Morfeo en los Tribunales (Nelaache)

El joven abogado percibió la entrada de los Magistrados como un acontecimiento solemne al que iba a tener que acostumbrarse a partir de ahora. Permanecía quieto, tembloroso y casi avergonzado al lado de su maestro, el letrado que iba a defender la causa perdida de un ladrón de poca monta.

Su maestro –y padrino en estas lides- era un sesentón de reconocido prestigio que también defendía las causas perdidas del turno de oficio. En general, su joven discípulo, las concebía como poco viables y condenadas al más rotundo fracaso, y le asombraba enormemente cuando Don Facundo –nombre del eminente abogado-, le decía que él nunca se daba por vencido y que de todo ovillo se saca hilo.

El acusado, sentado en el banquillo, tenía la mirada perdida en la nada, ponía cara de resignación, mantenía las manos esposadas con los dedos cruzados entre sí y resoplaba de vez en cuando. Tenía un aspecto acartonado. Su historial delictivo daba para rellenar una enciclopedia, pero él no parecía escarmentar pese al rosario de condenas que lo catapultaban como reincidente impenitente.

Frente al joven letrado estaba el Fiscal con puñetas cuidadosamente bordadas en las mangas de su impecable y negra toga, adornada con un escudo en color que lucía como una medalla en el costado. También tendría sobre los sesenta años como Don Facundo, y se le veía presto a pelear con ganas contra su oponente a quien ya conocía debido a los largos años de profesión y a los muchos debates jurídicos que había tenido que lidiar con él.

Al fondo el público atendía a cualquier movimiento que se desarrollara en el estrado. Había simplemente curiosos pero también jóvenes estudiantes de Derecho a quienes se diferenciaba fácilmente por sus cuadernos de notas y el Código Penal, objetos que en sus jóvenes e inexpertas manos, parecían auténticos distintivos.

El joven abogado se sintió empequeñecido frente a la magnitud de sus colegas, y llegó a dar la impresión de que se encogía por momentos en su asiento.

A un toque del Presidente del Tribunal comenzó la sesión. La práctica de las pruebas se inició con el interrogatorio del acusado, al que siguieron las testificales. Durante el transcurso de esta fase del plenario, ojos y oídos de los presentes estuvieron concentrados en las diversas declaraciones que incluían a las víctimas de las barrabasadas del acusado, quien a veces hacía gestos de desaprobación e incluso llegó a desmentirles ganándose, como era de esperar, un buen rapapolvo del Presidente del Tribunal.

Transcurrida la práctica de las pruebas propuestas por las partes, llegó el momento que el pasante esperaba: aquel en el que Don Facundo iba a hacer alarde de sus dotes oratorias tratando de lucirse por encima del representante del Ministerio Público.

La cosa comenzó cuando el Presidente preguntó por las respectivas conclusiones a ambos juristas, respondiendo los dos con pleno convencimiento:

– A definitivas.

El primero en iniciar la exposición de su informe fue el Fiscal que después de carraspear un poco rompió el silencio expectante con una voz grave y firme:

– Con la venia, el Ministerio Fiscal interesa la condena del acusado…

Expuestas las conclusiones del Fiscal, la potente voz del Presidente del Tribunal dio paso al turno de Don Facundo, una vez que el Ministerio Público hubo solicitado la condena del acusado.

– Turno de la defensa.

– Con la Venia –introdujo solemnemente Don Facundo arremangándose un poco y disponiéndose para lanzar su disertación con la que pretendía tumbar uno por uno los argumentos acusatorios de su oponente.

Don Facundo comenzó sus conclusiones elevando la voz por encima de todos los presentes. Los estudiantes de Derecho tomaron sus blocs de notas y pusieron empeño en seguir una por una las palabras de aquella eminencia de la oratoria. El único que parecía ausente era el acusado, tal vez porque su largo historial le había acostumbrado a salir de la Sala siempre con una condena a cuestas.

– Señorías, solicitamos la libre absolución del acusado, por cuanto de las pruebas practicadas en este acto del juicio no ha quedado acreditada su participación en los hechos que se le imputan…

De ahí se enredó Don Facundo en meticulosas valoraciones sobre la prueba practicada, en las “equivocadas” conclusiones que de la misma había extraído el Ministerio Fiscal y que reñían con la más reiterada jurisprudencia sentada por el Tribunal Supremo…, y etc., etc., etc. …

En ello estaba entregado en cuerpo y alma Don Facundo, cuando su lozano pasante percibió desde su sitio, los bostezos que empezaba a esbozar el acusado, cuyos ojos somnolientos miraban a su defensor que permanecía ajeno a su descarada indiferencia.

Por alguna extraña razón, el abogadillo no podía apartar los ojos de aquella boca que cada vez bostezaba con más ganas, y lo peor de todo es que él mismo comenzó a sentir que se contagiaba de la somnolencia del malhechor. Casi sin darse cuenta, empezó a notar una irritante pesadez en los párpados, y para evitar caer en la modorra que se apoderaba de él, apartó los ojos del banquillo y los dirigió hacia la concurrencia.

En medio de ese atontamiento que sólo los que están a punto de sucumbir al poderoso influjo de Morfeo son capaces de experimentar, el pasante de Don Facundo observó cómo algunos estudiantes de Derecho iban dejando de tomar notas y empezaban a emitir algún que otro bostezo indecoroso.

A los quince minutos, cuando Don Facundo continuaba explayándose en una larga retahíla de sentencias que versaban sobre el robo con violencia e intimidación en las personas, el abogadillo dirigió sus cansados ojos hacia la mesa presidencial, y observó cómo uno de los tres Magistrados ya estaba echando una cabezadita. Pero el dulce rostro del Magistrado adormecido no consiguió relajarle.

A los veinte minutos, el imberbe jurista luchaba desesperadamente contra el sueño, daba bruscas cabezadas y sudaba la gota gorda, embutido en una toga que concebía enorme para su tamaño.

– “¡Dios mío! –pensaba en medio de su desesperación- ¡No puedo más! ¡Voy a quedarme dormido como una marmota! ¡Voy a ser el hazmerreír de todo el mundo!”

A los veinticinco minutos de intervención de su maestro, el muchacho peleaba encarnizadamente contra el sueño invocando las advocaciones más variopintas e inimaginables:

– “¡Santa María, madre de Dios! ¡No permitas que me duerma! ¡Todos van a reírse de mí!”

Pero la Virgen no acudió en su ayuda y a los treinta minutos, el joven pasante de Don Facundo había renunciado a rebelarse contra el sueño. Su mente se estaba sumiendo en las kafkianas imágenes de un proceso terrorífico contra sí mismo. Se veía empequeñecido frente a un Tribunal enorme, presidido por su maestro que lo señalaba con un índice acusador mientras evidenciaba con una voz terrible:

– “¡Culpable! ¡Culpable!”

Los ecos de su propia pesadilla le hicieron despertar sobresaltado. Abrió los ojos como platos, sorprendido de haberse dormido. No se atrevió a mirar a su maestro que, entregado a las altas artes de la oratoria, tampoco parecía haberse percatado de la cabezada de su discípulo.

El pasante inspeccionó cómo andaba el sueño del público, y pudo constatar vagamente, todavía atontado por el sueño, que algunos estudiantes abandonaban la Sala ante la amenaza de quedarse dormidos como troncos.

Don Facundo continuaba su prolongadísima exposición. Resultaba incuestionable que era un verdadero adicto a la oratoria, a los discursos solemnes y vehementes, pues si era capaz de sacar tanta punta a un simple caso perdido del turno de oficio, qué no sería capaz de hacer con cualquier asunto de mayor envergadura que cayera en sus manos.

Sin embargo, también resultaba incuestionable que los demás asistentes no participaban de su entusiasmo, pues como su joven pasante fue capaz de ver, más de la mitad de la Sala se estaba echando una siesta, y ello incluía también al mismísimo Presidente del Tribunal que apoyaba pacientemente la cabeza en su mano, al tiempo que los párpados le caían pesadamente sobre los ojos.

Cuando el Presidente sintió que su lucha contra el sueño le resultaba insoportable, trató de cortar a Don Facundo metiéndole prisa de modo educado pero imperativo al mismo tiempo:

– ¡Letrado, vaya abreviando!

Esto alivió al joven discípulo ante la perspectiva de que por fin su lucha contra Morfeo estaba próxima a finalizar de una vez por todas. Don Facundo asintió ante la orden del Magistrado, pero aún así se permitió regalarse unos minutos más de verborrea jurídica.

Cuando por fin sus conclusiones finalizaron, para gran alivio de todos los presentes, el Presidente del Tribunal dio un golpe con el mazo indicando que el asunto estaba visto para sentencia. El pasante de Don Facundo se relajó y respiró tranquilizado, aunque en realidad, alivio lo que se dice alivio fue algo que experimentó toda la concurrencia que había percibido el informe de Don Facundo como un auténtico narcótico.

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4 respuestas a Morfeo en los Tribunales (Nelaache)

  1. Ana Pascual dijo:

    Muy bien narrado; es un relato ágil (no como el de Don Facundo 😉 ) y con toques de humor muy buenos. Cualquiera puede verse reflejado, porque quién más, quién menos ha padecido un ataque de sueño. Enhorabuena.

  2. Nelaache dijo:

    Gracias Ana. Precisamente he pretendido eso, reflejar el sopor insoportable (valga la redundancia) que nos ha atacado a todos alguna vez ante una charla interminable. Celebro que te lo hayas pasado bien leyéndolo. Un beso

  3. Ángela dijo:

    jajaja lo que me has hecho disfrutar! muy bien, muy divertido y ameno. Menos mal que a mi no me has aburrido en absoluto que si no me uno a la somnolencia general. Un aplauso.

  4. Nelaache dijo:

    Muchas gracias, Angela. Te digo lo mismo que le decía a Ana. Si te has divertido tanto, ¡propósito conseguido!! Un beso

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