puerto, en silencio y despacio.

   La noche era magnifica presentaba un cielo estrellado, parecía como si estuvieras en un planetario. Sólo se oía alguna cigarra y los mil indefinidos sonidos misteriosos que acompañan las noches de los bosques.

   El olor a pino y hierba le llenaba los pulmones, de manera que empezó a respirar pausadamente poniendo a tono sus pulmones con su cerebro, cada vez notaba como sus cansados músculos se reblandecían, eso la llenaba de un placer que le inundaba de paz. Se encontraba bien, empezó a pensar:

   —¿Qué estaría haciendo su amigo? —fue la primera idea que le llego a la cabeza, había seguido su consejo de dejarlo todo por unos días y hacer esa travesía sola, le dijo que le iría bien para encontrar de nuevo el camino, que por su azarosa vida parecía que había perdido.

   Ella era una mujer de éxito profesional, pero había llegado a aquella edad que miras hacia atrás y empiezas a estar seguro de que lo que ves, ya jamás podrás volver a repetirlo, es entonces cuando te planteas si antes de seguir adelante, vale la pena hacer un alto en el camino y priorizar tus objetivos. Siempre tuvo como finalidad conseguir el éxito al precio que fuera, y ahora se daba cuenta de que pagó un alto costo por ello.

   Su amigo le había enseñado a ver el cielo, a oler el salitre del mar, a apreciar los colores de la puesta de sol, a ver las formas de las nubes, a escuchar el sonido de las olas sobre las rocas, y muchas cosas más, pero ella lo había olvidado. Ahora se asomaba a ese cielo y le llegaban como un  torrente todas esas enseñanzas, era como asomarse a un barranco y ver el fondo, debes hacer un esfuerzo para que el vértigo no te arrastre.

   Entonces le llegaron las palabras de él —Cuando las lágrimas se te sequen por haber llorado y todo el mundo ya no te escuche, ven a mí y llora— En ese momento sintió un deseo de tenerlo a su lado, de estar cerca, de notar su amistad.

   Al poco las estrellas se apoderaron de ella; allí estaba la Osa Mayor, y desde la punta del carro, en el vértice de Mizar, contando esa distancia siete veces más al norte encuentras La Polar. No es que brille mucho, esa es la verdad, pero nunca falla. Luego localizó a Vega de la constelación de la Lira, y un poco más allá, la mítica Altair. Al reconocerla se acordó de cuando él le contó la historia de La Polar, ¡qué lejos estaba todo aquello! Lo había olvidado por los muros de hormigón y el asfalto que había presidido sus años pasados. Pero ahora se abría la esperanza, al notar que allí todos esos recuerdos volvían, y que quizás encontrara de nuevo su rumbo.

  Su cuerpo se embriagó del espectáculo, Polar, Formalhaut, Deneb, Betegueuse, Bellatrix…. ¡qué nombres, qué recuerdos, qué tiempos tan felices…!

   Entonces sus ojos se cerraron como el telón al final de la ópera de la noche.

                            

&&&&

 

   Recorrió todas las calles, almacenes, tiendas y fábricas de escaleras, era una carrera loca y nerviosa; tenía que conseguir todas las escaleras más largas que encontrara. Eran tantas que continuamente se le caían de los brazos, a pesar de ello fue consiguiendo empalmarlas una tras otras, lo hacía con alambres, con cuerdas o tornillos, de la manera que mejor podía y lo ejecutaba a toda prisa, hasta que consiguió la escalera más larga que jamás se había visto.

   Empezó a subir peldaño a peldaño, el final se perdía en el infinito y el principio quedaba oculto por las nubes, pero a medida que ascendía el viento era más y más potente, además tampoco estaba segura de que la escalera se apoyara en Altair, quizás al plantarla se equivocó de estrella.

   Aquello era un objetivo de titanes, pero en su vida todo fueron retos similares, sólo que ahora empezaba a preguntarse si aquello valía la pena, o lo que es peor, si había otra manera distinta de llegar a Altair, nunca había pensado de esta manera, algo estaba cambiando.

   Gruesas gotas de sudor se convertían en charcos que cegaban sus ojos, avanzaba milímetro a milímetro y sus fuerzas la iban abandonando, una gran amargura atenazó su garganta, tenía que conseguirlo siempre había sido así en su vida, sólo de esta forma sabría que no estaba equivocada y que conseguir las cosas era lo que importaba, aunque su amigo le hubiera dicho una y otra vez que pensando así se equivocaba, que solamente las cosas que no saben, no pesan y no se ven, son las que verdaderamente valen la pena. Pero ella olvidó pronto esas sabias palabras, lo único que importaba era poseer y merecer el respeto de los demás por la suma de los activos, sin contar para nada lo demás.

   Sus dedos no obedecían las órdenes del cerebro, entonces le llegó como un flash, la idea de que puede haber otros caminos diferentes para alcanzar las metas, abrió las manos y se soltó.

   Mientras caía al vacío notó una sensación de ilusión y esperanza, por saber que quizás la valentía de cambiar sería recompensada.

   Aterrizó suavemente sobre un lago helado, la superficie parecía un espejo, de manera que todo el firmamento reposaba sobre el hielo, como si lo hubieran pintado a ras de suelo.

   Entonces enseguida reconoció a Altair, allí estaba al alcance de la mano, con su luz potente como llamándola, otro camino la llevaría hasta ella.

   Estaba tan contenta que se puso a bailar de puntillas con los brazos extendidos hacia arriba, formando con sus manos y sus dedos multitud de formas caprichosas que reflejadas en el cristalino hielo constituían figuras como si de nubes se tratara.

   Luego se descalzó y empezó a caminar en dirección a Altair, lo hacía sorteando otras estrellas que estaban en su camino, pero al poco notó bajo sus pies cómo el hielo se abría, al tiempo que oía un ruido sordo como el que estira un plástico.

   Se quedó quieta, podía volver hacia atrás, ser como todo el mundo, abandonar ante las dificultades, entonces recordó otras palabras de su amigo —sólo vale la pena vivir, si notas la vida—  decidió proseguir.

   Lo hizo poco a poco, el hielo crujía a su paso dejando un rastro abierto como el que dejan las popas de los rompehielos, no había vuelta atrás. Había aprendido que no sólo había una única manera de vivir, eso era justamente lo que ahora sabía, alcanzaría Altair sin escaleras; de otra forma, y esa nueva manera le gustaba.

   Volvía a estar agotada, pero esta vez se notaba feliz; solo medio metro para alcanzar a Altair, precisaba un último y sobrenatural esfuerzo, concentró todas sus fuerzas y su voluntad en su cerebro, estaba risueña; había descubierto lo que valía la pena y lo que no para seguir adelante, dobló las rodillas para tomar impulso y saltó encima de Altair.

  Justo en ese milimétrico instante una paz y alegría le inundó el alma, al tiempo que veía como una gran grieta en el hielo descubrían las oscuras y heladas aguas que la precipitaban hacia el fondo, sobre su pecho abrazada llevaba consigo a Altair.

 

   De pronto los rayos del sol molestaban su cara, lo primero que vio a su derecha fue la pequeña tienda de campaña, todo estaba igual. Notó su saco de dormir empapado de sudor, pero también sintió una cosa extraña, volvía a apreciar el olor de la hierba y los pinos, a disfrutar del azul del cielo, a ver las formas de las nubes, su oído apreciaba sonidos olvidados, y sobre su barbilla una brisa de viento la refrescaba.

   Algo extraño había sucedido, una sonrisa se dibujo en su cara.

 

   Ya de vuelta mientras pensaba en su amigo, brotó del fondo de su alma una canción; los árboles, los pájaros, la hierba, el sol y las nubes escucharon con alegría la melodía.

 

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4 respuestas a El amigo (Arturo Daussá Lapuerta)

  1. manolivf dijo:

    Me gusta Arturo, describes muy bien los sentimientos, y la narración tiene una gran belleza lírica. Como pero te falta algún signo de puntuación, y también algina preposición ( había llegado a aquella edad que miras atrás; en realidad sería: aquella edad en que miras atrás) son pequeños detalles, que si no estaría perfecta. Una historia bella que llega al corazón del lector. Gracias por compartirla.

  2. manoli vf dijo:

    Quise decir: alguna preposición no algina, disculpa Arturo, mis dedos que no se ajustan al mini-teclado del móvl de reciclaje que tengo. 😉

  3. Mar dijo:

    Este sueño me ha gusta mucho, Arturo. ¡Viva Altair! que tiene el poder de cambiar el rumbo del desquicie humano dejando de lado las pequeñas y grandes cosas que importan. Enhorabuena.

  4. Carlota Gauna dijo:

    Realmente es un relato muy bello donde los sentimientos afloran en consonancia con la naturaleza…Hermosas descripciones y una ofrenda a la generosidad de quien está al lado nuestro aún si no lo podemos ver físicamente. tanto nos dio que a cada paso lo tenemos aferrado a nuestras manos…¡Me gustó muchísimo!

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